En la galería Kafell, desde el 14 de noviembre, tenemos la exposición Año añil de la pintora Susana Ragel, nacida en Madrid el año 1981, que pertenece a la reciente generación de pintores españoles con tan excelentes enfoques artísticos. Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, su primera exposición individual fue en 2006, con 25 años. En el prólogo afirma sobre su interés hacia la figura humana, para terminar asegurando que he intentado captar la magia que existe en torno al movimiento contenido, esos instantes que está entre la pausa y la acción, cuando un personaje en movimiento parece quedarse suspendido por unos instantes generando una misteriosa duda sobre cuál será el siguiente gesto que va a realizar.
Cuadros de pequeño a gran formato, óleo sobre lienzo y destacable técnica, con títulos tipo Cuando se cierra una puerta se abre una ventana, Año añil, Indie girl, Raquel cruza el río, Metamorphosis, ¿Dónde está la magia?, Sara, Silvas, La fábrica boreal, Olvídate de mí, Día nublado o Recuerdos de un año añil. En los 16 cuadros la figura femenina es protagonista.
Aunque no sea la línea pictórica a seguir, tal como nos indicó la artista, el cuadro fuera de la norma se titula Indie girl, basado en el rostro de de una mujer con cabello rubio y color de piel muy blanco, que como colores marcan la diferencia con el fondo en tonos oscuros y pequeños trazos dentro de una fuerte abstracción. Siempre en el ámbito de un realismo que se transforma en cierto atractivo toque difuso, medio difuminado, para algunos paisajes y rostros, en los restantes cuadros, la mayoría, tenemos unas singularidades consistentes en primeros planos de rostros y de nucas, en bañador, tapándose el rostro, de espaldas, bañándose en el mar, meditando y la vida cotidiana en interiores. Los cuadros más espectaculares, que nada significa en cuanto a categoría, corresponden a la figura femenina inmersa en paisajes con muy diferente enfoque, como el mar, la montaña o el duro invierno repleto de nieve. La mujer como protagonista alcanza grados de notable belleza cuajada de naturalidad, con cierto aire de fotografía capaz de absorber un instante de la vida. Muy buena exposición como si cada cuadro se pintara solo sin ayuda de cualquier mano.