Decía Hans-Georg Gadamer: “el arte contemporáneo es prácticamente inexplicable sin el paisaje y el bodegón, dos géneros tradicionalmente despreciados”. Ese vínculo de conciencia de lo que hoy definimos como “lo artístico”, ha consolidado que el arte se convierta en un dispositivo generador de imágenes. Si la visión parcial o subjetiva de un objeto u obra de arte, no es más que la suma de fragmentos que se completan y se contradicen, la mirada del pintor nos coloca en el punto de vista de una exploración que nos lleva hacia lo natural.
En los cuadros de Pepe Cerdá, nos encontramos con la naturaleza exacta de la pintura, su mirada nos descubre un programa pictórico a caballo entre lo evidente y lo oculto. Buena prueba de ello, se encuentra estos días en la exposición que puede verse en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza: Pepe Cerdá: Aún es siempre. Se trata de una retrospectiva formada por 77 obras representativas de toda su producción, que incluye sus últimos trabajos. En la primera sala se expone una cuidadosa selección de su obra histórica que nos sirve de visión retrospectiva de treinta años de producción, -o como afirma el propio artista en el catálogo de la exposición- “más bien una invitación a algunos de mis antiguos cuadros a acompañar a los nuevos. Algo así como una cena de antiguos alumnos treinta años después”. En la segunda sala, se muestran sus obras más recientes realizadas en el último año, en su mayoría, son paisajes del pirineo francés, del valle de Aspe, y del entorno de Villamayor.
No es nuestra intención recordar aquí la larga trayectoria del artista a través de su producción histórica, por lo que, acudiremos directamente, a la sala donde se expone su obra más actual. Muchos pintores han ido en busca de la luz. Otras veces la luz los ha encontrado a ellos, en este segundo caso estaría la reciente obra de Cerdá. El paisajismo que encontramos en sus pinturas, transmite un sentido de serenidad y esperanza, alternando lo verde y lo seco. Podríamos calificarlo de fotografía elevada a la categoría de arte. En estas obras se impone siempre su pasión por lo cotidiano y lo común sin trampantojo ni artificios, mostrando el paisaje de su tierra y a sus pobladores. Pepe Cerdá no necesita demostrar nada a nadie, pinta lo que ve, por eso en sus paisajes del Valle de Aspe, encontramos el sol de Cézanne, o su obra Cosechadora (2017) recuerda, en extensión y profundidad a la de su admirado Francisco Marín Bagües, o en el tríptico Camino de Borce (2017) encontramos una visión moderna de las nenúfares de Monet, porque el artista sabe cuando quiere decir, y lo que quiere decir.
Con desenvoltura técnica y una emocionada personalidad, que ha distinguido siempre su obra, Pepe Cerdá disfruta, sin excusas, el placer del trazo en cada obra, como afirma José Luis Melero: “para poner orden, luz y belleza donde antes no había nada”, en la que la protagonista absoluta es la pintura, con mayúsculas. Porque como afirma el propio artista: “La pintura es una realidad en sí, represente lo que represente, sea abstracta o figurativa. Da exactamente igual que el pintor figure algo visto, sentido, pensado o soñado. La pintura, la buena, no semeja: la pintura es. Y cuando la pintura es, lo que es atemporalmente, lo es para siempre”.


