La historia del arte contemporáneo aragonés en la segunda mitad del siglo XX ha sido contada muchas veces como una sucesión de grupos vanguardistas: Pórtico, Grupo/Escuela de Zaragoza, Tierra, Azul, Forma, Azuda 40, Algarada, L.T., Trama, Somatén Albano, Radiador, Ecrevisse, etc. De este modo han quedado marginadas importantes trayectorias individuales, incluidas no pocas mujeres artistas, ya que solían ser casi exclusivamente hombres los componentes de esos colectivos, con alguna rara excepción como Julia Dorado, miembro del Grupo/Escuela de Zaragoza, con el cual también tuvo estrecha relación Maite Ubide, fundadora junto con Ricardo Santamaría de un taller de grabado del que ella luego se hizo cargo. Es hora de reescribir ese relato, prestando más atención a quienes habían quedado al margen, y parece muy apropiado que, con motivo del 8 de marzo, la sala Juana Francés de la Casa de la Mujer nos presente una exposición titulada "Ellas estaban allí", que reivindica a las artistas plásticas zaragozanas de los años cincuenta y sesenta. Más aún porque este homenaje histórico es también una forma de revisar y poner en valor la colección artística municipal, pues la mayoría de las obras de la exposición son propiedad del Ayuntamiento de Zaragoza. De esta forma, se está además rindiendo testimonio del importante papel que desempeñó el consistorio en la promoción de las artes durante aquellos decenios, e incluso en los años anteriores a la Guerra Civil, pues hay expuesta una poética escultura de Dionisia Masdeu, titulada Añoranza, que data de 1931.
La comisaria de la muestra, Desirée Orús, ha dispuesto las pinturas y esculturas ordenadas por afinidades estéticas, de manera que haya buena armonía entre sus estilos y temáticas, que son muy variados. No faltan las especificidades temáticas consideradas más propias de lo femenino en el arte tradicional, como demuestra la “gargallesca” escultura de joven mamá con bebé de Cristina Remacha titulada Maternidad o el lírico ramo de Flores pintado por Julia Pérez-Lizano y el cuadro de naturaleza muerta titulado Máscaras, obra de Conca Duclós a medio camino entre el simbolismo y el surrealismo. Quizá en ese mismo registro podrían ser clasificados los retratos, pues los cuadros de figuras aquí seleccionados están casi todos protagonizados por mujeres; pero en estos casos estamos muy lejos del decimonónico cliché de la delicada modelo en postura retraída, ya que más bien nos encontramos con tres retratos de aguerridas chicas modernas que posan de frente sosteniendo la mirada, y en los tres casos pintadas con pinceladas y coloridos chillones. Particularmente en el anguloso Retrato expresionista firmado por Esther Sevil, pero también en el muy hermoso lienzo de Pilar Arenas que representa a Pilar Moré en su estudio, con atrevido colorido fauve. La bravura fauvista igualmente estuvo siempre muy presente en los fuertes cromatismos y densos empastados de Pilar Burges, aquí representada en primer lugar por una Bailarina, cuya piel verde e indumentaria negra contratan con el amarillo chillón del fondo, y en segundo lugar por un cuadro de su telúrico periodo canario, Villancico Gitano, donde representa a un hombre de tez oscura y manos expresionistas contemplando una luz que irrumpe con rasgos de abstracción lírica entre las sombras negras y rojas. Pero también la influencia fauvista está muy presente en los paisajes expuestos, que en nada se diferencian de los que pintaban sus colegas hombres, siendo a veces un poco anodinos, particularmente los improvisados en los concursos de pintura rápida, mientras que en otras ocasiones evidencian muy ambicioso planteamiento, como el gran Paisaje Azul (Toledo) de María Pilar Arenas, que está a medio camino entre la épica panorámica urbana de Zuloaga y la mirada cubista de Manuel Ángeles Ortíz, o la vista de Montalbán, pintada por Pilar Moré con un estilo cercano al de la figuración esencialista y casi abstracta de Benjamín Palencia, Francisco San José u otros pintores de la II Escuela de Vallecas. Consideración aparte merece el litograbado Paisaje Urbano, de Maite Ubide, que es en realidad una composición abstracta, como también son abstractos el collage Tensión y la aguada Sin Título de Julia Dorado, muy en la línea automatismo gestual del Art Autre.
No quiero acabar sin destacar la calidad del catálogo publicado, donde se reproduce a toda página y en color cada una de las obras expuestas, con el complemento de estupendas explicaciones, por orden alfabético de los apellidos de sus autoras, cuyas biografías se ofrecen como colofón. Pero además quedará para la posteridad el lúcido ensayo histórico-artístico, en el que se pasa revista al contexto cultural zaragozano de las dos décadas aquí estudiadas, en las que las mujeres artistas se abrieron camino en el palmarés de los certámenes de pintura y escultura convocados por diferentes iniciativas institucionales. En estas páginas se deja constancia de las artistas que obtuvieron reconocimientos en los concursos públicos de aquella época: el Ayuntamiento de Zaragoza organizó a partir de 1943 el Salón de artistas aragoneses y desde 1962 la Bienal de pintura y escultura; la Diputación otorgaba la beca Francisco Pradilla desde 1948 y organizó desde 1957 el Salón de Pintores Aragoneses; el Estado también organizaba concursos a través del Museo de Bellas Artes, la iniciativa sindical de Educación y Descanso, el Frente de Juventudes, etc… Pero el principal quid argumental del erudito ensayo de Desirée Orús está en que mediante fotos y texto se nos demuestran las relaciones de aquellas artistas entre sí y con abundantes colegas, dándonos pistas sobre afectos o líneas de influencia. Se destaca la renuencia a aceptar mujeres en el Estudio Goya, donde sirvió de precedente para el ingreso de Dolores Franco el hecho de que antes se había incluido a Joaquina Zamora (lamentablemente no representada en la exposición), en cuya academia de la calle Pignatelli fueron discípulas avantajadas Pilar Aranda, Pilar Moré y Pilar Burges, siendo esta última a su vez profesora fundadora de un Estudio de Arte Aplicado donde se formó Maite Ubide. Sin duda fueron cruciales para abrirse camino estos vínculos de magisterio artístico y de sororidad personal entre mujeres, que en esta exposición se evidencian en obras como el retrato de Pilar Moré por Pilar Arenas. Ojalá la Casa de la Mujer continúe esta labor, con otras exposiciones similares sobre las artistas de los años setenta, ochenta y noventa.