Oteiza y la estatuaria de Arantzazu, 1950-1969

En 1950, la comunidad franciscana de Arantzazu comenzó la construcción de una nueva basílica en los montes de Oñati para poder albergar a los devotos que, cada vez en mayor número, subían a venerar a la patrona de Gipuzkoa, la Virgen de Arantzazu. El proyecto arquitectónico del templo fue adjudicado en concurso público a los arquitectos Francisco Javier Sáenz de Oiza y Luis Laorga. Los frailes franciscanos quisieron que aquel nuevo templo se completara integrando nuevas propuestas estéticas contemporáneas y, en otro concurso público, seleccionaron a los artistas que lo llevarían a cabo. Los elegidos fueron: el pintor Pascual de Lara para la decoración del ábside, sustituido tras su fallecimiento en 1961 por Lucio Muñoz en un nuevo concurso; el escultor Eduardo Chillida para las puertas principales de acceso al templo; fray Javier María Álvarez de Eulate para las vidrieras; Salvador Victoria para la construcción del sagrario; Néstor Basterretxea para la decoración de las paredes de la cripta y, otro franciscano, Xabier Egaña, para las pinturas del camarín.

Por último, el escultor Jorge Oteiza fue seleccionado para realizar las imágenes religiosas que se integrarían en la fachada principal del edificio. Oteiza comenzó a trabajar en ellas en 1951, implicándose activamente en el desarrollo del proyecto hasta el punto de sugerir modificaciones a la propuesta arquitectónica original. El elemento central que aportó el escultor de Orio fue un friso horizontal de apóstoles sobre las puertas de la entrada principal y una Piedad coronando la fachada.

La estatuaria de los apóstoles rompía con la iconografía religiosa tradicional, sustituyéndola por los principios estéticos y simbólicos que Oteiza estaba desarrollando en su producción escultórica. Así, prescinde de los ropajes y de la representación diferenciada de cada apóstol, concibiendo el conjunto como un desarrollo espacial de una misma figura, caracterizada por un gran vacío interior que va cambiando la posición de su cabeza y sus brazos de una figura a otra. El resultado es una secuencia dotada de un gran dinamismo cuyo ritmo compositivo compensa el hieratismo vertical de las dos torres que lo flanquean.

Pero el obispo de San Sebastián no compartía esa concepción representativa y, en 1955, prohibió la colocación de los apóstoles en la fachada del templo, ordenando la paralización de los trabajos. Durante 14 años, permanecieron al pie de la carretera por no cumplir con los preceptos de la Iglesia en materia de arte sacro. Uno de sus representantes llegó a afirmar que parecían “bueyes desollados”. De poco le sirvió a Oteiza que, invocando a San Pablo, expresara en su defensa: “Quien ha de llenarse de Dios ha de vaciarse de uno mismo”. El veto a las esculturas de Oteiza abrió una encendida polémica que unió a intelectuales y artistas reclamado respeto hacia el trabajo del escultor y la finalización de las obras.

En 1965, la tímida apertura de la Iglesia que propició el Concilio Vaticano II, fue decisiva para que, al año siguiente, el obispado aprobara, por fin, la incorporación de las esculturas a la fachada. Una instalación que tendría lugar en 1969, hace ahora 50 años, motivo por el cual el Museo Oteiza de Alzuza (Navarra), la Fundación Arantzazu Gaur y Franciscanos de Arantzazu de Oñati (Gipuzkoa) han desarrollado la exposición Oteiza y la estatuaria de Arantzazu, 1950-1969, celebrada entre el 19 de junio y el 15 de diciembre de 2019 en ambas sedes.

La muestra no ha podido tener mejor comisaria que Elena Martín, conservadora del Museo Oteiza desde 2003, y autora de la tesis doctoral Oteiza y la estatuaria de Arantzazu. 1950-1969. Fundamentos técnicos y evolutivos entre la obra religiosa y la escultura moderna, defendida en 2016 en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid.

Numerosos documentos originales, fotografías, bocetos de dibujos y esculturas, videos y un riguroso planteamiento expositivo nos sumerge en un recorrido por todos los avatares que sufrieron las esculturas de Oteiza y el proyecto del que fue uno de los hitos de la arquitectura religiosa moderna en nuestro país, hasta el punto de que, en plena crisis de la Iglesia Católica, marcada por el continuo descenso de practicantes y de las vocaciones religiosas, el santuario de Arantzazu incrementa año tras año los visitantes atraídos ahora por las obras de la pléyade de artistas reunidas en este templo franciscano.