El 12 de enero, en la zaragozana galería A del Arte, se inauguró la exposición con cuadros del pintor y grabador Pascual Blanco, con prólogos del poeta Ángel Guinda y de José Luis Pano Gracia, que tienen la virtud de complementarse con absoluta precisión. En el catálogo, junto a cada obra reproducida, figuran poemas de Juan Boscán, Garcilaso de la Vega, Gaspar Gil Polo, F. de Quevedo, Gustavo Adolfo Bécquer, Pablo Neruda, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Miguel Hernández, Leopoldo Panero, Ildefonso Manuel Gil, Blas de Otero, Ángel Guinda y Miguel Labordeta. Cuadros entre 2006 y, sobre todo, 2010.
Estamos ante una exposición intachable, hermosa, muy bien pensada, que obedece al que consideramos como un maestro en pintura y grabado. Si pretendemos profundizar con lógica en los cuadros de la exhibición es imprescindible repasar algunos períodos pictóricos, para así evitar toparnos con laberintos insolubles. En 1967, con 24 años, su obra abstracta contiene elementos geométricos, como triángulos y cuadrados, amplios planos curvos cargados de materia, incisiones y detalles signales, mientras que en 1969 se interesa por un suprematismo al que incorpora telas, cartones, clavos y uralita. Tras dos posteriores períodos, uno desde 1972 y otro desde 1977, en 1993, con 50 años, inicia la actual etapa mediante esa palpable evolución vía texturas, colores y formas con dispares enfoques. Ahora estamos, por tanto, ante una impecable y hermosa combinación de la geometría, que comenzara en 1967, y el desnudo femenino, que comenzara en 1993.
Colores, dispares texturas, campos geométricos, sugerencias espaciales y desnudos femeninos son la exacta y compleja mezcla que configuran cada cuadro. En los colores predominan los tonos neutros, que sirven como perfecto colchón para incorporar poderosos negros y exclamativos rojos que ubica en áreas tan dispares como el cuerpo femenino o un plano geométrico. Las texturas pueden ser mínimas o granuladas con cierto grosor cambiante que ubica en lugares muy cambiantes, entre las cuales destacan las incorporadas en algún desnudo femenino como si fueran un elemento invasor que altera la realidad anatómica. Los planos geométricos son clave en cada cuadro, de modo que rectángulos, círculos, bandas en suaves quiebros y cuadrados se ubican en lugares muy dispares y tienen cambiantes tamaños, incluso acogen una figura femenina, con lo cual se garantiza la compleja variedad formal. En cuanto al uso espacial cabe sugerir que es el justo para que cada figura resalte de forma adecuada. Pero, ¿y los desnudos femeninos? Tienen absoluto protagonismo. Nos encanta, nos fascina, que Pascual Blanco, con 67 años, vibre seducido por la mujer. En realidad estamos ante figuras femeninas en muy dispares posturas y de gruesa anatomía con medidas dosis eróticas. Casi como norma pinta la silueta, que se enriquece mediante colores, texturas y sutiles sombreados. Se diría que posa cierta intimidad femenina con distancia atemporal, de ahí su quietud, como si fuera observada por cualquier ansioso e inocente mirón atrapado ante tal cúmulo de cambiante belleza.
Exposición impecable, atractiva, palpitante, que manifiesta su diáfana madurez artística. Queda por añadir un rasgo fundamental. Aludimos a la generalizada sensación de frescura que desprende cada cuadro, sin duda por carácter vital e inagotable ilusión ante el inagotable gesto de pintar.


