El arte público en la posmodernidad

 

 

Durante la década de los años 80, en plena posmodernidad, se produce la recuperación y consolidación del arte público (Xibille Muntaner, 1995:239), una práctica artística surgida a lo largo del siglo XIX que había perdido fuerza en la época de las vanguardias. Desde los años 70 y hasta la actualidad el espacio público es el principal campo de actuación de los artistas a consecuencia de factores como, entre otros, el carácter estático del museo o la mercantilización de las artes (Duque, 2001:110). La celebración de eventos y programas relacionados con el arte público comenzaron a proliferar desde entonces: la creación de museos al aire libre —Museo de Escultura al Aire Libre de la Castellana, en 1972—, programas expositivos —Sculpture Project de Münster, 1977-1987-1997-2007; programa Art in Public Places en 1967, dentro de la National Endowment for the Arts en EE.UU.— y sobretodo la aparición de nuevas tendencias como el Land Art, que supuso una revolución para el concepto tradicional de arte público. En España, uno de los ejemplos más destacados es la ciudad de Barcelona, que desde los años 80 fue encargando obras a los principales artistas del momento con motivo de los Juegos Olímpicos de 1992. Barcelona se hizo así con toda una colección de arte público muy destacada no solo por su valor artístico, sino por configurar la imagen moderna de la ciudad.

Y es que el espacio público alcanza un significado y apariencia especial durante la posmodernidad. Según Giandomenico Amendola, lo auténticamente posmoderno es el clima cultural de la ciudad, la experiencia urbana (Amendola, 2000:68-69), que se ve aderezada con los ejemplos de arquitectura posmoderna y de arte público. Ihab Hassan (Amendola, 2000:71-72) dictó las características de la experiencia de la ciudad posmoderna, que podemos extrapolar al resto de prácticas artísticas del momento: Indeterminación, fragmentación —no hay una concepción unitaria, sino que domina la fragmentación, la ruptura, y en consecuencia la  mezcla de fragmentos o eclecticismo—; decanonización; crisis del yo y falta de profundidad; hedonismo y búsqueda de la belleza —la concepción racional de la ciudad dominada por el funcionalismo se sustituye por una noción más placentera y superficial que busca alcanzar el ideal fantástico de ciudad—; ironía, hibridación, parodia, travestismo, pastiche, carnavalización —el eclecticismo es un ingrediente esencial de la mentalidad posmoderna que toma forma en  el espacio  urbano. Se produce una mezcla de estilos y conceptos que disfrazan la ciudad con la intención de provocar e ironizar—; protagonismo y participación, subjetivismo.  

 Esta nueva idea de ciudad nada tiene que ver con el concepto creado durante el siglo XIX y XX, cuando la ciudad se erigió en un hito como campo de actuación de la modernidad, especialmente durante el dominio del racionalismo. Los defensores de la modernidad veían en la ciudad mecanizada, poblada por rascacielos, el paradigma de la ciudad y hombre moderno. La ciudad perdió toda su humanidad, convirtiéndose en un espacio hostil, homogeneizado, dominado por el maquinismo. Pero a la vez fue este ambiente dominado por el capitalismo y la deshumanización lo que motivó la recuperación del arte público (Loría, 2003:37).

El actual escenario del arte público es la ciudad posmoderna, que se transforma en clave consumista y comercial (Olmo, 2001:36). En un espacio sobresaturado, incluso contaminado, visualmente por semáforos, señales de tráfico, publicidad en edificios, en transporte público, y dominado por la velocidad del viandante y del tráfico, el arte público debe hacerse notar y destacar para interpelar al ciudadano. A todo ello hay que añadir la indeferencia del Hombre, que hace que en la mayoría de las ocasiones las obras pasen desapercibidas. Ante esta nueva situación, el arte público revisa la fórmula tradicional para hacerse notar en el horror vacui urbano. Se plantea como un cambio a nivel físico y conceptual, con una inversión de valores que convierten al arte público posmoderno en un elemento antitético que pretende desacralizar el concepto de escultura monumental tradicional. Esta actitud es una manifestación de la posmodernidad de resistencia que rechaza la modernidad y retoma el pasado con un sentido crítico, con el afán de explorar y cuestionar la tradición (Foster, 1993:11-12). La recuperación del pasado se plantea como la demostración de que, a pesar de recurrir a formas preexistentes, el artista es capaz de imprimir un sello de identidad propia (Halbreich, 2000:254), haciendo una obra completamente novedosa a partir de formas anteriores.

No podemos establecer unas características válidas para todos los casos: si la definición de la posmodernidad resulta problemática por su escasa concreción, lo mismo sucede en el caso del arte público. Aún así, podemos entrever un aspecto común como es la recuperación de la antigua tradición monumental, reinterpretada bajo una óptica crítica que pretende ironizar y banalizar la tradición. Para ello recurre a una apariencia kitsch, la ironía y la interrelación con el ciudadano.

 

Kitsch

Cuando se habla del arte de la posmodernidad, uno de los calificativos que con más frecuencia se le aplica es el de kitsch. Sin embargo, el uso de este término es anterior a la posmodernidad, concretamente surge en el siglo XIX en el ámbito germano (Calinescu, 2003:230). Este término hace referencia a las piezas artísticas baratas realizadas de manera industrial, que proliferaron en la época ante la demanda de la clase media en su intento de emular a las clases elevadas.

Las teorías sobre el origen del término kitsch son varias (Calinescu, 2003:232), pero todas ellas coinciden en darle una connotación peyorativa. Según algunos estudiosos, procede de sketch, término inglés utilizado por los alemanes y que derivó en kitsch a consecuencia de una mala pronunciación del mismo. Se aplicaba a los souvenirs o imágenes que los turistas adquirían durante sus viajes, caracterizados por su bajo coste y dudoso gusto. Otros se inclinan por el término verkistchen, que significa fabricar barato, y kitschen, término también alemán y que significa “coleccionar basura de la calle”. No se ha llegado a una respuesta unánime en referencia a esta cuestión, pero lo que sí queda claro es la carga negativa que ha tenido este término desde su origen.

Lo kitsch fue objeto de análisis por parte de Clement Greenberg en su artículo Avant-garde and kitsch, publicado en 1939 en Partisan Review. En este artículo, Greenberg lanzaba una crítica al arte popular como encarnación de lo kitsch. Según Greenberg, este arte popular o arte kistch, surgió para surtir a las masas ante su falta de sensibilidad para comprender y apreciar los auténticos valores de la cultura, optando por un arte que no requería  ningún tipo de esfuerzo para su contemplación (Dorfles, 1973:120).

Más de medio siglo después que Greenberg, Félix Duque en su obra Arte público y espacio político, alude constantemente a lo kitsch con la intención de llegar a la definición de un arte público que no caiga en sus redes. Aunque la relación que ha habido entre el arte y lo kitsch es algo que está ya asumido, Duque, al igual que Greenberg, rechaza la intromisión de lo kitsch en el arte, y en este caso concreto en el arte público. Según la visión de Duque, el arte público deriva de la “condición postmoderna”. Sin embargo su alcance va más allá consiguiendo más rigor y seriedad, y por ende más credibilidad que la posmodernidad (Duque, 2001:117). Pero si el arte público es consecuencia de la posmodernidad, bien tendrá que mostrar algunas de sus características como es el carácter kitsch.

Como ya había percibido Greenberg, se estaba produciendo el auge del consumo de la clase media. Este fenómeno no hizo sino ir en aumento a lo largo del siglo, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, que trajo consigo el bienestar para países como EE.UU. La clase media alcanzó el dominio total de la sociedad, siendo su mejor exponente la “American way of life”: la clase media imponía sus gustos, y el principal de todos ellos era su afición al consumo. El primer movimiento artístico que se dirigió hacia ella, sus mitos y su iconografía fue el Pop Art, que según la opinión de Frederic Jameson (Anderson, 1998:84.), y también la mía propia, abriría el camino a la posmodernidad.

Es a finales de los años 70 y la década de los 80 cuando la posmodernidad invade el panorama cultural, agradando a unos y disgustando a muchos otros por su carácter popular y consumista. Una de las características que podemos ver en el arte de ese momento es su apariencia kitsch, que está directamente relacionado con el ansia de consumo de la sociedad. Lo kitsch representa la victoria de lo popular tras un largo periodo dominado por las clases elevadas y cultas. Se caracteriza por su apariencia artificiosa, grandilocuente y efectista a la vez que vulgar con la que se pretende estimular unos sentimientos concretos (Eco, 2003:90). Para algunos no pretende otra cosa que el consumo, la diversión y placer inmediato a cambio de la contemplación fácil de la obra. Se podrían establecer paralelismos con el propio arte barroco, un período en el que el arte alcanzó un carácter público con motivo de las celebraciones religiosas y civiles que se realizaban: grandes plazas caracterizadas por su tono teatralizante, fuentes con las que pretendía impactar al ciudadano, las fachadas escultóricas de los templos o la arquitectura Real de Luis XIV. Su intención era despertar unos sentimientos concretos en el pueblo, bien de admiración, de evocación etc, que, como hemos señalado era una de las características del kitsch. Era mera fachada, apariencia y falsa ostentosidad puesto que la situación de crisis que vivían algunos países de la época no permitía realizar obras tan lujosas como en realidad aparentaban. Algo similar ocurre ahora: se pretende crear obras de lujo y derroche, pero solo en apariencia (Jencks, 1984:7) lo que implica una fuerte carga de ironía, provocación, y sobretodo kitsch. No son muchos los ejemplos de arte público con una apariencia kitsch evidente, sino que es una característica que está más desarrollada en obras de pequeño formato. Aún así, encontramos algunos ejemplos, como es el caso de Jeff Koons, artista muy representativo de este periodo, y uno de los más provocadores de la posmodernidad. Sus obras aluden a la cultura popular, haciendo una lectura irónica de la misma, lo que no impide que algunas de sus obras hayan alcanzado una gran popularidad entre las clases medias, como es el caso de Puppy en el Museo Guggenheim Bilbao. Esta obra es un buen ejemplo del carácter grandilocuente y populista que el arte público adquiere durante la posmodernidad, fácilmente aprehendido por las “masas” y que se convierte en un producto de marketing al servicio del consumismo (pasa de ser una obra de arte a convertirse en el logotipo del museo, lo que demuestra la filiación posmodernidad-capitalismo) 

Lo kitsch se caracteriza por su carencia de innovación (Calinescu, 2003:224) y la apropiación de imágenes preexistentes a las que aplica un tratamiento visual rimbombante, como reproducciones a gran escala o muy coloristas para conseguir un efectismo visual. Si lo kistch nace por y para las “masas” lo normal será que buena parte de esas imágenes sean tomadas de la vida cotidiana, o de los ídolos de esas masas. Esta apropiación iconográfica va acompañada además de un eclecticismo exacerbado, que le lleva a aunar formas, imágenes y estilos hasta conseguir una mezcla imposible. 

En esta tendencia al eclecticismo suele ser habitual la recuperación de formas del pasado (Jencks, 1984:90), o de culturas exóticas como si de una especie de neorromanticismo (Calinescu, 2003:234-236) se tratara. Se busca la evasión (Xibille Muntaner, 1995:142-143) del mundo actual no sólo por medio del sensacionalismo visual de estas obras sino también por las idealizaciones de los mundos que presentan y que en realidad no son tan ideales. El kitsch se ha considerado por ello, una manifestación de la esquizofrenia que se asocia a la posmodernidad. Su miedo al cambio no le permite reconocer el fluir lineal del tiempo, mezclando las recreaciones ideales del pasado con un futuro inventado (Calinescu, 2003:244). Esta idealización es algo muy habitual en la posmodernidad, aplicada a los parques temáticos que se dedican a recrear mundos ideales que incluso llegan a superar al original (Augé, 1998:30-31). Según Marc Augé “Disneylandia es el mundo de hoy, ese mundo con lo que tiene de mejor y peor: la experiencia del vacío y la experiencia de la libertad (Augé, 1998:32-33)”. Allí todo es falso, todo es puro artificio y todos que lo visitan lo saben, pero no pueden resistirse a ello, especialmente los adultos, contribuyendo a la puerilización (Augé, 1998:29) de la sociedad. Giandomenico Amendola va más allá, y traslada el efecto del parque temático a la propia ciudad postmoderna. En este caso, la vuelta al pasado de la posmodernidad no solo afecta a las creaciones artísticas (entre las que destaca el cine con los cada vez más habituales remakes), sino que llega a invadir la vida cotidiana. Nos referimos con ello a la proliferación de bares o tabernas que se inspiran en una Edad Media edulcorada o en el exotismo de países orientales, como si de una especie de parque temático se tratara. O las muy habituales recreaciones de mercados medievales que se celebran todos los años en cualquier pueblo que se precie por su relación con el mundo medieval. Son aspectos propios de la posmodernidad que se cuelan en nuestra vida cotidiana sin apenas darnos cuenta, y si bien no forman parte del arte público son interesantes de exponer puesto que son uno de los mejores exponentes de la mentalidad posmoderna.

 

La ironía

La ironía es el otro gran ingrediente del arte de la posmodernidad, que deriva de la línea de resistencia que pretende recuperar la tradición para ponerla en cuestión. Es el principal atributo del arte de este periodo al poner de manifiesto la carga crítica que muchos le han negado.

El arte a lo largo de la historia se ha visto rodeado de un halo de divinidad que alcanzaba cotas especialmente altas en el caso de la escultura monumental tradicional. Ésta se ha caracterizado por su carácter conservador, retratando a los grandes personajes políticos de la historia —militares, reyes, políticos—, y dándoles un tratamiento artístico enfático de corte historicista con el objetivo de ensalzar y sacralizar al personaje retratado. Su carácter conmemorativo condicionaba su forma, de manera que el mejor modo de ensalzar a alguien espiritualmente era por medio de altos pedestales que le destacaran en el espacio de la ciudad decimonónica. El empaque, grandilocuencia y efectos escenográficos eran algunos de los atributos que se les daba a este tipo de imágenes. Según Krauss (Krauss, 1993:64-65), este carácter es la lógica propia de la escultura y del monumento conmemorativo. Sin embargo esta lógica comienza a rasgarse a finales del siglo XIX, para fracturarse definitivamente con la llegada del siglo XX y hacer presencia uno de los movimientos artísticos que más repercusión han tenido en la producción artística de este siglo: el Dadá.

                                         

Los “planteamientos artísticos”, o mejor dicho, filosóficos de corte nihilista de Dadá surgieron con una carga crítica e irónica, sin otro planteamiento plástico más que la desacralización del arte. Sus ready made, que fueron los primeros en adentrarse en la condición negativa de la escultura, pretendían cuestionar y poner en duda el valor que el arte había tenido hasta ese momento, y provocar así al espectador. Si bien hemos señalado que la mayor parte de las corrientes artísticas del siglo XX se han centrado en la pintura y en nuevas disciplinas, vemos como Dadá prestó especial atención a la escultura por medio de los ready made, dando lugar a “la inauguración de la modernidad democrática en el arte” (Xibille Muntaner, 1995:196) y a la expansión del campo artístico en general, y escultórico en concreto.

Entre Dadá y la posmodernidad hay aspectos en común como su carácter provocador, pero le separan otros como la relación de la posmodernidad con el consumismo y capitalismo. Aún así, Dadá influye en la posmodernidad, especialmente en el arte público, uno de los aspectos más tradicionales de la historia del arte, y en el que menos habían recalado las vanguardias del siglo XX. En la posmodernidad se produce una mezcla entre lo elevado y lo popular, que remite a Warhol y a Marcel Duchamp (Halbreich, 2000:253) y su concepto “del poco crédito que merecían los dictados de la vida cotidiana”. Esta idea influye en la desacralización del concepto tradicional de escultura, que es una de las principales pautas del arte público de la posmodernidad. Se plantea como una parodia de la tradición en la que además de hacer referencia a aspectos característicos de la escultura tradicional, introducen toda una serie de ironías y juegos de significado con los que crean el “monumento antimonumento”. El primer aspecto sobre el que ironizan es el propio objeto de conmemoración. Los grandes militares y políticos decimonónicos son sustituidos por objetos vulgares de la vida cotidiana, a los que se les da un tratamiento monumental, bien por su reproducción a gran escala, por estar ensalzados sobre pedestal etc Son obras tremendamente provocadoras por el significado que albergan (la desmitificación de los grandes personajes históricos), y por la apariencia que toman, lo que implica el riesgo de que el espectador se quede simplemente en la forma, y no llegue a su significado. Podríamos ponerlo en relación con los ready made dadaístas y con el arte pop, puesto que no hacen sino que continuar el camino iniciado por Dadá: la renovación del ready made mediante su monumentalización. Claes Oldenburg y Coosje van Brüggen, procedentes del Pop Art, son unos de los mejores representantes de esta práctica del “monumento antimonumento”, mediante la reproducción a gran escala —grandilocuencia antes señalada— de objetos insignificantes, a los que da un tratamiento escenográfico a la manera de la tradición escultórica.

Otro modo de ironizar en el arte público posmoderno es mediante la realización de esculturas en las que se recurre a iconografías poco habituales que se sitúan en espacios completamente ajenos al objeto representado, invirtiendo sus valores y significados. Estas obras tienen como intención provocar al espectador, a lo que tenemos que sumar el interés por destacar en el espacio urbano, puesto que el mejor modo de conseguir captar la atención es recurriendo a estas ubicaciones inesperadas, que nada tienen que ver con las fórmulas tradicionales en plazas, paseos, rotondas etc.   

 

La interrelación con el ciudadano

La mala consideración del arte de la posmodernidad deriva, en parte, de su relación con la cultura popular. Esta vinculación condiciona aspectos como la iconografía y determina uno de sus rasgos principales y más valiosos: la interrelación con el ciudadano, que se podría interpretar como una reacción ante el elitismo de la modernidad.

Si el arte público es público no es únicamente por el hecho de localizarse en el espacio urbano, sino por estar destinado a los ciudadanos, sin distinción de clases sociales o procedencias, lo que le diferencia del arte destinado a museos, galerías etc. El arte público busca interactuar con el espacio en el que se ubica, pero especialmente con el viandante, siendo ésta su gran cuenta pendiente, puesto que debía y debe conseguir captar la atención de un público más bien pasivo. Algunas de las características que hemos visto antes —grandilocuencia y apariencia kistch— le permiten llamar su atención, pero es necesario estrechar lazos más duraderos. La mejor manera es mediante una obra interactiva, en la que el ciudadano por medio de su participación se integre en la obra de arte, y si bien no supone un cambio físico permanente sí que implica la terminación conceptual de la obra, puesto que para eso ha sido ideada.

Este tipo de obras permiten disminuir la inaccesibilidad del arte contemporáneo para el ciudadano, creando obras más comprensibles (Jacob, 2000:277), en la línea de la dualidad del arte posmoderno —Cultura popular y cultura elevada—, y con una función social (Jacob, 2000:277). Mediante estos planteamientos se pretende derribar las barreras de tipo físico y simbólico que había impuesto la escultura conmemorativa tradicional al crear obras que tanto por su localización —rodeadas de verjas que impedían acercarse a la escultura– como por su significado —la idea de inmortalidad y superioridad— se mostraban lejanas de la sociedad.

Las nuevas obras pretenden terminar con estos obstáculos y acercar el arte público al espectador, siendo éste uno de los grandes logros de la posmodernidad. Los grados y tipos de participación que se plantean son muy variados, dependiendo del propio artista y el concepto que tiene a este respecto. Encontramos así obras que plantean una interacción de tipo físico, que son las más habituales, y que pueden llevar aparejado un carácter lúdico, que podríamos relacionar de nuevo con la importancia del parque temático, o una participación más activa que involucra al ciudadano en el proceso de creación.

Joseph Beuys, que jugó un papel esencial en la renovación de la escultura, defendía un concepto de escultura que rompía con los condicionantes estéticos y con el concepto tradicional. Planteaba una escultura de tipo social, en la que el ciudadano deja de tener un papel pasivo para tomar una actitud activa, ya que “todo hombre es un artista” (Xibille Muntaner, 1995:197). Sin embargo, no es hasta la década de los 90 (Jacob, 2000:278) cuando se toma conciencia de la importancia de entablar una relación con el ciudadano. Las fórmulas propuestas van  en la línea lanzada por Beuys, rodeadas de cierto carácter político al considerar al arte como un medio desde el que lanzar mensajes a la sociedad y transformarla (Jacob, 2000:279). De este modo, los artistas comienzan a involucrarse en diferentes comunidades, planteando proyectos que surgen del diálogo y colaboración de ambos, y que conllevan un cambio estético importante, ya que se pasa de obras monumentales a proyectos vinculados con el diseño y funciones sociales (Jacob, 2000:278-279). El concepto de arte público cambia radicalmente, adquiriendo un carácter social que le convierte, para algunos, en un elemento de revitalización social ((Jacob, 2000:280), frente al potencial como motor de rehabilitación urbanística que había tenido hasta entonces. No tenemos muy claro hasta que punto este tipo de intervenciones todavía están dentro del ámbito artístico de la posmodernidad, pero lo que sí está claro es por medio de estos planteamientos se consigue un arte verdaderamente público, aunque no sabemos si a costa de sacrificar parte de la calidad artística de la obra (Jacob, 2000:280), según afirman algunos críticos.

 

Ultimas tendencias del arte público

En los últimos años se han ido desarrollando nuevas tendencias dentro del campo del arte público que sustituyen la tendencia que se había impuesto durante buena parte de los 80 y los 90. En unas ciudades en las que el espacio público está saturado lo menos conveniente es continuar con la monumentalidad que el arte público había alcanzado durante los años anteriores. Lo que sí se mantiene es el campo de acción, la ciudad, puesto que es el medio idóneo desde el que entrar en comunicación con el ciudadano, algo especialmente importante para una sociedad basada en los medios de comunicación y en la estimulación visual. Carece de sentido volver al espacio del museo o de la galería donde el público al que se puede llegar es infinitamente menor: la calle permite llegar a un número ilimitado de gentes, y a un sinfín de tipos humanos, lo que hace que las intervenciones sean más enriquecedoras.

Las nuevas propuestas se plantean desde posiciones que meditan en primer lugar sobre la anulación que vive el espacio público a consecuencia de la sobresaturación visual. La intervención temporal es una de las principales propuestas. La escultura se ha visto desbancada por la pintura mural, graffiti, y otros medios audiovisuales como el cartel, en su versión tradicional y más moderna, como el cartel luminoso. El centro de la ciudad, tanto el casco histórico degradado como la zona de negocios y comercios son los escenarios del nuevo arte público. Se basan en múltiples soluciones como la “utilización de canales que ya existen dentro de la ciudad para la publicidad, para emitir otros mensajes” (El Perro, 2002:46). Para ello suelen recurrir en la mayoría de las ocasiones a los propios medios del capitalismo y el consumismo como es la publicidad, que en este caso se convierte en contrapublicidad, situándose en los lugares tradicionalmente ocupados por los anuncios de las grandes marcas. Mantiene la relación con el ciudadano que había iniciado el arte de la posmodernidad pero bajo presupuestos totalmente diferentes, puesto que estas nuevas intervenciones buscan interpelar al ciudadano y sacarlo de su conformidad, lanzando mensajes de contenido crítico sobre diversas cuestiones —capitalismo, injusticia social— de la actualidad.

 

 

 

 

 

 


El Simposium de Escultura de Utebo.

Entre el 26 de Junio y el 10 de julio de 2007 se celebró en Utebo el IV Simposium de Escultura, un espectáculo de talla de piedra en vivo que el Área de Cultura puso en marcha hace cuatro años.

Se trata de una experiencia artística que se engloba dentro de un fenómeno cultural característico de núcleos de población, si no rurales, sí de la periferia que fue inaugurado en España por el Simposium Internacional del Valle de Echo en 1975. Tanto este primer simposium, como los posteriores, y el de Utebo por supuesto, conservan la esencia original del movimiento iniciado por el escultor Karl Prantl en Austria en 1959: el realizar un encuentro de varios artistas, procedentes de distintos países, seleccionados para realizar una obra monumental, al aire libre y en público, que finalmente queda instalada in situ, enriqueciendo el patrimonio del lugar donde se celebra. De esta forma, se desmitifica y hace comprensible el proceso creativo de la obra escultórica, pensando en un público mayoritario no iniciado, y además, se genera un intercambio de ideas, temas y técnicas entre los artistas convocados que repercute muy positivamente en el desarrollo de la escultura y el arte en general.

Con estos propósitos se ha venido realizando el Simposium de Escultura de Utebo, consolidándose como uno de los más importantes de Aragón, tanto por la calidad de las obras realizadas como por el carácter internacional que ha ido adquiriendo a lo largo de estas cuatro ediciones.

     

Este año se seleccionaron, de entre las más de cien propuestas presentadas, los proyectos de cuatro jóvenes artistas que contaban con una dilatada experiencia en este tipo de eventos: “Eternamente joven” de Chris Peterson (Holanda), “Forma vegetal” de Carlos Monge (México), “Ram-Tótem” de Emin Petrosyan (Armenia) y “Hombre-pájaro” de Laetitia de Bazelaire (Francia).

Paralelamente a la exhibición propia del encuentro, se realizó una demostración con otra técnica artística, la forja del hierro, que corrió a cargo del artista invitado José Azul. Ayudado de una fragua portátil, el martillo y el yunque elaboró, en recuerdo de la leyenda del barbo de Utebo, dos peces unidos a sus correspondientes bases de piedra, que fueron posteriormente colocados en la rotonda próxima al puente sobre el ferrocarril sumándose así, a la ya extensa lista de esculturas urbanas que engalanan el pueblo.

 

  "El barbo", de J. Azul

La obra del escultor holandés Chris Peterson es un bloque irregular compuesto por diferentes planos trapezoidales que contrastan entre sí por sus texturas y colores, unos totalmente pulimentados de un color blanquecino, otros tan solo desbastados dejando a la vista la coloración natural de la piedra, de un vivo rosado.

De esta forma, el artista plasma la experiencia vivida durante un viaje por Vietnam. Expresa, a través de la abstracción, recuerdos fragmentados y almacenados en su memoria, diferentes imágenes que se grabaron en su retina a lo largo del recorrido y que ha querido inmortalizar en la piedra.

  

 "Eternamente Joven" de C. Peterson

“Eternamente joven” contiene en sí misma los contrastes de ese país desconocido: la riqueza de los templos y la miseria de las calles, las ruinas y los edificios de nueva construcción, la naturaleza y la mano del hombre, todo ello conviviendo en un mismo espacio impregnado, sin embargo, de armonía, de vida. Y es que el cincuenta por ciento de la población vietnamita tiene menos de veinticinco años siendo su esperanza de vida de 71, su situación está en franca mejoría pero hay mucho camino por recorrer. A pesar de las dificultades, son las ansias de vivir las que se pueden encontrar tanto en la mirada de un niño como en la de un anciano, ambos están henchidos de fortaleza y energía porque encuentran la felicidad en lo poco, o lo mucho, que les proporciona la tierra que los vio nacer, y es así como, incluso cercanos al fin, siguen conservando una juventud eterna.

                 "Forma vegetal", de C. Monge

 

La vida y la abstracción son también las protagonistas de la pieza tallada por Carlos Monge, aunque tratadas de una manera muy diferente. Como su título bien indica, sugiere una forma vegetal, ovalada, que presenta en su derredor una serie de ondas a manera de areolas y una protuberancia vertical que se corresponde, en la parte de atrás, con un hueco que repite su mismo diseño. Estas líneas se inspiran en el cactus pero, de ellas, surge “algo de nueva creación”, según indica el artista. Éste parte de esa forma propia de la naturaleza para simplificar cada uno de sus rasgos definitorios, extrae de ellos lo esencial, lo sugestivo, y crea una nueva imagen abstracta, esta vez de aspecto orgánico.

La obra resultante destaca por la voluptuosidad de sus trazos, por el aspecto húmedo que le proporciona el perfecto pulimentado de su dermis. De ese modo, adquiere una serie de connotaciones que la relacionan con lo femenino y la convierten en representación de la madre naturaleza, al igual que en símbolo de la fuente que buscan los sedientos de vida.

 

Tanto el geometrismo de la primera pieza comentada, como la simplificación de las formas de esta última, los podemos descubrir en el tótem creado por Emin Petrosyan pero dentro de la vertiente figurativa de este IV Simposium. “Ram” representa, de hecho, un elefante con la trompa enroscada y el cuerpo recorrido y adornado por un ribete.

  "Ram-Totem"

  

Se trata de un ídolo de piedra, una de las manifestaciones más representativas de los pueblos antiguos, tanto aquí como en cualquier parte del mundo. Ya que se encuentra en el origen de todas las culturas, puede ser aprehendida por todas ellas y servirles de un nexo de unión conciliador.

Así, el artista armenio Petrosyan realizó en Utebo, como lo hiciera el pueblo celtibérico con los verracos, una escultura zoomorfa que representa en esta ocasión de manera esquemática, no toros ni jabalíes, sino un elefante, un animal con una fuerte simbología relacionada con la sabiduría, la fortaleza y la eternidad. Su representación es totalmente contemporánea, destacando el delicado pulimentado de su superficie y el geometrismo de sus formas, especialmente de la espiral formada por su trompa o del ribete que decora su cuerpo, e incluso de los volúmenes que lo conforman. Sin embargo, la pieza no adolece, como podría llegar a pensarse, de ese aire trascendental e intemporal que caracteriza aquellas estatuas de tiempos remotos.

El último de los cuatro proyectos seleccionados este año es el de la francesa Laetitia de Bazelaire. Su obra muestra, sobre un pedestal horizontal, un gran pájaro con cabeza humana cuya figura tan solo se esculpe en las caras delantera y laterales, quedando el bloque de piedra totalmente liso en la parte posterior, como concebido para ser visto frontalmente.

 "El hombre,pájaro" de L.  Bazelaire

De esa forma, se nos presenta esta imagen realizada con un suave bajorrelieve y dejando las típicas muescas del cincel, a la que la artista ha dotado de un aspecto clásico y emblemático que nos traslada a un pasado lejano. Utiliza una iconografía ancestral y le proporciona un simbolismo personal y romántico: “un hombre duerme en un cuerpo de pájaro”, en paz y libre, porque así se encuentra su alma durante el sueño.

Una vez concluido el Simposium, cada una de las piezas esculpidas fue colocada en diferentes lugares del pueblo con el propósito de continuar embelleciendo su entorno urbano. La plaza de la Concordia fue un destino muy acertado para “Eternamente joven” y “El hombre-pájaro”, aunque, no obstante, esta última podía haber adquirido una mayor presencia si la hubieran instalado ante el muro, de un color mucho más oscuro, que se encuentra a tan solo unos metros de su ubicación final, “Forma vegetal” se colocó en la entrada del cementerio, situación perfecta para una creación llena de vida, y finalmente, el “Tótem” fue apostado muy cerca de ésta, en una zona recientemente ajardinada.

 

Con este cuarto simposium podemos contar ya catorce escultores de distintas procedencias que han dejado su firma en otras tantas esculturas que se han repartido por todo el urbanismo de la localidad. Gracias a ellas, Utebo se convierte en una pequeña muestra del panorama artístico actual en la que está presente ese eclecticismo, esa confluencia de múltiples tendencias que es lo que caracteriza a nuestro tiempo. Bien es cierto que se puede observar un cierto predominio de la figuración a lo largo de estas ediciones y que las propuestas seleccionadas, tal vez no sean las más arriesgadas. Sin embargo, siempre se han adaptado a las necesidades de cada momento y han tenido en consideración, de una manera democrática, los gustos de los uteberos, que al fin y al cabo son los que constituyen el público mayoritario, no sólo del simposium, si no sobre todo, de las obras ubicadas en su entorno correspondiente.

En la actualidad caminar por los parques, plazas, calles y callejuelas del pueblo resulta ser la misma experiencia que la apreciada al recorrer las salas de un centro de arte contemporáneo pero con dos notables diferencias: las obras se encuentran al aire libre pudiendo ser percibidas de manera muy distinta a lo largo del día y con el paso del tiempo y, lo que es más importante, son admiradas por un público extraordinariamente más amplio que en cualquier espacio museístico.

                                                                             

 

ØFotografías del IV Simposium de Utebo realizadas por Társila Gimeno

 

              


Retrospectiva de Julio Gavín en su museo

La última etapa de su vida la dedicó Julio Gavín a la puesta en marcha del Museo que hoy lleva su nombre, el de Dibujo del Castillo de Larrés, que ahora produce una retrospectiva de sus dibujos. Consiguió, la mayor parte de las veces sin coste alguno, una colección envidiable para disfrute de los miles de visitantes que acuden anualmente a ese enclave pirenaico, que goza de tan hermosas vistas hacia el exterior como hacia el interior de la fortaleza. Venía Julio Gavín, presidente de Amigos de Serrablo, de completar la puesta en marcha de algunos otros proyectos, como la recuperación del grupo de iglesias de la zona, que Antonio Durán, maestro de historiadores, consideró mozárabes, o la consolidación de Museo de Artes Populares de Serrablo a través  de  Enrique Satué y de algunos de sus más directos colaboradores.

Pero su vida discurrió entre dibujos desde mucho antes. Su oficio de delineante convirtió a las líneas en su más importante medio de expresión y, en cuanto pudo, tomó lecciones de dibujo artístico. Dibujo cuya práctica no abandonaría a lo largo de su intenso periplo vital.

Los primeros que he podido analizar, los trazó Gavín en el estudio de un delineante llegado a Aragonesas en el año 1943, al que el propio Julio describió como excelente dibujante artístico y persona entregada en cuerpo y alma  a la enseñanza del dibujo, hasta las últimas horas del año que trabajó en las oficinas de la fábrica. Dirigido por él copió motivos clásicos, de los que el visitante de esta exposición podrá  contemplar algunos. Cabezas, manos, perfiles, para templar la mirada, habituarse a los sistemas de medida, al paso de las tres dimensiones de la realidad a las dos del soporte, y al manejo de los escasos procedimientos que en ese momento estaban al alcance de los principiantes. También se inició en la tarea imprescindible de acostumbrar la mano a cumplir las órdenes de la mirada con trazados constantes y en apariencia repetitivos. Fue su primera escuela.

Los modelos, los habituales para cualquiera que quiera iniciarse en el dibujo, con independencia del momento, y de que lo haga en una Facultad de Bellas Artes o en el estudio de un amigo. Los mismos yesos y las mismas láminas que Félix Lafuente pintó en el Instituto de Huesca bajo la atenta mirada de Manuel Ros, su catedrático de dibujo; los que trazó Martín Coronas en el estudio de León Abadías hasta que su maestro decidió emprender su particular aventura carlista, o los que me propuso a finales de los sesenta Pablo Subías, cuando quise entrar en la Escuela Superior de Bellas Artes San Jorge de Barcelona.

Más de una vez surgió, en las conversaciones que hemos mantenido desde mi regreso a Huesca, en los años setenta, la importancia que ha de concederse al aprendizaje de los sistemas y la práctica diaria de los mismos. Algo en lo que estábamos de acuerdo y que Julio no dejó de hacer a lo largo de toda su trayectoria como dibujante.

El aprendizaje, truncado por la marcha de su primer maestro, siguió los años 1945 y 46 gracias al ejerciccio de las posibilidades del  dibujo etnológico, con el apoyo del sacerdote Jósé Pardo Asso. El dibujo analítico, de aperos y objetos de uso para el Museo de Artes de Serrablo o de elementos arquitectónicos ,a lo largo de años de recuperación patrimonial del conjunto de iglesias puestas en valor por la Asociación que presidió, ha sido uno de los campos en los que  Julio Gavín ha trabajado más intensamente. Tanto por su oficio primero de delineante cuanto por su necesidad de restauración de un patrimonio, perdido dolorosamente en las primeras décadas del pasado siglo, y que el tiempo transcurrido envejecía progresivamente.

Una necesidad que mantuvo a lo largo de su vida y que conservó hasta el último momento. La preocupación por la consolidación de los logros de Amigos de Serrablo, que era como se refería a sus trabajos, estuvo presente en la última conversación, en casa Ruba, durante una comida con sabor a despedida, en la que impresionaron a Magda, sobre todo, sus ratos de silencio, tan poco habituales en nuestras reuniones. Aún tuvo un momento para comentar ciertas dudas sobre la continuidad del Museo de dibujo, consciente de que el proyecto no ha querido ser entendido por algunos desde el principio. Y de hablar de los nuevos proyectos que era consciente deberían ser puestos en marcha por otros.

Dibujos de una vida

Una de las últimas ocasiones en las que  coincidí con Julio, en abril del pasado año, fue con motivo de la preparación de la exposición de dibujos que  realicé en la sala dos del Museo de Larrés. El texto del catálogo, que escribió mi hijo Miguel, llevaba por título dibujos de una vida, para dejar clara la condición de retrospectiva de una colección que contaba con algunos de mis primeros retratos a lápiz, de 1968 y finalizaba con alguno de los realizados con aguada de tinta china ese mismo año 2006.

Está claro que si hubiera de buscar un título para este texto, este debería de ser, con mayor propiedad que en la exposición del pasado año, dibujos de una vida. Una vida llena, en la que los trazos de plumilla han constituido el hilo conductor que refleja la multiplicidad de intereses que han motivado  su actividad.

Entre los primeros que forman parte de esta exposición, trazados en  1944 y el último firmado en 2004, sesenta años de una tarea incansable, dedicada al dibujo tanto en lo profesional cuanto en el resto de los muchos campos a los que Julio Gavín dedicó su vida. Seis décadas en las que su poliédrica manera de vivir le llevó de entrenador de fútbol a creador de dos museos, de jefe de delineación de Aragonesas a restaurador de iglesias prerrománicas, de concejal del ayuntamiento de Sabiñánigo a grafista de programas de fiestas o de clásicas ciclistas, de presidente de Amigos de Serrablo a fedatario de infinidad de materiales etnológicos rescatados de los despoblados de la zona a la que dedicó su actividad. En cada uno de esos múltiples oficios, dejó con sus lápices y sus plumillas testimonio de su actividad.

En todos los casos se convirtió en un atento observador de cuanto le rodeaba; actor y testigo a un tiempo de los cambios en los sistemas gráficos de representación y del progreso que los medios mecánicos de reproducción han puesto al alcance de los dibujantes con el paso de los años.

Desde las primeras academias, pintadas con lápiz azul (se dibujaba en la posguerra con lo que se podía) al último de los dibujos que he podido analizar, gracias a las nuevas posibilidades de los soportes digitales, que favorecen, en ocasiones, tanto a los artistas cuanto a los investigadores del arte, la pureza de las líneas y la sensación de pulcritud realizativa protagonizan la obra de este serrablés polifacético. Ese es el aspecto de su trabajo que considero lo resume. La claridad en las ideas suela traer pareja claridad en las acciones. Los dibujos de Julio Gavín constituyen un paradigma de este binomio.

 

 

                                     

 

El dibujo descriptivo, al que dedicó una parte tan importante de su esfuerzo, influyó en la totalidad de su obra. A la que dotó de una limpieza en la ejecución que puede ser señalada como una obsesión en los sesenta años de dibujo de Julio Gavín. Tanto cuando el procedimiento era la plumilla y tinta china, como cuando tocó otros palos de los muchos que ofrecen los procedimientos gráficos. Su preocupación por lo bien hecho fue siempre superior a la que le producían las nuevas maneras. Poco amigo de modernidades su forma de entender el dibujo queda reflejada tanto en los contenidos del Museo de Larrés, cuanto en su propio trabajo como dibujante.

Muchos de los que forman los dos grupos de dibujos que he podido manejar en la pantalla de mi ordenador, a la hora de redactar estas líneas, había podido verlos no hace demasiado tiempo en su casa. Algunas de las exposiciones que tuve ocasión de comisariar en la sala de exposiciones de Multicaja en Huesca, en la serie dedicada a los fondos del Museo de Larrés, durante los últimos noventa del pasado siglo y los primeros años del nuevo milenio, hicieron frecuentes mis visitas al Museo de Dibujo y a su casa, donde seleccionaba los que había de componer cada una de las muestras anuales.

Conseguí vencer su falta de interés por lo propio, y ver en alguna ocasión sus carpetas. Las academias, las series de edificios, balconadas, portales, las chimeneas… Las series de dibujos de los tipos y los paisajes robados en países, algunos exóticos, a los que viajaba los últimos años con regularidad. Dibujos de todas las épocas, a los que las nuevas tecnologías han añadido la colección de carteles que abarcan de 1955 a 1978.

Los carteles

El de fiestas de Sabiñánigo de 1955, un dibujo a plumilla con una técnica similar al estarcido, pero realizado con una manera puntillista, paciente y minuciosa, abre una serie de veinte años en los que todos los temas característicos de las jornadas festivas van a encontrar reflejo en sus diseños. El lanzamiento de barra aragonesa, ejemplo primero de los deporte autóctonos, los toros, los gigantes y cabezudos, los fuegos artificiales, las ferias, las zagalas, la jota, los globos, el cachirulo, son los temas que se reiteran en sus carteles en los que busca una simplificación progresiva de las formas.

De la complejidad gráfica del primero de los años cincuenta, al que cierra la serie de fiestas, en 1973 en el que la forma del globo, único elemento gráfico, se compone con el año y la palabra fiestas, o al compuesto exclusivamente por el escudo de la villa, hay un evidente esfuerzo de síntesis. Algo que no se trasladará, en ningún caso a sus paisajes y figuras, para cuyo tratamiento siguió prefiriendo la caligrafía formal y abigarrada que le ofrecía la plumilla.

El cartel de fiestas que coincide con la celebración del bimilenario de Sabiñánigo, en 1972, compendia la dualidad de su trabajo. Búsqueda por un lado de la simplicidad formal en el mensaje y dibujo a plumilla de una pieza clásica como base gráfica. Extraído  del general de la celebración, el de fiestas da un nuevo paso en la cesión de espacio para el vacío. En el polo opuesto al primero de los que he podido analizar.

Con mayor o menor complejidad, la serie refleja el interés permanente por analizar lo que ocurre en el campo de las artes del dibujo y la cartelería. Pero sin perder en ningún momento su particular visión de esas parcelas del arte.

Las pequeñas incursiones en la pintura que he podido analizar, dejan en el aire una pregunta respecto a lo que hubiera podido hacer dedicado en exclusiva  al mundo del arte en su estudio. Es algo que no podremos saber ya que Julio prefirió trabajar para que los demás pudieran disfrutar de lo que a él le parecía el arte del dibujo. Del que se rodeó en las paredes de un Museo que hoy acoge sus dibujos. Un Museo que ha querido llamarse Museo Julio G.avín Castillo de Larrés.

 

               


Un seminario y una nueva exposición permanente en Molinos (Teruel).

Hace 100 años que nació Blasco Ferrer  y para celebrarlo el Ayuntamiento de Molinos apoyado por el Gobierno de Aragón y la Comarca del Maestrazgo se propuso renovar la exposición de las obras que el artista donó al pueblo. Se trata de una colección de pinturas, dibujos, terracotas y esculturas en hierro y bronce que permiten hacer un recorrido por los aspectos más destacados de su trayectoria artística y que se encuentran expuestas en una de las salas que forman parte del Museo de Molinos.

 

Acompañando dicha renovación los días 28 y 29 de septiembre se celebró en Molinos  un seminario con el título: “El regreso (museístico) de los emigrados. Escultores de la Escuela de París”. Este seminario, bajo la dirección científica de Jesús Pedro Lorente y la coordinación de Sonia Sánchez, en el que también presentaron ponencias los profesores Moisés Bazán, María Bolaños, Manuel García Guatas y Lucia Matos, tuvo como objetivo servir de impulso al conocimiento de la obra de Eleuterio Blasco Ferrer y de los escultores y museos que exponen sus obras en similares circunstancias como: Apel.les Fenosa, Mateo Hernández, Baltasar Lobo, Pablo Gargallo, Julio González o el portugués Diogo de Macedo, todos ellos emigrados que triunfaron en París, desarrollando allí gran parte de su producción artística y cuyas obras regresaron más tarde, para ser expuestas en sus ciudades y pueblos de origen.

 

Público asistente al seminario en el salón de ADEMA

 

El motivo de que hoy pueda verse la obra de Blasco Ferrer en el Museo de Molinos, entre otras causas, es por ser éste el pueblo de su madre con quien mantuvo siempre muy buena relación y por encontrar en él el apoyo que necesitó cuando, ya mayor, quiso acercarse a su tierra, tras una vida de éxitos y reconocimientos, de viajes y de importantes relaciones con lo más granado del mundo artístico parisino.

 

Eleuterio nació en 1907 en Foz de Calanda y es allí donde pasó su infancia y adolescencia hasta los 17 años. Sus padres se dedicaban a vender cántaros por los pueblos y el pequeño Eleuterio aprovechaba cualquier pedazo de barro sobrante o las viejas latas abandonadas para modelar y crear sus figuras.

Años después, la crítica gustó de referenciar ese temprano impulso creativo, mientras que el propio Blasco solía comenzar sus entrevistas hablando de sus humildes orígenes. En una entrevista en 1955 el artista resumía así los momentos iniciáticos en el arte de recortar, modelar y crear con el metal: “Recuerdo que en las afueras de mi pueblo vi, en un montón de cosas inservibles, un destello metálico que llamó mi atención. Era un bote de hojalata que el sol hacía brillar. Lo recogí. ¡No puedo explicar todavía la alegría que sentí al tenerlo entre mis manos! Fue la luz inspiradora. La idea había surgido. Lo llevé a casa. Cogí unos alicates y unas tijeras y comencé a recortar a doblar la lata, creando mis primeras figuras y flores en metal”.

 

Después de varios intentos frustrados, Blasco logra, abandonando a su familia, llegar a Barcelona. Allí trabaja en lo que puede para poder estudiar en la Escuela de Bellas Artes donde, según sus propias palabras: “acostumbrado yo a dibujar, pintar y modelar sin enseñanza ninguna, y ya un poco maduro, no hubo manera de poder someterme a las reglas de la academia”.

Y así, procurando no dejarse llevar por el arte más comercial, consigue reunir algunas pinturas de carácter expresionista para inaugurar su primera exposición en la sala Parés de Barcelona,  logrando buena acogida del público y la crítica. La segunda exposición se celebra en las Galerías Layetanas y el catálogo es prologado por su amigo y tratadista José María Sucre. A esta exposición le siguen otras dos: en 1933 en el Casino de Teruel y en 1934 nuevamente en las Galerías Layetanas, siendo ésta la última exposición que realiza en España, debido al corte brusco de la Guerra Civil.

 

Al terminar la guerra Eleuterio Blasco se exilia a Francia pasando varios meses en el campo de concentración de Vernet de Ariège. Siempre muy sensible a los sufrimientos de la gente humilde y trabajadora y a las penurias de los más débiles, con los que convive diariamente, retrata numerosas escenas de prisioneros, obreros, madres abrazando a sus hijos, etc.., en apuntes rápidos y abocetados, aprovechando cualquier pedazo de papel que cae en sus manos.

Consigue salir del campo para trabajar en una fábrica de bombas en Burdeos. Allí intenta vender los dibujos que había realizado durante esos meses. Así va logrando sus primeros encargos con los que comprar lo necesario para continuar pintando, dibujando y lo que es más difícil creando sus esculturas en hierro, pero siempre con la mente puesta en París, donde intuía, podría convertirse en un artista reconocido.

 

Finalmente logra llegar a  París en aquellos años convulsos anteriores a la 2ª Guerra Mundial y organiza su primera exposición individual en la ciudad, en la Galería Berri, gracias a la ayuda del pintor belga Van Monfort. Hay que decir que varias veces vio esta exposición irse al traste por que la GESTAPO le obligó a regresar a Burdeos.

Aunque la inauguración de la exposición no tuvo el alcance que se esperaba, debido a que en aquellos días se produjeron los primeros bombardeos de París, si que sirvió para que Eleuterio Blasco comenzase a ser conocido en el convulso mundo del arte en París. Presentó obras surrealistas y realistas y alguna escultura en hierro, entre ellas varias bailarinas y su “Cabeza de Cristo”.

 

Tras la guerra, en 1948, Blasco logra celebrar en la Galería Bosc, otra exposición individual que le aportará fama internacional. En ella, presenta nuevamente “Cabeza de Cristo” junto a alguna de las obras más representativas de su producción como “el Mártir”, “Caballo” y también tres de sus bailarinas.

Con estas dos exposiciones Blasco se consolida como escultor en hierro. Numerosos artículos lo incluyen en la línea de Pablo Gargallo y Julio González, pero aunque realiza algunas obras bastante cercanas a Gargallo, las esculturas más características de la producción de Blasco resultan más dibujísticas, menos preocupadas en lograr crear volúmenes que en forjar el hierro transponiendo valores pictóricos de lleno y vacío.

 

 

 

Respecto a la clasificación de su obra pictórica, el propio Blasco distingue tres periodos diferentes: de sombra, cromático y moderno. De estos tres periodos podemos ver ejemplos en la Sala del Museo de Molinos. Aunque más que en su faceta pictórica condicionada por lo comercial, destaca como dibujante. Por ello, la nueva renovación de la sala ha dedicado más espacio a mostrar algunos interesantes dibujos de entre los más de 400 que forman parte de la colección.

 

En París, Blasco tenía su taller en “rue du Chemin Vert” donde trabajaba sus planchas con la cizalla, el soplete, las tenazas, la lima, el martillo y el cincel. Su carácter y su estilo encajaban muy bien en el ambiente artístico de galerías, crítica y público y pronto empieza a exponer también fuera de París: La Haya, Marsella, Nimes, Nueva York.

 

En la década de los 50´ Blasco lleva a cabo una intensa labor artística. De entre todas las exposiciones que realizó en aquellos años, destaca una por la repercusión que tuvo en España. Blasco regresa a Barcelona en el año 1954 en busca de una galería donde exponer su obra. Finalmente en el año 1955 expone en la Galería Argos con una inauguración por todo lo alto que reune a numerosas personalidades del mundo de las artes de la ciudad. Luis Monreal, Marsá, Xifré (director artístico de las galerías Argos), Lina Font (crítica de arte de Radio Barcelona), los escultores Clará, Rebull, Llauradó y los pintores, Sebastián Junyer, E. Ochoa, Carmen Osés y muchos otros así como Cantavella y José Mª de Sucre (tratadistas de arte) [1]

 

Años más tarde, regresa definitivamente a España y se instala en Barcelona donde todavía organizará en 1980 una exposición individual. También expone en la Delegación Provincial de Cultura de Teruel y al mismo tiempo se empieza a plantear que su colección de obras pueda quedarse en Teruel, concretamente en Molinos, donde, como hemos dicho, encontró el apoyo que necesitaba.

Hoy la mayor parte de su obra se encuentra dispersa en colecciones particulares y en algunos museos Europeos. En Molinos pueden visitarse varias esculturas, entre ellas el Último suspiro de Don Quijote, obra considerada por el artista como su obra maestra. También guarda Molinos una interesante colección de dibujos reflejo de las diferentes fases de su trayectoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




[1] Noticia recortada y pegada en una de las carpetas de Eleuterio Blasco en el museo de Molinos.


Javi Joven

En este momento de la historia en que el arte se valora por las cifras en las que se cotiza, también existen artistas que trazan su mirada hacia los lugares más desfavorecidos del mundo y que no suelen salir en los telediarios. Este es el caso de Javi  Joven  (Zaragoza, 1976), un pintor de talante jovial y pincelada poderosa, pero siempre con una mirada crítica ante la sociedad.  Es un corredor de fondo que se plantea la pintura como un aprendizaje continuo. Tras la serie “Pilar: (auto) retrato de un cuerpo” realizada entre 2.003-2004, se embarcó en un proyecto que le dio la oportunidad de conocer otros continentes y culturas. La Diputación Provincial de Zaragoza le concedió una beca para la ampliación y perfeccionamiento de estudios artísticos en el extranjero. El destino: Paraguay. Allí es donde comenzó su proyecto “Yvy Marae`ÿ (un desplazamiento estético a Bañado Sur)”,  que cursó en la Universidad Politécnica y Artística de este país durante el curso 2.005-2.006. Un trabajo que sigue su andadura gracias a la beca en la Casa Velázquez en Madrid de la Diputación de Zaragoza que ahora le ha renovado para este próximo curso.

 

-P. ¿Cómo surge el proyecto “Yvÿ Marae`y (un desplazamiento estético a Bañado Sur)” ?

-R. Una buena amiga zaragozana que marchó a Paraguay para realizar un voluntariado de dos años me brindó la oportunidad de conocer de primera mano la realidad de Bañado Sur, uno de los barrios marginados de Asunción. No me lo pensé dos veces y me puse en contacto con la UPAP para ver si un proyecto pictórico sobre el barrio podría adscibirse dentro de alguna de sus líneas de investigación. Me sugirieron su Maestría en Arte y Cultura de Iberoamérica, y el resto fueron la afortunada concesión de la beca y un intenso período de vivencia y exploración. Vida y proyecto se arremolinaron en un todo consustancial. Fue muy difícil y estimulante a un tiempo, ya que se trataba de dejar fluir el proceso creativo y al mismo tiempo verbalizarlo en su transcurso… Hasta tal punto la coyuntura modelaba la obra que me era complicado argumentar a la parte académica los cambios drásticos de concepción en tiempo real. Finalmente todos (Bañado y Universidad) parecieron muy satisfechos, así que regresé muy pleno.

-P. Un pintor como Javi Joven muy motivado por asuntos sociales, ¿que encontró en la realidad social, los desplazados, aquellos que viven en las zonas periurbanas de las grandes urbes, como es el caso del Bañado Sur , para conferirles el protagonismo de sus obras?. 

-R. Lo primero que encontré fue una realidad descarnada, que me resultaba del todo excesiva y cruda. Cuando me descubrí quitando fotos (como dicen allá) con mi cámara digital en mitad del vertedero Cateura con decenas de personas trabajando doce horas al día para obtener una miseria, sentí un estremecimiento. Fue como si de repente tomara conciencia de un modo vívido –no teórico- de la parte trasera de nuestra gran patraña, percibiéndome un actor más del simulacro. Después intenté ahondar más allá de mis previsibles sentimientos occidentales y me dejé vivir con naturalidad, sin suspicacias hacia el entorno o hacia mi propio origen. La gente del Bañado me ayudó a relajarme en este sentido porque son el paradigma de la hospitalidad y la llaneza. La diferencia se fue acortando hasta desaparecer mi última piel y verme a mí mismo en el otro. Al final descubres lo obvio; que la gente marginada y sin recursos sólo se diferencia de tí en eso, en que no tiene recursos y por ello es arrinconada. En Asunción esto es especialmente lacerante. El ninguneo del Bañado llega hasta el extremo de que las cifras cínico-oficiales reconocen que allí habitan de 40000 a 60000 personas,  y el mapa turístico de Asunción colorea de verde toda la zona. Mucha gente del centro de la capital desconoce por completo la realidad de esta “periferia” o sus representaciones mentales sobre el mismo alcanzan resonancias mitológicas (siempre negativas).

Uno de los propósitos del proyecto acabó siendo precisamente el alumbramiento público –al menos local- de una realidad negada, a través de rostros concretos. Pero rostros no marcados por su marginalidad, sino por su esencial humanidad, por su projimidad. Finalmente las figuras, aunque encarnaban el barrio, estaban descontextualizadas de su entorno para que pudieran ser cualquiera. Eso sí ; cualquiera con nombres y apellidos.

-P. El método de trabajo partió de la captación de fotografías, ¿como se  plantea en el lienzo para aunar los elementos de la identidad popular de Paraguay con los retratos de estos seres marginales ?

-R. Habitualmente suelo partir de la fotografía como elemento meramente documental, que registra -con aparente denotación- lo real que tengo delante. Es como congelar un momento de experiencia en un acto inmediato antes de «masticarlo» más cuidadosamente con la pintura. Sin embargo, en este proyecto el material me pareció tan sugerente que decidí utilizarlo «directamente» (muy retocado) también como obra final. La exposición de pintura en el Museo del Barro/Centro de Artes Visuales se complementó con otra simultánea de fotografía en el Centro Cultural Juan de Salazar de la Embajada Española. La fotografía me permitió en estas circunstancias ofrecer al público un retrato mucho más amplio del Bañado, ya que condesaba unos 70 rostros mientras que sólo me dió tiempo a realizar 12 en el conjunto de la obra pictórica. No era una cuestión de cantidad ; en este caso el documento acercaba sin ambajes un dato al ciudadano y me interesaba esa inmediatez. Además así pude implicar a mucha más gente como protagonista del evento.

            Por otra parte, en mi empeño de hablar desde lo local, me interesé en el pensamiento tupí-guaraní y en particular por uno de sus mitos más fascinantes que es el de la Tierra sin Mal –cuyo vocablo original da nombre a este proyecto-. Se trata de un paraíso dado a conquistar sin morir, con localización precisa y física en el mundo, que llevaría a peregrinar a antiguas comunidades índígenas en su apasionada búsqueda[1]. Según algunos autores se trataría también de llegar a un estado de “indestructibilidad”, mediante la práctica de la virtud y un riguroso ascetismo. Pensé que como esa Tierra sin Mal podría localizarse en cada ser, el Bañado también podría encarnarla a través de sus vecinos. Esta idea allí resulta bastante paradójica si tomamos en cuenta que Bañado es más bien sinónimo de tierra llena de males.

Por lo demás, en la obra “La Tierra no existe aún” aglutiné elementos variados de la realidad asuncena y de occidente, para narrar desde nuestro presente el camino que todavía nos resta para encontrar ese futurible (que a diferencia de la u-topía es un lugar que sí existe).

 

La Tierra no existe aún”, Óleo sobre lienzo, 100×200 cm., Asunción, 2006

-P. Estas obras realizadas en Paraguay fueron la base para solicitar la beca de la Diputación de Zaragoza, en la Casa Velazquez en Madrid durante el curso 2.006-2,007. ¿Cómo ha ido evolucionando el trabajo?.

-R. El proyecto surgió de la confrontación directa con Bañado Sur, pero el término «desplazamiento» estaba ya implícito en su título. Desde el principio supe que lo que estaba viviendo era un “territorio de inflexión” en mi vida al que siempre podría y debería regresar.  Después de bucear casi un año en Latinoamérica no puedes irte sin más. Sientes una deuda con esa realidad que te ha tocado: has de digerirla, rendirle homenaje, difundirla o simplemente seguir “gustando” de ella.

La Casa Velázquez en Madrid ha supuesto un contrapunto extremo, provocador incluso para el proyecto. Pasar abruptamente de un ambiente colmado de necesidad a otro saciado de abundancia es cuando menos, chocante. Pero Paraguay –y en especial su gente- ya me enseñó antes de volver a apreciar, por un lado, mi situación total de privilegio en la vida y por otro, a situarla dentro de su verdadero matiz coyuntural. La perspectiva casi simultánea de ambos escenarios provoca una especie de conciencia lúcida –que desgraciadamente no es perpetua-. Luego, lo que resulta difícil es la verdadera tarea: situarse más allá de ambos espacios desde el punto de vista de la eternidad.

Por supuesto la obra realizada este año en Madrid se ha visto afectada de este viaje pendular y de mis limitaciones. No obstante, después de un año en Paraguay rindiendo cuentas teóricas sobre todo lo que pintaba opté por “dejarme pintar” en España. Influido por la estética de la «forma formante» de L. Pareyson, tenía la necesidad de dejarme llevar por la propia realización, dejar “pintar a la pintura” para alcanzar así, mediante una suerte de “presagio y adivinación” –con permiso del autor- , la «forma» anhelada.

Al final, lo que ha salido es un retrato bastante desbordante que enfrenta mediante paradojas visuales ambas realidades. Todo es algo hiperbólico, como para dar cuenta de la intensidad de lo relatado. Creo que la distancia con respecto al objeto representado ha supuesto que las obras estén preñadas de un matiz más personal, de un mayor filtro interpretativo del viaje -consciente e inconsciente-.

-P. Los cuadros de grandes dimensiones tienen una composición basada en el horror vacui, donde las imágenes se simultanean, ¿por que esta elección ?.

            -R. En realidad, ha sido la «forma» la que me ha elegido a mí…(risas)

La primera obra en este sentido producida en Asunción fue “La Tierra no existe aún”, y tenía que ver con la intención de metaforizar la acumulación de experiencias en una suerte de sedimentación icónica, como si las imágenes –que son el detritus de nuestra civilización- se acumularan en un vertedero donde dejan de significar. Tuvo mucho que ver con mi experiencia del basural Cateura.

Ya en Madrid, esa acumulación tiene un sentido más estructural, porque los elementos, aunque acumulados, están rigurosamente ordenados en una composición simétrica. Estoy hablando del tríptico Homenaje a Bañado Sur: de la projimidad al superego, de lo real a su doble (oda a la alteración disociativa contemporánea). Se trata además de una ordenación centrífuga, donde hay un personaje central del que parecen emanar el resto de las imágenes.

En el proceso de creación he simultaneado las asociaciones libres y las conscientes, para que no fuera el lenguaje reflexivo el que ciñera todo el sentido de la obra. Y se produjo esta abigarrada mixtura donde se mezclan aspectos terribles y lúdicos; opiniones macropolíticas y experiencias contemplativas; citas metalingüísticas y vivencias prosaicas… Todo, como he dicho en alguna otra parte, como una disolución neutralizante y atemporal, vacía de sentido.

A la vista del resultado no puedo evitar ver en esa simultaneidad algunos síntomas muy colectivos: la ruptura con la realidad, las alteraciones de la percepción, las visiones de la realidad catastrófica, las disociaciones cronotópicas, la colocación de dos cosas dispares en una paridad imposible

No hay más que encender la tele y uno percibe inmediatamente su inmersión en esta esquizofrenia contemporánea que narra la obra.

-P. En cuanto a la técnica pictórica Javi Joven ha seguido la estela de los clásicos al utilizar el método de grisalla, ¿ que te lleva a usarla ?.

-R. Siempre recuerdo que en la Facultad, a la vista de un dibujo del natural que presenté para una asignatura, alguien me dijo : «dibujas bien. Ya se te pasará». Fue una frase bastante sintomática del ambiente académico en el que crecí. Aparentemente vivimos una buena época para la creación donde tienen cabida todas las alternativas estéticas, pero nunca es del todo así. La «comunidad artística » suele imponer siempre paradigmas excluyentes. El realismo y la pintura tenían entonces inexplicablemente cierta connotación reaccionaria, y entonces mucha gente de mi generación respondimos ante tal despropósito. No creo que nadie vea ahora que la pintura está en receso, o que el realismo ha agotado sus posibilidades… Cuando percibes que este tipo de discriminación de lo que es o no pertinente en nuestra contemporaneidad es del todo arbitraria, optas por elejir tu propio camino. Necesitaba retomar la fenomenología de la pintura más allá de este universo teórico impostado con el que no me identificaba. En cierto sentido, cada generación tiene la responsabilidad de responder por sí misma a los retos estéticos y los cuestionamientos de la norma. Siempre se nos inculcó que una serie de autores y sus ideas estéticas habían establecido una serie de puntos sin retorno, castrando en cierto modo todo lo cronológicamente anterior. Pero una cosa es cuestionar a los antigüos desde nuestros actuales presupuestos, y otra muy distinta obviarlos como algo superado.

Por eso decidí, tratándose de pintura, no constreñirme con las aseveraciones tajantes y dogmáticas de la Modernidad ni de la Postmodernidad ni de la Post-post-modernidad, etc. Simplemente intento acudir al hecho pictórico y dialogar con cada pintor, sea Richter, Close o Vermeer. En este sentido el Barroco y sus técnicas son un hito nada despreciable de la representación figurativa, que nadie nos ha enseñado en la facultad. Me apasiona toda la historia de la pintura, me nutro enormemente de toda ella, y al final somos yo y la pintura, el lienzo y mi idiosincrasia, pero aquí y ahora.

-P. ¿Que va a suponer la prolongación de la beca este curso 2.007-2.008 ?.

-R. Las condiciones de producción de la Casa Velázquez son inmejorables; tiempo, espacio y recursos para no preocuparse más que de la obra. Esto te sitúa ante una exigencia y responsabilidad dobles. Este año acometí posiblemente uno de mis proyectos más ambiciosos y menos rentables -en términos prácticos-; un tríptico de 2 metros de altura por 5 de anchura lleno de detalles y con una composición muy compleja. No se puede dedicar toda la energía de un año a tres cuadros fuera de estas condiciones. El ritmo de la pintura entendida así se contrapone totalmente a las exigencias de trabajo y productividad de nuestra época. Por otro lado, cuando mantienes este nivel de exigencia y escrupulosidad con la obra otras circunstancias como esta beca te van favoreciendo. Más allá de sus aciertos y desatinos, la obra me ha animado a continuar en esta línea ambiciosa. Prolongarla es el mejor ejercicio para continuar teniendo fe en la Pintura.

Con respecto al proyecto, sigo abierto a que sea «la forma»  quien imponga el desarrollo tanto técnico como conceptual. No sé si se trata de una evolución lineal, pero desde luego soy consciente de que unas obras me van llevando a otras y tengo que estar muy perceptible a sus propias interpelaciones.

-P. Parte de la obra que ya está acabada se expondrá este mes de septiembre en París, para cuando en Aragón ?.

R. La Casa Velázquez tiene la siguiente agenda anual ; una jornada de puertas abiertas en febrero, una exposición colectiva de los miembros estatutarios entre mayo y julio y otra en septiembre, en París. Una vez concluída la beca, la Diputación de Zaragoza acostumbra a realizar una exposición del conjunto de la obra producida por el becario en el Monasterio de Veruela. Tengo mucha ilusión volcada en esta futura exposición allí, que espero acontezca a partir de octubre de 2008, ya que aglutinará por primera vez todo el trabajo producido tanto en España como en Paraguay.




[1] Me remito a CLASTRES, HÉLÈNE. La tierra sin mal. El profetismo tupí-guaraní. Argentina: Ediciones del Sol. 1989.