El 31 de agosto de 1986, el buque Khian Sea se cargó con 14 000 toneladas de cenizas procedentes de una incineradora de basura de Filadelfia. Ante la preocupación por la toxicidad de algunos componentes, las autoridades de Bahamas, el destino previsto, prohibieron el desembarco de unos materiales que planeaban reutilizarse como relleno para la construcción de carreteras. El barco inició entonces un periplo de dieciséis meses por el Atlántico tratando de encontrar un Estado que se ocupara de los residuos. Se sucedieron las negativas hasta que, en enero de 1988, el gobierno de Haití aceptó la descarga en una de sus playas entendiendo que se trataba de fertilizantes. Descubierto el engaño, la nave tuvo que zarpar con urgencia llevando todavía unas 11 000 toneladas de cargamento. Cuando en noviembre de ese año arribó a Singapur, estaba completamente vacío. Las cenizas se habían quedado en algún punto indeterminado entre el Índico y el Atlántico.
Las basuras, sostiene Fernando Gil Villa en Elogio de la basura. La resistencia de los excluidos, suponen un estigma social, algo que no queremos ver, cuya existencia los gobiernos tratan de ocultar a toda costa. Y, sin embargo, continúa el autor, siendo que se trata de “lo desechable, lo que sobra, lo que no cuenta, la ventaja de su estudio, desde el punto de vista lógico, residirá en su valor como arquetipo de lo negativo. El estudio de la basura nos dará los negativos de nuestra época”. Almalé y Bondía han decidido acometer ese trabajo e incorporarlo a las reflexiones sobre el paisaje y la mirada en las que llevan inmersos los últimos años. El resultado puede verse en la exposición Residuos, hasta el 25 de abril en la galería La Casa Amarilla de Zaragoza.
A través del arte, continúa Gil Villa, “la basura rompe con los mezquinos límites que les estereotipos populares le colocaron en la modernidad”; algo a lo que no es ajena la inquietante belleza que Almalé y Bondía logran al manipularla. Como Tony Cragg, Mark Dion o Gabriel Orozco, autores que también se han servido de materiales de desecho, Almalé y Bondía proceden en la serie Residuos a agrupar, clasificar y crear nuevas formas pero, en su caso, sin llevar a cabo una descontextualización de los mismos, trabajando in situ con los restos abandonados. Basuras desperdigadas por espacios sin identidad ni atractivo aparente, “paisajes de abandono” de acuerdo con la terminología propuesta por José Nogué, a la que Chus Tudelilla alude en su texto para el catálogo. Almalé y Bondía miran donde el resto no miramos, donde no queremos mirar, recordándonos que los residuos no desaparecen, por más que se quieran ocultar en la bodega de un barco. El usar y tirar es parte de la cultura del exceso. “Ya no estamos en el crecimiento, estamos en la excrecencia. (…) Lo excrecente es lo que se desarrolla de una manera incontrolable, es aquello cuyos efectos se multiplican con la desaparición de las causas”, apuntó Baudrillard.
Los materiales naturales que componen Residuos. D-652 (43.794786,-412194) evidencian que las acumulaciones creadas artificialmente no resultan extrañas al propio paisaje, con el que, como apuntan los restos de maderas fotografiados en Residuos. A-123 (41.833823,-0.753182) –reproducida en el catálogo–, terminan por hibridarse. No tenemos la certeza de qué ha sucedido con las intervenciones realizadas por los artistas, si bien las coordenadas incluidas en los títulos apuntan la posibilidad de un recorrido real por los montones de basura/esculturas que han fotografiado.
Un segundo grupo de obras, Objetos-mundo, completan el proyecto. En esta secuencia de imágenes Almalé y Bondía recuperan materiales de desecho –envases y botellas de plástico, fragmentos cerámicos, piezas de fontanería y aparatos…– para componer naturalezas muertas en un interior indeterminado, en completa oscuridad, en el que solo distinguimos los residuos de nuevo amontonados. Estrella de Diego apuntó hace algún un tiempo a la pervivencia de este género en el ámbito de la fotografía actual, entendiendo que la “naturaleza inmóvil” resulta especialmente apta para una sociedad marcada por la sobreabundancia y el exceso, que puede referirse así a la culpa y el desasosiego, y dar cabida al terror y la repulsión. Si atendemos a la velocidad cero a la que se degradan esos testimonios de la excrecencia, las fotografías de Almalé y Bondía, más que reflejar la fugacidad, congelan el paso del tiempo. Salvo en nosotros, reflejados como quedamos en la superficie lisa de las imágenes que actúa a modo de espejo.
Jim Henson enseñó a toda una generación que una montaña de basura puede ser sabia, solo hay que saber escucharla. Las imágenes de Almalé y Bondía requieren esa misma actitud. Más allá de su indudable calidad plástica, obligan a una reflexión reposada. Sin recurrir a estridencias ni dramatismos. Damos forma al paisaje también con lo que tiramos.