Para el incansable caminante que fue Robert Walser –afirma Menchu Gutiérrez en el prólogo a la edición española de su libro El paseo–, el paseo no solo constituía una fuente de salud o una rutina; ese contacto con “el mundo vivo” era un poderoso germen creativo, un inagotable alimento poético y espiritual. Cuando se cumplen cien años de la publicación de El paseo, La Casa Amarilla le rinde homenaje con un proyecto que incluye una exposición colectiva con artistas propios e invitados, una abultada serie de actividades que incluyen dos jornadas de reflexión y debate –dedicadas al arte público y a estrategias para hacer una ciudad paseable–, y la edición de dos cuadernos –el primero con las imágenes de las obras expuestas y las impresiones de diferentes paseantes y el segundo para recoger las conclusiones del proyecto–. El propio título, El paseo. Intervenir la ciudad, deja constancia de la naturaleza de la iniciativa: la figura de Walser acompaña en su deambular a los que viven y recuerdan Zaragoza, de modo que sus paseos, hagan ciudad. Una voluntad constructiva no exenta de espíritu crítico y capacidad de análisis que es necesaria para enfrentarse al espacio urbano, más cuando es el propio, o lo ha sido. Zaragoza, la que es, la que fue, la que pudo ser y la que queremos que sea, es el motivo que reúne a los convocados; sin espacio alguno para el cacareo localista.
No lo supo ver el jurado reunido por el Ayuntamiento de Zaragoza para la concesión de ayudas económicas a “la organización y realización de actividades culturales en la ciudad de Zaragoza”, que dejó fuera de subvención el proyecto. Convendría que sus miembros se acercaran hasta La Casa Amarilla para participar del feliz resultado. Y que lo hagan también los responsables políticos. Tal vez en otra ocasión estén más atentos. Robert Walser se vio obligado a justificar ante un “funcionario impositivo”, la importancia que tenía su dedicación al paseo: “Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada. (…) Sin pasear no podría hacer observaciones ni estudios. Un hombre tan inteligente como usted podrá entender y entenderá esto al instante. En un bello y dilatado paseo se me ocurren mil ideas aprovechables y útiles”. Y aclara algo después: “Al paseante le acompaña siempre algo curioso, reflexivo y fantástico, y sería tonto si no lo tuviera en cuenta o incluso lo apartara de sí; pero no lo hace; más bien da la bienvenida a toda clase de extrañas y peculiares manifestaciones, hace amistad y confraterniza con ellas, porque le encantan, las convierte en cuerpo con esencia y configuración, les da formación y ánima, mientras ellas por su parte lo animan y forman”. Esa es la actitud que guía a todos los convocados.
Un fotograma del vídeo Primavera tardía de Paco Algaba sirve como imagen de la exposición. Todavía reciente su magnifica exposición Europa Solar en el IAACC Pablo Serrano, el artista nos vuelve a deleitar con su habilidad para encuadrar la realidad a través de la cámara, revelándonos la poética descarnada que encierran los alrededores de Zaragoza. Espacios de tránsito, entre la ciudad y el campo, de cemento y árboles, en los que raramente reparamos. Un itinerario similar al de Algaba pudo realizar Enrique Larroy para recoger los restos que reúne en un ensamblaje intervenido pictóricamente. Con lo que la ciudad desecha el artista crea, y se lo devuelve transformado.
El sonido vehicula la obra de Enrique Radigales, quien recuerda de su vida en Zaragoza las tres veces al día que escuchaba Bendita y alabada sea la hora. Sabedor de que las plantas captan las vibraciones, en La escucha sésil recurre a un testigo mudo que haya percibido la canción tantas o más veces que él: la rama seca de un plátano de sombra de la arboleda de Macanaz, que interviene pictóricamente y en cuyo interior encierra una memoria Micro SD con la grabación de la jaculatoria. Su propio paisaje sonoro de la ciudad ha compuesto Antuan Duchamp para la ocasión, reproducido en una cinta de casete con la que el visitante puede acompañar su recorrido por la sala.
Hacia El Pilar mira también Fernando Sinaga que encuentra en su decoración de ladrillo el emblema 64 del I Ching, Wei Chi, en una extraña fusión, pretendida o accidental, de espiritualidades. Recupera también Sinaga una serie de fotografías tomadas a partir de los reflejos captados en las Pantallas espectrales que realizó en su intervención para la ribera del Ebro durante la Expo de 2008. A día de hoy, es el único modo que tenemos de disfrutar de esa obra dado el total abandono en que se encuentra: objeto de un vandalismo reiterado y testimonio de la desidia de los responsables de mantener la integridad de nuestro patrimonio artístico.
La huella de la vegetación que ocupaba el lugar reviste las caras del poliedro irregular que Almalé y Bondía sitúan en el paisaje para después fotografiarlo. El título Melancholia I, AD 1514. 05 remite al famoso grabado de Durero y nos recuerda la enigmática forma geométrica que acompaña a la figura alada que lo protagoniza. En esta, en lugar de la vegetación de Almalé y Bondía, se adivina un rostro humano difuminado. Pierden sus hojas azotados por el viento los árboles dibujados por José Noguero. Faltaba el cierzo, compañero incómodo de tantos paseos.
Los recorridos nocturnos de Fernando Martín Godoy le permiten trazar un Inventario de sus rincones, una acumulación de pequeñas “postales” pintadas a la tinta que componen su propio mapa urbano. Un puzle de pedestales vacíos, libres de las esculturas que descansan en ellos, componen las fotografías de lázaro&albero. Un recuerdo a Walter Benjamin niño, a quien interesaban más estos que la identidad de los ilustres a los que estaban dedicados. Precisamente Benjamin, junto a Baudelaire, Apollinaire, Pessoa y tantos otros paseantes acompañan a Miguel Ángel Ortiz Albero en el texto que cierra el primer cuaderno del proyecto. Pedro F. Bericat, por su parte, interviene con el fantasma de una imagen femenina un relato de Walser publicado en la revista El Eco.
El río atrae la atención de Nacho Bolea que en Azud recorta y pega para trazar líneas horizontales de agua, madera, hierba, tierra y lodo. También de ese lugar arranca el díptico collage de Antón Jodra, Passages-Poema, que desde el puente de Piedra avanza hacia los cines de Zaragoza. En el otro extremo de la ciudad, los paseos por Torrero de Pierre d. la son reiterados, creando un mapa con las superposiciones del mismo recorrido. Louisa Holecz pinta en gran formato la manta de lana enrollada que encontró en un descampado cubierto de hierba. Resto abandonado de una historia desconocida, perturbador envoltorio de nadie sabe qué, permanece en su sitio while real runs out.
Blanca Torres ha recogido el calzado de personas fallecidas en fechas recientes en residencias de ancianos de la ciudad. Privadas de la posibilidad de pasear, queda el testimonio de unas vidas que acabaron en interiores cerrados. Capital, el cortometraje de Gaizka Urresti, llama la atención sobre la cara más excluyente de Zaragoza, agravada por la crisis económica. Paseante incansable, Vicente Almazán se sirve de la cámara y la palabra para dejar testimonio de sus recorridos a través del blog Misadarmes. Con varias actualizaciones diarias, allí también transcurre la vida de Zaragoza.
En las inmediaciones de la ciudad se sitúan los 108 km de perímetro del campo militar de maniobras de San Gregorio. En 2015, la OTAN puso en marcha la operación Trident Juncture en dieciséis escenarios europeos. El gran despliegue justificaba una amplia cobertura mediática y Jorge Fuembuena formó parte del grupo de periodistas autorizados a retratarlas. La perfección de la recreación bélica y el papel documental que desempeña la cámara obligan a preguntarse sobre la naturaleza de un conflicto que no por simulado resulta menos real, o más cercano. Zaragoza, se nos recuerda en el cuaderno de la exposición, fue declarada por la UNESCO en 1999 Ciudad emblemática de la cultura por la Paz. Estas imágenes obligan a cuestionarlo.