1 El nacimiento del término ‘ecofeminismo’ en los años 1970s.
Cristina Segura en Historia Ecofeminista, nos relata el papel de la mujer recolectora (Segura, 2004). Mujeres que utilizaban la agricultura originalmente como un medio de subsistencia y no como explotación. Tomaban los frutos necesarios para la vida sin especular con ellos. Sin embargo, en cuanto se dio el sedentarismo, se inició la apropiación de las tierras de cultivo. La producción agrícola dejaría de utilizarse como un medio para proveer alimento, para producir con vistas a la excedencia y con el objetivo de conseguir riqueza con los frutos sobrantes. La transformación de este proceso implicó un cambio de poder en el rol. Las mujeres ya no eran recolectoras y pasaron a ocuparse plenamente de los cuidados y las tareas del hogar. Es en este hecho donde se encuentra el fundamento de la gran mayoría de corrientes ecofeministas, al establecer una conexión de explotación entre las mujeres y la naturaleza.
Con la conceptualización del inicio de la ganadería estaría relacionada la acuñación del término ecofeminismo, que se podría remontar hasta 1974. Por entonces, un artículo de la feminista medio bretona medio aragonesa, Françoise d’Eaubonne, analizaba las causas por las que se estaba dando la problemática de superpoblación. Este artículo fue uno de los primeros en encontrar sinergias entre feminismo y ecología. D’Eaubonne reclamaba que esta preocupación se debía a la negación del derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo exigiendo la libertad de las mujeres a decidir si tener hijos. El objetivo de esta propuesta iba más allá de paliar las consecuencias de la probemática. Muchas de las vertientes ecofeministas partirán de bases historicistas. Según D'Eaubonne, la crisis ecológica, se originó con el descubrimiento del papel paternal en la reproducción en donde el cuerpo de la mujer se convirtió en un “simple terreno que poseer’’(Puleo, 2011:35).
Antes de D'Eaubonne, sin llegar a fundir en un solo término ambos conceptos, ya se habían interrelacionado en las investigaciones de Simone de Bouvier sobre la asignación del género femenino al mundo natural en contraposición al progreso de la civilización. Sin embargo, no fue hasta 1978 cuando D’Eaubonne recogería en L’Écoféminisme las sinergias entre ambos términos. Su hipótesis era que uno de los factores principales de la crisis climática era el desigual reparto de poder entre hombres y mujeres. En Francia, esta tesis fue objeto de burlas y rechazo debido a su conexión entre dos conceptos aparentemente no relacionados; sin embargo, logró resonar en otras regiones del mundo.
Mientras D’Eaubonne a finales de la década de los 70, señalaba en Le Fémisme ou la mort (1974) que las mujeres históricamente habían estado vinculadas a la naturaleza mediante una imposición social basada en la ética del cuidado, otras feministas, teóricas y activistas estadounidenses, protestaban por los sucesos de Love Canal o los efectos de la fuga nuclear en Three Mile island a su vez que en India se iniciaba el movimiento Chipko. El término ecofeminismo comenzó a popularizarse y teóricas como Mary Daly, Carolyn Merchant o Susan Griffin utilizaron este término para plantear propuestas similares desde enfoques diferentes. Las preocupaciones de D’Eaubonne son hoy en día, constantemente citadas por su diagnóstico inicial del «doble problema» (Gates, 1996). No obstante, en la década de los 80, el movimiento ecofeminista era minoritario y sorprendentemente se enfrentó a críticas tanto de mujeres feministas como de ecologistas.
Ynestra King, miembro del Instituto de Ecología Social de Vermont, aportó una perspectiva ecofeminista a las ideas ecoanarquistas de Murray Bookchin, fundador de dicha institución, de gran valor para la vertiente ecofeminista estadounidense. Bookchin sostiene una ética basada en relaciones de reciprocidad, mientras que los aportes de King se definen como “Un análisis de las dominaciones interrelacionadas de la Naturaleza –psique y sexualidad, opresión humana y naturaleza no humana– y la posición histórica de las mujeres en relación a estas formas de dominación” (Agra, 1998: 90). Sus planteamientos de corte espiritualista promueven el sentido de lo sagrado fundamentado en otras formas de conocimiento tanto intuitivo y científico como místico y racional. A pesar de que sus enfoques no fueran del todo aceptados, Ynestra organizó el primer seminario ecofeminista bajo el nombre Mujeres y vida en la Tierra: conferencia sobre el ecofeminismo en los ochenta celebrado en marzo de 1980 tras las fuga nuclear en Three Mile Island. Este evento se convirtió en un precedente importante para las propuestas posteriores en América del Norte.
Mientras tanto, en Alemania, Petra Kelly, una de las figuras principales de Die Grünen (Los verdes), partidaria de la resistencia no-violenta, defendía firmemente las sinergias entre ambos términos sosteniendo que hay una relación clara y profunda entre, militarismo, degradación ambiental y sexismo (Kelly, 1997). Kelly destaca que uno de los asuntos sumamente preocupantes reside en la forma de hacer política a través de la política de la seguridad, la cual, en realidad lleva de forma contradictoria hacia la extrema inseguridad. Piensa que la forma de garantizar la vida en la tierra es consiguiendo desmilitarizar la población, siendo consciente de que nuestra sociedad se justifica en la desconfianza y el miedo al otro. Por otro lado, los avances tecnológicos-científicos, industriales y militares han aumentado el número de enfermedades cancerígenas y un gran avance consistiría en la prohibición de la fabricación de sustancias nocivas, de tal modo que lo invertido económicamente en esta producción se reasigne en el desarrollo de la protección del medioambiente y la búsqueda de nuevos métodos energéticos alternativos.
Los pensamientos ecofeministas se caracterizan por tener diferentes propuestas dependiendo del contexto en el que se enmarquen. Su lugar geográfico es un factor de canalización para el movimiento. Aunque es muy complicado agrupar las propuestas en líneas de pensamiento, podemos observar sobre todo en las teorías estadounidenses, posiciones con tendencias ginecocéntricas así como el rechazo al feminismo liberal más afín al pensamiento europeo. Argumentan que las mujeres, al estar estrechamente conectadas con la naturaleza debido a su espiritualidad devota hacia la madre tierra, poseen una capacidad intrínseca para abordar de manera efectiva los desafíos climáticos generados por los enfoques "racionalistas" masculinos. Una de las consecuencias teóricas que provocan estos enfoques es la acentuación de la separación entre los conceptos de cultura/naturaleza y hombre/mujer. En cambio, en los planteamientos europeos, se defiende como base ecofeminista, la crítica al androcentrismo como construcción social y cultural. Una idea heredera del pensamiento y el feminismo ilustrado. Estas dos tendencias dualizan la forma de abordar estos binarismos: “O bien optando por la incorporación a la cultura y por lo tanto al mundo de los hombres, o bien afirmando la Naturaleza, con lo que el esencialismo, el biologismo, aparecen de nuevo” (Agra, 1998: 7). Esta escisión revela las dos vertientes que se estaban gestando a grandes rasgos entre 1970 y 1980.
Por un lado, el ecofeminismo materialista o social. Sus propuestas se basan a partir de los encabalgamientos hombre/mujer, cultura/naturaleza denunciando el deterioro medioambiental como consecuencia de dominación y explotación del cuerpo femenino y la naturaleza al servicio del patriarcado y el capitalismo. Por otro, el esencialista o espiritual, también denominado clásico por ser uno de los primeros discursos, revalorizan el papel de la maternidad en la mujer, de esta forma sitúan los cuerpos de mujeres gestantes más próximos a la naturaleza como un hecho biológico. Asumen las relaciones patriarcales Mujer-Naturaleza y Hombre-cultura invirtiendo el valor tradicional de inferioridad acuñado tanto a la mujer como a la naturaleza.
Es un feminismo de la diferencia que afirma que hombres y mujeres expresan esencias opuestas: Las mujeres se caracterizarían por un erotismo no agresivo e igualitarista y por aptitudes maternales que las predispondrían al pacifismo y a la preservación de la Naturaleza. En cambio, los varones se verían naturalmente abocados a empresas competitivas y destructivas (Puleo, 2012:15)
Ambas vertientes han sido fuertemente criticadas por visiones no occidentales, quienes defienden que no están considerando la amplitud cultural y racial de las mujeres tercermundistas. De este modo, y en contraposición, nos encontramos con un ecofeminismo, comúnmente denominado como el ecofeminismo de la supervivencia con origen en el sur global. Su nombre se debe al riesgo de los cuerpos y vidas en peligro por el ‘’mal desarrollo’’ territorial. La inclusividad cultural de este ecofeminismo abarca gran parte de las opresiones étnicas, racistas y de clase de la mano de María Mies y Vandana Shiva. Dos mujeres de procedencia social y cultural totalmente diferentes. Maria Mies, socióloga nacida en la Alemania del Norte y Vandana Shiva, física procedente del llamado Sur, en la India. Unidas, a pesar de la distancia, por las consecuencias del proceso de globalización en las mujeres de todo el mundo. En Ecofeminismo (Mies & Shiva, 1997) abordan las desigualdades estructurales que favorecen al dominio de personas y recurso del norte sobre el sur y de los hombres sobre las mujeres a través de diferentes formas de privatización como la industrialización, la biotecnología o el hecho de menor visibilidad, el nacimiento de la patente. Exponen la ciencia y la tecnología como herramientas patriarcales capitalistas, instrumentalizadas y desprovistas de ética y responsabilidad. Con la urgencia de replantear una nueva idea de Ciencia en la que “debería ocupar un lugar central el principio de la reciprocidad sujeto-sujeto” (Mies & Shiva, 1997: 80). Se centran en las consecuencias del desarrollo tecnológico occidental a costa de la explotación de países tercermundistas y las repercusiones de salud en las vidas y los cuerpos de mujeres, niñas y niños del sur de la India. Sus críticas hacia la tecnología se han tachado de tecnofóbicas y en muchas ocasiones sus propuestas se vinculan con un ecofeminismo más cercano a la espiritualidad.
2. Hilos de resistencia ecofeminista: activismo en los 80 y manifestaciones artísticas.
En marzo de 1980, un grupo de mujeres se reunió para manifestarse en contra de la central nuclear de Vermont, Estados Unidos. Este momento marcó un punto de inflexión artístico en las protestas ecologistas lideradas por mujeres en el país. Con el nombre de «Spinsters Opposed to Nuclear Genocide» , un año y tres meses después del mayor accidente nuclear que el país había experimentado en la central de Three Mile Island, las Spinsters lograron adueñarse de las claves de la oposición creativa. Con más de 150 metros de ovillos de lana, antes del cambio de turno de los trabajadores, comenzaron a tejer telas de araña colectivas como protesta en apoyo a la ocupación en la planta nuclear Yankee de Vermont. Sus patrones de lana, eran símbolos de las interconexiones de la vida y del balance entre nuestras dependencias y los de los demás seres vivos.
El nombre que les definía, un juego de palabras entre el verbo girar «to spin» y la palabra "solterona"–spinster– fue elegido estratégicamente. Catherine Reid (1982), miembro de las Spinsters,expresaba haber recuperado la palabra solterona rechazando ceder ante la interpretación opuesta que prevalece en el lenguaje actual. Su nombre junto a las acciones de tejer “girando” brindaban al grupo ecologista la suficiente fuerza para ser un referente en otras partes del país. Sus telas de araña, serían las primeras en aparecer.
Ese mismo mes, se organizó el primer encuentro ecofeminista Ecofeminismo en los ochenta (Caldecott & Leland, 1983: 6) convocado por el grupo "Mujer y Vida en la Tierra", donde Ynestra King era miembro. Alrededor de 600 mujeres se reunieron en Amherst, Massachusetts para abordar problemáticas como las pruebas y vertidos nucleares, el militarismo o la agroindustria. El seminario fue mucho más allá de ser una simple conferencia. Se incluyeron proyectos artísticos colaborativos, fundamentales para demostrar la integridad de las mujeres con la intención de apartarse del aburrido logocentrismo de los mítines políticos (Zitouini, 2014). En este mismo encuentro se iniciaron las propuestas para la Women Pentagon Action’s que tendrían lugar en Noviembre de ese mismo año. Estas acciones popularizaron el término ecofeminismo e integraron en sus manifestaciones un gran componente artístico y creativo con el teatro de guerrilla, prácticas colectivas y acciones performativas.
La primera acción fue realizada el 17 de noviembre de 1980 en donde aproximadamente 2000 mujeres abrazaron el edificio del Pentágono en protesta por la política militar y armamentística de Estados Unidos. El abrazo reivindicó la necesidad de proteger la vida y la naturaleza en la tierra ante el peligro de la guerra y la destrucción nuclear (Women and life on Earth, 2016). En medio del gran abrazo, un grupo de mujeres comenzaron a tejer.
Estaba a unos veinte pies del masivo edificio de piedra del Pentágono, gritando lo más fuerte que podía. Y de repente…vi a las tejedoras. En los escalones de granito que conducen a una de las entradas del Pentágono había un puñado de mujeres –tal vez nueve o diez– muy tranquila y muy atentamente la creación de un red de hilos rojos, naranjas y amarillos. El hilo horizontal se extendía entre varias de las barandillas de metal dividiendo las escaleras. Y para tejer esta tela, que estaba a la altura de la cadera, nos tuvimos que arrastrar por debajo de ella.[*] (Hamilton, 2016:1)
El arresto de 140 mujeres por desobediencia civil, no les frenó para realizar un segundo encuentro en el Pentágono. Concretamente un año más tarde y con el doble de participantes, comenzaron a preparar esta segunda acción con el objetivo de crear cuerpos en vez de individuos. La tela de araña volvería a ser una de las acciones protagonistas de esta segunda acción.
En agosto de ese mismo año, un grupo de mujeres en el Reino Unido se constituyó con el mismo nombre que el grupo estadounidense Women for Life on Earth y salieron desde la plaza de Cardiff con la determinación de recorrer ciento diez millas hasta Newbury, Berkshire. Durante aproximadamente nueve días, llevaron a cabo esta travesía “con el objetivo de luchar contra la guerra nuclear” (Zitouini, 2014: 254). Estas mujeres se establecieron en campamentos a lo largo de la base de la Royal Air Force (RAF) en Greenham Common, Berkshire, Inglaterra, en respuesta a la instalación de armas nucleares y las acciones que realizaron a lo largo de los años. Sus acciones tienen en común el componente performativo y el uso de textil de lasWomen’s Pentagon Actions.
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Figura 1. Abrazo a la base de Greenham Common en las protestas de 1982 (Fuente: Wikimedia) |
Figura 2. Intervenciones textiles en la verja de Greenham Common en las protestas de 1982 (Fuente: Wikimedia) |
Los elementos textiles fueron utilizados constantemente en las protestas pacíficas ecofeministas, no solo en el tejido colectivo de telas de araña, sino también en carteles y disfraces que acentuaban la presencia de los cuerpos. No es casualidad que en pleno auge de la segunda ola feminista, los cuerpos de las mujeres se hicieran cada vez más presentes en distintos ámbitos y lugares del mundo. La sobreexposición de estos cuerpos, como actos políticos, se convierten en prácticas de disidencia. El cuerpo se impone como arma para el cambio irrumpiendo, manifestando y tejiendo ante la violencia sin someterse a ella. Maite Garbayo, en su análisis de las prácticas performativas en el tardofranquismo, incide en los cuerpos feministas como aquellos que parten de la conciencia de su vulnerabilidad tratando de convertirla en estrategia, pues por medio de ella reinventan las formas de hacer política para situar el cuerpo como eje central, como el lugar en el que se materializa la afirmación "lo personal es político" (Garbayo, 2016: 127). Por tanto, las mujeres ecofeministas, vivían una versión de la realidad más corporal y conectada con su entorno (Zitouni 2014:249).
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| Figura 3. Tapiz pancarta de Thalia Campbell. |
Una de las artistas más reconocidas en la fabricación de las pancartas textiles es Thalia Campbell (1937). Sus tejidos de colores vibrantes (fig.3) fueron colocados a lo largo de las vallas como “una membrana que intentaban envolver con su propia tela de araña” (Perales, 2022:55). La confección de disfraces o las redes a modo de tela de araña fueron las armas de protección contra los que atentaban contra la vida, “coser era un modo de proteger, de defender de manera no violenta. Hablamos pues de una postura activa de pro-tejer con el fin u objetivo de proteger” (ibíd:54). Las artivistas ecofeministas tejieron los lazos que unían lo personal con lo político. Con sus cuerpos demostraron la capacidad de subvertir espacios y cuestionar las estructuras de poder atentando contra la obediencia civil.
Las tomas físicas de todas las plazas, de las calles, dan cuenta de que la agencia política del sujeto pasa necesariamente por la corporalidad. Los cuerpos que toman las plazas y el espacio público, y con ellos el derecho a la palabra y a la autorrepresentación, delinean una forma de hacer política dotada de un fuerte componente estético. (Garbayo Maetzu, 2016: 35)
Aún hoy en día estas prácticas no fueron en vano y las luchas por el derecho a la vida y la subsistencia siguen presentes en muchas partes del mundo. Veronica Perales sugiere clasificarlas como prácticas ecoartivistas. Las manifestaciones artísticas de las Spinsters Opposed to Nuclear Genocide como las Women Pentagon Action’s llevaron a cabo, promovieron formas culturales que se adaptaban a “procesos colaborativos dirigidos en última instancia a desencadenar cambios sociales y empoderar movimientos y comunidades” (Perales, 2022: 49).
3. Performance y environmental art en los 1990s: otro hito histórico en clave ecofeminista.
En el cambio de milenio, artistas como Betty Beaumont o Ágnes Denes son dos de las exponentes de lo que Emily Brady (2007) denomina Environmental Art. Las piezas de ambas artistas ofrecen soluciones medioambientales a través de las prácticas artísticas. Ágnes Denes con la obra Rice / Tree / Burial ( árboles para representar 1968), plantó arroz como representación de la vida. Acto simbólico para mostrar el compromiso con las relaciones entre la vida y los procesos naturales y por último, enterró un haiku como símbolo de la creatividad devuelta a la tierra. En sus obras, se repetirá en varias ocasiones la figura triangular y piramidal como en Living Pyramid (2015) para representar las jerarquías sociales. Sus obras catalogadas como arte ecológico inciden directamente con los discursos activistas de las mujeres ecofeministas. Birlekand en Ecofeminism: Linking Theory and practice (1993) indica que para dejar de distribuir las relaciones de poder se deben cambiar las relaciones basadas en la jerarquía por unas basadas en la ética y el respeto mutuo. Las claves que ella define como propias del término ecofeminismo, se ven reflejadas en proyectos de Beaumont. Ocean Landmark (1978-80) fue uno de los más ambiciosos. En él vemos un desligamiento del pensamiento antropocéntrico para canalizar la acción artística hacia el beneficio no-humano. La artista, vertió alrededor de 17.000 bloques de cenizas en el fondo de la costa nacional de Fire Island con el objetivo de conformar un suelo que sirviese de hábitat para las especies marinas costeras. Los valores instrumentalistas se suprimieron para alcanzar una visión biocéntrica que pueda comprender la conexión intra-especie con los procesos de la vida.
Beaumont nos lleva a pensar en el proceso de proyectos constitutivos de algunas performers como es el caso de Ying Xiuzhen. Quien en 1995, dentro del evento Keepers of the Waters organizado por la artista Betsy Damon, congeló diez metros cuadrados de agua contaminada (fig.4). Con la ayuda del público, intentó limpiar con cubos y escobas. Este acto simbólico visibilizó los cuidados asociados al género femenino desde la cultura patriarcal y a su vez se compromete con los valores políticos medioambientales y la transformación social en comunidad.
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| Figura 4. Washing River (1995). Ying Xiuzhen. Fuente: Francesca dal Lago Archive. |
Por otro lado, Betsy Damon, activista por los derechos homosexuales y el medio ambiente ha trabajado constantemente con la cuestión del agua. Sus propuestas transitan entre la perfomance como Rape memory (1978-79) y proyectos regenerativos como Living Water Garden (1998) llevado a cabo en la ciudad de Chengdu, China. La creación de este parque ubicado en el Río Funan cumple con varías funciones. Además de ser una planta de tratamiento de agua totalmente funcional, es un refugio para plantas y vida silvestres junto a un centro de educación ambiental para la preservación de la diversidad.
En las obras de todas estas mujeres, proteger y cuidar son el centro que permite elevar su producción artística hacia la disolución de los axiomas cultura/naturaleza. Mierle Laderman Ukeles en 1969, denunciaba en su manifiesto Maintenace art, la importancia de las prácticas de “mantenimiento” asociadas al trabajo doméstico. Un manifiesto con matices ecofeministas que fue acompañado con una serie de trece performance bajo el título Maintenance Art Event (Soto Sánchez, 2017: 116) (fig.5) en las que se centraba en limpiar y mantener los espacios públicos de la ciudad.
Coetáneas a ellas hubo infinidad de mujeres artistas que realizaron obras propias del Land Art como Alice Adams, Alice Aycock, Nancy Holt o Suzanne Harris al margen de realizar proyectos con intenciones basadas en la teoría ecofeminista, sin embargo, una característica que Tonia Raquejo resalta en su estudio sobre el land art y feminismo es que las intervenciones de mujeres poseen un “carácter menos agresivo para el territorio en el que intervienen” (Tonia Raquejo, 1998: 32). En muchas ocasiones, intervienen directamente con su cuerpo, como es el caso de las artistas feministas Judy Chicago o Mary Beth Elderson. Esta última, centra su práctica en la combinación de símbolos mitológicos y rituales con arquetipos de guerreras y diosas, un enfoque propio del ecofeminismo esencialista, pues conecta el género con el culto a la tierra. Lo que consigue con sus collages fotográficos como Goddess Head (1975), es “redefinir los discursos de poder” (Soto Sanchez, 2017: 105) y de esta forma equilibrar las relaciones jerárquicas arraigadas al pensamiento androcéntrico.
En la actualidad, estas relaciones de poder sobre el entorno y los cuerpos femeninos han seguido presentes en obras como las de Hanae Utamura. En consonancia con el manifiesto Maintenace art de Laderman Ukeles y la obra de Ying Xiuzhen, Washing river (1995) en su serie Secret Performance Series (2010-2013) “limpia” espacios degradados o contaminados por consecuencia de la contaminación nuclear. Whiping the Sahara (2010) oScrubbing the edge of Salt Lake (2010) son dos de los actos de limpieza asociados históricamente con el trabajo femenino y con el cuidado. Limpiar, por tanto, se convierte en una estrategia para resaltar la degradación medioambiental a través de la visión de género.
Birkeland (1993) intentó agrupar en nueve claves diferentes las bases de todo pensamiento ecofeminista independientemente de la cultura y el estatus socio-económico. Todas las obras mencionadas con anterioridad, tienen en común las claves que Birkeland menciona. Entre ellas, la importancia de la transformación social para reconstruir los valores, la empatía con los demás seres vivos o el deber de trabajar con la tierra de forma ética. Estos puntos junto a la idea de corporalidad intrínseca en las artivistas ecofeministas destacan como agentes clave en la promoción de una conciencia colectiva en defensa del cambio.
Conclusión
Al analizar las perspectivas y acciones de las mujeres ecofeministas, se han establecido nuevos nexos teóricos entre las diferentes obras de arte y los activismos de las últimas décadas del siglo XX. Si bien estas prácticas están totalmente ligadas al contexto cultural y social, hemos podido observar como las acciones trascienden barreras para llegar a otras partes del mundo con el propósito de adecuarse a las amenazas locales. A pesar de su disparidad y matices teóricos, podemos concluir resaltando la fuerza de los cuerpos en lucha sobre la problemática conceptual en donde se utilizaron claves artísticas. Estas claves impulsaron la difusión del movimiento, aunque no debemos olvidar que en los años 80 eran invisibles y ridiculizadas. Por otro lado, exponer los inicios y el desarrollo del movimiento ecofeminista nos ha ayudado a comprender cómo el arte y la política convergen en diferentes tipos de expresiones sobre una misma inquietud generalizada: la opresión tanto hacia el género femenino como hacia la naturaleza. La protección por la vida desde los distintos planteamientos ha difuminado la línea entre activismo y arte.
En conclusión, podemos destacar las intersecciones en la performance de mujeres que han utilizado sus cuerpos como medio de denuncia junto a obras en donde el proceso creativo converge teóricamente con estrategias para la concienciación ecológica. En este sentido, consideramos de vital importancia para el desarrollo del movimiento, el papel clave de la performance como una poderosa herramienta de denuncia, sensibilización, resistencia, diálogo e impacto social desde el pensamiento creativo y el hacer colectivo.
[*]Traducido del inglés por la autora. Texto original: “Up on the granite steps leading to one of the Pentagon's entrances there was a handful of women – perhaps nine or ten – very quietly and very intently creating a web of red, orange, and yellow strands of yarn. This horizontal web stretched between several of the metal banisters that divided the flight of steps. And to weave this web, which was at hip height, they were crawling about underneath it.”



