La división en dos salas que tiene la zona reservada a exposiciones temporales en el Museo IberCaja Camón Azar ha resultado especialmente apropiada para esta muestra retrospectiva de Pilar Moré, porque en su trayectoria artística hay dos partes bien diferenciadas, la primera hasta 1972 y la segunda a partir de los años ochenta. Ese corte temporal en su actividad pictórica y expositiva corresponde, como indica en el texto del catálogo Desirèe Orús, comisaria de la exposición, a los años de crianza de sus tres hijos. Me parece estupendo que estas cosas se comenten, en lugar de callar pudorosamente aspectos biográficos que no tengan que ver con la carrera profesional: en países anglosajones es habitual hacer constar este tipo de detalles, tan influyentes, incluso desde el punto de vista meramente artístico. No pretendo traer aquí a colación cuestiones que, con razón, suelen reivindicar los discursos feministas, como las dificultades en la carrera profesional que han arrostrado tantas mujeres. Simplemente me parece que los nuevos rasgos cromáticos y estilísticos propios de la segunda etapa de Pilar Moré bien pudieran tener que ver con una personalidad madura y una etapa vital en la que su vida personal rebosa estabilidad. En todo caso, esa segunda sala de la exposición goza de una homogeneidad estética que a mí me ha dejado en una contemplación estática ante sus grandes composiciones abstractas. Domina la pintura al acrílico, abundan los grafismos y surcos, a la manera de Hernández Pijuan, y sobre todo los círculos, a veces cuajados de simbolismos literarios, como en el estupendo acrílico de 1999 titulado “Luna sobre una tumba” donde, por cierto, yo aprecio no pocas reminiscencias de Antoni Clavé, un artista al que por lo visto Moré reconoce influencia directa sobre su carrera artística. También observo no pocas concomitancias formales con José Luis Lasala; aunque no lo veo citado entre los nombres de pintores y críticos de arte que, para situarnos en un variado repertorio de referencias, ofrece el texto del catálogo (sí que aparece repetidamente en la bibliografía final). Quizá él pudo ser un apoyo importante para Pilar cuando volvió de nuevo al circuito artístico, empezando casi desde cero, y es muy significativo el respaldo de IberCaja a la trayectoria expositiva de esta artista, cuyas obras ha itinerado por sus salas de exposiciones de Zaragoza, Valencia, y Guadalajara. Curiosamente, la primera etapa de Pilar Moré culminó en 1971 con una exposición en la sala Grambrinus, que dicha entidad dedicaba especialmente a mujeres artistas en la zaragozana Plaza de España, donde ahora está la sala del Cuarto Espacio. De esa primera etapa ha traído aquí la comisaria de la exposición una representación muy heterogénea, donde ha tenido el acierto de incluir algunas pequeñas obras abstractas sobre papel de 1963, cuando Pilar empezó a practicar el collage como miembro del grupo “Escuela de Zaragoza”, liderado por Ricardo Santamaría. Sirven de anticipo de lo que va a venir después, en contraste con la figuración, donde hay algún bodegón, cuadros de figuras de mérito desigual –presididos por el excelente autorretrato de 1961–, y deliciosos paisajes como el de Peñíscola o los de pueblos aragoneses no especificados e interpretados en clave casi más abstracta que realista: unas obras que bien pudiéramos denominar “neofigurativa” si no fuera porque son ligeramente anteriores al libro en el que Manuel García-Viño acuñó ese término, publicado en 1969. Para mí han sido la gran sorpresa de esta exposición, que ha coincidido temporalmente con la de Pilar Burges en Casa de los Morlanes, donde también había visiones figurativo-expresionistas de los años sesenta. Ambas fueron amigas, y comilitantes del Grupo Iberus, que en 1961 presentó una exposición en Venecia, apadrinados por Federico Torralba. Va siendo hora de sacar del olvido a este interesante colectivo de artistas zaragozanos, del que también formaban parte Matilde Pala, Ulises Paramio, José Lafita Portabella, María Cruz Sarvisé, Manuel Lahoz, Ricardo Santamaría y Juan José Vera. En mi opinión, constituyeron una interesante vía experimental entre abstracción y figuración que merece un lugar en la historia cultural de aquella época.