El movimiento romántico auspició un deseo de conocimiento de los lugares lejanos, fomentando la experiencia individual y la aventura. La pintura orientalista generó un importante catálogo de imágenes basadas en aspectos tópicos que pronto fueron asumidos socialmente. Pero la finalidad de los pintores no fue sólo documental y se entregaron a la fantasía que les generaba esta cultura lejana. El orientalismo se mostró con diversos lenguajes del arte, unos más atentos a la precisión y otros a una pincelada más ligera que mostraba una importancia genérica. La mirada de los artistas, desde la curiosidad, el testimonio o la admiración, refleja la cotidianeidad y hace hincapié en la diferencia. Ellos contribuyeron al conocimiento de esta cultura.
Un universo vivido, soñado, real y, al mismo tiempo, inventado, que protagonizó una de las temáticas más fascinantes de la pintura europea de aquella centuria. Esto es lo que nos ofrece la nueva exposición del Museo Carmen Thyssen Málaga: Fantasía árabe. Pintura orientalista en España (1860-1900). Estamos ante un recorrido físico, desde lo general a lo concreto, toda una invitación a seguir los pasos de aquellos maestros que se rindieron a la luz, el colorido y el exotismo de lugares entonces poco frecuentados por sus contemporáneos a través de más de setenta obras. Junto a estas piezas, la exposición cuenta con una decena de objetos de uso común, muchos de ellos representados en las obras, algunos pertenecientes al ámbito femenino -pendientes, collar, brazalete o sortija- y otros al masculino -espingarda y daga-; además se incluyen fotografías que muestran los motivos reales de inspiración para los pintores.
Placer estético el que puede despertar en el espectador, con independencia de su condición social y su posición ideológica, la contemplación de estas imágenes que son fruto del talento creativo. El orientalismo se convirtió en un movimiento transversal que cautivó el interés de un gran número de pintores y tuvo un alcance universal y transfronterizo. Serán los pintores franceses y españoles los primeros en emprender una especie de huída de la civilización moderna, en busca de “una fantasía exótica” incontaminada por la modernización industrial -los encantadores de serpientes o los jinetes de la fiesta de la pólvora-, fueron algunos de los temas más habituales. Junto a ellos, el paisaje, la arquitectura, los rostros de figuras femeninas y masculinas, la religión y la tragedia. Delacroix, se convirtió en un consumado especialista de esta técnica: realizó acuarelas, tomó apuntes y adquirió objetos que fueron depositados en su estudio. Su recuerdo le acompañó siempre como demuestra que, a partir de ese momento, y hasta el final de su vida, realizaría en torno a unas setenta y dos pinturas relacionadas con este asunto y más de cien dibujos. En Francia, la pintura orientalista tuvo tanto predicamento que se creó una Sociedad de pintores orientalistas en 1893. Fue presidente de honor Jean-Léon Gerôme. Organizaban una exposición anual en el palacio de la Industria y sólo conocieron la interrupción de los años de la Primera Guerra Mundial. Esta sociedad tenía como motivo fundamental “favorecer los estudios artísticos concebidos bajo la inspiración de países o civilizaciones de Oriente o Extremo Oriente”. Entre los pintores españoles destacan Mariano Fortuny y Josep Tapiró, seguidos de una amplia nómina de autores que conforma un corpus de interés y entidad suficiente para ser analizado.
Fortuny, objeto de veneración.
Mariano Fortuny (1838-1874) trató con gran amplitud de miras asuntos del mundo árabe. Su visión de Marruecos se aleja del mito romántico para convertirse en un lugar descrito con precisión casi topográfica, en el que el paisaje tiene una personalidad determinante en el entorno y una presencia casi psicológica para el espectador. A través de técnicas muy diversas, como el dibujo, el óleo y los grabados, se ocupó de reproducir las formas de vida y el espacio doméstico, la crueldad y los esclavos, los objetos preciosos, como alfombras o jarrones, dejando constancia de su espíritu coleccionista. De todos modos, en ningún caso tuvo un especial empeño en transmitir sus conocimientos y su experiencia a través de un sistema de aprendizaje reglado o una actividad docente. Para muchos de sus seguidores, especialmente para las nuevas generaciones, el contacto con el maestro tuvo unos efectos muy benéficos, ya que el conocimiento de su obra, o los consejos que de él pudieron recibir, fueron factores determinantes que fortalecieron su crecimiento como pintores. Aunque falleció muy joven, la prolífica obra de Fortuny dejó huella entre una legión de pintores españoles, algunos de ellos representados en esta exposición: Pérez Villaamil, Eugenio Lucas Velázquez, Francisco Lameyer, Antonio Fabrés, José Benlliure o Francisco Pradilla – único aragonés representado en esta exposición, con una acuarela titulada Mahometano orando-. Especialmente interesante resulta la experiencia personal y la producción artística de Josep Tapiró (1836-1913), ya que ejemplifica la idea del pintor afincado y plenamente integrado en la cultura islámica. Tapiró se estableció de forma definitiva en Tánger a partir de 1877 y allí residió hasta su fallecimiento. Como resultado de ese proceso de inmersión cultural y fruto de un conocimiento arraigado, su obra se llena de personajes auténticos, representados con extrema verosimilitud, entre los que destacan santones, músicos, personajes ilustres de la sociedad tangerina, novias esclavas y mendigos. Y todo ello lo supo plasmar repetidamente, a través del género del retrato, con resultados de una excelente calidad, y sirviéndose de la acuarela como medio para alcanzarlos. Además de su magnífica calidad técnica y su verismo, los retratos de Tapiró conmueven hoy por el hondo calado psicológico, y sin atisbos de una mirada paternalista o condescendiente por parte del pintor.
A medida que avanzaba el siglo XIX, la sobreabundancia de estas imágenes generó un efecto de empacho, de síndrome de repetición, en el que el espectador era transportado a escenarios sensuales, exóticos, remotos y legendarios, sin importarle demasiado si la narración era verídica o se sustentaba sobre fundamentos anacrónicos. A todo esto, la implantación de la fotografía como un procedimiento mucho más veraz y realista que la pintura, condicionada por el ideal de la búsqueda de la perfección y el virtuosismo preciosista, entró en una acusada fase de declive.
Para la mayoría de los pintores el orientalismo supuso un capítulo más de su producción. Participando en una corriente internacional que, además de interesante en cuanto a novedad en los temas o escenografías, contaba con un mercado burgués receptivo a la adquisición de estas piezas. Todos ellos se contagiaron y participaron con entusiasmo en el desarrollo de la fascinación por Oriente.


