La Fundación Mapfre, en colaboración con La Piscine- Musée d’art et d’industrie André Diligent, Roubaixc, presenta en su sala de exposiciones del Paseo Recoletos, en Madrid, Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos (1850-1914). La muestra se articula en nueve secciones temáticas y cuenta con cerca de 130 obras, —entre pintura, acuarela, grabado, fotografía, tejido, cerámica o vidrieras—, procedentes de 65 colecciones públicas y privadas. Entre ellas se encuentran instituciones como el British Museum de Londres, la Colección Pérez Simón, Birmingham Museum & Art Gallery, Cooper Hewitt, Smithsonian Design Museum de Nueva York, De Morgan Foundation, Delaware Art Museum, High Museum of Art de Atlanta, National Portrait Gallery de Londres, Musée d’Orsay de París, The Huntington de San Marino (California), The Royal Collection de Londres, The Royal Scottish Academy of Art & Architecture de Edimburgo, Victoria and Albert Museum, William Morris Gallery de Londres o Yale Center for British Art.
Durante décadas miramos el prerrafaelismo a través de los ojos de Millais, Rossetti o Holman Hunt. Sin embargo, detrás de las imágenes de damas medievales, paisajes de intenso lirismo y una naturaleza observada con una sensibilidad nueva, existió también un universo artístico femenino que durante décadas quedó relegado a un segundo plano. Pintoras, fotógrafas, ilustradoras, diseñadoras y creadoras vinculadas a las artes decorativas no fueron meras espectadoras de aquel movimiento: participaron en él, lo hicieron evolucionar y contribuyeron a llevar sus ideales mucho más allá de la pintura. Artistas como Elizabeth Siddal, Joanna Boyce, Marie Spartali Stillman, Evelyn De Morgan, Emma Sandys, Kate Greenaway, Fanny Bunn, May Morris o Julia Margaret Cameron desarrollaron trayectorias que permiten comprender la amplitud y diversidad del fenómeno prerrafaelita. Ahora, esta exposición obliga a cambiar el punto de vista sobre uno de los movimientos artísticos más singulares de la Inglaterra victoriana.
La autenticidad de la vida cotidiana
La fidelidad a la realidad fue uno de los principios esenciales del prerrafaelismo. Inspirados por las ideas de Ruskin, los artistas prerrafaelitas defendían la observación directa de la naturaleza y la representación minuciosa de cada detalle, rechazando las fórmulas académicas y la idealización convencional. Este enfoque favoreció a las mujeres, que tenían un acceso muy limitado a la formación académica oficial. Así, Alice Boyd pintó las vistas desde su ventana; Joanna Boyce y Jemima Blackburn representaron a los campesinos, y Mary Ellen Edwards llevó sus obras a interiores burgueses. Personas de su entorno familiar, trabajadores vinculados a una región u oficio, o individuos anónimos de apariencia singular se convirtieron en modelos accesibles. El paisaje, cultivado tanto al óleo como mediante la acuarela, constituía una de las tradiciones más arraigadas del arte británico. Los prerrafaelitas, incluidas las artistas vinculadas al movimiento, comenzaron a contemplar la naturaleza desde una nueva sensibilidad, percibiéndola también como un patrimonio amenazado por el avance de la industrialización y la urbanización. De este modo surgieron paisajes de gran intensidad y lirismo, profundamente vinculados a un momento y a un lugar concretos.
Fascinación por el mundo natural
Esa atención hacia el mundo natural se extendió también a los animales y a las naturalezas muertas. Con sensibilidad, pero alejándose del mero sentimentalismo, las artistas prerrafaelitas mostraron un interés particular por las criaturas vivas que compartían el mundo con el ser humano, enriqueciendo ambos géneros y dotándolos de una mayor profundidad simbólica y artística. La observación de la naturaleza dejaba así de ser únicamente un ejercicio de fidelidad visual para convertirse en una forma de establecer nuevas relaciones entre el ser humano, los animales y el entorno que los rodeaba.
De la ficción a la fotografía
La fascinación de la sociedad victoriana por determinados personajes y temas condicionó en gran medida el repertorio gráfico de los pintores. El público tenía sus personajes predilectos, pero el mercado exigía novedades. El auge del retrato y la llegada de la fotografía introdujeron además un competidor para la pintura, ante el que los pintores respondieron potenciando todavía más si cabe la riqueza visual y material de sus obras. Esta evolución contribuyó al surgimiento del esteticismo, como se aprecia en las obras de Emma Sandys o Edith Martineau, que siguieron dicho camino. La expansión de la fotografía desde la década de 1850 permitió, además, que las imágenes llegaran a nuevos sectores sociales. Precisamente la fotografía fue el medio de expresión elegido por Julia Margaret Cameron, cuya obra se movió con naturalidad entre la idealización del romanticismo y la captación de lo real. Sus imágenes demuestran hasta qué punto la fotografía podía compartir con la pintura prerrafaelita no solo determinados temas, sino también una misma sensibilidad estética.
La infancia como inocencia decorativa
La mentalidad victoriana daba por sentado que las mujeres poseían una afinidad natural con la infancia y que la maternidad constituía su destino ideal. Con independencia de su posición social, se esperaba de toda mujer que aspirara a convertirse en esposa y madre. En consecuencia, también se consideraba que las artistas tenían una especial aptitud para retratar niños y un interés innato por hacerlo. Frente a esta idea, sustentada tanto en determinadas concepciones de la feminidad como en una visión idealizada de la niñez, el énfasis prerrafaelita en la sinceridad y la observación de la realidad impulsó una renovación de la imagen tradicional de la infancia. La fuerza de esta asociación entre mujer e infancia está presente a lo largo de toda la exposición. Artistas como Christine Angus, Kate Greenaway, Francesca Alexander o, Alice Chambers dejaron en sus obras artísticas notables ejemplos de esta nueva mirada sobre el mundo infantil. También John Everett Millais, miembro fundador de la Hermandad Prerrafaelita, llegó a ser reconocido como uno de los principales pintores de temas infantiles. Su gran exposición de 1886 contribuyó a consolidar la infancia como un tema pictórico de pleno derecho. La representación de la infancia experimentó así un notable impulso que acabaría desembocando en el auge de la llamada «pintura de hadas», ejemplificada por la obra de Jessie King.
Medievalismo
Otro de los grandes ejes de la exposición es el entusiasmo victoriano por la Edad Media. Para los prerrafaelitas, el pasado medieval no se limitaba a la pintura: también incluía la escultura, la arquitectura, los tapices y las distintas manifestaciones de las artes textiles. Esta concepción ampliada del arte brindó a las mujeres la oportunidad de transformar habilidades tradicionalmente domésticas, como el bordado o la pintura sobre porcelana, en actividades profesionales. Entre ellas, Kate y Lucy Faulkner, May Morris o Bessie Burden se incorporaron al movimiento gracias a sus vínculos con William Morris y otros artistas de su círculo. Otras accedieron a través de escuelas de arte afines al prerrafaelismo, como la de Birmingham, donde se formaron Fanny Bunn, May Hart, Mary Newill y Florence Camm. De esta alianza entre arte, artesanía y recuperación de las tradiciones medievales surgió el movimiento Arts and Crafts, una de las principales expresiones del ideario prerrafaelita en el ámbito de las artes aplicadas. La fascinación por la Edad Media no desapareció con la llegada del nuevo siglo. Perduró entre los llamados «últimos prerrafaelitas», que continuaron recurriendo a formas, motivos y temas medievales hasta los primeros años del siglo XX.