Mucho más que bodegones de flores

A finales del siglo XIX, la mujer padecía una absoluta discriminación: carecían de derechos civiles, sociales y políticos, y su papel, quedaba relegado al de ser madre y esposa.  El hecho que una mujer, decidiera realizar la carrera artística, constituía una gran desgracia para esa familia. Dice Concepción Arenal, en su libro Estado de la mujer en España: “La costumbre y su falta de conocimiento le cierran las puertas de la arquitectura y la escultura; como la pintora, hace algunas copias, pinta abanicos, cajas o loza; pero sus obras, de escaso mérito, puede decirse que son una rara excepción, porque la regla general es que las de esta clase las hacen los hombres”. En el cambio de siglo la clase popular no duda en alimentar este arquetipo de creadora “masculinizada”, sin rasgos de coquetería, que al asumir el papel de artista, parece abandonar  su “feminidad”. Por su parte la crítica, en sus reseñas, en las distintas exposiciones,  eran generalmente misóginas o mímesis (propensión a la imitación). Entre 1914 y 1926, se iniciaba una nueva etapa, donde la mujer, no sin  atravesar numerosos obstáculos,  alcanzaba la deseada profesionalización. Estas fechas, coinciden con la introducción  de la vanguardia europea, tan necesitada para la verdadera transformación de la cultura artística española.  Eso sí, no nos llevemos a engaños, sólo las mujeres que procedían de familias burguesas, o relacionadas con el ámbito cultural o artístico, contaban con apoyo inicial. Aún así, la imagen de la mujer, en aquellos años veinte, del nuevo siglo que ya había traído muchas cosas, era la imagen de mujeres que se enfrentaban al mundo, con los mismos derechos que el hombre, sin distinción de clase social.

Todo ese duro batallar, que ha llevado la mujer, a lo largo de los siglos XIX- XX, pero desde el punto de vista de la mujer-artista, lo podemos ver en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, en la exposición “Pintoras en España (1859-1926). De María Luisa de la Riva a Maruja Mallo”. Sesenta y tres obras reunidas, de artistas activas a mediados del siglo XIX y comienzos del XX, buena parte de las obras se hallaban dispersas o en paradero desconocido, está formada por pintura, dibujos y grabado. La exposición, dividida en  las dos principales vertientes  plásticas. La más académica, en la primera sala, formada principalmente por obra de María Luisa de la Riva (Zaragoza 1859- Madrid 1926). De la biografía, destacaremos los años pasados en París, configurando un periodo inalterable de éxito profesional, como artista, y la valoración de su entrega constante al trabajo de pintora, superando los estereotipos y limitaciones marcados por la sociedad, reservados exclusivamente  a los artistas masculinos. De las obras expuestas, de la artista aragonesa, destacamos Flores, una espléndida acuarela, de preciso dibujo, seguridad, rapidez y tratamiento de las manchas,  Puesto de flores, donde la transición entre las rejas, las flores y la vendedora, luciendo el traje típico, dan un estilo exótico a la par que  académico, lo cual permite definir su estilo a través del tratamiento del color, las sombras y las formas. Para concluir con Uvas de España, bodegón de gran formato, que junto a las dos anteriores obras  describen, por sí mismas no solo la madurez creativa de la artista, sino también la plenitud de un estilo propio. Mientras que los inicios de la vanguardia artística, que da tránsito al siglo XX, ocupan la segunda sala. La realización de paisajes y retratos, por parte de las mujeres artistas, eran obras preferidas tanto por la clientela, como por la crítica especializada, por lo tanto veremos abundantes ejemplos. De los paisajes destacaremos: El más que curioso Vista de Zaragoza desde las ruinas de un monasterio, de la también aragonesa Emilia Villarroya Cartié, Cercanías de Vriesland (Holanda), de Marcelina Poncela Hontoria, Passeig amb casa senyorial, de Elvira Mlagarrica I Armat. En lo referente a los retratos, deberemos centrarnos en los autorretratos, algo escasos, pero de gran calidad,  que transcienden a la pura satisfacción personal, y que se centran en la reafirmación del trabajo de las artistas. Debemos citar: el de Luisa Vidal Y Puig, aunque no nos resistamos a citar, el que esta artista realiza de su hermana, Marta Vidal, hermana de la pintura, que perfectamente podría haber salido de las manos de Rusiñol, o el exquisito autorretrato de Marisa Roësset y Velasco, aunque tampoco evitaremos citar, esta vez como retrato, la obra Española con abanico, de la gran Maruja Mallo. Menos frecuentes son los desnudos femeninos, hechos por mujeres artistas, de entre todos, debemos destacar el de Aurelia Navarro Moreno, de colores brillantes, dibujo seguro calidad, que bien recuerda a la obra de su compatriota Julio Romero de Torres, e incluso algo velazqueña. No podemos culminar esta descripción, sin recordar a María Blanchard, una de las pioneras en practicar obras cubistas, próximas muchas de ellos a la poética fauve, de gran modernidad en sus trazos así como calidad y maestría, con su Composición cubista con botella, donde nos muestra  un cubismo de raíz picassiana muy de la época.

Paradójicamente, como bien afirma Cocha Lomba, comisaria junto a Magdalena Illán de la muestra, en su texto del catálogo, “ninguna de las artistas mencionadas, firmó manifiesto programático alguno, al contrario que sus respectivos compañeros de viaje”.

Esta muestra ha cumplido fielmente con sus objetivos, cubrir un vacío investigador y expositivo existente, fuente para futuras investigaciones, rescatando su producción artística, poniendo un nombre donde antes no había nada, analizando todo ello en el contexto social, cultural, visual actual.

 

Pintoras en España (1859-1926) De María Luisa de la Riva a Maruja Mallo.

Paraninfo de la Universidad de Zaragoza

20/02-28/06/2014