La exposición “Que no cabe en la cabeza” inaugurada en la Sala Ferreres del Centre del Carmen el 4 de noviembre presenta, hasta el 22 de enero, un recorrido por obras de los últimos 17 años del artista valenciano Javier Garcerá (Puerto de Sagunto, 1967). La exposición, comisariada por Juan Bta. Peiró, efectúa un recorrido por las diferentes salas del impresionante espacio, en cada una de las cuales podemos contemplar muestras de series pictóricas desde la más antigua presentada, de 1999, hasta las obras situadas en la sala principal, producidas para esta ocasión. Así, se pueden ver obras de las series: “De la sombra alumbrada” (1999), “Del espacio heredado” (2002), “El rey de la casa” (2006), “Take off your shoes” (2009), “Si el ojo nunca duerme” (2011), “La menor distancia” (2012), “A 180º” (2015), y “A 180º” (2016).
En estas pinturas sobre tabla, sobre tela, sobre seda… se puede seguir la coherente investigación pictórica desarrollada por Javier Garcerá en la búsqueda, a través de sutiles cambios perceptivos, solo experimentables mediante la observación directa del espectador, de una realidad perceptiva que “no cabe en la cabeza” (al menos en la cabeza “racional”), y sí cabe en el olvido de la misma, en la experiencia sensorial, cuando logra, mediante un vaciamiento, despojarse de todo lo demás.
El recurso del uso de la luz y el color son protagonistas para estos objetivos: al principio utilizando contrastadas luz y sombra (en blanco y negro), más adelante con juegos de contraste en los que el color, vivo, se da en pequeñas dosis rodeadas de oscuridad, después con una preferencia por la utilización de dos colores (verde/rojo y toda la gama entre ambos)… o pasando por las variaciones de valor de un solo color hasta llegar a los espectaculares monocromos rojos.
Se logra producir una experiencia sutil, una vivencia que, paradójicamente, por medio de la percepción sensorial, física, nos eleva sin embargo de lo más mundano. En ese sentido, el cambio y modificaciones sutiles que se producen al ir moviéndose el espectador frente a estas obras (la seda erosionada o trenzada, entre otros procedimientos, produce cambios sutiles de textura y de color) provoca una sutileza de percepción que hace que ninguna reproducción haga justicia a estas pinturas: se hace necesaria la presencia, la experiencia del espectador, para poder vivenciar estas obras.
En la impresionante sala central pueden contemplarse, asimismo, tres grandes obras de color rojo, una de ellas, de varios metros de largo, realizada a base de seda trenzada, dispuesta horizontalmente en el suelo, con un complemento sonoro ya que, cada cierto tiempo contrasta, en ese ambiente de recogimiento, el ruido de un fogonazo sonoro que aturde y sorprende, como para mantenernos alerta, despiertos. Frente a otra de estas grandes obras de color rojo, situada verticalmente en la pared, Garcerá ha dispuesto un sillón, como invitando a una larga contemplación, un tiempo lento necesario para poder descubrir la realidad que (se) esconde.