La ópera Madama Butterfly a través de la revista L´Illustrazione Italiana (1904-1945)

 

 

El último cuarto del siglo XIX y el primero del siglo XX es un periodo histórico complejo. Oriente pasó a ser el punto de mira a donde todos los ojos se dirigían y como dice Edward W. Said:

 

Oriente es una idea que tiene una historia, una tradición de pensamiento, unas imágenes y un vocabulario que la han dado una realidad y una presencia en y para Occidente” y “por medio de su arte y sus colores, sus luces y sus gentes se hicieron visibles a través de las imágenes, los ritmos y los motivos que los describían”. (Said, 2003).

 

Como consecuencia del Imperialismo, comienzan a conocerse las culturas y tradiciones lejanas, lo que provocará un fenómeno: el exotismo que se pondrá de moda y conquistará todos los campos de la cultura. Y junto al exotismo, surgirá el culturalismo como una huida al pasado donde encontrar nuevos elementos para la creación artística.

 

Así pues, en música sería Felicien David (1810-1876) quien, con sus Melodías Orientales, pondría de moda el exotismo convirtiéndose en un punto de referencia para la ópera, con sus melodías sugestivas, sus personajes y su rico colorido e inundaría los teatros de ópera. Le seguirían El pescador de perlas (1863) de Bizet, Aida (1871) de Verdi, La princesse jaune (1871) de Camille Saint-Saëns, Lakmé (1883) de Delibes o The Mikado (1885) de Gilbert y Sullivan. De este modo, el Japonismo musical continuó la estela de la obra de Pierre Loti (1850-1923) Madame Chrysanthème (1887). 

 

Esta moda por Oriente se desarrolló en Italia en fechas tempranas debido a sus fluidas relaciones político-diplomáticas. Así debemos citar el caso de Alessandro Kraus  (1853-1931), autor de la obra La musique au Japon (1878) que intentaba acercarse, de manera científica, a otras músicas y que se basaba en los escritos de Pietro Savio (1838-1904). Pero fueron Pietro Mascagni (1863-1945) y Giacomo Puccini (1858-1924), máximo representante de la corriente verista, los mayores exponentes de este Japonismo musical en Italia.

 

L´Illustrazione Italiana, revista publicada en Milán,fue un eficaz medio de difusión de Japón y del Japonismo en la sociedad italiana de su tiempo. El editor Emilio Treves (1834-1916) fue una de las personalidades más importantes del Risorgimiento italiano y de la dinamización cultural del Norte de Italia. Nacido en el seno de una culta familia hebrea, recibió una exquisita formación, llegando a dominar a la perfección el latín y el griego. Aunque en un primer momento se dedicó a escribir dramas posteriormente se convirtió en editor creando Il Corriere di Milano (1869-1874), padre del actual Corriere della Sera. En 1873 dio vida a una revista ilustrada que tituló La Nuova Illustrazione Universale. Posteriormente, la revista de Treves cambió su nombre por el de L´Illustrazione Universale (1874-1875)y, finalmente, por el de L´Illustrazione Italiana (1875-1962). (Almazán y Araguás, 2006: 748-749).

La primera referencia sobre una ópera que se desarrollaba en Japón apareció publicada por L´Illustrazione Italiana en su ejemplar del 25 de noviembre de 1892. (Alt, 1892: 210-211). En dicho número, R. Alt. redactó un comentario sobre la ópera Madame Chrysanthème de Andrè Messager (1853-1929) y Andrè Alexandre, la cual era una adaptación de la obra homónima de Pierre Loti, una de las fuentes literarias de la ópera Madama Butterfly.

 

Pero, sin lugar a dudas, la ópera más famosa de ambientación japonesa es Madama Butterfly[i] de Giacomo Puccini. Puccini conocía perfectamente la debilidad de la época por lo exótico, una moda europea que coincidía con el movimiento modernista del stile floreale. Policromados de madera, objetos de arte, muebles, porcelanas y kimonos procedentes del Japón estaban de moda. (Krause, 1985: 151).

 

Para esta obra maestra de tres actos Giacomo Puccini adaptó la obra de David Belasco (1859-1931), Madama Butterfly, quien a su vez adaptó el cuento de John Luther Long (1861-1927), publicado en 1898 en la revista americana Century Magazine. A su vez, Long se había inspirado en la novela del escritor francés Pierre Loti titulada Madame Chrysanthème (1887). En él se narraba la historia de una geisha y su hijo, abandonados por el amante y padre, respectivamente, un oficial de la marina norteamericana.Puccini contó con los libretistas Giacomo Giacosa (1847-1906) e Luigi Illica (1857-1919), él mismo con el que trabajo Mascagni así como con la señora Ohyama, mujer del embajador en Italia. (Krause, 1985: 161). En abril de 1902, coincidiendo con la tournée europea de Sada Yacco, Puccini acudió al teatro para tomar buena nota del sonido de las voces y la música y encontrar en ella la inspiración necesaria para ciertas notas de su Ciao- Ciao san. Ese mismo año Puccini se desesperaba ante la falta de material musical japonés:

 

“Ormai sono imbarcato in Giappone e farò del mio meglio per enderlo (…) N´ho cercata e ne ho trovata, ma è povera e poca cosa”.  (Gross, 2003: 353)

 

De todos es conocido el argumento de Madama Butterfly: con el trasfondo del conflicto entre dos civilizaciones, la tradicional y la moderna, una dulce geisha de quince años Ciao- Ciao- san, se casa con un teniente de la marina estadounidense, Benjamín Franklin Pinkerton, en Nagasaki. Tras la boda, Pinkerton, personaje cuya insensibilidad contrasta a lo largo de la historia con la delicadeza de Ciao- Ciao- san, marcha a su país, donde se casa con la también norteamericana Kate, mientras la protagonista aguarda contando los días para su llegada. Para mayor dramatismo, cuando Ciao- Ciao- san averigua la realidad, a punto de regresar Pinkerton tras tres años de ausencia, se anuncia al auditorio la existencia de un hijo común. El drama, lleno de sentimentalismo, acaba con el triste suicidio de la abandonada esposa. Esta obra representa, sin duda alguna, el gran icono de la construcción occidental de la mujer japonesa.

 

En julio de 1903 comenzaban los ensayos de esta obra, (Anónimo, 1903: 192 y 196) que se había retrasado debido a un accidente con el coche(Chauffeur, 1903: 182) y que le hizo perder cinco meses, pero que era esperada con ansias por parte del empresario Morichini y Baccelli (1832-1916), ministro dell´Istruzione. (Anónimo, 1904: 158).  

 

Esta obra fue estrenada en La Scala de Milán en 1904 con una cuidada escenografía de Vittorio Rota (1864-1931) y Carlo Songa (1856-1911), bajo la dirección del pintor teatral parisino Lucien Jusseaume (1851-1925) y vestuario de Giuseppe Palanti (1881-1946). (Gutiérrez, 2006: 507).  

 

El reparto de Madama Butterfly cuidadosamente elegido, recayó en Rosina Storchio (1872-1945) para el papel de Butterfly, Giovanni Zanatello (1876-1949) para Pinkerton y Giuseppe De Luca (1876-1950) interpretaría al cónsul Sharpless. La dirección musical se otorgó a Cleofone Campanilini (1860-1919) pero la première fue calificada sencillamente de “orrorosa”. En ellase alababa el trabajo de Puccini en su búsqueda de una armonía y melodía occidentales con otras de origen oriental. Asimismo se ensalzaba la voz de Rosina Storchio en el papel de Butterfly pero se criticaba con dureza la representación de Giovanni Zenatello y Giuseppe De Luca.

 

“conceziosi interpreti in parti poco simatiche e poco atte alla scena lirica (…)”,podíamos leer en la crítica musical. (Leporello, 1904: 106-107).

 

 El crítico musical de L´Illustrazione Italiana, Leporello, proponía como solución para su éxito:

 

“(…)  in realtà credo che l´insuccesso di Madama Butterfly sia dovuto tutto a piccoli errori facilmente correggibili con qualche tratto di penna. Gli basterà  tagliare un po´di giapponiseria al primo atto, e ridurre a più guste proporzioni le affascinante dueto finale; accordare un momento di pausa fra la prima e la seconda parte del secondo atto, e regalare un costumino elegante all´artista che dovrà impersonare la bellezza di Kate”.  (Leporello, 1904: 106-107).

 

Con unos pequeños cambios la versión revisada en el Teatro Grande de Brescia pronto se convirtió en un éxito y la desgraciada historia de Madama Butterfly fue muy popular en Europa y Estados Unidos. (Anónimo, 1904: 456-457). Con motivo de la representación de esta ópera en Milán en 1905 se publicó en la revista un fotograbado de una página completa realizado por Salvadori en el que podíamos ver los momentos más representativos de la misma así como una imagen de Angelica Pandolfini como Madama Butterfly. (Anónimo: 1905: 397 y 403).  

 

En L´Illustrazione Italiana no se publicó ninguna referencia al estreno de esta ópera en España.

 

Tras su éxito la ópera recorrería los grandes teatros del mundo destacando la première de 1906 en L´Opéra Comique de un París donde el Japonismo estaba en pleno auge después de la Exposición de 1900. Este estreno iba a marcar un hito en la historia del drama japonés, encargándose la dirección escenográfica a Albert Carré (1852-1938) y el papel de Butterfly a su esposa Marguerite Carré (1880-1947). Marcel Jambon y Alexandre Bailly introdujeron en los bocetos un toque simbolista que el maestro Puccini aprobó. De este modo el segundo y tercer acto fueron un:

 

“lusso e buon gusto di allestimento scenico”.  (Anónimo, 1907: 7).

 

Prueba de este éxito son las críticas que L´Illustrazione Italiana realizó sobre la tercera versión de esta ópera en el Covent Garden de Londres: “Madama Butterfly ha avuto un gran successo” (Anónimo, 1905: 53). Asimismo obtuvo también buenas críticas en Nueva York en 1908 con Enrico Caruso (1873-1921) donde pudimos ver una escena del Acto I (G, 1908: 324-326) o en Vienadonde Puccini fue llamado a escena seis veces (Caburi, 1907: 466) o en el teatro Dal Verme de Milán. (Anónimo, 1905: 397 y 403). Fue en el teatro del Metropolitan Opera House de Nueva York donde pudimos ver una escena del Acto II donde Suzuki y Butterfly hablaban en un jardín con cerezos en flor. (G, 1908: 324-326).  

 

Otra noticia pudo leerse en febrero de 1908, bajo el título de “Uomini e cose del giorno”. (Anónimo: 1908: 164).En ella podíamos ver a la célebre cantante Salomea Kruszelnika (1872-1952), que actuaba en el teatro Zizinia de Alejandría, vestida de japonesa con un abanico en sus manos. Asimismo, en 1912, pudimos ver una imagen de Puccini navegando en su yate de gasolina Cio-Cio-san que compró con las ganancias producidas. (Anónimo, 1912: 151).  

 

 

Años más tarde, en 1920, se estrenó Madama Butterfly en el renovado teatro Malibran de Venecia. (Baroni: 1920: 17). En enero de 1926 con motivo del primer aniversario de la muerte del maestro Puccini se representó la ópera Madama Butterfly en La Scala de Milán que fue descrita como:

 

“…un´opera che abbia maggiore calore e sincerità di sentimento, più squisita modellatura di caratteri. È un´anima di donna vera, viva, la picola Butterfly presa nel suo sogno d´amore che la uccide!”. (Gatti, 1926: 88-89).

 

Meses después con motivo de la apertura de la temporada de ópera en el teatro Dal Verme de Milán se informaba de la representación de Madama Butterfly. Asimismo, esta información se acompañaba con las imágenes de sus intérpretes. Semanas después se indicaba el tremendo éxito por parte del público en Milán. (Anónimo, 1926: 226-227).  En 1929 apareció un curioso dato: entre 1907 y 1919 la ópera Madama Butterfly se había representado 107 veces en Viena. (Zinagarelli, 1929: 787-789).  

 

Resulta curioso comprobar cómo, paralelamente a que Madama Butterfly consolidara el gusto japonés por los escenarios operísticos, otro músico italiano, Adolfo Sarcoli (1867-1936) durante el periodo Taisho (1912-1926) fortaleciera en Japón la tradición occidental de música vocal, mientras que el también italiano Giovanni Vittorio Rossi, fomentaba el desarrollo de la ópera y la danza.

 

En 1931 se informó de la muerte del “fecondo autor drammatico”, David Belasco. (Anónimo, 1931: 781).  La siguiente crónica sobre Madama Butterfly la encontramos cuatro años después, ya que se representó en Vichy ya dentro del contexto prebélico. (Anónimo, 1935: 114). En 1936, encontramos otra referencia de esta ópera, esta vez en Holanda. (Anónimo, 1936: 852- 853). Semanas después se publicó otra reseña sobre la representación de Madama Butterfly en Montecarlo. (Anónimo, 1936: 936). Al año se representó con un gran éxito en Buenos Aires (Anónimo, 1937: IX), Lisboa (Anónimo, 1937: VI) y Milán (Anónimo, 1937: VII). En agosto de 1937 se inauguró el teatro Giacomo Puccini en Rodi con la representación de esta ópera y con la presencia de los duques d´Aosta. (Anónimo, 1937: IX). Una semana más tarde encontramos un significativo artículo bajo el título de “Entusiasmo di masse per la lirica popolare” donde pudimos ver unas imágenes de la dulce geisha con su niño. (Anónimo, 1937: 948).  

 

En 1938, encontramos una pequeña noticia sobre la representación de Madama Butterfly en Como. (Anónimo, 1937: VII). Poco después Carlo Gatti le dedicaba varias páginas a la representación de esta ópera, organizada por el P.N.F., en el teatro de La Scala de Milán con los bocetos de Roba, la dirección de Victor de Sabata (1892-1967) y las voces de Iris Adami Corradetti (1903-1998) y Lugo. (Gatti, 1938: 157-158). Asimismo vimos la imagen de un cuadro donde las ramas de los árboles se iban entrelazando conformando un todo del que participaban la casa y el resto de los elementos que aparecían en la composición. Igualmente vemos el puente, una imagen típica japonesa, así como la frontera entre dos pueblos, Occidente y Oriente, dos vidas, la Butterfly niña y Butterfly madura y entre la ilusión y la tragedia. Desde que cruza el puente su destino queda marcado Igualmente la casita tiene el suelo elevado de manera que quedara el jardín más bajo. (Greenwald, 2000: 46-50).

 

Meses después encontramos una reseña sobre la representación de esta ópera en Bérgamo dirigida por Franco Capuana (1894-1969). (Anónimo, 1938: IX-VII). Poco tiempo después se representó en Bolonia. (Anónimo, 1938: VIII). En diciembre de 1938 se representó en la antigua Yugoslavia donde el director Erede (1909-2001) y los artistas italianos fueron condecorados por las autoridades locales. (Anónimo, 1938: LXVI). En 1939 se encarnó esta ópera en la ciudad del Cairo (Anónimo, 1939: XV) y en Milán. (Anónimo, 1939: XV). Pero fue en 1941 cuando esta obra alcanzó un gran triunfo en Turín (Anónimo, 1941: IX), Venecia, (Anónimo, 1941: VII), Roma (Anónimo, 1941: XVI) y Alemania, donde se representó en 56 teatros ya que se veía como una unión entre dos aliados: Italia y Japón (Anónimo, 1941: XI). Tal es así que en 1942 el Ministerio de Cultura Popular representó esta ópera en diversas ciudades menores. (Anónimo, 1942: IX).  

 

 

En 1944, leemos numerosas reseñas sobre la representación de esta ópera en el teatro Medica de Bolonia con Mafalda Favero (1903-1981) como Cio-Cio-san, (Anónimo, 1944: V), en el teatro de la ópera de Roma, (Anónimo, 1944: V), en Turín con Toshiko Hasegawa(Anónimo, 1944: 5) y Milán. (Anónimo, 1944: V y VII).  Al año siguiente, encontramos una noticia sobre la figuración de esta obra en Milán. (Anónimo, 1945: V).

 

Con motivo del vigésimo aniversario de la muerte de Giacomo Puccini en 1944 encontramos dos reseñas interesantes. En la primera vemos una parte de la partitura de Madama Butterfly y la tumba de Puccini en Torre del Lago (Scuderi, 1944: 726-727), que en palabras de Krause, “no es ni suntuoso ni sentimental”. (Krause, 1985: 97). La segunda de ellas hace referencia a la prolija correspondencia del compositor. Así leemos en una carta cómo concebía Puccini su obra:

 

“la stampa e il pubblico possono dire ciò che vogliono; ma non riusciranno a seppellirmi, né ad ammazare la mia Butterfly, la quale risorgera più viva e sana di prima”. (Rost, 1944: 758-759).

 

En 1945, con motivo de la muerte de Rosina Storchio encontramos una reseña acompañada de una fotografía sobre esta “giapponissima Butterfly”. (Valerio, 1945: 23).  

 

En 1936, encontramos una curiosa noticia la consejera de Derecho laboral dentro del régimen de Bentito Mussolini, Adele Pontecorvo Pertici, escribió ese año un pequeño libro de tono propagandístico sobre Le donne di Puccini. (Anónimo, 1936: 116).  

 

Debido a las connotaciones negativas del personaje del yanqui Pinkerton, así como la exhibición  y burla de la bandera nacional, la ópera fue suspendida en Estados Unidos durante los años de la Segunda Guerra Mundial en el enfrentamiento bélico entre Japón y Estados Unidos.

 



[i]Actualmente, Luisa María Gutiérrez Machó está realizando en el Departamento de Historia del Arte y bajo la dirección de las Dras. Elena Barlés y Cristina Giménez su tesis doctoral bajo el título de: Puccini y su Tragedia Giapponese: Madama Butterfly, Arte y Mito.


Enrique Azcoaga: La crítica de arte y la ‘reconstrucción de la razón’ durante el franquismo

 

Querer reducir a estas páginas la complejidad y riqueza de la figura de un crítico de arte [i]y también escritor tan prolífico como Enrique Azcoaga es causa perdida de antemano. Su dilatada trayectoria lo iba a obligar a vivir varias Españas, teniéndose que adaptar a ellas: los años de la república, el primer franquismo, la “España peregrina” en su tardío exilio argentino, las últimas décadas del franquismo y la España democrática. Trayectoria en la que uno de sus objetivos primordiales iba a ser siempre el de recobrar la memoria de la vanguardia anterior a la guerra civil, tarea que entrañaría numerosas dificultades, en especial en un contexto como el de los primeros años del franquismo, años de su actividad fundamentales y que si no se trataran aquí harían poco comprensible cuál fue su gran contribución a la crítica de arte en nuestro país. Censura, olvido, críticas, incomprensión, desaliento…, su actividad se desarrollará a veces en condiciones muy duras, incluso desde el punto de vista económico, como él mismo expone en una carta el 20 de mayo de 1946 a Fernando González:

 

He resistido todo lo que he podido. Pero al fin hoy, acordándome de la tuya última en la que me decías que quizá podrías enviarme las 250 pts que dais por libro en HALCON, contra la entrega del original, termino de copiar mi MARZO y te lo envío.

¿Podrás enviarme urgentemente esa cantidad?. Te hablo como a un hermano. Estoy sin un céntimo; o estamos, porque eso es lo grave. Y me vendría como una lluvia de mayo, la llegada de los cincuenta duros. Si podéis, no abandonarme. Si esto no fuera posible, escríbeme urgentemente, para no vivir de ilusiones.

No trabajo nada. Entre esperanzas y luchas se me va el tiempo…

 

Para justificar el enfoque que he dado a este trabajo tengo que comenzar haciendo mención a un ya lejano congreso titulado “Dos décadas de cultura artística en el franquismo (1936-1956)” celebrado en Granada (Cabrera, Castillo, Henares, Zalduondo, 2000:15-16).  En él la conferencia inaugural corrió a cargo del profesor Elías Díaz, catedrático de Filosofía Jurídica y Política de la Universidad Autónoma de Madrid, y llevaba por título “Los inicios de la reconstrucción de la razón (España, 1939-1956)”, en ella el autor ya precisaba, al comenzar su disertación, cómo este título podía fácilmente considerarse “optimista” dadas las adversas condiciones en las que “podía empezar a reconstruirse la razón destruida y la razón prohibida” durante los primeros años del franquismo: “No era mucho, en efecto –afirmaba Elías Díaz-, lo que podía hacerse y lo que se hizo para esa reconstrucción de la razón, y con la razón en la España anterior a 1956…”, por lo que resulta muy comprensible que “más de un crítico y estudioso… se haya preguntado extrañado por la posibilidad misma de una verdadera vida intelectual y de un pensamiento digno de ese nombre en la España de esos difíciles años: sin libertad –se afirma así con razón- no hay lugar para la abierta discrepancia y la pública contradicción y sin ellas se da un grave riesgo de decadencia y falseamiento también en el mundo de las ideas y de la cultura”. Precisamente, esta ausencia de libertad, de la que se queja a menudo nuestro crítico, aboca a Azcoaga a marcharse a Argentina, -“esta ciudad, que lo es de supervivientes”, a decir del autor- en una fecha tardía como la de 1951, “para ganar tiempo” –según sus propias palabras-, para alejarse del asfixiante panorama vivido en los años 40, en el que intentó trabajar por esa “recuperación de la razón” y de la modernidad proscrita…”Pero -queremos subrayar estas palabras de Elías Díaz- sería a su vez un gran error desconocer o despreciar lo que, con mil condicionamientos e insuficiencias, de hecho se estaba haciendo, pues allí…encontraron impulso intelectual y político actitudes críticas que ya se manifestarían con mucho mayor claridad y decisión en torno precisamente a 1956” .

Y si dicha libertad no existía, cabía “adoptar la actitud de ir ganándosela palmo a palmo, día a día”, ese iba a ser el mérito de representantes de la cultura como el que aquí tratamos, Enrique Azcoaga, que desde dentro y pese a la feroz propaganda de la doctrina oficial, la censura, la represión…, por honestidad intelectual, coherencia, dignidad personal, emprendieron el camino de la reflexión, de la crítica y, en la medida que fue siendo posible, el diálogo con el exterior -tanto con la cultura del exilio como con los nuevos desarrollos artísticos internacionales-; primero de manera sutil y episódica, para poco a poco -significándose cada día un poco más- convertirse en crítica más o menos abierta y en oposición al discurso oficial.

En este punto, para poder entender mejor la labor de ese contingente de intelectuales y artistas que se quedaron después de la Guerra Civil –por diversas circunstancias y no siempre por afección al régimen- y que engrosan las filas, muchos de ellos, del que se ha denominado “exilio interior”, hay que matizar también esa división maniquea del país –desde antes de la guerra- entre gentes de izquierda y derecha. Desde el punto de vista ideológico y cultural cabría y sería lógico matizar y plantear la existencia –que la hubo- de otras posturas –ello exigiría analizar cada caso detenidamente y pese a todo, algunos interrogantes se quedarían sin respuesta-, incluida la de aquellos que no terminan de alinearse o manifiestan su voluntad de mantenerse alejados de la política –por muy difícil que esto fuera- como se desprende de esta cita de Guillermo de Torre durante la guerra:

en el fondo, comunistoides y fascistizantes de toda laya se dan la mano y se reconocen como hermanos gemelos en el común propósito de aniquilar o rebajar la libre expresión literaria y artística, queriendo rebajarla a mera propaganda (De Torre, 1939)

Nos ayudará también a la comprensión de la actividad de estos autores, señalar que la historiografía artística sobre el franquismo pone cada vez más de relieve ciertas continuidades con los desarrollos culturales anteriores a la guerra civil: por ejemplo con el pensamiento conservador español y europeo,  con un sentimiento que se extiende ya antes de la Guerra Civil de que los alardes más experimentales y provocativos de la vanguardia habían pasado ya  -a la vista de los terribles sucesos de la  primera Guerra Mundial y la durísima posguerra-,  pero también con la sintaxis de algunos movimientos de vanguardia como el Surrealismo, el Cubismo, el Expresionismo y más aún con ciertos lenguajes de la vanguardia que vuelven a la figuración en los años veinte y treinta -pensemos en los realismos europeos de entreguerras- y también, en arquitectura, no sólo con el Movimiento Moderno, sino con otra línea de “modernidad mesurada” que se esforzaba por crear expresiones arquitectónicas de carácter regional y nacional o que hacía una nueva lectura del clasicismo y que coexiste con el racionalismo de los años treinta.

No olvidemos tampoco que algunas de las figuras relevantes que participaron activamente en los procesos de la renovación artística de los años treinta, como Caballero, Dalí, Cossío, Ponce de León, Sáenz de Tejada, Olasagasti, Vázquez Díaz, Palencia, Cabanas, Euraskin, Adriano del Valle, Pruna…, arquitectos como Aizpurúa, Gutiérrez Soto, Prieto-Moreno, Bigagor, Luis Moya, Muguruza…, además de historiadores del arte, críticos, escritores, músicos…, iban a continuar activos en nuestro país tras la guerra  (Brihuega y Llorente, 1999; Caparrós y Henares, 2008: 289-313); muchos de ellos asumiendo la causa de los rebeldes o colaborando con el régimen franquista, ocupando algunos puestos decisivos en las instituciones encargadas de gestionar la cultura artística de nuestro país en la inmediata posguerra.

Constatamos así, al estudiar la producción artística de los años cuarenta, cómo una considerable cantidad de aspectos propios de los lenguajes renovadores de los años veinte y treinta –tanto en la plástica como en arquitectura y urbanismo- continuaron existiendo después de la Guerra Civil, aunque ahora convenientemente reinterpretados por la ideología dominante. Elementos formales del Cubismo, el Expresionismo, de los realismos de entreguerras como la Pintura Metafísica, e incluso del Surrealismo o el Racionalismo arquitectónico…aparecerán camuflados en la producción artística  oficial, aunque carecerán del sentido y vigor que los vio nacer; y otras veces asomarán con cierta autonomía en la obra de artistas que tuvieron la voluntad de resaltar la modernidad a través de ellos, siempre de manera comedida, pese a las directrices culturales del régimen y sus mecanismos de censura, que pretendió eliminar del panorama el arte más renovador con sus connotaciones de progreso y libertad.

Estas pervivencias o continuidad con los lenguajes artísticos anteriores a la contienda y la modernidad en general, también se pone de manifiesto en la actividad y producción de la crítica, como ocurre en el caso de Enrique Azcoaga. Éste es su contexto, pertenece a esa importante nómina de críticos que figuraron a los dos lados de la Guerra Civil en activo, que antes de la guerra van a formar su ideario en contacto directo con la vanguardia –llegando algunos a participar activamente en sus desarrollos-. Entre ellos,  un número importante verán dar un vuelco a sus ideas al entrar en contacto con determinadas corrientes de pensamiento europeas y determinados episodios políticos como son los fascismos o totalitarismos, terminando por convencerse de la viabilidad de su ideario y procedimientos para dar solución a los problemas de nuestro país; mientras otros, desde una posición más moderada, se decantarán por una línea de modernidad mesurada. (Caparrós y Henares, 2008: 289-313)

La relación de autores es considerable: Eugenio D´Ors, Ernesto Giménez Caballero, Rafael Sánchez Mazas, Eugenio Montes, Samuel Ros, José Mª Alfaro,  Juan Ramón Masoliver, Manuel Abril, Joseph María Junoy, Tomás Borrás, Pedro Mourlane Michelena, Luis Felipe Vivanco, Francisco de Cossío, José Francés, José Camón Aznar, Rafael Benet, Joan Teixidor, Juan Antonio Gaya Nuño, Luis Gil Fillol, Eduardo Llosent, Manuel Sánchez Camargo, Enrique Lafuente Ferrari, Benito Rodríguez-Filloy …y entre ellos Azcoaga. La procedencia de estos críticos es diversa así como heterogéneas sus trayectorias, frecuentaron lugares comunes en la preguerra y es intensa su actividad periodística. Observaremos que muchos de ellos, a medida que nos acercamos al 36,  harán una crítica más ideologizada e intensificarán su colaboración en una serie de revistas y prensa de tinte conservador más radical como La Gaceta Literaria, Cruz y Raya, ABC, Blanco y Negro, Acción Española… y luego en títulos que canalizarán la propaganda franquista durante la guerra y la posguerra tan significativos como Vértice, Destino, Arriba, Santo y Seña, Arte Español, Escorial…., demostrando algunos, ya en la preguerra, un mayor compromiso con la política y el fascismo por su militancia en Falange y  por asumir tras la guerra, puestos de responsabilidad en las institucionales franquistas, queriendo con su obra “dirigir”el discurso artístico y la creación,  a fin de someterla y constreñirla a los asfixiantes límites de un pretendido estilo oficial.[1]

Otros, sin embargo apostaron por la renovación artística de nuestro país y el contacto con los desarrollos europeos, este iba a ser el caso de Enrique Azcoaga (Madrid 1912-1985) antes de la guerra. Como poeta y crítico de arte se implicó en diferentes e importantes iniciativas con otros artistas de vanguardia y colaboró en significativas revistas de los años 30, siendo así redactor de Hoja Literaria junto a Sánchez Barbudo y Serrano Plaja  -formando parte estos dos últimos también del grupo de Hora de España-, revista que acogería a ex-ultraistas y escritores del 27 y contaría entre sus colaboradores gráficos con artistas como Souto, Mateos, Climent… Azcoaga también colaboraría con el grupo de Nuestro Cinema, que defendiera en sus páginas el cine soviético y el realismo socialista, reuniendo firmas tanto nacionales como internacionales -por citar algunos Fernand Léger, Eisenstein, Lunacharsky- muy comprometidas con la renovación; fue socio igualmente de ADLAN, y entre las exposiciones que impulsara la agrupación Azcoaga prologaría el catálogo de la exposición de Maruja Mallo en 1936, y por supuesto es conocida igualmente su colaboración con las Misiones Pedagógicas y la obtención del premio nacional de literatura en 1933.

Nuestro país se había mantenido al corriente de lo que ocurría fuera y permeable a los lenguajes de la vanguardia. Es importante para nosotros, de cara a comprender la posición estética de algunos artistas y críticos activos tras la guerra civil, más moderados pero abiertos a lo nuevo, el contacto con una vanguardia mesurada  que se desarrolla entrado el XX y en especial en los años comprendidos entre las dos guerras mundiales, poniendo en cuestión los lenguajes de la vanguardia más experimental, rompedora y elitista. Recordemos aquí la expansión internacional de los realismos de entreguerras y el debate teórico que se desarrolla con intensidad  en la década de los años veinte y sobre todo en los treinta en Europa entre realismo y vanguardia

Azcoaga con Eugenio D'Ors

 

Estas nuevas propuestas surgidas por el cansancio y desconfianza hacia las vanguardias llegan a España en los años veinte y el debate tendrá un importante calado en algunos críticos. Recordemos al respecto los escritos de Eugenio d´Ors [2] -en  cuyo círculo se moverá Azcoaga en la posguerra- y cómo, al comienzo de la década de los veinte, las revistas del ultraísmo empezarán a introducir en sus páginas información sobre el “retorno al orden, favoreciendo la aparición de elementos del “retorno al orden” o de las trayectorias más clásicas de artistas como Picasso en la obra de muchos de nuestros artistas, imponiéndose así una vanguardia mesurada los años que preceden a la Guerra Civil. No olvidemos tampoco el desarrollo del neoclasicismo musical en España en estas primeras décadas del siglo XX.

Sería lógico por tanto que, tras la Guerra Civil, artistas y críticos mostraran su inclinación por estos presupuestos, de manera que la sintaxis y el ideario plástico de la Italia de entreguerras -el entorno de la  revista Valori Plastici y el posterior grupo Novecento- perviviera y se convirtiera en punto de referencia imprescindible de un buen número de artistas e intelectuales españoles en los años cuarenta (artistas como Juan Antonio Morales, Juan Cabanas, Miguel Villá, Carlos Chevilly, Luis Castellanos, Palencia, Gregorio del Olmo, Carlos Pascual de Lara, Cristino Mallo…), pensemos al respecto que la poesía de Azcoaga se ha calificado también de neoclasicismo de posguerra.

No es necesario recordar que la Guerra Civil y la posterior dictadura supondrían una durísima sangría en nuestro panorama artístico y cultural. Muchos de aquellos críticos que mencionábamos, activos antes de la guerra pero más ideologizados, colaborarán en la definición de un estilo oficial a través de la prensa, convirtiendo su crítica en mera  apología política. Pero en los años iniciales, entre el 39 y el 45 y pese a la condena y persecución de todo el pensamiento moderno, liberal y democrático -el exilio, la muerte, la cárcel, las depuraciones e inhabilitaciones o el miedo y la consiguiente autocensura-, hubo intelectuales y artistas que permanecieron en el país o regresaron en los primeros momentos por diferentes motivos, que pudieron desarrollar su actividad en mejores o peores condiciones, colaborando en mayor o menor medida con el régimen y consiguiendo dignificar con su labor la cultura de los primeros años,  y se ha hablado de muchos de ellos, por las condiciones que les tocó vivir, aludiendo a un “exilio interior”o “exilio sin exilio”. Debemos por tanto resaltar que frente a la vulgaridad, la mediocridad de la cultura artística oficial, surgieron una serie de iniciativas –como la Segunda Escuela de Vallecas[3], la Escuela de Madrid,  la Academia Breve de Crítica de Arte y los Salones de los Once, así como la actividad de algunas revistas, galerías de arte ….- que hay que valorar en su justa medida, pues –aunque promovidas la mayoría desde la oficialidad- muchos de los autores y artistas implicados en ellas habían conocido las experiencias renovadoras de preguerra. No en vano habían vivido en esos ambientes, formando parte de tertulias, colaborado en revistas, oído conferencias, visitado exposiciones, salido al extranjero…y entre ellos no pocos creyeron en esas experiencias, se aproximaron a ellas, experimentaron con los nuevos lenguajes. En algunos casos sería un entusiasmo por lo nuevo con matizaciones, las más de las veces en la convicción de que había que adaptarlo a las peculiaridades de lo español, o un abrirles los brazos a la mitad, sólo a las experiencias más mesuradas y que no prescindían completamente de la figuración. Precisamente por ello, por ese rodaje y trayectorias de preguerra, a algunos les costaría abandonar del todo los postulados de la modernidad, de manera que más o menos tímidamente o prudentemente, intentarán deslizar –unos más abiertamente, otros de manera subliminal- elementos de la estética contemporánea en su actividad.

Es en el contexto de esas tímidas iniciativas donde hay que situar la  actividad de Azcoaga, que perteneció –ejerciendo como secretario-, junto a José Mª Alfaro, José Camón Aznar, Eduardo Llosent o Luis Felipe Vivanco, al sector de críticos más abierto del entorno de la Academia Breve de Crítica de Arte, que tuvo su impulsor en 1941 en Eugenio d´Ors, proponiéndose superar el academicismo reinante a favor de iniciativas entroncadas con la modernidad, así rezaba en sus Estatutos [4] y así lo pone de manifiesto el propio Enrique Azcoaga en Destino, en 1943 al decir que “la Academia Breve de Crítica de Arte no ha venido a traer la paz”.

Enrique Azcoaga desarrollará una gran actividad en toda la década, colaborando asiduamente en publicaciones oficiales como Haz, Santo y Seña, Informaciones, Vértice, Escorial, El Alcázar…-que canalizan el ideario del régimen- o en otras más abiertas como Revista de Ideas Estéticas, Revista Nacional de Arquitectura, Leonardo, Cartel de las Artes, Índice de las Artes. Así  el 20 de octubre de 1941 en Santo y Seña publica un artículo con título “Los dos rumores: Eduardo Vicente”, un artista que había participado activamente en los círculos de vanguardia de preguerra [5], nuestro crítico en una fecha tan temprana -en la que el férreo control del Estado y la propaganda política y cultural del régimen es protagonista absoluta y contamina casi al cien por cien el discurso artístico poniendo fuertes limitaciones a la autonomía del arte y de los artistas-, apuesta por la visión interior del artista, por el valor de la subjetividad, ejemplificada en la pintura de Eduardo Vicente y arremete  contra el realismo:

La pintura, como la poesía, o se arranca del pecho o es una cosa superficial. La pintura, como la poesía, o arranca del pecho o arranca de la piel. La pintura que arranca de la piel da lugar a un realismo. La que arranca del pecho da lugar a otro realismo profundo, auténtico, superior. Por causa de tan diferentes arranques, y de tener muy pocos los pintores, el realismo es cosa que anda un tanto desprestigiada. Se le confunde casi siempre con la caligrafía. Y así cuando de Velázquez se dice por pedantuelos o peritos que es un “pintor realista”, nos duele el alma con inexpresable dolor”… “Los caminos de Eduardo  Vicente –hemos escrito en otro lugar-, que se salen del pecho, no conducen a la piel de las cosas…sino a su verdad.

En otro artículo de 1942, “La vida artística. Pinturas de José Caballero, Luis Calzada, Victor María Cortezo y Juan Antonio Morales” (Azcoaga, 1942), volviendo a incidir en la subjetividad y en el valor expresivo del arte se pregunta: “¿Cuál es el mensaje humano, profundo, palpitante de Caballero, Calzada y Morales? ¿Cuál es el estremecimiento íntimo de estos cuatro plásticos de nuestro tiempo, frente a la vida y frente a la realidad?…”…”¿Pero hasta cuando no vamos a hacer otras cosas que “naturalezas muertas”?¿Hasta cuándo, intervengan en pintura figuras humanas o no intervengan, un cuadro va a ser tan mudo, tan seco, tan decorativo, tan muertamente formal?” y  en una especie de grito desesperado  solicita “necesitamos ¡¡pintura!!”

Comprobamos por tanto que el mensaje estético del primer franquismo no es unívoco (Cabrera García, 1998). Pese a los intentos de unidad, a la voluntad de creación de un estilo del régimen, habrá artistas y críticos en esos primeros años que darán constancia de la desorientación y mediocridad de la producción artística al amparo de un tradicionalismo convencional, mostrando su profunda insatisfacción, si bien nunca desde posiciones beligerantes o excesivamente demoledoras. Surgen con ello bien pronto críticas que pretenden romper con el academicismo existente para encontrar, aún desde posturas oficiales o pseudo-oficiales y no excesivamente comprometedoras, alternativas más válidas y actuales. En 1943 en El Español, Azcoaga publica un texto en el que expresa ya desde el título la necesidad de poner al día nuestra producción artística, “Frente al academicismo y la iconoclástia (Necesidad de una pintura actual)”. Y en otro artículo publicado ese mismo año en Arte y Letras, con un lenguaje muy claro y directo, hace una crítica desfavorable a la Exposición Nacional de aquel año, y por extensión a toda la pintura académica:

…no basta como en otros tiempos, adscribirse con toda la pobretería y mezquindad creadoras que esta adhesión implica, a un academicismo barato, o a una iconoclastia desmelenada. Es necesario volver a “pintar”. Y como en eso de lo que es pintura, aunque la cosa parezca perogrullesca, no nos hemos puesto de acuerdo, todas las personas que vivimos alrededor y en la salsa de estos problemas, es muy fácil  cuando a una exposición colectiva se asiste, contemplar como la liquidación de una época de sectarismos pobres, en la que en muy pocas obras se anuncia la pintura necesaria para el porvenir. Es por todo, por lo que debe considerarse la época actual de tránsito, de paso, de liquidación y esperanza. En la que todos tenemos que exigir tremendamente, para que las artes plásticas desemboquen en un momento, donde no quepa la corta y pobre aspiración”

Así, en fecha muy temprana, y como primer paso en el camino de vuelta hacia una concepción liberal del arte, algunos intelectuales, artistas y críticos van a retomar y a poner el énfasis en los presupuestos estéticos románticos, reivindicando los valores de lo personal, la espontaneidad, la imaginación…antes marginados o excluidos por la doctrina oficial del régimen al considerarlos peligrosos, dejando así de identificarse con un “espíritu rebelde”, subversivo, individualista…[6]. Enrique Azcoaga se alinea con estas posiciones y junto a él el círculo de Revista de Ideas Estéticas y se pronuncian también a favor de la separación de funciones entre arte y política, preparando de este modo el terreno a la reivindicación y revalorización de los lenguajes de vanguardia.

Nuestro crítico no estaba solo,  en 1942 en una crónica sobre la Exposición Nacional de Bellas Artes, Manuel Sánchez Camargo en Revista Nacional de Educación, admite que no existe una vía única para los creadores; en 1944 en Destino, Juan Teixidor en su artículo “Grandeza y miseria de nuestra vida artística”, se queja también del bajo tono de las numerosas exposiciones que tienen lugar en Barcelona y junto a ellos también se pronunciaron en términos parecidos José Camón Aznar desde ABC, Benito Rodríguez Filloy en Arriba, Juan Ramón Masoliver o en el ámbito de la  arquitectura Juan de Zavala, Pedro Bidagor… Las referencias a la vanguardia, antes acompañadas de un buen número de prevenciones y descalificaciones, cada vez se hacen más frecuentes y pasan a considerarse una fase legítima de nuestra historia del arte, valorando su utilidad como revulsivo contra fórmulas menos felices como el eclecticismo y academicismo de finales del XIX y primeros del XX, pues habrían servido para hacer reaccionar a los artistas. Así lo declara Enrique Azcoaga en Revista de Ideas Estéticas, subrayando su importancia histórica pero no su vigencia en los años cuarenta:

La considerable cantidad de “ismos” que suceden en la historia de las artes al “impresionismo” universal, no pueden considerarse a estas alturas, si queremos formular un concepto de la pintura que saque a la plástica de su perplejidad actual, ni con el desprecio que los encogidos la enjuician, ni valorándola como los desequilibrados la valoran…Los “ismos” terminaron hace mucho tiempo  como “movimientos”, y cualquier pintor que resucite su formulario resulta ahora un antiejemplar anacrónico. Pero todos estos movimientos… tuvieron una importancia que no es posible tergiversar en la actualidad, cuando lo único que nos legaron estas manifestaciones…da a la mejor pintura contemporánea una amplitud y una frescura que, sin ellos y sus consecuencias, no hubiera podido tener…  (Azcoaga, 1943: 93)

Reflexiones como ésta nos recuerdan otras similares de anteguerra vertidas en una revista como La Gaceta Literaria, en su famosa encuesta sobre la vanguardia, [7] donde sector más moderado de los encuestados la consideraba beneficiosa como acicate y revulsivo, pero pasada; rechazaban su vigencia ya al filo de los años 30, muy en línea con algunos puntos del debate que generan los realismos de entreguerras en Europa. Esta conciencia más abierta de Azcoaga con respecto a la vanguardia, no sería óbice para que nuestro autor no incluyera en el texto conceptos aún muy cercanos a los presupuestos estéticos más tradicionales y del gusto del régimen.

Desde Informaciones, en estos primeros años, Azcoaga defiende también la libertad del crítico para exponer sus ideas, insistiendo en sus críticas al academicismo oficial y la estética normativa del régimen, a la vez que especula sobre lo que debe ser la crítica:

…Durante todo el verano hemos procurado, en ocho o diez crónicas –sin olvidarnos  de lo que en la misma crítica personal y particular había de posición-, de justificar nuestro punto de vista. Ahora bien; ese punto de vista que todos nos exigimos como referencia indispensable para juzgar la obra de arte puede encontrarse en peligro. En la actitud o en la reserva con que nos situamos  ante determinada pintura y escultura se instala muchas veces lo más tópico de nuestras apreciaciones, encasillando nuestra manera de ver y sentir. Son necesarios al acercarnos a la obra de arte, una desnudez, un desinterés, una entrega absoluta, que pocas veces nos califican. Y sobre todo, el sentirnos invadidos por un deseo de libertad, de liberación, que busca en la pintura ámbito propicio donde residir, sin lo que el tópico artístico más despreciable puede valernos para tan importante función.(Azcoaga, 7-10-1942: 3)

Y en otro número de febrero de 1943, vuelve sobre estas ideas contestando un artículo de José Aguiar:

Como usted sabe muy bien, existe una copiosa minoría dispuesta a defender cierta clase de pintura imposible, producto de la paciencia y de la constancia, al margen del dolor tremendo que al pintar han sentido los plásticos universales de todos los tiempos, que en mi concepto es la culpable de que el público y la juventud española no tengan un sentido demasiado claro de su quehacer en este plano. En el colmo de la soberbia, cuando se siente noblemente atacada, incordia y funciona de manera prodigiosa, hasta que convence a quien quiere de que nuestros ataques contra su “fosilización” son ataques a España, al estado, a todo aquello que nos consiente día a día subvertir. Y, claro está, en mi concepto la crítica tiene la misión de desenmascararla. La crítica no puede estar dispuesta a que su influencia, absolutamente perniciosa, se extienda sin parar.(Azcoaga, 5-II-1943: 3)

 La insatisfacción cada vez mayor por los modelos historicistas va a llevar a Azcoaga a  ocuparse también  de la arquitectura, sumándose al debate que emprenderán autores como Juan de Zavala, Miguel Fisac, Francisco Cabrero, Francisco Mitjans…, pretendiendo dar por clausurado el modelo escorialista que el régimen había querido imponer y apostando por el Movimiento Internacional:

Comprenderás por qué hemos repasado cosas demasiado sabidas, con el fin de abominar del “neo-herrerismo” de nuestro tiempo. Si todos estamos de acuerdo en la diferencia que existe entre un escultor y un marmolista, no sé por qué llamamos algo más que “albañiles” a esos distinguidos arquitectos de este tiempo duro e ingrato que, apoyando sus codos en la mesa de la técnica, levantan sus pretensiones arquitectónicas “según” la vida eterna del escorial…es preciso, amigo mío, que los arquitectos de nuestra hora intenten… una arquitectura correspondiente a su tiempo.(Azcoaga, 1945: 247-276)

Pero será en la segunda mitad de los años cuarenta, cuando empiecen a cuajar las primeras iniciativas serias de vanguardia que tienen ya una cierta resonancia social, a través de la prensa nacional e internacional, que abocarán a la definitiva recuperación de lo nuevo acontecida durante los años cincuenta, coincidiendo con la caída del fascismo en Europa tras finalizar la Segunda Guerra Mundial.[8] La actividad editorial se hace más intensa entonces, surgiendo revistas de gran interés y alejadas de la política, que dan cabida en sus páginas de manera cada vez más abierta a la vanguardia, inaugurando el debate sobre la necesidad de poner al día culturalmente a nuestro país; revistas como Postismo (1945), Ariel (1946), Insula (1946), Algol (1946), Cobalto. Arte Antiguo y Moderno (1947), Cuadernos Hispanoamericanos (1948), y concluiremos esta relación con la aparición en septiembre de 1948 del primer número de Dau al Set… Prensa en la que colaborarán críticos más comprometidos con la renovación, con un mayor conocimiento de la producción artística exterior y que desarrollan una intensa actividad en la década siguiente: Gaya Nuño, Moreno Galván, Lafuente Ferrari, Sartoris, Aguilera Cerni, Camón Aznar, Westerdahl, Ferrant, Gullón…

Enrique Azcoaga participaría de manera activa en dos empresas editoriales de esta línea más renovadora, como colaborador en la revista catalana Leonardo, aparecida en abril de 1945 dirigida por Alejo Climent y el crítico Tristán La Rosa, que contó además con las colaboraciones de Eugenio d´Ors, Ricardo Gullón, Eugenia Serrano, José Camón Aznar, Carmen Conde, Julián Marías, Fernando Díaz Plaja… Y tomaría la iniciativa   promoviendo la puesta en marcha de otra interesante experiencia, Cartel de las Artes, editada en Madrid, de periodicidad quincenal y cuyo primer número verá la luz el 1 de julio de 1945, dirigida por él y que dejaría de publicarse al año de vida aproximadamente. Fue una publicación muy abierta al arte contemporáneo y en ella nuestro crítico manifiesta su opinión sin reservas, como se deduce del estilo empleado en la nota necrológica dedicada a Solana en el nº 2:

En la madrugada del 25 de junio murió el primer pintor de España José Gutiérrez Solana. Cuando la cicatería, la inconsciencia y el mal gusto le discuten la medalla de honor en la Exposición Nacional de Bellas Artes correspondiente, este artista, a quién José Camón Aznar estudia en el presente número…ha dejado de existir. Eugenio d´Ors, anticipándose con su magnífica intuición a todos los demás, lo ha definido: Solana, uno de los primeros pintores de nuestro tiempo, era un estafado. Estafado por una burguesía irresponsable, que no ha sabido nunca comprenderlo…

..Pedimos que por respeto a su muerte callen las grullas, los cretinos y los que le odiaron cordialmente.

En Cartel de las Artes, Azcoaga reúne nombres de críticos más abiertos como José Camón Aznar, Emiliano Aguado, Francisco Mateos (bajo el seudónimo de Martín Mago) Luis Figuerola Ferreti y de la generación más joven, protagonista de primera línea en la renovación de los años 50, como Rafael Santos Torroella o Juan Eduardo Cirlot, y tenderá puentes con la producción artística renovadora anterior a la guerra y con el exilio, pues figuran entre los articulistas[9] Marjan Paszkiewicz que se movería entre los círculos ultraístas de preguerra; Ortega y Gasset, en el exilio desde que comenzara la guerra  y que empezará a frecuentar nuestro país a partir de 1945; Ramón Gómez de la Serna, también en el exilio en Argentina, que desde 1944 escribirá  artículos para el Diario Arriba y en 1949 visitaría España o Juan Ramón Jiménez  y Pedro Salinas , poetas ambos que no llegaron a volver, muriendo en el exilio americano.

 La selección de artículos nos informa de sus preferencias estéticas y así tienen cabida en sus paginas –volviendo a la producción anterior a la guerra civil- las corrientes clasicistas, del noucentismo al retorno al orden (”Palabras de Arístides Maillol”,nº 3, 15-VII-1945, “David Ingres y el arte de lo bello”, nº 6, 15-IX-1945), están muy presentes el Cubismo, ocupándose de Picasso en varios artículos, y el Surrealismo (“Los collages de Max Ernst”, nº 3, 15-VII-1945, “Los films abstractos del pintor Man Ray” y “La esencia del arte de Salvador Dalí”, firmados por Eduardo Cirlot, ambos en el nº 5, 15-VIII-1945). Es evidente que Azcoaga pretende que la revista sea una ventana abierta al exterior, por lo que incluye en sus páginas a articulistas destacados como Pierre Reverdy, Amédée Ozenfant, Rainer Maria Rilke, P.C.G. Jung, André Guarnido… o artículos monográficos como “El arte de la nueva Turquía”, nº 4, 1-VIII-1945; “La evolución artística en los Estados Unidos”, nº 5, 15-VIII-1945 o “Notas sobre pintura italiana contemporánea”, nº 6, 15-IX-1945, y destina una sección llamada Brújula a recoger información, no sólo de las exposiciones que tienen lugar en España, sino a la actividad artística de otros países europeos y americanos.

 La revista iba a recibir una buena acogida entre los sectores más inquietos, pero no dejaría de tener sus detractores, como se insinúa en algunos párrafos escritos por Azcoaga. Así, en su segundo número, en una nota con título “Reconocimiento”, aparecida en la sección  que nuestro crítico se reserva para informar de la actualidad expositiva, nos dice:

Es obligado agradecer con verdadera cordialidad desde cualquier rincón de nuestro CARTEL DE LAS ARTES la acogida que por parte de la crítica, de los artistas y del público ha tenido  nuestra modesta publicación….

Ahora bien; no ha faltado el talentudo para quien nuestro esforzado trabajo suponía, según su destilada y augusta murmuración, un acceso de grafomanía. La pobreza, la modestia –que son hermanas de la honestidad, amigo- incapacitadas para EXIGIR colaboración  a los demás, limitándose como corresponde a ROGARLA, le han parecido al ingenio hipócrita afán de figurar.¡Y no!…Como no nos gustan los consuelos baratos, somos incapaces de decir aquello de “cree el ladrón que todos son de su condición”, entre otras cosas, porque estimamos altamente a quién nos ha ofendido con una…frivolidad muy poco intelectual. Pero… somos discípulos  y aprendices, deseosos de que las artes plásticas tengan su revista, por la que nadie se ha preocupado.

En la segunda mitad de la década, junto a la aparición de nuevas revistas, se impulsará de manera significativa la edición de monografías sobre algunos movimientos de vanguardia o artistas concretos, contribuyendo igualmente a la nueva orientación que iba tomando el panorama cultural y a la gradual recuperación de los ismos de preguerra. Recordemos cómo en 1944 la Condesa de Campo Alange publica su monografía sobre María Blanchard, en 1946 aparece el libro de Alexandre Cirici Pellicer “Picasso antes de Picasso”, el mismo año publica Eugenio D´Ors “Picasso en tres revisiones” y “Mis salones. Itinerario del arte moderno en España”, otras dos monografías dedicadas a Miró verán la luz en 1949, “Joan Miró” de Juan Eduardo Cirlot y  “Miró y la imaginación” de Alexandre Cirici Pellicer, que  publicará otra el mismo año dedicada al Surrealismo… También Azcoaga iba a hacer su particular contribución en esta puesta al día de la historiografía sobre el arte contemporáneo.

Hacia 1948 se inaugura la colección “Pequeña Biblioteca de Arte” que, con  motivo de la exposición de Gregorio Prieto en el Instituto Británico, reunirá una serie de monografías dedicadas al arte y en la que estaban bien representados artistas que se habían aproximado a las formas novecentistas y a la plástica italiana antes o después de la guerra, como Gregorio Prieto, Benjamín Palencia, Cristino Mallo, Juan Antonio Morales…Gregorio Prieto, que había fijado su residencia en Londres y colaboró con Chicharro hijo en la aventura postista, en abril de 1948 expondría en Barcelona y luego en Madrid, dando lugar estas exposiciones a la monografía sobre él que tendrá a su cargo Azcoaga. Al comienzo del texto, para contextualizar al pintor, nuestro crítico se muestra muy rotundo cuando reivindica la producción artística anterior a la Guerra Civil:

Cuando la obstinación o la insolvencia pretenden desconocer todo el gran período de ensayo que en la plástica supone el transcurso de los años 1900 a 1930, por ejemplo, acudimos a la contemplación de algún dibujo moderno. En el momento que los llamados “tradicionalistas” en arte no quieren darse cuenta que, al “repensarse” en este período los problemas de oficio y del sentido artísticos, se ha enriquecido la expresión de manera considerable, es preciso detenerse ante un dibujo para tonificar nuestra actitud. ..Ya que si la pintura moderna se ha conformado muchas veces con llamar plenitud gráfica, el buen dibujo de hoy, la enorme conquista probablemente de todos los “ismos”, resume en su condición positiva los más altos valores alcanzados en un período de tentativa y preocupación.(Azcoaga, 1948)

Conecta el dibujo del pintor con la obra de Ingres, Picasso o Doufy…, los “clásicos del dibujo vivo”, como los llama y pone de manifiesto su proximidad con la estética del pintor y los valores del retorno al orden, esa herencia novecentista o clásica de anteguerra.[10]

Junto a esta obra merece destacarse igualmente su monografía “El Cubismo”, publicada en 1949 por ediciones Omega, en cuya introducción el autor afirma el necesario conocimiento y “reconocimiento” de las vanguardias, cuestionando a la crítica que “estos últimos tiempos” las había condenado:

… La crítica  de estos últimos tiempos, ha supuesto en la mayoría de los casos una defensa tendenciosa, en lugar de una valoración necesaria. Planteado el abismo entre el arte clásico y el arte moderno, fueron  innúmeros los escritores y los poetas, que en vez de enfocar los acontecimientos desde una contrastada actitud viva, se dispararon bastardeándola la mayoría de las veces, para salvar ésta o aquella manera de hacer. Por lo pronto, quien tenga la paciencia de leer estas líneas, debe saber en seguida que, para su autor, ser cubista en 1949 es ser fundamentalmente un retrógrado. Y que desconocer por otro lado, lo que hubo de interesante en “ismo” tan mal comprendido, denuncia no haberse hecho problema de todas aquellas cuestiones que desde Delacroix al surrealismo, por ejemplo, han enriquecido sin duda alguna el concepto de quienes en el entendimiento de las obras de arte tratamos de comprendernos un poco más.

En el interior del país, tras la derrota de las potencias del Eje y la definitiva caída del fascismo en Europa, algunas cosas estaban mostrando signos de cambio en el régimen, aunque sólo fuera en la estrategia política, queriendo subrayar con énfasis la condición de país neutral y no beligerante y el profundo hiato que lo separaba de aquellas. Así el franquismo, en su voluntad de presentar una imagen de normalidad interior, de cara a lavar su imagen hacia el exterior, promoverá no sólo algunos cambios políticos sino una serie de iniciativas culturales. En 1947, el Gobierno español –en una línea que lo llevará a la organización de otros eventos y muestras como la I Bienal Hispanoamericana de Arte (Cabañas Bravo, 1992) -, a través de la Dirección General de Bellas Artes y del Instituto de Cultura Hispánica, organiza la exposición “Arte Español Contemporáneo”, que se exhibirá en Buenos Aires  en octubre y en cuya inauguración Ramón Gómez de la Serna, allí exiliado, pronunció una conferencia. Los responsables de la muestra y de la selección de los artistas que figuraban fueron Eduardo Llosent, director del Museo Nacional de Arte Moderno de Madrid, Fernando Álvarez de Sotomayor, pintor y director del Museo del Prado y el pintor José Aguiar. A propósito de la muestra Azcoaga escribe un artículo en el que pone claramente de manifiesto su nadar contracorriente y contra esa España oficial, expone sin tapujos sus críticas a la misma y a algunos de sus responsables, defendiendo una visión del arte moderno español absolutamente integradora, que estaba por encima de censuras y exilios:

Eduardo Llosent, es uno de nuestros espíritus más finos al servicio del arte entre nosotros. José Aguiar, que ha resultado con el anterior, el culpable de la recolección artística, no necesita en estas líneas, elogio a su personalidad. Sabemos que el Marqués de Lozoya, presidente del comité de este conjunto, ha pretendido la amplitud más loable. Y, sin embargo, no podemos estar de acuerdo con el “perfil” de la exposición.

Siempre hemos creído, -antes y después de que el Sr. Sotomayor pretendiera contra nosotros una maniobra un tanto extraña-, que este respetable Director del Museo del Prado, no es tan extraordinario artista como parece. En alguna ocasión hemos señalado los defectos de su obra, en cualquiera estamos dispuestos a desmenuzarla para valorarla justamente en lo que merece y no merece, y en la presente, obligados a creer, que el mejor tono de este certamen que luce en Buenos Aires, se debe a los esfuerzos de Llosent y Aguiar, y el peor, al patente mal gusto del Sr. Sotomayor. Naturalmente que él dirá, que los del mal gusto, y los incontrolados, y los un tanto extraños somos nosotros”

“(….) Toda nuestra argumentación la hacemos frente al nominalismo de un catálogo. Y que en él, un artista de la categoría de MANOLO, no figura por ningún lado. ¿Se nos puede decir por qué? ¿Se nos puede argumentar de otra manera, que indicando, que encontrar obras de “Manolo” no es fácil por aquí?

Siguiendo el repaso, y el punteo, faltan –y para nada importan a la hora de valorar, las causas- Rafael Benet, Francisco Bores, Emilio Bosch-Roger, Díaz Caneja, Juan Conmeleran, Julián Castedo, Martín Durbán, Monserrat Fargas,Roberto Fernández Balbuena, Pedro Flores, José Luis Florit, Margarita Frau, Juan Gris, Manuel Humbert, Isaias González, Maruja Mallo, Francisco mateos, Eliseo Meifren, Jaime mercadé, Joaquín Mir, Juan Miró, jesús Molina, José Mompou, José Moreno Villa, Isidro Nonell, José Obiols, Mario Pí de la Serra, Santiago Rusiñol; Santiago Pelegrín, Ángeles Santos, Ismael González de la Serna, José Serrano, Arturo Souto, Rosario Velasco y Miguel Villa.

Entre estos nombres, los hay excepcionales, los hay discretos y los hay escasamente interesantes. Naturalmente que con todos ellos, y con los que se muestran en Buenos Aires, el arte español queda más  significado que allá. En la escultura, aparte el nombre de “Manolo” echamos de menos los de Apeles fenosa, Francisco González Macías, Martín Llauradó, Jaime Otero, Mario Vives y Juan Rebull. Porque, naturalmente, nosotros no creemos que el arte español tenga varias caras, sino una, exclusivamente una, en la que caben, o deben caber todos los que en España y en el mundo, significan el arte español.

Llosent y Aguiar, no nos pueden decir – pueden, eso si, darnos razones de muchísimo peso-, que ciertos nombres que faltan en el certamen español, deben brillar por su ausencia. El Sr. Sotomayor, es posible que justifique la ausencia total. Nosotros, con todos los respetos, no hemos nacido para dar la razón al Sr. Sotomayor, sino a nuestro tiempo. Y en nuestro tiempo, en ese tiempo que abarca desde finales del romanticismo a nuestros días, no sólo se echan de menos los pintores y escultores citados en la “Exposición de Arte español contemporáneo”, de Buenos Aires, sino algunos más(Azcoaga, 1947)

El comienzo de la nueva década verá partir a Azcoaga para Argentina, en concreto el año 1951, estableciéndose en Buenos Aires, donde permaneció once años. Su incorporación tardía a la cultura del exilio no le impedirá llevar a cabo una intensa actividad, con proyectos significativos encaminados a esa recuperación de la memoria histórica de la España en el exilio. En la capital argentina fundaría la revista de poesía “Mairena”(1952-1953), y dirigió “Atlántida”, trabajando también para otros periódicos, aunque no sin dificultades, así en una carta fechada el 20 de febrero de 1960 dirigida a su amigo el escritor José García Nieto le decía:“Vivir del trabajo es casi lo mismo aquí que allí… Me ocurre en “La Prensa” lo que me ocurriría en el “ABC”, que no es posible publicar más que lo que ellos quieren”. Continuará igualmente escribiendo sobre arte, así en 1956 en Argentina, publicada por la editorial  Schapire, vería la luz  su monografía “Goya”. En 1953 Enrique Azcoaga verá aparecer un importante trabajo, “Panorama de la poesía moderna española”, en el que por primera vez se reunía en un volumen la obra poética producida en la España del interior y en la España peregrina, se tomaba en cuenta no sólo a los incluidos en otras antologías elaboradas en nuestro país, sino, además, a una serie de figuras que la guerra y el exilio habían borrado de la historia de la literatura oficial y en las palabras preliminares, que redacta el autor a modo de introducción, manifiesta su clara solidaridad con el exilio, menciona las duras circunstancias vividas y su posición integradora:

Teníamos que reunir en la medida de lo posible, la tarea de quienes dentro y fuera de España dan cuerpo en  una u otra forma al momento poético presente…

…”deseo de ver reunidos en panorámico abrazo, en cordial conjunto, en unidad generosa, a la mayor cantidad posible de cantores con linaje español…

…Tratamos de rendir un homenaje de solidaridad a todos los poetas españoles…

En la breve semblanza de cada poeta indicará su situación en ese momento, así al mencionar a Alberti apunta “reside en Buenos Aires” y al referirse a Lorca escribe: “muere violentamente en Granada en agosto de 1936”.

Tampoco viviría nuestro autor en estos años tiempos de tranquilidad precisamente, serán  años de inestabilidad, conflictos sociales, violencia, en  los que el peronismo sería derrocado y los golpes militares se sucederán después. Es por ello que muchos exiliados, como nuestro crítico, deciden volver ante la difícil situación del país. Enrique Azcoaga una vez en la península a comienzos de los años sesenta, en la correspondencia mantenida con su amigo el pintor Luis Seonae[11] –exiliado también y en Argentina en esos años-, en una carta con fecha 21 de enero de 1961, da cuenta de esta situación del país americano y del retorno de exiliados: “Te me muestras muy circunspecto respecto a la “realidad argentina”. Aquí está siempre en primer plano, por los corresponsales, y por todo lo presentido alrededor de la operación “Retorno””. Y el 17 de mayo de 1963 apunta en otra: “El que te escribe, contento de haber hecho lo que hizo, ve las cosas con la calma que más o menos consiguió en la “trepidante Argentina”, de la que tenemos las peores noticias”.

La incorporación de Enrique Azcoaga a la vida cultural de la España de los años sesenta no será fácil y de ello nos deja testimonio en sus cartas al pintor Julio Seoane. En esta correspondencia, que mantendrá largo tiempo, nos hace partícipes de cómo es su reencuentro con su país  y la difícil tarea de volver a empezar aquí, de adaptarse, de ir abriéndose de nuevo camino en el complicado panorama cultural, ahora más abierto pero no exento de problemas, censuras y control, pese a la pretendida apertura que las políticas del desarrollismo parecían impulsar. Así en mayo del 64 informa a Seoane de que “aunque Dionisio Ridruejo o Moreno Galván estén detenidos, en la calle sólo se habla de la corrida de Bienvenida en Vista Alegre…”, dándonos una pincelada más sobre las contradicciones internas que se viven en nuestro país.

En otra carta de 1961 se lamenta de la atonía de la vida artística mencionando sin mucho entusiasmo a la Asociación Española de Críticos de Arte que había comenzado su andadura ese mismo año, presidida por José Camón Aznar (Fernández Cabaleiro, 2005 : 32): “Las  galerías y las exposiciones madrileñas, por las que  me preguntan, no han dado muestras de gran novedad en estos tres meses y pico que llevamos de temporada. Expuso el sobrino de Picasso verdaderas “caquitas”. Se habla de no sé cuantas cosas por parte de la Agrupación de Críticos de Arte, que luego no se hacen”.

En otra misiva del 17 de mayo de 1963, nuestro crítico es bastante elocuente al exponer sus vivencias:

(…) a disfrutar de la tierra como podéis imaginaros, y a soportar los encuentros y desencuentros naturales de quienes vivieron lejos de ella, once años y medio (…)

Yo voy tomando contacto con amigos de las artes, con galerías, etc, etc,  pero no paso por ahora de ahí (…) No sé en realidad como enfocaré mi vida, vale decir, de qué manera ganaré lo antes posible mi urgente subsistencia.. Pero  te confieso que tengo una calma como  de millonario, sencillamente improcedente.

(…) aquí toda la gente con la que me encuentro, considera “naturalísimo” que los españoles peregrinos, sentemos un poco la cabeza y continuemos nuestra tarea por estos pagos.

La vida, mucho más cara de lo que supuse (…) El que te escribe, contento de haber hecho lo que hizo, ve las cosas con la calma que más o menos consiguió en la “trepidante Argentina”, de la que tenemos las peores noticias…

Poco a poco empieza a moverse entre revistas relevantes de los años sesenta que apostaron por la apertura desde los cincuenta, tanto haciendo crítica como publicando obra literaria, así nos dirá en la misma carta:

(…) y en los “Papeles” de Camilo José Cela, a quien he entregado algunos poemas de mi nuevo libro. También  entregué un par de cosas a José Ortega para la “Revista de Occidente”, cuyo segundo número –segunda época- está en los kioscos. Debería entregarme al “colaboraciones” por lo menudo, con el fin de ganar y no gastar, operación a la que entusiásticamente nos dedicamos (…)

Escribo poquísimo como me lo sospechaba (…) Paco Leal Insua solicitó mis servicios como director de “Mundo Hispánico”, pidiéndome una cosa sobre la Antológica de Sorolla que se celebra en el Casón del Retiro (…)

En lo expansivo, arquitectónico y aparente, España ha variado de manera considerable en estos once años y medio. En lo otro, ni parole de plus…Las gentes, más dispersas y desparramadas como consecuencia de las exigencias vitales, van apareciendo, con una cordialidad y generosidad generales, que a mi me honran y sorprende (…) Se me ha sugerido hacer la crítica de arte mensual en “Indice”, aunque no he concretado nada…Hablé con los Bioscas, sin que mis entrevistas cuajaran en ningún resultado… Como yo me vine dispuesto a todo y pensando que pasarían seis meses hasta que nuestro caudal familiar y creador se encauzara, no grito SOS…

Y en otra carta de junio del 63 vuelve a insistir “mi “reinstalación española” no me está resultando nada fácil… esto de vivir de lo que a uno le echan, no es por otra parte nada simpático”.

A finales de la década de los sesenta su trabajo y colaboraciones se van haciendo más regulares:

(…) Uno, en lo que a lo artístico se refiere sólo tiene que contaros: que lo echaron una vez más, del vertical y sindicalista PUEBLO; que luego hizo algunas cosas en el BLANCO Y NEGRO y que ahora -¡oh descanso!- no tiene tribuna en este plano de cosas (…)

Pero no puedo dejar mis dis artículos mensuales de ABC, mis ocho o diez en la radio, mis dos de la Estafeta Literaria –donde me gustaría escribir algo de tus retratos furtivos cuando los reciba-, y últimamente mi frecuente colaboración en una página literaria que ha iniciado INFORMACIONES…(carta de 29 de julio de 1958)

Además de su labor como crítico y escritor, participará en homenajes como el realizado a Eugenio D´Ors en la Galería Biosca el 28 octubre 1965 en el que intervendrán, entre otros, Enrique Azcoaga, José Antonio Gaya Nuño, Luis Moya, Manuel Sánchez Camargo y Juan de Zavala. Se va prodigando como conferenciante asistiendo, por ejemplo, como invitado en varias ocasiones a los cursos de verano organizados en el palacio de la Magdalena de Santander –en el curso de 1968 titulado “La crítica de las artes” y en el verano siguiente, “Valoración de las artes”-. En 1969 lo encontramos también  trabajando para la galería EDAF, que se cerrará en el 76, y nos dice “Hemos tenido bastante resonancia y toda la competencia está en punta.¡Qué le vamos a hacer! Entre esto y que uno no es “dueño” de la galería, sino “capataz”, te explicarás todo…” Y también lo encontramos colaborando en las Sesiones de crítica de la arquitectura organizadas por la Revista de Arquitectura dirigidas por Carlos de Miguel.

Los años setenta verán incrementarse su actividad, las colaboraciones literarias, la edición de sus libros es reseñada en la prensa, su labor como crítico se irá intensificando a medida que avanza la década y su colaboración con periódicos, instituciones y galerías y aunque el reconocimiento le irá llegando, Azcoaga se lamenta del ostracismo en el que parecen tenerle aún. Así el  6 de octubre de 1970 en una nueva misiva se queja a Seoane  del poco eco que ha tenido en la prensa su nombramiento como académico por Argentina en un acto celebrado en la Embajada de este país: “El día 6, a las 8, en la sede de la representación argentina, Bonifacio del carril nos entregó los diplomas correspondientes a Barbeito, a Castro Arines y a mi. Salvo el “A.B.C”, ningún periódico ha dado la noticia completa; era lógico. A mi y a Pepe, nos han borrado elegantemente, porque pertenecemos a la nómina de los que hay que borrar.”

Seguirá trabajando cada vez más intensamente como crítico. Colabora asiduamente con ABCBlanco y Negro, junto a Camón Aznar. En 1972 figura entre otros en el catálogo de la “Exposición de Artistas Españoles en homenaje a Don José Camón Aznar”, organizada por el Club Urbis en colaboración con el  Tercer Programa de Radio nacional. También escribirá con asiduidad en la madrileña Bellas Artes y en una nueva revista, Batik. Panorama General de las Artes. Arte, Diseño y Arquitectura, mensual, aparecida en noviembre de 1973 en Barcelona, dirigida por Daniel Giralt Miracle.

Y siempre figurará como constante en su trabajo la reivindicación de la vanguardia de preguerra y los artistas del exilio, persiguiendo esa reconciliación con la otra España de la que formó parte. En esta línea publica en ABC el 25 de julio de 1970 un interesante artículo dedicado a Alberto, al que considera su amigo, “sentí su forzoso alejamiento de España como el de pocos…”,  reivindica su figura y se lamenta de cómo la guerra y posterior exilio iban a truncar su carrera: “somos conscientes –poderosamente conscientes- de lo que este pionero del arte moderno sacrificó en nuestra guerra civil, y posteriormente, en esas horas profesorales rusas que no le permitieron hacer signos nuevos…”. Es un artículo jugoso en el que Azcoaga confiesa abiertamente su alineamiento en la preguerra con los renovadores: “Una de las figuras que más destacó en las primeras muestras de la modernidad española fue  Alberto Sánchez… era el más alto, destartalado y grandote de los que por los años treinta soñábamos un futuro para el arte español, que la guerra civil truncó en cierto aspecto”. Y en otro lugar reconoce:

Al mismo tiempo que las banderas de quienes, una vez con cuartillas coloradas, porque ello nos parecía muy moderno, y otras celebrando sus hallazgos –y los de sus herederos- en salones y galerías de arte, por otros medios más normales, hemos creído siempre que criaturas de esta importancia son los continuadores de una tradición viva, auténtica, en nada parecida a la que defendieron los anticreadores, los hijos de un oficio mejor o peor aprendido y de la superficialidad.

Artistas renovadores de los que se ocupa con asiduidad, así dedica artículos a Daniel Vázquez Díaz, Picasso, Gargallo, Juan Cabanas, Godofredo Ortega, Rafael Zabaleta, Joaquín Sunyer, Nonell, la Escuela de París… Sobre José Planes nos dirá en Bellas Artes en el nº 33, de mayo de 1974: “Planes –como en otros niveles Alberto Sánchez y Ángel Ferrant- pertenece al grupo de escultores que en España acabaron con la majestuosidad teatralera, desmesurada, de lo modestamente representativo”… Y prestará su apoyo también a las nuevas generaciones, escribe así sobre  Antoni Clavé, Zóbel, Cuixart…, aunque no se prodigará tanto con las propuestas vinculadas a la abstracción.

Al fin llegarán los reconocimientos, aunque tardíos, así la Asociación Española de Críticos de Arte en abril de 1970 le concederá el Premio Lázaro Galdiano “por su labor  crítica en defensa del arte”; será asidua igualmente su presencia en jurados desde finales de los setenta y  en los ochenta, como los premios Blanco y Negro de pintura; ocupará lugar destacado en homenajes a artistas de vanguardia como en la Cena homenaje a Pablo Picasso en octubre de 1980 en Madrid con motivo del centenario de su nacimiento,  o en el centenario de Pablo Gargallo celebrado en enero del 1981 en ABC. Presidirá una de las tres candidaturas presentadas en enero de 1984 al Ateneo de Madrid  para relevar a Fernando Chueca Goitia al frente de la institución,  junto a Azcoaga como presidente iban Eusebio García Luengo, Carlos García Gual, Antonio Bestard, Juan Ignacio Ferreras, César Antonio Molina, Luis Alberto de Cuenca, Francisco Cabrillo, Lauro Olmo, Enrique Llovet y Cristina Alberdi. Y en 1981 asumiría  la presidencia de la AECA sustituyendo a Antonio Bonet Correa. El periódico ABC del 11 de febrero publicaría una entrevista que titularía “Enrique Azcoaga, nuevo presidente de la AECA”, en la que el crítico explica de esta manera sus objetivos al frente de la Asociación, poniendo de manifiesto una vez más las que habían sido siempre sus metas, su profesionalidad y su infatigable labor en defensa de la crítica de arte:

Durante mi “liderazgo”, lo que pretendo es que a la asociación y a la actividad que ejercen sus asociados se la respete un poco más; y que todo aquel que quiera contar con el trabajo de un crítico de arte, se lo comunique a la AECA. Es decir que esta asociación adquiera una funcionalidad que hasta ahora no ha tenido. Antes funcionaba más como grupo de amigos, pero hay que conseguir que tenga una función, profesional, laboral, reivindicativa, social; en definitiva, que se convierta en el aglutinante de la función de los críticos del país.



[1]Entre los  títulos  que sirvieron de vehículo a este dirigismo recordemos: Samuel Ros “Arte y política”. Arriba (2-VII-1939); Luis Felipe Vivanco “El arte humano”. Escorial, I (XI-1940), p.141-150;  Rafael Sánchez Mazas “Confesión a los pintores”. Arriba (17-III-1940) y “Textos sobre una política de arte”. Escorial (X-1942); José Aguiar “Carta a los artistas españoles sobre un estilo”. Vértice, 36 (IX-1940); Manuel Abril “También el arte es política”. Arriba (25-III-1942), p. 3; José Luís López Aranguren “El arte de la España Nueva”. Vértice (5-IX y X-1937); Pedro Laín Entralgo “Un médico ante la pintura”. Vértice, 7-8, extraordinario, (XII-1937)…

[2]Son al respecto importantes los escritos de Eugenio d´Ors en las décadas de los años veinte y treinta: Cézanne, Madrid, 1923, Nuevas glosas, Madrid, 1922; “Bodegones asépticos” en Revista de Occidente XI-1923, “Mi salón de otoño” Madrid, Revista de Occidente, 1924; o los que publicara en  La Gaceta Literaria,  favoreciendo con ellos  el relanzamiento del Noucentismo; “Mario Tozzi” “.La Gaceta Literaria, 111 (1-XVIII-1931), p. 224…

[3]Así lo manifiesta Francisco San José al hablar sobre el plan de intenciones del grupo: “Había que dar la batalla total, contra académicos y contra impresionistas, nuevos académicos disfrazados. Nuestro espíritu celtibérico, muy acusado en Benjamín y en mi, nos conformaba en un clan intransigente que rechazaba los cuerpos extraños. Lo nuevo, sí, pero irradiado desde Vallecas, donde fijamos taller y residencia. Modigliani, Brancusi, Picasso, Calder, sí, pero había que reencontrarse por nosotros desde Vallecas y llegar a ellos con verdad, trabajo y depuración… estábamos muy informados sobre el arte contemporáneo. Admitíamos la asimilación, cualquiera que fuera, pero no la simulación externa y ligera de cualquier tendencia “a la última”. SAN JOSÉ, Francisco.: “Breve autobiografía”, 1972, recogida en el catálogo de la exposición “Escuela de Vallecas”.1984.

[4]“Artículo 1.- La Academia Breve de Crítica de Arte es una Asociación de carácter privado cuyos fines son los siguientes:

a/ Orientar y difundir en España el arte moderno, por cuantos medios estén a su disposición.

b/ Favorecer la publicación y edición de los trabajos concernientes al arte moderno, dentro del criterio sustentado por la propia Acadenia Breve.

c/ Celebrar exposiciones o conferencias.”

[5]Expuso en la SAI del 31 en San Sebastián, colaboró con el Museo Ambulante de Misiones Pedagógicas, estuvo presente en el pabellón republicano de la Exposición de París del 37 y era hermano de Esteban Vicente, más próximo al ideario republicano y exiliado en Nueva York, donde continuó su actividad, por tanto con razones para suscitar el recelo del régimen. Tras la guerra contó con la protección de José María de Cossío y  Eugenio d´Ors, y  figuró en el Primer salón de los Once en 1943.

[6]En 1941 Emiliano Aguado publica en Escorial “Historia y poesía” y en 1943 “El arte como revelación”, apostando abiertamente por el Romanticismo.

[7]El novelista Esteban Salazar Chapela afirmaba: “La vanguardia existió, gozó y murió. Existió cuando debió existir, en momentos necesarios de réplica, de combate, de violencia por imponer un modo de literatura nueva, oriundo de la época…Abriendo las ventanas a alguna rezagada garita romántica…Eso fue todo.Murió” “¿Qué es la vanguardia?” La Gaceta Literaria, 84 (15-VI-1930).  (Pérez Zalduondo y Cabrera García, 2010: 340).

[8]Recordemos la creación y actividad de  grupos como Els Vuit, la Escuela de Madrid, el Movimiento Indaliano , el Grupo Z, el grupo Betepocs, Postismo, Grupo Pórtico , Cobalto, Dau al Set …; las exposiciones sobre arte y artistas españoles anteriores a la guerra como la muestra “Escultura Española Contemporánea”, la exposición “Arte Español Contemporáneo”, la actividad de los Salones de Octubre…la creación de la Escuela de Altamira,  la organización de la V Asamblea Nacional de  Arquitectos.

[9]Algunos de los artículos publicados son: Marjan Paszkiewicz “Reflexiones sobre la pintura”, nº 2, 1-VII- 1945, p.3, Ortega y Gasset “Discurso sobre la crítica de arte”, nº 10, 1-I-1946,  p.1, Gómez de la Serna “Chagall”, nº 10, 1-I-1946 , Juan Ramón Jiménez “Perfiles. Pintores españoles contemporáneos”, nº 4, 1-VIII-1945, p.3  o Pedro Salinas “Pintores poetas. José Moreno Villa”, nº 6,15-IX- 1945, p. 1.

[10]Era mucho en realidad, incorporarse con una galanura, con un concepto tan personal de la síntesis, con esa aticidad que ha acreditado a lo largo de su carrera a Gregorio Prieto, al sentido actual, plenamente actual, del dibujo moderno”…” …”no nos parece tan válido el dibujo que no aparezca injertado en nuestro tiempo, dentro de la corriente que teniendo su alfa en Ingres, cuenta con las realidades extraordinarias de Pablo Picasso y Raúl Doufy, para no citar otros clásicos del “dibujo vivo”,”… p 9

[11]Correspondencia facilitada por el profesor Rodrigo Gutiérrez Viñuales.




Revisión crítica de la Historia del Arte contemporáneo

      

      Las Bellas Artes, hasta el umbral del siglo XX, definían las actividades artísticas como la arquitectura, escultura, pintura, música, poesía, retórica y danza, en contrapartida a las llamadas “artes útiles” que estaban formadas por las artes decorativas además de las ciencias. De esta manera, a las Bellas Artes, se les ha añadido en los últimos tiempos las llamadas “artes visuales”, en las que se incluyen los medios visuales de comunicación de masas y la ciudad. De esta forma para Giulio Carlo Argan: “La Historia del Arte, es la historia de las obras de arte valoradas como hechos históricos. La obra de arte es valorada como un hecho histórico, al igual que la reforma religiosa de Lucero, la política imperial de Carlos V o el descubrimiento científico de Galileo, aunque se trata de un hecho histórico de carácter específico, referido estrictamente al pensamiento y al lenguaje plásticos”. El valor artístico, visto desde un juicio crítico, no radica en el concepto de belleza ideal , como ocurría en el pasado, hoy en día, se considera una obra de arte cuando esta tiene una importancia dentro de la Historia del Arte. Como mantiene Francisco Calvo Serraller: “el crítico sin historia juzga sobre vacío, pero el historiador sin crítica documenta la nada”.

       No es intención alguna realizar ningún tipo de “clase magistral”, todo lo contrario, más bien, este comienzo sirve para “refrescar la memoria” de en qué situación se encuentran actualmente los estudios de Historia del Arte. Con motivo de la alocución laudatoria en el ceremonial del acto solemne de la festividad de San Braulio, el 26 de marzo de 2012 en Zaragoza, el Catedrático de Historia del Arte en la Universidad de Zaragoza Gonzalo Máximo Borrás Gualis (Valdealgorfa, Teruel, 1940), pronunció sobre el tema “Historia del arte y patrimonio cultural: una revisión crítica”, Prensas Universitarias de Zaragoza, bajo la colección Paraninfo,  acaba de publicar dicha clase magistral del Dr. Borrás.  En la primera parte del estudio,  se imparte una investigación sobre La escuela universitaria española de Historia del Arte (1901-1972), en donde se recuerda a entre otros, los aragoneses Julián Gállego y Santiago Sebastián, Francisco Abbad  y Federico Torralba. La segunda parte, trata sobre la Gestión del Patrimonio Cultural, en donde el profesor alude diciendo: “La preocupación de los historiadores del arte por la problemática del patrimonio cultural no es nueva, auque sigue en vigor. Las referencias en este sentido podrían remontarse hasta dos siglos atrás”. Ya lo dejó muy claro Alois Riegl en 1903: “Es verdaderamente importante tener presente que todo monumento artístico, sin excepción, es al mismo tiempo un monumento histórico, pues representa un determinado estadio de la evolución de las artes plásticas para el que en sentido estricto, no se puede encontrar una sustitución equivalente”. Borrás alude en el trabajo a uno de los mayores problemas dentro de los planes de estudio de la licenciatura en Historia del Arte, que es sin duda alguna la profesionalización del historiador del arte dentro de la creciente demanda social, cuando dice: “Así se han ido incorporando a los estudios universitarios todo un grupo de materias de carácter más profesional y próximas a gestión, que van desde las más genéricas como las Técnicas artísticas y la Catalogación, hasta las más específicas como Museología, la Conservación y Restauración de obras de arte y la Legislación sobre Patrimonio Cultural. Pero por otro lado, en este caldo general de cultivo era lógico que se gestasen no pocos intentos de nuevas diplomaturas y licenciaturas en Patrimonio y Bienes Culturales”. La tercera y última parte del trabajo, rescata las “luces y sombras” sobre la gestión del patrimonio cultural en nuestra comunidad autónoma, destacando, dentro de las luces los Parques culturales, cuyo paradigma sería el del Río Martín (Teruel),  el Servicio de Restauración de la Diputación de Zaragoza, Los convenios de colaboración institucional para la restauración, de la Caja de Ahorros de la Inmaculada de Aragón. El programa de difusión y de visitas culturales «Mudéjar abierto» en la Comarca Comunidad de Calatayud. La recuperación de la casa mudéjar de Benedicto XIII de Daroca por la Fundación Campo de Daroca. Mientras que en la sombra, citará ejemplos como el nonato Instituto del Patrimonio Cultural de Aragón, el informe profesional del historiador del arte en los proyectos de intervención en el patrimonio cultural o el cumplimiento de los deberes de visita pública por parte de los propietarios y titulares del patrimonio cultural.

      No creemos que exista mejor descripción que la que realiza el propio autor al enumerar lo que debe ser un buen historiador, cuando dice: “pienso que una Historia del Arte, que no sea capaz de dar respuesta adecuada a las exigencias sociales de cada momento, ha de considerarse caduca. La demanda editorial de nuestra disciplina –en su mayor parte obras de síntesis y divulgación- ha constituido una buena piedra de toque en las últimas décadas; muchos de nosotros hemos dado una decidida respuesta de estrecha colaboración con el mercado editorial sin preocuparnos en exceso del descrédito académico que para muchos conlleva este tipo de trabajo. Pero un compromiso ético con la sociedad no debe desnaturalizar el papel específico de cada disciplina universitaria, antes al contrario, esta debe proyectar un foco de luz propia sobre la realidad circundante. En definitiva, lo que la sociedad necesita y puede exigir a un historiador del arte es que este se comporte como tal”.

Borrás Gualis, Gonzalo M.

Historia del arte y patrimonio cultural: una revisión crítica

Prensas Universitarias de Zaragoza. Colección Paraninfo. 2012, 123 pp

  


Un libro con mucho sex-appeal

Este es un libro muy seductor  –como no podía ser menos, tratando sobre el tema de arte y sexo–, con una cubierta preciosa, una maquetación muy cuidada, atractivas imágenes a todo color, y un título llamativo, basado en un conocido libro del poeta Juan Antonio González-Iglesias. También son muy interesantes los textos recogidos, que corresponden a las conferencias impartidas en un curso homónimo organizado en la primavera de 2008 por el Museo Casa Natal de Picasso y el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Málaga. Dos años se demoraron en editadarlas, y dos más ha tardado el libro en llegar a mis manos, por cortesía de las coordinadoras, dos colegas de la Universidad de Málaga cuyos trabajos sigo siempre con mucho interés. Mucho han trabajado ambas en este libro, en el que, tras las páginas de introducción y presentación, abre el tema la citada Maite Ménde Baiges con un estupendo estudio preliminar que ofrece el estado de la cuestión sobre el tema. Luego, la primera aportación, empezando en la Grecia clásica que nos legó el término “eros”, corre a cargo de Carmen Sánchez y versa sobre cuerpos desnudos en el arte clásico. En contrapunto, Cristina Val Lorenzo ofrece seguidamente una sintética reflexión sobre erotismo en el arte oriental. Entrando en el centro de gravedad del libro y del tema, Belén Ruiz Garrido aporta a continuación un interesante artículo sobre los engaños eróticos de finales del siglo XIX y principios del XX. Está apropiadamente situado delante del artículo de Juan Antonio Ramírez, a quien va dedicado el libro como homenaje póstumo: es una nueva vuelta de tuerca sobre argumentos previamente tratados por él mismo en torno a algunos de sus artistas favoritos, desde Manet a Duchamp, como autores de cuadros protagonizados por prostitutas; pero centrándose aquí muy especialmente en Picasso, para hacer honor a la Fundación que acogía el curso. Luego hay otras aportaciones sobre arte actual por Isaac Montoya y la propia Maite Méndez Baiges. Y, como no podía ser menos, el cine culmina por partida doble este análisis, con sendos artículos de Francisco García Gómez y Román Gubern. Mis felicitaciones a las dos coordinadoras y a todos los demás autores. Hago votos porque la Fundación Picasso siga apoyando, a través de su Departamento de Publicaciones, hermosos libros como éste, que es una prueba más de las actividades que coordinadamente están llevando a cabo museos y universidades en el campo de la investigación y difusión en Historia del Arte.


Entrevista a Daniel Canogar

 

 

El arte es para Daniel Canogar “como un bote salvavidas” y, ciertamente, algo tiene su taller de refugio. En él amontona cables, bombillas, cámaras antiguas que son, dice, metáforas de su biografía. “Me considero una bombilla más, que tiene su vida, su fecha de caducidad y que sólo brilla durante un tiempo. Tengo 45 años y, lejos de ser un artista joven’, creo que hay que cuestionarse qué relevancia tienes o quieres tener”.

 

P. Soto: Daniel ¿Por qué escogiste la luz como medio en tu trabajo?

 

D. CANOGAR: ¡No escogí yo la luz, fue ella la que me escogió a mí! Es un tema que al que se me va la mirada, sobre todo con la luz proyectada. La proyección es un tema que me interesa muchísimo por las posibilidades que nos ofrece como instrumento de trabajo.

 

P. Soto: Sus obras, como Body Press o Contrabalanza, ¿como surgen?

 

D. CANOGAR: Estas obras surgen en un momento difícil de mi vida que hace referencia al cuerpo humano. Se pone de manifiesto cómo la parte tangible está aprisionando la parte más espiritual de las obras. Una de las cosas que me interesan mucho respecto a la luz es que esta se escapa de lo matérico nos libera de otras cosas.

 

Todo mi trabajo es como una especie de pugna, entre esa parte destinada de lo tangible y lo intangible. Es una paradoja el querer escaparse de lo tangible, de lo orgánico, de lo físico. Me interesa esa bipolaridad, el querer escapar de lo intangible y al mismo tiempo volver a esa tangibilidad. Son piezas que son autorretratos, pues utilizaba partes de mi cuerpo ante Ia idea de querer escapar de esa realidad que me pesaba mucho.

 

En Gravedad Cero posicionas al espectador en una nueva situación, ¡el individuo parece que despega de la tierra! La metáfora de la burbuja en aquel momento definía muy bien las burbujas tecnologizadas en las que nos encontramos en la actualidad, como en las que estamos ambos ahora mismo (conversación vía Skype), en esta especie de tubo comunicativo, en el espacio-tiempo. Me parece que en esta metáfora hemos perdido un poco el contacto, no solo con la tierra, sino con nuestra realidad más inmediata. Esas tecnologías que nos ayudan a escaparnos del peso de la realidad, del peso de nuestros cuerpos nos hacen sentirnos un poquito más efímeros, y esto al mismo tiempo tiene consecuencias. La metáfora del astronauta para mí resumía la paradoja de un ser humano que ha perdido ese sostén de la gravedad que le sujetaba y se encuentra en otras nuevas condiciones, otra dimensión y debe encontrar una nueva identidad. Es una nueva exploración un poco existencialista. Es una obra en la que las figuras han perdido su fondo. Y te hacen pensar ¿cómo éstas se sujetan en el espacio? Me interesa mucho de lo tangible de la escultura a lo intangible del universo.

 

Proyectar al ciudadano en monumentos muy centrales conocidos por el ciudadano, hacerlos mas cercanos. Tendemos a pensar por nuestra memoria histórica, que pertenece al pasado, que si estos monumentos perteneciesen a alguien seria al gobierno. Me interesa que el ciudadano se sienta cercano a la ciudad, muy heredero y dueño de esos monumentos, que estos que no deben ser únicamente un adorno, sino testimonios de un legado de una memoria histórica. Y a través de un juego tan básico como es el ciudadano reptando, asaltando en el caso de Segovia, el ciudadano se está adueñando de ellos, los está haciendo suyos, que no queden como ornamentos absurdos o aislados en la sociedad. La Puerta de Alcalá era muy importante parra mí, era un monumento un poco absurdo que yo quería hacer mas cercano al ciudadano. Este elemento performativo me interesa mucho en la creación de la obra, ya que surgen elementos y cosas que no se controlan, yo solo hago de “maestro de ceremonias”.

 

Estas redes están totalmente insertas en nuestras vidas. Lo que yo detecto en mis neuronas es que el bombardeo de información me esta generando una amnesia, una perdida de memoria, detecto un agotamiento, me dicen cosas y las olvido. Estas tecnologías, que en un principio están creadas para hacernos recordar, lo que están haciendo es sustituir nuestra memoria. Para mi la perdida de la memoria es una perdida de la identidad básica, necesitamos de nuestras memorias para saber quienes somos. Y para mi, esa es la lucha de mi último trabajo, el intentar mantener esa memoria vigente ante el pánico a perderla. Esto también está presente en las obras de los cuerpos fantasmagóricos. Uno de los hilos conductores de mi trabajo es “ese miedo a la desaparición”, la perdida de las memorias que son en definitiva las que estructuran quienes somos, el alejarse de la objetualidad, entrar en el proceso, en la creación de la obra no historiable.

 

P. Soto: ¿Qué piensa de esa búsqueda de lo cambiante, de lo efímero, lo fluido, del arte ahistórico, que no se puede historizar?

 

D. CANOGAR: Estoy dedicado a la información y cada vez soy capaz de retener menos información. Este se está convirtiendo en un tema central en mi trabajo, soy consciente que la perdida de memoria es en cierto modo una perdida de identidad. Una memoria debe de estar construida con la sabiduría y experiencia pasadas. Las herramientas de la memoria del presente intentan ayudarnos en este desaparecer continuo de las cosas, pero a medida que se hacen mas obsoletas estas también son olvidadas. Los resultados de este proceso son turbadores: amnesia colectiva. Al tirar nuestra historia a la basura, la personal y la colectiva, estamos condenados a cometer los mismos errores.Quizás sea un esfuerzo absurdo, pero con mi obra espero detener un poco las cosas, recuperar algunos de estos depósitos de la memoria.

 

P. Soto. : Es evidente en tu obra Sscanner la proyección e interpretación del espacio de flujos lumínicos, de la que podríamos hacer diferentes lecturas que evidencian multitud de entornos de la realidad más inmediata pero ¿con qué sentido creaste esta obra?

 

D. CANOGAR: Fundamentalmente el deseo de conectar las redes sociales digitales con las conexiones cerebrales y los disparos sinápticos. Son dos redes de comunicación que perfectamente se reflejan una en otra. En la enfermedad de Alzheimer, el hipocampo en el lóbulo medio se degenera, creando simultáneamente pérdida de memoria y desorientación espacial. Encuentro fascinante como nuestra función celébrales están conectadas para interferir en nuestra habilidad para movernos por el mundo.

 

P. Soto.: Teniendo en cuenta la interactividad como estrategia de acción de interrelación en tu trabajo ¿podríamos hablar de performatividad como estrategia de interrelación en tu obra? Y por lo tanto, ¿nos llevaría esto a considerar el conceptoperformatividad en el lenguaje de la luz? ¿performatividad como reflexión o incluso como memoria y/o historia?

 

D. CANOGAR: La performatividad ocurre en varios niveles en mi trabajo. Muchas de mis obras requieren la participación de grandes grupos de personas que tienen que posar para mí mientras hacen una acción. Estas sesiones son realmente interesantes para mí, y espero que también para los participantes. Les doy mucho margen de participación e iniciativa, sugiriendo acciones, actitudes, atrezzo, etc. Normalmente lo mejor de estas sesiones sale de la propia iniciativa de los participantes. Es realmente un performance colectivo, donde los participantes son actores, público cuando “actúan” otros participantes, y en los que intento crear un ambiente distendido, casi como un happening, con cerveza, música y algo para picar. Pero ya en el terreno de la exposición de mis obras, es la instalación y su capacidad para invitar al público, a rodear y ver la obra desde distintos puntos de vista, de recibir sobre su propio cuerpo reflejos proyectados y convertirse en una pantalla, la que incita a la participación preformativa del público. Me interesa esta idea última, sobre todo la proyección que cae sobre el cuerpo del espectador. Me gusta pensar en las proyecciones como metáforas psíquicas, proyectamos nuestros fantasmas al exterior a través del mundo de la luz y la proyección, al tiempo que otros proyectan sus fantasmas sobre nosotros. Sin duda allí están nuestras memorias y nuestra historia. Este diálogo o interactividad es algo que ocurre en toda obra de arte, sea literalmente interactiva o no. Quizás, en mi obra hago esta interactividad fantasmagórica más presente. Es un tema que me apasiona.

 

P. Soto: En determinadas ocasiones habla de nuevas narrativas. ¿Cómo definiría estas nuevas narrativas?

 

D. CANOGAR: Las nuevas narrativas son fundamentalmente fragmentarias. Son las que aparecieron con los hipervínculos interactivos que surgieron con el auge de Internet, y que se han convertido en moneda corriente de las redes sociales tipo Twitter o Facebook. Son también las narrativas de los reality shows, que funcionan como un constante “coitus interruptus” de resolución narrativa. Sus protagonistas se gritan, se abrazan, lloran, pero nunca se cierra la narrativa, siempre queda interrumpida por otra similar e igualmente inconexa. Se nos presenta la zanahoria, pero nunca llegamos a pegarle un verdadero mordisco. Es un reto desestabilizador a las narrativas clásicas, regladas por leyes que vienen de la antigüedad clásica, y que han estado vigentes hasta hace muy poco tiempo. Lo interesante de las nuevas narrativas es que crean nuevas identidades, igualmente fragmentarias. El sujeto contemporáneo, que asiste a una reunión al tiempo que consulta su email en su teléfono móvil, es un buen ejemplo de esta nueva identidad fragmentada.

 

P. Soto: En tu obra es una parte fundamental la video-proyección. ¿Qué significado conceptual tiene esta para usted?

 

D. CANOGAR: Al hilo de lo dicho anteriormente, entiendo las proyecciones como fantasmas tecnológicos, y son fundamentalmente vehículos para nuestros mundos psíquicos, nuestros sueños, memorias, ese aspecto intangible pero tan presente en nosotros. En este sentido, la video-proyección me deja acercarme a un mundo onírico que permite explorar otras formas de ver la realidad.

 

P. Soto: ¿Cree usted que la instalación de luz interactiva es un medio de “construcción de sentido”? En su obra el medio y el mensaje se complementan, se potencian mutuamente. Hay momentos en los que parece una gran partitura, ¿cómo lo hace?

 

D. CANOGAR: El ritmo en mis proyecciones es algo a lo que presto gran atención, y que sin duda tiene mucho que ver con una partitura musical. Pero para contestar a su pregunta, realmente no separo medio de mensaje. Ambos son la misma cosa para mí. Sencillamente intento estar cerca de los temas que me apasionan, y cuando encuentro un vehículo que me permite explorar estos temas, la sincronía entre medio y mensaje es muy fluida. Si hacemos el recorrido de la exposición Vórtices, en la que haces una reflexión en cuanto al compromiso del reciclaje, “ríos de historia” que nos llevan hacia un futuro difícil, idea en la que trabajas ya desde hace bastante tiempo. En la obra Vórtices el espectador se va sumergiendo en cada una de las instalaciones y vive una experiencia tras otra, adentrándose y dejándose llevar por el flujo del agua en cada uno de los contextos, viviendo experiencias perceptivas, sensoriales y dinámicas. El espacio adquiere una plasticidad impresionante, al mismo tiempo el mensaje, la idea, te va empapando. Es una travesía que se hace rompiendo limites, lo rígido se convierte en fluido, lo estático en dinámico, etc.

 

P. Soto: El espacio adquiere dimensiones especiales, diferentes, ¿qué es el espacio para usted y cómo lo transforma con su obra?

 

D. CANOGAR: La relación de la obra con el espacio es fundamental. Paso mucho tiempo dentro de los espacios antes de planificar las exposiciones: intento sentirlas, conocer sus excentricidades, y sobre todo jugar con los espacios en lugar de intentar doblegarlos a ideas preconcebidas. En este sentido pienso mucho los espacios narrativamente. Me gusta imaginar al espectador viajando a través de la exposición como si estuviera viendo una película, con un primer plano seguido por un segundo plano, y así se va construyendo la narrativa general de la exposición, solo que esta película es tremendamente espacial. Me gusta siempre construir maquetas de los espacios expositivos, esto me permite planificar con gran cuidado cómo el público va a navegar a través de la sala, qué obra va a ver primero, y cual será la segunda obra y cómo transportar su atención a la tercera instalación, etc. 

 

P. Soto: El espectador cuando entra en su obra va predispuesto a vivir una experiencia multi-sensorial en la que se hace partícipe. Ya que la obra convierte al espectador en un fluido más, en un “vórtice o remolino humano que provoca esta experiencia y a su vez es producto de ella. Cuando esta creando la obra ¿piensa de antemano en el espectador? ¿en un perfil de espectador determinado? ¿espera una reacción determinada?

 

D. CANOGAR: Me interesa llegar tanto a un público especializado en arte como a uno aficionado, y poder llegar a ambos públicos es siempre un reto. Pienso mucho en el espectador, pero no quiero predeterminar sus reacciones. Me interesa recibir interpretaciones de mis proyectos, aprendo mucho de ellos realmente. Una vez que la obra abandona el estudio, deja de ser mía y se convierte en algo que pertenece al mundo y que tiene vida propia. Entiendo el arte como un medio, es decir, una mediación entre seres humanos. Para mí es un vehículo de comunicación con el mundo exterior, pero para que sea realmente comunicación, tiene que ser recíproco.

P. Soto: Para finalizar, ¿me podría decir alguno de los referentes que tiene para hacer su trabajo?

 

D. CANOGAR: Me interesa la historia del pre-cine, aparatos y juguetes ópticos que aparecieron sobre todo en el siglo XIX, y que fueron formando al espectador contemporáneo. Me interesan igualmente artistas que hacen referencia a esta arqueología de la imagen, entre ellos Anthony McCall, Tony Ousler, Jennifer Steinkamp, por nombrar algunos. Me apasiona ver como el cine construye espacios, y me interesan mucho las obras de arte que salen del ordenador e invaden nuestro espacio físico. Así lo hacen artistas vinculados a los nuevos medios como Jim Campbell y Charles Sandison.

 

Esta entrevista a Daniel Canogar comienza a finales del 2011 y finaliza en enero de 2012. Conversaciones vía Skype. (foto de Daniel Canogar por Sofía Montenegro, gentileza del artista)


Inminencia: ¿un agente hostil o un catalizador?

 

«Una estética de la inminencia no es una estética de lo efímero». Esta frase —que podría haber pronunciado un artista tan comprometido con el significado de la obra enmarcada dentro del espacio social como lo fue Joseph Beuys— condensa plenamente las ideas centrales del último trabajo de Néstor García Canclini (La Plata, 1939), La sociedad sin relato. Antropología y estética de la inminencia. Antropólogo y crítico de la cultura contemporánea, ha ejecutado desde los años setenta complejos y certeros análisis de la sociedad actual y sus constructos culturales, sobre todo (pero no sólo) de la órbita latinoamericana, en libros como Culturas populares en el capitalismo (1982), Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad (1990) y Diferentes, desiguales, desconectados. Mapas de la interculturalidad (2004) donde ha desarrollado extensamente sus tesis sobre la hibridación cultural. Aunque en sus trabajos anteriores García Canclini había utilizado ejemplos de la esfera del arte (llamémosle «culto») para ilustrar sus argumentos relacionados con la teoría y la práctica de la industria cultural, es la primera vez que se lanza a la intrincada red que forma el sistema artístico (o si se prefiere establishment) de la actualidad.

Antes de abordar la estructura y las aportaciones del libro quisiera llamar la atención sobre el título —mejor que muchos textos completos de otros autores—, concretamente sobre la relación entre «sociedad» y «relato» y su comunicación y correspondencia con los conceptos «antropología-estética» e «inminencia». Aquella sociedad sin relato a la que se refiere Canclini (en líneas similares a las Vicente Verdú o Ulrich Beck) y en la que estamos inmersos ha perdido, no sabemos si irremediablemente, por un lado, la capacidad para hacer más soportable la experiencia comunitaria y por otro, la aptitud para una realización más coherente de la existencia física. El estado de la sociedad (o mejor dicho, de la sociedad occidental estandarizada que se ha impuesto al conjunto heterogéneo de las otras sociedades) es el de la desidia, a merced de hiperbólicos agentes postmodernos que legitiman lo injustificable y de los posthistoricistas que se asientan en un inactivismo sumamente cómodo e inercial. Asimismo, la entelequia antropología-estética resulta operativa por cuanto que la imagen y sus procesos de fruición y consumo han extendido sus tentáculos por doquier, de ahí que el análisis iconográfico (e histórico) sea pertinente para comprender los principios antrópicos del sistema artístico, un sistema que —como ha observado eficazmente García Canclini— extrae su energía de los virtuales yacimientos de la inminencia. El rasgo inminente del arte ocuparía un lugar destacado junto a la tradicional experiencia estética, es decir, como afirma el autor, ya no cabe preguntarse qué es el arte, sino cuándo hay arte; en efecto, inquirir sobre la temporalidad del arte orienta no sólo hacia el descubrimiento de nuevos potenciales sino también la observación de cómo se adapta de acuerdo con las condiciones ambientales. Así, es relevante la lección que extrae Canclini de la categoría de lo inminente en la práctica del arte contemporáneo por su eficacia para transformar su entorno «socialmente» (lo que demuestra con numerosas muestras a lo largo del libro), es decir, en qué momento se producen las circunstancias —en tanto que proceso— que diagnostican la emergencia de una experiencia estética y, por añadidura, social.

Con estas premisas podemos pasar al examen pormenorizado de La sociedad sin relato, un libro estructurado en siete capítulos más un epílogo y una introducción en el que García Canclini hace un repaso por distintos fenómenos actuales donde el arte y su dispositivo forman parte del conglomerado de la industria cultural contemporánea. Ahí se inician los prolegómenos con «Apertura. El arte fuera de sí», donde el autor sienta las tesis de un arte «postautónomo» que se ha tornado dependiente, cada vez más, de una organización reticular al mismo tiempo que dictamina la desaparición del relato artístico en los mismos términos usados por Lyotard para referirse al colapso del socialismo real. En palabras de Canclini es un proceso que desplaza la práctica objetual a otras «basadas en contextos hasta llegar a insertar las obras en medios de comunicación, espacios urbanos, redes digitales y formas de participación social donde parece diluirse la diferencia estética». Es sumamente significativo el concepto de «participación social», sobre todo en artistas que desde los años setenta (George Maciunas, Gordon Matta-Clark, Vito Acconci, Hans Haacke, Krzyzstof Wodyczko o Marcel Broodthaers, entre otros) han introducido fuertes modulaciones en su discurso artístico que iban más allá de la simple contemplación o deriva ambulatoria entre imágenes, representaciones u objetos, y que han promovido la intervención activa de los asistentes como medio de creación de vínculos interpersonales.

Canclini en el primer capítulo medita sobre la necesidad de una trayectoria convergente entre la estética y las ciencias sociales por la poderosa razón de que el arte ha ido asumiendo paulatinamente «funciones económicas, sociales y políticas». Tomando como punto de partida algunas de las obras en México D. F. del belga Francis Alÿs, fotografías donde el artista se presenta como un observador/documentador de las acciones cotidianas callejeras (sobre todo la serie Ambulantes del año 1992), pasa posteriormente a ilustrar la idea de la concordancia entre lo estético y lo social con la célebre conversación entre Hans Haacke y Pierre Bourdieu publicada con el título Librecambio (Libre-échange: Entretiens avec Hans Haacke, 1994) donde, a través de sus respectivas experiencias, encontraban una posición común sobre la transferencia de lo sociopolítico hacia las prácticas artísticas, además del «giro transdisciplinario del arte» y la transformación de éste a través de las tecnologías de información. Profundo conocedor del Pierre Bourdieu de Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario (1997), Canclini comparte con él una gran parte de su ideario, pero le recrimina abiertamente que su noción de campo sea demasiado extensa y, al mismo tiempo, que esos mismos campos literario y artístico tengan un funcionamiento autónomo; para García Canclini el concepto de campo artístico no explica ni predice algunos comportamientos del arte que se hallan en zonas de penumbra, como son los comportamientos sociales. Con este fin inserta el parámetro de la inminencia, que permite «insinuar sin llegar a nombrar» pues según Borges «esta inminencia de una revelación que no se produce, es, quizá, el hecho estético». En otras palabras, y recurriendo a Walter Benjamin cual salvavidas, se puede aventurar que la categoría de inminencia es al proceso artístico lo que el aura a la obra de arte.

El segundo capítulo lo dedica al espinoso asunto de la cultura visual y sus relaciones con el concepto de patrimonio y, aunque no lo cita expresamente, el de industria cultural. Esta es una de las secciones del libro que quizá resulte más reveladora, sobre todo por la soltura con la que maneja (y su proyección antropológica, no lo olvidemos) las variaciones y permutaciones que se suceden en el interior del significado de patrimonial y sus vínculos con lo que se cataloga de «universal» o no merced a distintas modas ideológicas. Cierra el capítulo con un rastreo del trabajo del artista jalapeño Gabriel Orozco, célebre por piezas enormemente sugestivas para los espectadores como La DS o Ballena y por manipular diversos módulos contextuales que van del muy restringido espacio de la “cultura-visual-autóctona-mexicana” a amplios referentes globales (que no universales) de la actualidad. Ello le permite a García Canclini sentenciar la miope perspectiva del establishment artístico con la siguiente conclusión no exenta de ironía: «Es curioso que en el campo del arte, donde existe un largo trabajo con la polisemia y la ambigüedad, tantos críticos se comporten como un policía de [in]migración: Defínete, ¿eres un artista mexicano o global? “Ninguna de las dos posturas me interesa”».

La sección media es quizá, a nuestro modo de ver, algo desigual no por la debilidad de los argumentos —al contrario— sino por el ritmo un tanto atropellado y casi sin respiración de los ejemplos de Antoni Muntadas, Santiago Sierra y Marco Ramírez Erre en el mismo capítulo dedicado a la estrategia apropiacionista; a ellos le sigue el tremendo escepticismo que demuestra en «Valorar el arte: entre mercado y política», donde las, en otro tiempo de necesariamente de moda, teorías del «arte relacional» del commissaire-enfant terrible Nicolas Bourriaud quedan desbancadas por la pertinencia de la «estética del desacuerdo» de Jacques Rancière y la acuñación de Canclini de los artistas como «trabajadores del disenso». Los siguientes son, respectivamente, una ilustración del concepto de lo discordante con la obra de León Ferrari y un análisis de la difícil pervivencia del concepto de lo público y las nuevas situaciones de retícula social en el siglo xxi a través de la obra de Carlos Amorales, denominada con tino como «archivo de interrupciones».

Finaliza su trabajo con un pasaje que tiene la estructura de un doble epílogo. Por un lado, cierra la cuestión sociológica de su investigación con un lúcido estudio centrado en la recepción que ejecuta el público en contacto con la obra de arte y como ha sido habitual a lo largo de todo el texto, utiliza la activa obra política de Teresa Margolles. Por otro lado, recapitula y catapulta hacia el futuro el libro en seis puntos muy precisos que van del enigma de la estética postautónoma a la prognosis de una nueva conjunción ética-estética-social, pasando por los conflictos entre las superestructuras, la sociedad utópica y los roles cambiantes del arte en la cultura contemporánea.

Estamos, sin temor a equivocarnos, ante uno de los mejores libros sobre arte —no sólo, sino también de estética, antropología aplicada, teoría política y pensamiento contemporáneo— de los últimos años. Sin embargo, a pesar de su documentación exhaustiva y de los cientos de exposiciones que se intuyen visitadas entre las colectivas, ferias, bienales y otros eventos internacionales, es una lástima que no haya incidido más en el trabajo de algunos de los artistas que consideramos sumamente complejos (y muy directos en sus mensajes políticos) como es el caso de Alfredo Jaar y Teresa Margolles. Estamos de acuerdo en que no son artistas específicamente «sociales», es decir, que no suelen trazar intervenciones en las que el visitante interactúe positivamente, pero sí utilizan y construyen sus discursos con la materia prima de la sociedad; y eso que el propio García Canclini percibe a cada uno de ellos como si fuese consciente de esa peculiaridad: a Jaar como un dispositivo retributivo de lo invisible mientras que a Margolles la inscribe dentro del desencanto a consecuencia del divorcio ciudadano de lo artístico, lo público y lo político. Aunque el prestigio internacional de Alfredo Jaar proviene de su monumental Rwanda Project (1994-2000), creemos que se habrían ilustrado de manera más eficiente las tesis de Canclini sobre el carácter efímero de la obra de arte y la reflexión dirigida hacia los modos de articulación de la institución artística con la irónica obra Skogall Konsthall (1999), que documenta la erección y fundación de un centro de arte que duró exactamente veinticuatro horas en la localidad sueca de Skoghall.

En lo concerniente a la obra de Margolles, vaya por delante una meditación. Quizá uno de los fenómenos más distorsionadores — sobre el que recae un manto de silencio, como si fuera un especie de exorcismo— en el tejido social y de la realidad (además de los conflictos bélicos, por supuesto) es el suicidio. La decisión personal de desaparecer del plano físico es el proceso más complejo de ejecutar por parte de un individuo, al tiempo que un paradójico acto de ejercicio de libertad; también parece ser que los suicidios son tan contagiosos como el catarro común y, por esta razón, los medios de comunicación no hacen menciones al respecto para evitar su proliferación: es, en cierto modo, el final de todos los relatos. En este sentido, se echan de menos la mención de los trabajos de Teresa Margolles cuando formaba parte del colectivo SEMEFO (Servicio de Medicina Forense) en los que se ahondaba sobre la necesidad de dar voz a los suicidas a través de sus notas que adjuntaba a los moldes y vaciados que sacaba de los cadáveres o que fijaba en caracteres en las marquesinas de los cines de Culiacán, en México, con la firme convicción de evitar que su acción quede reducida a un proceso incomprendido y que su naturaleza no los hiciera parecer sujetos alienados e insensibles.

Queremos concluir con la recomendación de leer este libro en editado por Katz, quienes a pesar de su sencillez continúan añadiendo a su catálogo investigaciones que, como la de García Canclini, resultan de enorme utilidad e interés para los historiadores de arte (y cultura contemporánea) con ejemplos como los siguientes: Antropología de la imagen de Hans Belting, Ecología de la cultura de Antonio Lastra, El cine, puede hacernos mejores? de Stanley Cavell o Medios, pantallas y otros lugares comunes de Lisa Block de Behar son algunos ejemplos de la dinámica de esta editorial bonaerense.


Antonio Fernández Molina, crítico de arte

        Hablar de A. F. Molina (Alcázar de San Juan, provincia de Ciudad Real, 1927-Zaragoza 2005), es hablar de una figura absolutamente inclasificable, por la gran diversidad de trabajos que realizó en los diferentes cauces de expresión: la literatura, la poesía, el teatro, la crítica tanto literaria como artística, el cine, la pintura o el grabado, todas estas expresiones las fue desarrollando a lo largo de su vida de manera autodidacta. Si bien la faceta más conocida sea la del “poeta-pintor”. No solo fue un gran creador, también un incansable estudioso por conocer todo lo que alrededor de las artes se estuviera produciendo, llegando a convertirse en un erudito especializándose en artistas, que como él, combinaran la escritura con la pintura. Recuérdese su ensayo sobre Picasso escritor, el primero editado en nuestro país.  A lo largo del presente trabajo, rescataremos, dentro de su amplia biografía, una faceta quizás, menos conocida, la de crítico de arte. Debemos agradecer públicamente, las facilidades que la familia del artista nos ha brindado a la hora de poder revisar  los cientos de papeles y recortes de periódico y revistas en las que participó. Especialmente, en la figura de su hija  Ester Fernández Echeverría, por atender todas nuestras peticiones.

         La niñez y juventud de A. F. Molina fueron duras, su padre muere cuando él apenas tiene siete años, teniendo que trasladarse toda su familia a Guadalajara, ahí vivirán con su abuelo paterno, Jacinto, quién vive en Casa Uceda, aquí será donde el joven Molina, descubrirá su vocación de poeta, se hará un apasionado lector, y conocerá a la que será su fiel e infatigable compañera para el resto de su vida, Josefa.  En 1951 el joven muchacho habido de cultura, decide tomar un camino, con el dinero que su abuelo le había dado para comprar un traje, creará el primer número de la revista literaria Doña Endrina, revista pequeña y humilde en tamaño y número de páginas,  por la carencia de medios, pero enormemente ambiciosa por su contenido. En cada número aparecían una docena de colaboradores, cerrando el número con noticias escuetas y desenfadadas. Entre los primeros poetas que participaron en esta revista, cabe destacar la participación de Miguel Labordeta, pieza clave, años después, para que el manchego terminara sus días en Zaragoza. Por aquel entonces A. F. Molina, empezará a realizar colaboraciones principalmente de poesía en diversas revistas, entre ellas Tricicle, El Pájaro de Paja, Deucalión, Despacho Literario…etc…   

          En 1954 muere su madre, este trágico echo, da un vuelco en la vida del joven muchacho, que tendrá que asumir como primogénito la dirección de la familia, para poder con ingresos fijos, y asumir las obligaciones familiares, decide hacerse maestro. Uno de sus primeros destinos, recién casado con Josefa,  será Alpedrete, aunque no durará mucho su vida cómo maestro. En 1963 pedirá la excedencia en la enseñanza, para dedicarse a la realización de un estudio sobre Silverio Lanza para el monográfico de la revista Papeles de Son Armadans, saliendo airoso de esta prueba, Camilo José Cela, que era el director de la revista, convierte  a Fernández Molina en secretario de  redacción de la revista, y le convida a trasladarse con su mujer y su prole hasta Mallorca. Trasladado ya a la isla, junto a Cela, se encargará de realizar en la revista poemas, cuentos, microcuentos, breves piezas teatrales de creación propia. En este periodo su economía empieza a cambiar, se instala en la Bonanova, el barrio de los artistas, se permite el lujo de comprar material de pintura, encontrándose muy seguro de sí mismo y de su valía como pintor, alimentándose principalmente del surrealismo, aunque no es la única fuente. “La admiración que sentía por el Art Brut de Dubuffet, los universos plásticos de Michaux, de Wols, los misteriosos dibujos de Víctor Hugo, los de Paul Klee o de García Lorca… la afinidad con la filosofía del grupo El Paso o el magicismo de Dau al Set, determinaron en cierta medida sus creaciones. Pero sobre todo fue el contacto con los integrantes del movimiento pospista, lo que le convenció a mantenerse en el camino artístico que había tomado” (Fernández Echeverría. 2007). Es en este punto, donde Fernández Molina comenzará verdaderamente sus labores como crítico de arte.

         Sus primeras colaboraciones ocasionales serán en revistas mallorquinas como por ejemplo Hoja del lunes  (noviembre 1966- marzo de 1977) Daily Sun (marzo 1972- diciembre 1973), ambas revistas se editaban desde Mallorca para los ingleses residentes "temporales" de la isla, pero al mismo tiempo, comenzará sus primeros contactos literatos con las Américas, colaborando durante muchos años con diarios y revistas de Venezuela Revista Nacional de Cultura (octubre 1969- febrero 1978) El Universal (junio 1954- octubre 1969). Argentina La voz del interior (julio1971-abril 1972), La prensa literaria (junio 1967- agosto 1978). México, con la Revista Mexicana de Cultura (enero 1971- septiembre 1981).

       Estas colaboraciones fueron realizándose hasta que las crisis económicas en las que sumieron estos países lo hicieron imposible. La prosa utilizada por Fernández Molina para realizar tanto las críticas de arte como de literatura, utilizaba metáforas sorprendentes, con un dominio del lenguaje luminoso. Las críticas que realiza se adentraban en el mundo mágico de las cosas que ve.

       Llega el año 1975, con su carrera artística consolidada y coincidiendo con la edad universitaria de su hija mayor, decide dejar a Cela y trasladarse a Zaragoza, apoyado por la sólida amistad de la familia Labordeta, en especial del mayor de los hermanos, Miguel, quién llegará a proclamar de Fernández Molina “tiene un espíritu tremendamente fino, como un vidrio ardiente y luminoso” (Sánchez Ruiz.2007: pgs 7). Zaragoza en los años setenta, es una ciudad triste y decadente, que está empezando a despertar a la nueva realidad social y por supuesto cultural. Quizás la llegada de Fernández Molina a Zaragoza, no sea precisamente la “columna vertebral” de ese nuevo despertar cultural que la ciudad necesita, pero sí que le permitió ser, como dijo Manuel Pinillos, “un refuerzo para la ciudad” (Pinillos.1975: pgs 24) además de un gran dinamizador, contribuyendo a la fundación de nuevas revistas literarias, así como manteniendo la colaborando tanto con antiguas cómo con nuevas revistas y periódicos tanto nacionales como locales. Así lo recordará en sus memorias: “Cuando me instalé en Zaragoza traía conmigo el carné de crítico de arte, firmado por Enrique Azcoaga. Por entonces había publicado centenares de presentaciones en catálogos y abundantes artículos sobre temas de arte en diversos periódicos y revistas nacionales y extranjeras” (Fernández, Molina. 2003: pgs 104). Entre las revistas y diarios nacionales en los que colaboraba, destacamos  Árbol (marzo 1973- febrero 1977),  Bellas Artes (diciembre 1970- noviembre 1976) Heterodoxia (1988-1989), Arteguía (febrero 1974- marzo 1990), Lápiz. Revista Internacional de Arte (diciembre 1982- noviembre 1989) y con el periódico ABC, tanto en su edición diaria (noviembre 1965- enero 2004), cómo en su suplemento ABC de las Artes (febrero 1992- enero 1996)                    

          En esta ciudad tomará contacto rápidamente con algunos de los principales artistas, desde Lagunas, integrante del ya desaparecido por entonces Grupo Pórtico, que conocería en los primeros viajes que realizó a Zaragoza en los años cincuenta de la mano de Miguel Labordeta.

        Pintores como Saura, Sergio Abraín, Philip West, Ángel y Vicente Pascual Rodrigo, integrantes de la conocida Hermandad Pictórica Aragonesa,  galeristas cómo Pepe Rebollo, escultores como Alberto Pagnussat, Manuel Arcón, Florencio de Pedro, Ricardo Calero, Juan Fontecha, Pedro Tramullas, Javier Sauras..etc..  A lo largo de los años, publicará una veintena de monografías dedicadas a artistas varios, entre ellas las de los aragoneses Alberto Duce, Carmelo Rebullida, Juan Montserrat, Juan Fontecha y Abd Víctor.      

Antonio Saura y Antonio Fernández Molina A. Fernández Molina y Philip West

     Respecto a la tarea de escribir sobre arte, nuestro artista recordaba: “Escribir de arte es una de mis ocupaciones más agradables cuando el tema ofrece la posibilidad de decir algo de interés sobre la materia”, para continuar diciendo, “sobre la crítica de arte y el quehacer crítico en general, estimo que la infalibilidad no es posible y que el lector acaso juzgue más el modo de hacer las críticas que el tema del que tratan. Pero sino es con infabilidad, sí se puede escribir con amor a la materia y contribuir a potenciar la sensibilidad”. Para acabar concluyendo. “En realidad no es posible ajustarse a un criterio perfecto para intentar la crítica absoluta” (Fernández Molina. 2003: pgs 105). Y es que desde los ochenta hasta la muerte del artista, la actividad creativa como crítico de arte en los dos medios locales aragoneses más importantes del momento se dispara. Hablamos de Heraldo de Aragón (noviembre 1981- mayo 2004) y sobre todo, El Día de Aragón (junio 1982- enero 1987). Curiosa, fue la forma en que Fernández Molina entró a colaborar en este último diario. Así lo cuenta él mismo en sus memorias “Recién inaugurado el periódico buscaban la firma a propósito para conmemorar la muerte de Gala. Alguien bien informado de que había publicado un libro sobre Dalí, número 25 de la colección “Artistas Españoles Contemporáneos”, les indicó mi nombre.  Aunque hube de realizarlo contra reloj, me satisfizo escribir este artículo. Lo titulé La muerte está de Gala. Con él contribuí a iniciar un modo de titular más acorde con el sentido poético de los nuevos tiempos” (Fernández Molina. 2003: 105-106).  En ambos diarios “actuó como testigo de algunas cosas que sucedían en Zaragoza. En lo fundamental, fue una crónica del despertar de la pintura, que tuvo su escenario privilegiado en la galería Miguel Marcos” (Ratia. 2005:  91).

       A finales de los años ochenta, comienza a profesionalizarse la tarea de crítico de arte, las revistas, pero sobre todo los medios de comunicación tanto locales cómo nacionales, empiezan a darse cuenta de la necesidad de que aparezcan autores con conocimientos suficientes para analizar una obra de arte, o una exposición de cara al gran público que lo está demandando. Pues como dice Fernando Alvira «la realización plástica entre nosotros ha vivido en los ochenta y vive en los noventa momentos de innegable intensidad. Los aragoneses han influido en el desarrollo de las artes de modo significativo, aunque, para lograrlo, han debido marchar de su país en demasiadas ocasiones. El testimonio de su trabajo está constituido, en primer lugar, por las obras que han producido y que ocupan lugares destacados en museos y colecciones públicas y privadas; pero no es menos importante la labor fedataria y de investigación de los comentaristas y críticos de arte que apoyan el camino de los realizadores plásticos y hacen de puente entre su trabajo y el interés de los aficionados» (Alvira, Fernando. 2000). Es por ello, por lo que en 1986,los críticos aragoneses deciden asociarse  en torno a la denominada Asociación Aragonesa de Críticos de Arte (AACA). El acto fundacional se celebró en Huesca donde se discutieron y aprobaron los estatutos que actualmente rigen dicha asociación. La primera junta directiva de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte estuvo compuesta por Ángel Azpeitia (presidente), Jaime Esaín (vicepresidente), Carmen Rábanos (tesorera), Pablo Rico (vocal), Ricardo Ramón (vocal) y Jaime Ángel (secretario). La relación de miembros se completaba con Miguel Ángel Albareda, Fernando Alvira, Ángel Aransay, Eugenio Estrada, Antonio Fernández Molina, María Teresa Gil, Mercedes Marina, Ricardo Ramón, Alfredo Romero y Pablo Trullén. Para la segunda junta directiva de la asociación, nuestro artista, sin que hayamos encontrado un motivo claro,  ya se había dado de baja en dicha asociación junto a Pablo Trullen.

 

-A. F. Molina, autor de textos en catálogos de exposiciones

        Si la producción de Fernández Molina como crítico o comentarista de arte es intensa, no lo es menos la colaboración en catálogos de exposiciones. Tanto cómo colaborador escribiendo alguna poesía o sintaxis sobre las obras expuestas de algún artista emergente, ya hemos anunciado anteriormente que nuestro artista estaba al tanto de todas aquellas novedades que ocurrían en el arte, o de algún artista que por amistad le pediría alguna colaboración.

     En otras exposiciones, las menos, aparecerá como comisario de la misma. Desde principios de los setenta, año en que aparecen las primeras colaboraciones en catálogos de exposiciones entre Madrid, Mallorca y alguna pequeña galería en Zaragoza, hasta su llegada definitiva a esta ciudad en 1975, donde se centrará casi definitivamente, aunque no descartará el volver de nuevo a las anteriores ciudades descritas, así como otras ciudades o pueblos aragoneses. Recordemos por ejemplo lugares cómo Huesca, Barbastro, Sabiñanigo,  Jaca, ó lugares especiales para el artista como Fuendetodos,  por su relación con el tan admirado Goya y sus grabados, o Teruel, y su Museo provincial, donde desde finales de los ochenta y comienzos de los noventa estaría vinculado a las “jornadas surrealistas”, que pusieron a este centro museístico en el mapa de las vanguardias españolas  y le proporcionaron un prestigio indiscutible.  Fernández Molina nunca tuvo un NO para nadie, allá donde era requerido ahí acudía. Por motivos de espacio, nos referiremos a las exposiciones más importantes realizadas fundamentalmente en Zaragoza.

         En cuanto a Fernández Molina como comisario de exposiciones, es un echo, que como hemos comentado anteriormente ocurre muy pocas veces, pero las pocas que ocurren son muy interesantes. En 1979, es decir,  cinco años después de instalarse definitivamente en Zaragoza, figurará como comisario de una exposición en la Sala Luzán de la Caja de la Inmaculada (CAI), titulada pintura del siglo XVIII y aunque su “especialidad”, o el tema que más trataría, tanto en los textos para catálogos, cómo en las críticas para los diversos medios de comunicación,  sería desde el arte abstracto, hasta el contemporáneo, no es difícil verlo escribir sobre otros periodos artístico.

          Recordemos que en 1991, realizaría varias fichas artísticas para la magna exposición El espejo de nuestra historia, exposición organizada por el Palacio Arzobispal y dividida entre el mismo palacio, La lonja, y la iglesia de San Juan de los Panetes. Aunque quizás de las exposiciones que más orgulloso estaba como comisario, y la que más trabajo le costó, sería la titulada Arte aragonés en Nueva York. En 1983 se celebró la Semana de Aragón en la Casa de España de Nueva York, por lo que se decide traer una selección del mejor arte aragonés, desde el siglo XVIII a comienzos del XX, siendo el autor de los textos del catálogo en español/inglés, colaborando para ello el Gobierno de Aragón y  las tres diputaciones provinciales, convirtiéndose en todo un éxito.

         Así es como recordó esta experiencia a través de sus memorias “A finales de julio del año 1983 me llamaron del Departamento de Cultura de la Diputación General de Aragón y me propusieron el encargo de organizar un exposición de arte aragonés en Nueva York con motivo de la Semana de España, ese año dedicada a Aragón.

        Parece ser que  fue el pintor Javier de Pedro quien me indicó como persona que podría solucionar esta empresa. Acepté sin plantear ninguna objeción ni condiciones. Se trataba de preparar la muestra para que, a partir de primeros de septiembre estuviera lista, de modo que en cualquier momento pudieran venir a recoger el material y trasladarlo a Nueva York. Si no para mi bolsillo, esta experiencia me resultó enriquecedora culturalmente. Para el catálogo, hube de redactar un ensayo y una bibliografía de cierta extensión referidos al tema de la muestra. Realicé varios viajes a las provincias de Huesca y Teruel, visité bibliotecas  y hube de localizar las piezas que formaron la exposición” (Fernández Molina.2003:  140-141).

           De entre las piezas seleccionadas, se pudo ver en escultura piezas como El profeta de Gargallo, varios bronces, entre ellos el Busto de Goya, de Condoy, dos cabezas de Serrano, entre ellas la que hiciera para Miguel Labordeta. En pintura, varias obras de los hermanos Bayeu, de Goya un autorretrato con gafas, varios dibujos y dieciocho grabados de la serie Los Disparates.  También pudieron admirarse obras de artistas aragoneses de los siglos XIX y XX tales cómo Pradilla, Unceta,  Barbasán, Gárate, Marín Bagües, Berdejo, Acín, Aguayo o Saura. A la obra plástica la acompañaron representaciones etnológicas del Museo del Serrablo y del Museo de Teruel, con abundantes fotografías  de autores cómo Duce, Duerto o Carmelo Tartón Vinuesa. El proyecto se completó con una conferencia pronunciada por el propio Fernández Molina sobre la propia exposición en la Casa de España y una representación que daba todas las noches el ballet de Zaragoza en el Teatro Joyce.

      En lo referente a la nómina de artistas para los que escribió  en los correspondientes catálogos, es realmente intensa, incluso si sólo citásemos los artistas aragoneses, seguiría siéndolo. Desde maestros ya desaparecidos como Condoy (1983), pasando por los hermosos paisajes  de la Hermandad Pictórica Aragonesa (1976- 1984), maestros consagrados como Baque Ximénez (1985), Maturen (1996), Broto (1984), Laguardia (1992) ó los que por aquel entonces estaban considerados como “nuevos artistas emergentes” Julia Dorado (1983), Ángel Aransay (1984), Sergio Abraín (1984), Víctor Mira (1984), Pedro J, Sanz (1993), Edrix Cruzado (1998) Jorge Gay (2007)…etc…

      También tenemos que recordar algunos ejemplos de colaboraciones para aniversarios de toda clase e índole, cómo  20 años de diseño y figurinismo teatral 1974-1994 (1994), Primera abstracción de Zaragoza 1948-1965 (1984-1985), 50 aniversario Casa Emilio (1989), Miguel Marcos 1982-1986 (1986), Corneille, retrospectiva 1948- 2001 (2001), Tomás Seral y Casas. Un galerista en la postguerra (1998).

       En cuanto a las instituciones o entidades bancarias con las que colaboró Fernández Molina, en cuantas exposiciones le ofrecieron, podemos recordar museos  cómo el Camón Aznar, Museo Ángel Orensanz y las Artes del Serrablo,  Museo Pablo Serrano o el Museo de Zaragoza. En lo que se refiere a entidades bancarias, nuestro artista, participaría en las dos más importantes de esta ciudad, Sala Luzán (CAI) y el Centro de Exposiciones y Congresos (Ibercaja).

      En lo que respecta a salas de exposiciones institucionales, tenemos desde el Palacio de Sástago, Palacio de la Lonja, Monasterio de Veruela ó la Sala de Exposiciones de la Biblioteca de Aragón. Por último, por citar algunas de las galerías, recordaremos quizás las dos más importantes e influyentes de la ciudad de Zaragoza Miguel Marcos y Pepe Rebollo.

       En el año 2000 la Diputación Provincial de Zaragoza elegirá una pintura de Fernández Molina como regalo al Príncipe de Asturias con motivo de su visita a nuestra comunidad autónoma. En el 2003 se celebran los 50 años de su poesía, con tal motivo se organizan diversos homenajes a su persona entre Zaragoza y Madrid. Se publica una antología de relatos, la desaparecida revista Trébede, le dedicará el número de marzo del mismo año a su figura artística y literaria, clausurándose el homenaje sobre su persona con una conferencia multitudinaria que Fernando Arrabal pronunció en el Museo Reina Sofía.

       En 2005, varios amigos del “poeta-pintor” escribieron a la Fundación “Príncipe de Asturias”, con la intención de que Fernández Molina optara al premio que otorga anualmente esa Fundación y que se encuentra entre las más importantes  que se conceden en España. Personalidades como José Antonio Labordeta, Gloria Fuertes, Pere Gimferrer, Gabriel Celaya, Víctor García de la Concha, Guillermo Díaz-Plaja, Fernando Arrabal o la Fundación “Camilo José Cela” habían apoyado, en un momento u otro, su candidatura.

        Mientras esto sucede, el artista, es ingresado de urgencia en el hospital, desde ahí, publicará su última columna en la revista  Nueva Alcarria, dentro de su sección veleta al viento, donde escribía sobre cualquier cosa que le interesase, lo cual era mucho para un creador como él. Sin duda se trata de la revista más longeva en la que había colaborado, desde enero de 1950 hasta esta última columna publicada pocos días antes de morir. En ella Fernández Molina nos hablaba de otro “poeta-pintor” cómo a él le gustaba. “La poesía de Marx Ernst”, donde decía: “Todos nuestros actos tienen la cualidad del sonambulismo, es decir, de respuestas, y somos nosotros mismos quienes preguntamos. En cada uno de nosotros hay un sonámbulo y un magnetizador” (Fernández Molina, 2005: 15).

      En diciembre de ese mismo año, y organizador por el Gobierno de Aragón, la Universidad de Zaragoza y el Ayuntamiento de la ciudad inmortal, se decide montar  una exposición antológica en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, escenario habitado en exclusiva por la magia del poeta,  bajo el título Antonio Fernández Molina: El poeta multiplicador. Comisariada por Chus Tudelilla, la exposición intentó devolver, tras su muerte, algo de tanto tiempo invertido de creación y talento en nuestra ciudad. Poesías, pinturas, novelas, relatos, dibujos, aforismos, guiones de cine, obras de teatro, grabados. Todo esto y mucho más pudieron verse en la muestra cuyo catálogo estaba configurado por  especialistas en cada una de las materias que Antonio Fernández Molina aportó al universo de las letras y las artes

        Decía Antonio Fernández Molina “Cada días nos visita un aspecto de lo inesperado. Pequeñas causas inician una serie de sucesos fundamentales en nuestra vida. Las noticias difundidas por los medios casi siempre son fragmentos insignificantes de cuanto sucede, inexpresable e indefinible. Pero no dejan de llegarnos delicados bocados, como sabrosos postres  en el banquete de la existencia. Estímulos de esa clase nos proporcionan los encuentros fortuitos” (Fernández Molina,  2003: pgs 192). Y es que la vida de Fernández Molina ha estado llena  de esos estímulos que han dado pie a encuentros fortuitos de toda clase y forma. Encuentros que en el campo del arte, han dado lugar a maravillosas amistades  y a la publicación  de interesantes ensayos y curiosas críticas de arte a amigos artistas.

       Esas publicaciones de personas que ya no se encuentran entre nosotros, pasarán a la posteridad, obras cómo las de Fernández Molina, cuya personalidad, además de su genio literario y pictórico, seguirá vivo en la memoria de todos aquellos que lo conocieron y lo admiraron.


Gli Anni folli; la Parigi di Modigliani, Picasso e Dalí, (1918-1933)

 

«La modernità – questo gran mistero – abita ovunque a Parigi: là si ritrova ad ogni angolo di strada, accoppiata a ciò che era un tempo, pregna di ciò che sarà. Come Atene ai tempi di Pericle, oggi Parigi è la città dell’arte e dell’intelletto per eccellenza» (De Chirico).

Estas palabras escritas en 1925 nos transportan hasta el esplendor de la capital francesa en un periodo irrepetible para la cultura artística, un periodo perfectamente definido en esta exposición como "gli anni folli", por el gran fenómeno cultural y social que se respiraba dentro de una comunidad intelectual que se reunía en los famosos cafés parisinos, en teatros o en los estudios de los artistas más revolucionarios; una suma de talentos extranjeros que comparten un mismo estilo figurativo y personal, marcadamente expresivo y que está unido esencialmente al ambiente bohemio y cosmopolita de Montparnasse.

París fue para el s. XX lo que para hoy, en pleno s. XXI, representa Nueva York en nuestra cultura. Ciudad cosmopolita, mundana y liberal, fue el centro de vanguardias artísticas y literarias, la cuna de la más extrema modernidad y fue, en definitiva, la máxima representación de la vitalidad artística y de la energía creativa de un periodo de entreguerras, a caballo entre la I y la II Guerra Mundial; nos transportamos así, dentro del Palazzo dei Diamanti de Ferrara, hasta los famosos años 20. En estos años, Paris, representaba la ruptura con el pasado, un nuevo comienzo y una nueva búsqueda de la inspiración para conseguir una nueva armonía dentro de la atmósfera cultural.

Los protagonistas de esta extraordinaria exposición comisionada por Simonetta Fraquelli, Susan Davison y Maria Luisa Pacelli, son Monet, Matisse, Mondrian, Picasso, Juan Gris, Braque, Léger, Modigliani, Chagall, Tamara de Lempicka,Duchamp, Calder, De Chirico, Miró, Giacometti, Magritte y Dalí; maestros activos en el Paris de  aquellos años, y en la que se hace una cuidada selección de más de ochenta obras provenientes de las colecciones públicas y privadas más importantes del mundo, como El desnudo de 1917 de Modigliani, La Maternidad de Picasso, Desnudo con gato de Derain, El Gallo de Chagall o Dos Figuras Mitológicas de De Chirico. Obras que van desde la pintura hasta la escultura, desde escenografías teatrales hasta fotografías o diseños, en definitiva, un compendio de obras que representan toda la efervescencia cultural del momento y que interpretan y asumen el ansia de buscar nuevas expresiones creativas que dejarán una huella profunda en la Historia del Arte del Novecientos. Se trata de una exposición de la “explosión cultural” en todas sus expresiones a comienzos del s. XX dentro del espíritu bohémien del Paris más cosmopolita.

 

Iniciamos la exposición de la mano de Renoir con su obra La Fuente, artista que fue fuertemente admirado por Picasso y Braque, y de Monet, con El Puente Japonés, quien se convertirá en el padre del lenguaje abstracto por su exasperada búsqueda de la luz. El Impresionismo continuaba siendo en los primeros años del Novecientos la corriente artística más aclamada, llevando hasta esta ciudad a artistas internacionales en busca de la creación y de las nuevas vanguardias que marcarán el s. XX. La atmósfera desinhibida y variopinta que se respiraba en todo Montparnasse será el punto de encuentro de estos jóvenes talentos a los que les unía un estilo figurativo personal y un marcado  ideal de libertad. Este espíritu creativo va tomando forma en el transcurso de la Exposición, que nos guiará desde elDesnudo de Modigliani  (1917), que nace del influjo de las máscaras africanas y de las formas más manieristas del Renacimiento, hasta el postmodernismo, el fauvismo o el último cubismo de Picasso, Braque, Léger o Gris. La costa mediterránea, con su luz y su exuberante vegetación, ha representado para una gran cantidad de artistas un complemento más a la frenética modernidad parisina, Matisse con su Desnudo acostado II (1927) y Bonnard con su obra Desnudo sobre fondo amarillo (1924), serán los representantes de esta atracción por el sur, de esta mezcla de sensualidad, intensidad cromática y gran luminosidad tan deseada, admirada y anhelada por los grandes maestros. El holandés Mondrian se establece en París en 1919 con su neoplasticismo, y será allí donde lleve a efecto un sistema autosuficiente con respecto a la realidad, expresando, a través de una relación armoniosa entre líneas y planos cromáticos, un principio de paz y de equilibrio universal, Composición con amarillo, negro, rojo, azul y gris (1922) es una obra que rompe con cualquier otra composición anterior, rompe con cualquier otro legado perspectivo ya que su estructura está privada de un punto central, constituido principalmente por una ausencia de color; la obra tuvo un gran impacto visivo y acabó aplicando su neoplasticismo a la vida real. En 1930 el americano Calder visitó el taller del holandés y, quedando profundamente fascinado, este encuentro dio lugar a la obra que lo a hecho celebre, sus característicos móviles, construcciones geométricas básicas y simples que se activan a través de una manivela, Dos esferas dentro de una esfera (1931), es una clara muestra de ello y, representarán el equilibrio cósmico. Con el fin de la guerra se desarrolló una nueva experimentación teatral que se nos muestra en la sala VI de esta exposición  por medio de representaciones escenográficas de los ballets rusos y suecos fruto de grandes artistas, escritores, músicos y coreógrafos. El Art Déco también tiene su hueco en este recorrido parisino a través del retrato femenino perfectamente representado por la artista ruso-polaca Tamara Laempicka, quien cultivó un gran éxito entre al alta sociedad parisina del momento. Sus representaciones estáticas y sensuales, serán inconfundibles por su realismo, por sus ecos cubistas o por sus reminiscencias del cinquecento, tal y como observamos en su obra Irene y su hermana (1925). En estos retratos femeninos, se nos representan modelos de mujer andróginos, en perfecta sintonía con el primer momento de emancipación que estaba viviendo la mujer en el París de aquellos años 20 y, que ahora será total protagonista de la escena cultural y social. La exposición tiene una sala dedicada a los artistas italianos afincados en Paris en aquellos años, sala VIII, artistas que gozaban de gran reputación gracias a nombres como De Chirico, Severini, el ferrarese De Pesis o el gran maestro Modigliani. Tras el final de la guerra se vuelve a un moderno clasicismo, siendo Picasso uno de los pioneros en la vuelta al uso de técnicas pictóricas tradicionales y al redescubrimiento de los temas protagonizados por la figura humana, Maternidad (1921). La Comedia del Arte también vendrá representada en este nuevo realismo por medio de las máscaras de artistas como Derain, Cèzanne o el gran genio Picasso y su Arlequín, figura que se  convertirá en el emblema de todo artista contemporáneo que juega consigo mismo y con su obra, convirtiéndose en una metáfora del hombre moderno. Darain, después del Fauvismo y el Cubismo, vuelve a la tradición figurativa más occidental, y será considerado como uno de los más célebres representantes de la belleza femenina, su Desnudo con gato es una obra maestra de este género pictórico. En escultura, el artista catalán Maillol retomó el desnudo clásico, y tal vez inspirándose en la Venus de Cnidia, creó su Torso de Venus (1920). La sala X es un claro homenaje a la Torre Eiffel, representación máxima del progreso y de la vida de la ciudad de París, donde se nos presentan distintas visiones de dicho monumento desde la pintura hasta la fotografía. Mención especial tienen la obra del pintor cubista Delaunay y su Tour Eiffel (1924-1926), y la obra de Man Ray. Esta extraordinaria exposición finaliza con un giro radical, el París de los años 20 fue también el escenario de los últimos desafíos artísticos: el Dadaísmo y el Surrealismo. El Dada fue un ataque frontal al sistema de valores morales y culturales de la sociedad burguesa, la cual no había sabido impedir la brutal carnicería de la guerra. Las obras que aquí se nos presentan, son el testimonio de una total ausencia de normas y originalidad de los procedimientos expresivos experimentados por los dadaístas, todo ello perfectamente programado para no dejar indiferente al espectador. Picabia con su vocabulario industrial para describir comportamientos humanos, L’oeil-caméra (1919); Duchamp y sus “ready made”, abjetos que va encontrando en la vida cotidiana y les atribuye el valor de obra de arte, 50 cc d’Air de Paris, o Man Ray y uno de sus objetos perversos, Cadeau (1921), donde uniendo elementos incongruentes y un título engañoso juega con el sentido común. En definitiva, huyen de la tradición artística para convertirse en agitadores e iconoclastas maestros de la provocación. La ultima sala, la sala XII, nos adentra en las pulsaciones inconscientes relativas al sueño, en lenguajes disparatados que los surrealistas aspiraban a alcanzar con el dictado del pensamiento en ausencia de cualquier control de la razón. Ernst y su Beso (1927), Masson y su obra El hombre muerto (1926), y los grandes maestros del surrealismo Joan Miró, La reina de Prusia (1929) y Salvador Dalí, El eco del vacío, nos adentran en esta poética surrealista, donde también encontramos su máxima expresión en la escultura de Giacometti y su Mujer cuchara (1927).

Gli Anni folli; la parigi di Modigliani, Picasso e Dalí,  (1918-1933)

Palazzo dei Diamanti, Ferrara (Italia) del 11 de septiembre al 8 de enero


Pedagogía de los sentidos. Una aproximación al legado de Hugo Kükelhaus.

 

1.- PLANTEAMIENTOS. Semblanza de Hugo Kükelhaus

 

Los sentidos son los ministros del alma (Leonardo)

 

Por la dificultad que entraña el idioma alemán, lo que no se traduce a inglés y/o después al castellano, queda casi irremisiblemente fuera de nuestro alcance. En el caso de Hugo Kükelhaus, esto resulta un notable empobrecimiento, pues no sólo desconocemos su figura e investigaciones, sino todo el tejido cultural que lo sustentaba.

Hugo Kükelhaus fue un fenomenólogo de los sentidos. Su dilatada vida (1900-1984) le hizo asistir a las dos grandes guerras. El epicentro de la segunda fue una Alemania abiertamente nazi, donde la propaganda sacó rédito de las aspiraciones y frustraciones de todo un pueblo, incluida su persona. Del enorme poder redentor de la educación será él mismo ejemplo, pues coqueteó con el régimen nacionalsocialista en lo tocante a la defensa de los valores tradicionales del mueble (su primera formación fue de carpintero) y después pasó a la resistencia. Escribió sobre teorías de la sección aúrea en la artesanía del mueble y fue diseñador y docente en la Escuela de Artes y Oficios de Münster tras la guerra.

Hugo Kükelhaus fue un personaje polifacético, con formación en diversos campos, como la arquitectura, la artesanía, la filosofía en su manifestación más genuinamente alemana, como  es la antroposofía, conectada con la naturaleza y la experimentación y que nos ayuda a comprender el fenómeno de “lo verde”, tanto en su vertiente política, como en la ecológica. Se mostraba muy crítico con una civilización deshumanizada y fue firme defensor de los principios funcionales y orgánicos del ser, por encima de una pretendida racionalidad, que mostró su rostro más sombrío en el diseño de los campos de exterminio. Escribirá así Unmenschliche Architecture (Arquitectura inhumana). Ganó fama en 1967 en la Exposición Universal de Montreal cuando presentó unas 30 experiencias con los sentidos, explorando como lo hará Alexander Lowen con la Bioenergética, la escucha atenta del cuerpo y aprendiendo a través de éste.

Hablar de pedagogo y teórico en Alemania equivale a compromiso político, al igual que Beuys, tal vez más activista que artista. Por tanto, no tuvo inconveniente en montar su propia tournée, carpa incluida, para mostrar al público sus experiencias. Fue tal el éxito, que se decidió instalarla de manera permanente en un precioso parque en Nuremberg.

Sus propuestas pedagógicas son una reacción lógica a una sociedad sumamente tecnificada y con unos intereses casi exclusivamente focalizados en el consumo irracional y el beneficio económico. Para volver a sentir propone observar el fenómeno, lo cual nos desconecta inmediatamente del pre-juicio y del automatismo. Esto se enmarca en la línea de las propuestas de vivir atendiendo el presente de Tich Nah Han, cuyo método de meditación consiste en “simples” paseos con total consciencia. No es casual que la primera de sus así llamadas estaciones experimentales consista precisamente en caminar descalzo y a ciegas sobre distintas superficies, que amén de activar nuestros órganos mediante un masaje, nos retrotraen a nuestra infancia. (ver imagen 1)

Sus libros, muy didácticos, han servido para aplicar su inventiva en jardines, hospitales o para activar los sentidos.

 

 

Conceptos metodológicos en Kükelhaus

 

Sus propuestas arrancan con la estimulación de los sentidos: tacto, movimiento, vista, escucha atenta, etc. que nos lleve a una reflexión más fresca y directa de los fenómenos. Todo conocimiento debe quedar interconectado, para potenciar la humanidad de cada ser. Para él, las personas y la tierra son un sólo organismo vivo. Si el terrorismo significa una catástrofe social, la falta de perspectiva ecológica puede llevarnos al colapso. Es aquí donde se encuentra el ser humano actualmente. Sus pasadas vivencias hacen que tenga muy en cuenta el totalitarismo, que es lo más radicalmente distinto a la propia vida: llena de matices, riqueza y pequeñas cosas que marcan una sutil diferencia entre todos. Para él, lo rápido o lo tecnificado no son valores en sí mismos. El ser humano es su propio universo y es mucho más que su cerebro pensante. A cada cual le considera como una semilla de una planta singular, que fructificará en momentos diferentes, de manera que el educador se convierte en una suerte de jardinero. Éste ha de tomar las pequeñas sutilezas como algo sustancial. Sostiene que la vida no se deja amedrentar por los fracasos, como el niño que se levanta y se cae… y lo intenta de nuevo; porque actúa según un impulso que supera su propia inseguridad y está llamado a ponerse en pie. Por esa razón fue pionero en el desarrollo de juguetes orientados al desarrollo psicológico de los niños. Kükelhaus pretendía acercar más al ser humano a la naturaleza, y por lo tanto más a sí mismo. Como él mismo afirma: Atraviesa más a menudo, por bosques que por libros, pues los árboles y las piedras te enseñan  lo que no pueden tus maestros. (2008, 28)

 

Alejado de la industria del wellness (bienestar), se mostrará receptivo al  hambre espiritual como nuestro gran déficit occidental, pues pasamos de la materia (mater) al pensamiento abstracto hasta perder nuestra raíz, y convertirnos según una expresión del sociólogo Peter Berger (1974), en un homeles mind que se aleja de sus experiencias fundamentales. Por eso, se empeña en construir un entorno vital a escala humana (arquitectura, espacios interiores…) Cree que la vida se ha segmentado en Occidente. Esta “secularización” del pensamiento, que prima lo secundario (la lógica industrial de mercado) nos convierte en extraños en el mundo y con un enorme desinterés en el plano social. De esa necesidad de apertura partiendo de nosotros mismos, donde comienza su planteamiento, con la esperanza de contrarrestar “la huida hacia la cabeza”, que ha dejado huérfano al sentido corporal.

Así, un objetivo suyo declarado consistirá en la expresión de la consciencia vital en el ser, que repercutirá en la relación con el entorno natural y social, en una suerte de ecología. Igualmente persigue re-unir mano y pensamiento (dado que él era artesano), lo que proporciona un pensamiento de acción, garantizando el contacto con el entorno y pasando de lo abstracto a lo concreto. Aspira por tanto a la vida como escuela, basando la educación en necesidades reales y no postizas: no permanecer ciego a las condiciones exteriores, no estar sordo a las condiciones interiores. Pretende estimular el conocimiento del cuerpo en la pedagogía infantil. Además, introduce el juego grupal en las organizaciones laborales, evitando el alienante sistema de hombre-máquina. Trata, finalmente, de encontrar el sentido a través de los sentidos, en el taller de la vida.

 

 

Habitar nuestro cuerpo

 

Wahr en alemán significa verdad y wahr-nehmen (literalmente tomar-verdad) significa percibir. Así, se emparenta lo que percibo con aquello que creo verdadero. Kükelhaus pretende pasar de la concepción “tengo un cuerpo”, a “soy un cuerpo”, o mejor, “soy mi propio movimiento”. Me hago a través del espacio, donde me des-envuelvo con intención, a lo largo del tiempo. La diferencia entre el tener y el ser movimiento resulta fundamental. Mi yo consiste sustancialmente en ese ser que se desencadena y pone de manifiesto la tremenda ilusión del aspecto del tener materialmente un cuerpo.

El ritmo es la gramática básicadel fluir. La acción se conforma en el tiempo y su flujo se mantiene con el ritmo. Cada ser debe de encontrar su propio ritmo espacio temporal, su propia cadencia. La dirección hacia delante se ha sobredimensionado. El centro del corazón es el lugar donde parte todo movimiento. Así, nace de muy dentro (moción, locomoción, emoción) y se produce con auténtica intención. El placer es ritmo y la música puede amplificar nuestro interior. Las sensaciones placenteras levantan el ánimo y estimulan la actividad. Cualquierapuede ser vivida como fuente de placer: lavar platos o bailar, si se desarrolla con gracilidad, esfuerzo justo, etc. En toda actividad podemos desplegar armonía y evitar movimientos mecánicos y fríos. El cuerpo está estructurado para el placer y no para la eficacia laboral. Por eso el éxito no aporta alegría corporal, pues ignora lo orgánico.

El ser no solo se define como un conjunto de  funciones, sino que se realiza a través de ellas. Por ello, la pedagogía de Kükelhaus estimula el ir y el venir, el levantarse, el gustar, el tocar y trastear, la tensión, construir con las manos, botar, moler trigo o encender fuego. Todo ello nos despereza del atolondramiento y nos susurra a nuestra verdadera naturaleza interior. El cuerpo apenas se usa hoy, si no es para la presunción estética, para cuyos fines la gimnasia, dietas o cirugía plástica no garantizan ni que se sienta el cuerpo, ni que se nutra con corrección. Sentir y estar atentos a sus necesidades provoca una experiencia “peligrosa” por desconocida en su unidad y en sus cadencias. Todo sentimiento tiene un origen y disolución corporal y queda lejos de la pretendida racionalidad. Esta consciencia corporal se inspira en Seymour Fisher, para quien sólo apenas tenemos consciencia del cuerpo en la enfermedad, en la fuerza laboral o en el sexo.

La segregación corporal se da en el trabajo (donde la fuerza física femenina se considera inferior) tanto como en los iconos corporales (que explota a la mujer como icono). La instrumentación tecnológica obliga al cuerpo a que se acople a la máquina y cualifica a un operario cuando se empotra a ella, dejando fuera su propia esencia humana. Reflejos del malestar físico se manifiestan en los casos de infarto, estrés o úlcera que, sin ser enfermedades por sí mismas, reflejan de forma somática la rebelión del cuerpo. Nuestra concepción del trabajo causa disfunciones físicas (problemas vegetativos y de tensión corporal) y sociales (apatía y aislamiento).

Las propuestas de Kükelhaus tratan de desencadenar una pedagogía corporal de una manera científica. El embriólogo Erich Blechsschmidt muestra la historia de nuestros órganos, modelados a través de nuestros actos corporales y aunque los ignoremos, sus necesidades permanecen. Por ejemplo, los brazos y manos no sólo sirven para coger y aferrar, sino que también actúan como impulsores de ritmo y equilibrio. Igualmente, el biólogo chileno Maturana muestra que los modelos más abstractos del pensamiento lógico son reflejo y parten de nuestro sistema de organización corporal. Por ejemplo, el sí y el no, como activo/pasivo. De hecho,  “an-greifen” en alemán significa agresivo y “greifen” signica asir.  Otro tanto ocurre en latín, donde agredir proviene de “gradi”, con el significado de andar hacia algo, o dirigirse a.

 

 

2.- DESARROLLO. Las Estaciones Experimentales

 

Mit den Händen sehen, mit den Augen fühlen(ver con las manos, sentir con los ojos) (Goethe)

 

Uno de sus mayores legados, aparte de sus escritos y pensamiento, son sus "Campos de Experimentación de los Sentidos" sembrados a lo largo Alemania, Austria y Suiza.  Hemos visitado uno de ellos en un parque de Nürenberg y otra instalación, ya con aspecto más museístico pero igualmente pedagógica en el Schloss Freudenberg, un palacete reacondicionado a las afueras de Wiesbaden. Las estaciones experimentales se ofrecen a los sentidos, que se pueden profundizar y enriquecer con más propuestas y ejercicios. Sin embargo, desde un punto de vista pedagógico mantienen una unidad de concepto global. Le sirvió como inspiración el Exploratorium en San Francisco (1969), ideado por el físico y hermano del proyecto Mannhattan, Frank Oppenheimer y  en los doce sentidos del teósofo Rudolf Steiner (1917).

Las propuestas de estaciones se agrupan en diferentes recorridos (hasta 30 trabadas entre sí). La primera impresión que puede darnos estos museos de la experiencia es que se sitúan a medio camino entre un parque de las ciencias (se exponen diferentes modelos de estructuras dinámicas de arena, agua y fluidos para observar el pulso rítmico) y un taller corporal con zonas de tacto, equilibrio, etc. trufado de chiquillos o de mayores, que se quedan embobados como aquéllos, observando un panal de abejas o recorriendo un laberinto. Pero más allá de su apariencia, contiene un profundo significado social. Kükelhaus pretende que se vivencien principios sociales de una manera lúdica y directa y no como un acto de reflexión libresca.

Si bien cada una de las experiencias se concentra en un sólo sentido, él parte del ser humano como una totalidad orgánica y social, en una suerte de lo que llama pedagogía del cuerpo (Leibpädagogik). Todos los sentidos son realmente uno. La presión nos excita el oído y la piel; la luz generan calor y brillo, etc. y ante los que tomamos (o no) la decisión de responder. Cuando trata sistemáticamente los sentidos no lo hace para diseccionarlos, sino para hacernos ver, oír, sentir y tocar la vida como una unidad. De ahí tantos ejercicios y (aparentemente) tan diversos. Algunos sentidos han “envejecido” en nuestra cultura (tacto/olfato) y otros (vista) se han vuelto más importantes.

 

 

Experiencias de equilibrio y dinamismo

 

Las vivencias cotidianas ahogan su misterio por el afán de rapidez. Más rápido, más ligero, más concentrado, son valores absolutos e indiscutibles en esta sociedad. Cabalgamos sobre esa montura veloz que nos empobrece. El niño “no sabe” y ahí radica su ventaja: mira y se admira. Juega repitiendo hasta cansarse. Un columpio es un juego bien sencillo y reiterativo, sin embargo la posibilidad cinética no se desgasta con el conocimiento racional; aunque sepamos que se balancea hacia delante y hacia atrás, nos montamos por puro placer, a través del impulso de nuestro cuerpo. A continuación, describiremos algunos aparatos.

 

 

Péndulo de Galileo.

 

Similar al que en distintas versiones y movimientos se ha usado como decoración del hogar (fig.1). Si se lanza una bola, sabemos que las demás transmiten sin moverse la fuerza hasta la última, que se desplazará; pero pocos conocen que si se lanzan dos, dos serán las que se muevan; si tres, serán el mismo número. Este principio lo ha empleado también para el diseño de sus columpios. Esta ley de causa y efecto tan sugerentemente kármica se ve cuando se lanzan todas las bolas contra una sola (qué ocurre se lo dejamos a los lectores como un interrogante). Este sencillo aparato actúa como una metáfora social,  ejemplificando la influencia de unas personas sobre otras.

 

 

fig.1

 

Péndulo de los tres tiempos. Sobre un eje único se colocan 3 péndulos de diferentes largos, aunque los lastres (bolas) pesan igual (fig.2). Aparentemente se balancean de forma irregular, si no se descubre un cierto orden en el empuje. Este orden había que tenerlo en cuenta en el tañer de las campanas para coincidir sus balanceos: la frecuencia se basa en quintas, cuartas u octavas. De esta manera, música y ritmo se visualizan en este sencillo aparato.

 

fig.2

 

 

Columpios. Son juegos de energía cinética y potencial, a través del impulso de nuestro propio cuerpo. Unas plataformas sobre ejes permiten que giremos sobre nosotros mismos, haciendo piruetas y comprobando las fuerzas centrífuga y centrípeta, cuando separamos o juntamos los brazos en el giro. Estos ejercicios eliminan el “imperio de la vista” y nos hacen sentir en el flujo del movimiento. El doble columpio (fig.3) no pasaría de ser un entretenimiento para chiquillos, si no fuera porque las conclusiones sobre interacción social son tan atractivas como los mismos juegos. La sensibilidad motora y el equilibrio se potencian con un puente colgante tendido sobre un río, que se mueve y que vibra al paso del público, como los que vemos en las películas de acción, ofreciendo una impresión muy real de aventura

fig.3

 

Plataformas de equilibrio grupal e individuales. La plataforma grupal ofrece una superficie plana circular sobre un eje y raíles para que se mueva en redondo y se incline a la vez (fig.4). Permite infinidad de juegos grupales: hacer un corro hasta que la plataforma se mantenga paralela al suelo, andar en el mismo sentido e inmediatamente al contrario, lo que provoca que por inercia el suelo nos lleve hacia atrás; balancearnos por grupos en diferentes esquinas, etc. Como toda propuesta grupal, estimula la comunicación lúdica gestual entre los participantes. Tiene un correlato en las plataformas individuales para equilibrio (fig.5), construidas a partir de una media esfera como base, en la que descansa un plano circular, sobre la que la persona ha de mantenerse de pie. Una variante grupal consiste en equilibrarse distintos participantes, tomándose de las manos. Otro aparato es una manta de goma, elevada del suelo y que se desarrolla sinuosamente en un plano oblícuo. Cuando dos personas se montan y caminan, uno y otro modifican el suelo del compañero. Otro aparato consiste en un circuito de equilibrio (fig.6).

Más allá del juego sensorio motor, estas propuestas son una demostración palmaria de cómo el equilibrio propio depende del movimiento ajeno y viceversa: la influencia que yo ejerzo en el resto. Así, Kükelhaus muestra el equilibrio como un asunto comunal, por la ayuda mutua y el apoyo necesario entre los miembros.

 

 

Fig.4

                   

 

Figs.5 y 6

 

 

Bloque de piedra colgante. Resulta impresionante cómo una roca de grandes dimensiones pueda ser movida sin mayor dificultad por un niño, sencillamente colgándola (fig.7). Se nos invita a que nos sentemos sobre esta masa pendular y que nos balanceemos con los ojos cerrados, al lento ritmo que impone la roca, inspirado en el pedagogo fenoménico y físico Wagenschein (1962). En esta misma línea de “física ancestral” se proponen juegos con palancas, sobre bloques de piedra, que ruedan sobre unos rodillos en un espacio confinado (fig.8). Las imponentes masas contrastan con la facilidad con que podemos moverlas, activando el imaginario de nuestra potencia y capacidad.

 

  

 

figs.7 y 8

 

 

Paseo llamado “Escuela del andar”.

Andar linealmente sobre el asfalto no resulta nada divertido; sin embargo, caminar a través de un bosque, con sus luces y sombras, con el movimiento constante sobre distintas superficies que nos fuerzan al equilibrio y con olores diversos, nos refresca. Tal vez sea menos rápido, pero resulta claramente más vivificante. Sobre esta base está diseñado el ejercicio propuesto. Los pies, normalmente aislados, han de sentir el pulso de la vida que late bajo ellos. El masaje que proporciona caminar sobre distintas superficies es muy refinado y actúa en profundidad sobre el organismo. Kükelhaus propone caminar sobre superficies de guijarros, arena, cortezas de árboles, grava, agua corriente, etc. sometiendo a los pies a contrastes de dureza y temperatura diversas (fig.9).

 

 

fig.9

 

Olfato.

 

Otra estación se dedica al sentido del olfato, tan atrofiado en nuestra época y donde el mismo acto de acercarse las cosas a la nariz para reconocerlas se considera de mala educación. A la vez que respiramos, olemos, capturando partículas con la nariz. Hemos perdido la orientación mediante el olfato. Similar al gusto, tiene espectros con los que detectamos desde lo dulce a lo podrido, del perfume al hedor. El olfato nos traslada a un universo de recuerdos. Kükelhaus dispone aromas en pequeños departamentos, que se liberan a voluntad.

Otra idea es crear un jardín de fragancias, al estilo de un herbolario medieval. Como el olor estimula a comer, aprovecha para que el público realice una molienda de harina y alrededor del fuego hornee la masa. Así, cada estación se puede ampliar con una serie de ejercicios que por capilaridad enriquecen cada experiencia propuesta.

 

Orientación.

 

Mediante un laberinto, que en la Antigüedad y en la Edad Media tenía connotaciones de orden cósmico y místico, nos propone afilar nuestra capacidad de reconocimiento del terreno, observación y perspectiva. El laberinto se despliega en los parques y jardines como una “adivinanza” tridimensional. El curso que describe el sol por el cielo (salida, cénit, ocaso) ha trazado en nuestro imaginario líneas de fuerza y ejes con los que orientarnos. Estos puntos de referencia los hemos trasladado al calendario, relacionando espacio y tiempo cíclicos. Igualmente, se ofrecen al espectador piedras que marcan el sol estacional y diversos tipos de relojes solares.

 

Tacto.

 

En esta ocasión, Kükelhaus ofrece una “Galería del tocar” en la estación dedicada a este sentido, tal vez muy necesario en estas latitudes tan septentrionales, donde este sentido está socialmente mal considerado.  Tocar es una necesidad biológica y no sólo un placer, que comienza desde el nacimiento. Es el primer sentido en el bebé, que reconoce el mundo a través de su boca. En el neonato no hay distinción entre audición, visión y tacto. Si oye algo, tiende a cogerlo, pues la estimulación es única y total. Sus resortes de seguridad, como un chupete, un muñeco de trapo al que aferrarse, etc. debemos considerarlas seriamente.

Con-tactar equivale a entrar en órbita. El hambre de contacto es más profundo que la excitación sexual, pues es necesidad de ternura y afecto. Después de consumar el contacto íntimo, una pareja deja lamentablemente de tocarse. Davies (1993) se pregunta si no estaremos tan endurecidos que sólo alcanzar el orgasmo nos puede conmocionar. No tocar es una advertencia de privacidad burguesa y el cuerpo como objeto entra dentro de esa norma de privacidad. Somos parcos en el tocar, porque también lo somos en el mostrar nuestros afectos. A los niños les encanta tocar y se les van las manos a las cosas, que la educación puritana va frenando. Así, nuestras ansias las sublimamos tristemente con un animal doméstico.

El contacto físico alarga literalmente la vida. Estimular el tacto aumenta las conexiones neuronales. A mayor tacto, menor incidencia de muerte prematura en los niños, menores tasas de enfermedades cardiovasculares y mayor integración social. El tacto provoca alegría: las personas con los ojos brillantes tienden a mirar directamente y a conectar con su interlocutor. Esto se corresponde a la piel cálida y significa que la sangre fluye desde el centro del cuerpo hasta la superficie, al contrario que en el retraimiento. La piel actúa como una membrana selectiva, que diferencia estímulos. Deja pasarlos si son placenteros y se vuelve rígida ante el dolor. El afecto es un flujo de sangre hasta la superficie de la piel, crea calor y busca proximidad. Por eso la persona afectuosa es cálida y toca, abraza, besa o da la mano. En los sentimientos hostiles la sangre se retrae y la persona se vuelve fría y distante. Una persona segura acepta lo extraño, es receptiva con lo desconocido y se abre a lo nuevo.

El tacto es tan profundo que se usa su reacción para definir las emociones: sentir. No tiene que ver con el futuro, sino con el presente. Tampoco  podemos tocar a distancia. La mano prensil es el cerebro exterior de las personas. Kükelhaus propone un ejercicio inspirado en las escuelas de Montessori. Se disponen cajas o sacos colgados rellenos de distintos materiales, que sin verlos, se ofrecen  al tacto para su reconocimiento: rugosos, lisos, con diversos pesos, temperaturas y configuraciones, desde granos de café, anís estrellado, algodón, plumas, mendrugos de pan, pesas de plomo, arena, algodón, etc. Ciegos, “leemos” el material con más intensidad y juzgamos con detenimiento sus cualidades. Una variante consiste en mezclar diferentes materiales (lana, harina, metal, virutas, etc.) para atender cómo se mueven entre los dedos. Otra muy sencilla y divertida es sentarse en el suelo y hacer bolas de papel con los pies.

 

Visión.

 

Otra propuesta se dirige a la visión y op art, a la descomposición de la luz, a la fijación retiniana, etc. El ojo no ve, el ser humano es el que ve. Es el órgano más desarrollado en nuestra cultura y con más presencia en el cerebro.

El ojo consume el 80% de nuestra atención. Si desplazamos el ojo-captor al oído receptor, pasamos del águila masculina a la escucha femenina. La visión es tacto a distancia y, aunque empobrecido, proporciona conocimientos de espesor, forma, temperatura, etc. y nos aproxima a las cosas.

Por otra parte, resulta una experiencia muy rica en matices la cancelación de la visión por un buen rato. La instalación de Schloss Freudenberg de Wiesbaden propone un ejercicio de visión, o mejor de ceguera, con un bar totalmente oscuro, donde un camarero ciego sirve la comanda, con una enorme empatía con los participantes. En estas circunstancias ponemos en práctica el tacto, la orientación con sonidos, el olor y, sobre todo, la íntima sensación de que estar ciego no nos aísla como en un principio creeríamos, sino que se descubre paradójicamente otro mundo nuevo, en otra frecuencia distinta.

Además de ello, el ser humano se provee de visión onírica, la cual se activa en la imaginación y en el sueño. Dado que tiene la capacidad de imaginar, también de crear o creer en espejismos. El engaño de la vista resulta más común de lo que podemos pensar: confundimos un montón de piedras como el perfil de una persona, porque la vista interpreta la realidad y la trata de acomodar a sus expectativas (fig.10).

 

fig.10

 

 

 

Sonido.

 

Si el mundo actual se concentra en lo racional, verbal y formal, con particular atención a la zona de cabeza-ojos, si promociona la voluntad y resulta unilateral y excluyente; la música es emotiva, somática, crea color, se concentra en el cuerpo-oído, proporciona equilibrio y resulta una experiencia total e integradora del grupo.

El mundo suena. El aire es presión y cuando lo captamos como vibración la llamamos sonido, mientras que cuando  lo captamos por la piel decimos tacto.  El universo está lleno de sonido y cada partícula de tiene su propia frecuencia. Ya en 1797 el músico y físico Chladni estudió las trazas vibratorias con la ayuda de un arco de violín. Con aparatos electroacústicos se ha logrado grabar el brote de una rosa. Así, Berendt propone imaginarnos cada planta florecer en un prado, junto a millones de flores en una inmensa polifonía. Las plantas son hipersensibles al ambiente y por tanto también a cualquier sonido. Se ha observado que con la música hindú se refuerzan y con la rock se mustian.

Es tal la importancia del sentido de la escucha, que resulta un canal permanentementeabierto, pues carece de párpados o de labios con que cerrarse. La mujer es unos decibelios más receptiva a la escucha que el varón. Casi milagrosamente percibe a distancia su criatura, incluso durmiendo o sin haberse percatado de ruidos más evidentes. A su vez el bebé siente la métrica materna, su ritmo cardíaco, cuando se abrazan.

Los animales visuales son agresivos, como el águila. Greifen en alemán es captar, por ejemplo, la luz de las estrellas, con el mismo sentido que capturaruna pieza (an-greifen). Por el contrario, los animales auditivos son sociales y femeninos, como la ballena (hören es oír y ge-hören incluir o pertenecer), pues su llamada envuelve y guía la manada. Sonido tiene interesantes parentelas, como en inglés sound (sonido) y soul (alma).

No existe caja de resonancia más viva que el cuerpo humano, que la per-sona, como el más refinado instrumento melódico. El sonido influencia cada átomo de nuestro cuerpo. Una cuerda de guitarra o un diapasón en contacto con otro, resuena. En el seno de un grupo, ya sea una familia, una clase o una pareja, un tema se manifiesta y vibra para armonizarlo. El tono hace la música, reza un proverbio alemán: lo importante es el tono de la palabra, no su significado, que se vuelve áspera o conmovedora según el que se emplee. Lo primero que captamos en las palabras son los sentimientos que se expresan a través de ellas y después el pensamiento, a través de su significado.

Tanto los encantadores de serpientes, como el flautista de Hamelin, los tambores o la música rave usan de sonidos para su trance. El equilibrio de la música es literalmente física: en el oído tenemos el órgano de la información sobre nuestra postura, aceleración, giro, etc. El equilibrio se relaciona con la armonía, que a su vez se relaciona con la integridad, que finalmente lo hace con la ética. La música se comprende con todo el cuerpo: estimula, excita, nos vuelve más intensos o más relajados, ralentiza o acelera el corazón, dilata las pupilas, produce inquietud o relajación muscular, provoca espontáneamente imágenes oníricas, etc. La música es armonía y ésta salud. Como la música puede ser disonante o armónica entendemos la clásica expresión de Novalis: toda enfermedades un problema musical. Si un ruido es amenazador ypuede literalmente enfermar, la música sana, pues crea armonía en un mundo caótico, actúa como un bálsamo y prevalece sobre el desorden. De la palabra tono, sound, deriva gesund, sano en alemán. Hasta hace poco, la manera de transmitir los conocimientos consistía en cantar la lección, emparentando música y poesía. Melos (de la que se deriva melodía) era entendida tanto lírica como música en Grecia. Música, pintura y poesía se traban con fuerza: Schönberg, Juan Ramón Jiménez o Kandinsky transitaban con naturalidad de un arte a otro. Música viene de Musa, inspiradora de las artes y para Schopenhaueres la más poderosa de todas las artes y por ello alcanza por completo sus fines desde sus propios recursos.

 

En la estación que se dedica al sonido, Kükelhaus diseña aparatos que juegan con la fuerza del viento,  como del frotamiento de piedras, etc. Trata de poner en con-sonancia el ser humano con el orden del mundo a través de la consciencia de su propio organismo. Hubo en Alemania un gran éxito editorial con Die Welt ist Klang(El mundo suena), acercándonos su autor, Berendt, a músicas ancestrales, sonidos armónicos, etc. De ello se perciben rastros en los ejercicios de gongs y piedras sonoras.

Una propuesta llamada Summloch consiste en una roca con un agujero excavado de tamaño ligeramente mayor a una cabeza humana adulta. Si la introducimos y tarareamos, el sonido queda atrapado de una forma muy particular, como una caracola. La impresión es similar a bañarse en la propia voz (fig.11).

 

 

fig.11

 

Una sala de sonidos nos propone descubrir el espacio mediante la impresión auditiva, cancelando la visión. La sala hace rebotar el eco y lo que oímos realmente es aire vibrando. Los tonos de un aparato llamado monocorde se pueden tocar y están relacionados matemáticamente con la geometría (proporción). Con estos acordes muestra la armonía matemática en el orden universal. Igualmente construye gongs de metal o de láminas de piedra pulidas de diversos tamaños y se escuchan con el cuerpo tendido y relajado. Tienen diversos tonos pentatónicos, lo que permite que se toquen en grupo sin disonancia. También fabrica los así llamados “resonadores”, que son sencillos tubos de metal, cuya longitud y diámetro captan diferentes frecuencias. Como se pueden orientar por el espacio, dado que están suspendidos, parecen “catalejos” de sonido. El dendrófono es un instrumento a manera del xilófono, pero a base de piedras de distintos grosores y largura. Cada uno al golpearlo vibra en su propio tono. Otras piedras grandes y pulidas provocan sonido vibrante al frotarlas intensamente con las palmas de las manos mojadas (fig.12).

 

fig.12

 

Comprensión de otros fenómenos.

 

Los aparatos de Kükelhaus no se diseñan para practicar deporte o como mero entretenimiento, sino para impulsar la consciencia motora corporal y posibilitar las relaciones sociales con su disfrute compartido. Todas las estaciones experimentales se esfuerzan por hacer comprensibles los fenómenos físicos en los que se basan, para estimular a los más jóvenes a experimentar. De las muchas propuestas, entresacamos sólo algunas.

Doble espiral y cuerpos platónicos. Entendida como el secreto de la vida, cuya estructura le valió el Nobel a Watson y Crick. Se halla presente en caracolas, flores o en galaxias. Igualmente la propagación de la vida según Goethe es una espiral, desde un centro que aventa con el tiempo su fuerza hacia la periferia, como una curva en expansión (logaritmo).

Construye un aparato con una hélice de grandes dimensiones contiene a otra en su interior, dispuesta en sentido contrario. Al girarlas se tiene la impresión óptica que una sube y otra baja y es exactamente como se comporta un remolino. Emparentado a esta propuesta, también existe un cilindro transparente lleno de agua y cerrado, con un molinete en su base, que al girarlo produce un tirabuzón. La doble hélice da pie a los juegos de remolinos o los tornillos sin fin, que se muestran como ejemplo de la coincidentia oppositorum, pues Kükelhaus gusta de lo aparentemente contradictorio. Le fascinan las fuerzas que se polarizan y confrontan, creando tendencias, como ambos brazos. Por la proporción se nota la armonía y lo que experimentamos en la Naturaleza como bello contiene la sección áurea. Así pues, la armonía no sólo explica el ser de la música, sino el de una simple molécula o el de los planetas. El dibujo de las flores o el crecimiento de las hojas en las plantas se desarrollan en una secuencia matemática de números de Fibonacci v la sección áurea de los griegos. El cuerpo humano se estructura en base a ella y funciona por sus principios rítmicos. Igualmente muestra la simetría a partir de un caleidoscopio.

 

Para saber más y profundizar en temas específicos se pone a disposición de los visitantes una biblioteca, un taller de prácticas y un espacio para montar ejercicios. En estas zonas se ofrecen monitores, maestros de taller y guías de visitas.

Se recoge también la coincidencia  de culturas ancestrales con los principios físicos, a la manera del Instituto Warburg de Hamburgo.  Kükelhaus aspira a pasar de “experimentos de laboratorio” a la realidad, conectando con las vivencias de la vida ordinaria.  Por eso también echan mano a la sabiduría tradicional, como el aikido, taichi o más contemporáneas como los métodos corporales de Alexander o de Reich.

 

 

Discusión

 

Podemos percibir una aparente contradicción con la idea sensual que ofrece y la dirección de desarrollo integral y heurístico con que desarrolla su propuesta pedagógica.

Su utopía de crear ciudades de la experiencia como activadoras sociales, compiten en inferioridad aunque muy dignamente con los parques temáticos, orientados estos últimos a un espectador pasivo y consumidor, tomado como individuo aislado. Para Kükelhaus, el cuerpo vivo es el punto central de la paz consigo mismo y de la relación satisfactoria con los demás. Tal vez cae en la fantasía de la paz universal, pero su receta con grupos pequeños y a su vez unidos sí parece un objetivo alcanzable de democracia a escala

3.- CONCLUSIONES

 

Es relevante que Kükelhaus nos invite a experimentar con todo nuestro cuerpo, con total intensidad. Proporciona un aprendizaje innovador para su época, integrador y holístico. Emplea la experiencia directa no libresca, que no se nutre de la información recibida por terceros, sino la asimilada en primera persona. Por ello se asume como propia con gran naturalidad. Para ello emplea recursos lúdicos, que sumergen a los participantes en un excitante estado de curiosidad infantil.

Su gran acierto pedagógico es que experimentar conlleva necesariamente tolerar el resultado, desechar hipótesis librescas y flexibilizar los juicios propios. Finalmente, este artículo supone sólo una pequeña aproximación a su obra, ya que faltan investigaciones que vuelquen el grueso de su saber. 


Entrevista con José Fernández Pequeño

 

Introducción:

El panorama artístico del Caribe ha conocido en los últimos veinte años una renovación sin precedentes en la historia de la región. Unido a acontecimientos como la caída del Muro de Berlín o la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América surge hacia 1990 un interés por indagar en la producción artística de un área que había quedado hasta el momento excluida no sólo de los grandes circuitos del arte internacional, sino también del boom del arte latinoamericano de los ochenta y noventa. El Caribe, periferia dentro de la periferia, conocerá en este momento un desarrollo artístico que servirá para promocionar el rico imaginario cultural de un territorio marcado por el mestizaje, los intercambios culturales, el encuentro de poblaciones africanas, europeas y americanas y los sistemas de dominación que se perpetúan hasta el momento presente.

Si durante la década de los noventa se produce el momento álgido de la producción artística caribeña y de su expansión al ámbito internacional mediante la celebración de grandes exposiciones colectivas de arte caribeño tanto dentro como fuera de la región, los dos mil serán una década de consolidación institucional y de afianzamiento de los lazos regionales generados en los diez años precedentes. En ese contexto cabe situar la creación en 2003 del Centro Cultural Eduardo León Jimenes en Santiago de los Caballeros (República Dominicana). Desde su fundación, el Centro León ha desempeñado una labor destacada en la promoción de las culturas caribeñas, generando al mismo tiempo una dinámica de integración que pretende trasladar el arte contemporáneo al contexto comunitario local.

 José Fernández Pequeño, gerente del Centro León y especialista en el arte y las culturas caribeñas, ha sido protagonista de la evolución de una institución que en el plazo de siete años ha generado un concurso de arte contemporáneo situado a la par de los más importantes eventos artísticos latinoamericanos, al tiempo que ha configurado un programa de conferencias y colaboraciones que ha incluido a referentes en la gestión y curadoría artísticas actuales como son Iván de la Nuez, Gerardo Mosquera o Luis Camnitzer.

La presente entrevista se plantea, entonces, desde una posición múltiple: así, pretende esbozar algunos aspectos que centran el debate teórico actual en el escenario cada vez más internacional, y cada vez mejor conectado con el resto del Caribe, de República Dominicana; intenta plantear las principales inquietudes presentes en el panorama institucional de la región caribeña; y, finalmente, examina un periodo crucial en la historia cultural caribeña en el que nace la consciencia de lo que hoy llamamos “arte caribeño”. Queremos agradecer profundamente la colaboración del equipo del Centro León Jimenes de República Dominicana, institución que nos acogió durante 2010 en una estancia investigativa que resultó vital para los proyectos que actualmente llevamos a cabo.

 

Entrevista:

 

Carlos Garrido [en adelante “C”]-Antes de nada, muchas gracias. Quisiera empezar preguntándote cuándo empieza tu relación con el Centro León Jimenes.

José Pequeño [en adelante “J”]-Yo era el encargado de Relaciones Internacionales en la Academia de Ciencias de la República Dominicana cuando supe del proyecto del Centro León. Podemos estar hablando quizá de finales de 2003 o 2004, es decir, que en ese momento la institución estaba siendo fundada o lo había sido recientemente, una de las dos. Envié una carta al Director del Centro León proponiéndole un proyecto de investigación. No sabía, ni de lejos, que el centro no hacía el tipo de investigación que yo le estaba proponiendo. Pero yo llevaba 6 años en el país, había estado entre los fundadores de la Casa del Caribe en Santiago de Cuba, donde trabajé 18 años como investigador y editaba la revista Del Caribe, así que andaba buscando un espacio que me permitiera investigar en un país donde la investigación en las universidades e instituciones afines es casi inexistente.

Nunca me contestaron la carta, ahora entiendo por qué. En aquel momento me molestó mucho, pero ahora entiendo por qué. Ellos estaban montando la institución, lo que debió ser todo el trabajo del mundo, y lo que yo estaba proponiendo no se encontraba realmente en el interés del trabajo de la institución. Ahí quedó.

En otra ocasión, años después, me llamó el escritor cubano Camilo Venegas, que era en ese momento Gerente de Animación Sociocultural en el Centro León, y me propuso que viniera a dar una conferencia. No recuerdo la razón, pero no pudo ser. Aunque Santiago de los Caballeros y Santo Domingo solo están separados por dos horas de carretera, esa distancia se hace inmensa cuando tienes que moverte en el  multiempleo para reproducir la vida material en lo que aparezca. Por fin visité el Centro León para leer una ponencia en un evento sobre literatura del Caribe y pude ver cómo trabajaban aquí.

Por esa época yo era editor de Lengua Española en la Editorial SM, que había abierto oficinas en Santo Domingo. Allí estaba una mañana cuando me llamaron de una oficina de abogados especializada en buscar personal para ciertas empresas. Finalmente me reuní con ellos, y ahí empezaron una serie de conversaciones que duraron entre marzo y mayo de 2007. Para mí era muy difícil decir sí y venir para Santiago porque tenía que desmontar todo lo que había logrado en 9 años de trabajo en Santo Domingo, donde había publicado 3 o 4 libros, me había hecho un espacio como editor y tenía mi lugar como profesor de Comunicación.

Al final me convencieron dos cosas: una menor, yo nací en Bayamo y pasé 25 en Santiago de Cuba, dos ciudades de provincias. Soy, pues, un hombre de provincias, de campo, y realmente estaba harto de Santo Domingo, que tiene todos los engorros y las violencias de las capitales. La opción de poder venir a vivir a una ciudad que es grande pero pueblerina, rodeada de campo, en la que hay otra paz, otra tranquilidad, realmente me hacía ilusión. La otra razón, realmente importante, era el hecho de que por primera vez después de 9 años en la República Dominicana tenía la posibilidad de trabajar a un proyecto cultural bien pensado, con objetivos muy precisos y una mística impresionante. Y yo estaba cansado de trabajar para sobrevivir.