En los pequeños detalles suelen esconderse claves imprescindibles para la compresión de los procesos históricos. La realidad social española, del cambio de siglo XIX al XX, cobijaba, a conciencia, un retraso económico, social, político y cultural. La derrota militar y la pérdida de las colonias no hicieron sino tildarlo de “desastre”, extendiendo un pesimismo radical sobre el pueblo. El regeneracionismo se convirtió en un nacionalismo para reforzar la patria caída y situarla a la altura de los tiempos. El mito de la España moribunda, fue muy del gusto de literatos y artistas, que trasladaron con empeño a sus respectivos oficios. Las luces del nuevo siglo dieron lugar a la modernización, en todas las áreas, desde la económica, hasta las nuevas expresiones culturales. El pesimismo, del viejo siglo, se iba apagando, lentamente.
En lo referente al mundo artístico, como bien afirma Jesús Pedro Lorente:” El futuro artista iba a estudiar a un centro oficial, y luego marchaba en pos de las becas, los premios, el mecenazgo institucional y el mercado privado. Esto produjo un doble efecto: Por una parte, la concentración de obras y autores en Zaragoza, foco de la modesta oferta de docencia, exposiciones, mecenazgo y mercado que fue desarrollándose en la región; por otra, la emigración, a menudo sin retorno, de los mejores artistas, pues las escuelas donde un arquitecto, escultor, o pintor, podía titularse al más alto nivel estaban en Madrid, las becas más codiciadas eran las que le llevarían a Roma, los premios más prestigiosos y el mercado más pujante estaban en las grandes capitales”. Afirmaba Eugenio d´Ors, a finales del siglo XIX: “Erudición, Nacionalismo y Cronología, eran los tres enemigos de la Tradición y, con ello, de la belleza de las artes. La apariencia anecdótica en los acontecimientos, hace que los eruditos sean tan malos historiadores. Viene luego el prejuicio de localidad, en contra de la síntesis. Y llega, por último, la ilusión cronológica que nos embriaga de mudanza y vuelve ciegos a lo que permanece”. La eterna “lucha” entre la luz luminosa de Sorolla y el reverso estético, de colores oscuros y opacos, de la llamada “España Negra”, de Zuloaga, logró una enorme influencia entre los artistas de segunda o tercera línea, según el interés y las modas de la época. Lo que poco tiempo después, acabó llamándose: “Centro y periferia”. En realidad, unos y otros hacían exactamente lo mismo, ejercicios de reconstrucción ideal, que transmitieron del modo más eficaz posible, con una mirada romántica que mostraba un mundo que estaba desapareciendo, pero que deseaba seguir dando voz, a su propia identidad.
El nuevo siglo inauguraría la dialéctica lucha entre tradición y vanguardia. Los lejanos ecos del simbolismo, se entremezclaron con las nuevas figuraciones, el género del retrato, se convirtió, en la mayoría de los casos, en el sustento de los artistas, al servicio de la nueva y floreciente burguesía, y de las figuras relevantes del momento.
La celebración de grandes exposiciones -como la Hispano-Francesa de 1908-, se habían convertido en una práctica habitual, no así sucedía, con la “exposición unipersonal”, que en Aragón traería el pintor Juan José Gárate, de su estancia en Roma y París. En síntesis, se trataba de exponer un pequeño número de obras, en escaparates, o en el interior de pequeños comercios.
Todo lo descrito y mucho más, lo podemos ver en la muestra, organizada por el Vicerrectorado de Cultura y Política Social, de la Universidad de Zaragoza. Ideal de Aragón. Regeneración e identidad en las artes plásticas (1898-1939). La exposición ilustra el modo en que el regeneracionismo, dio paso al modernismo y a la autoafirmación, a través de las artes plásticas. Dos de los artistas más representados en esta muestra son Juan José Gárate y Francisco Marín Bagües, con ocho y nueve obras, respectivamente. Sin embargo, en apariencia, para la crítica de la época, existía “un mundo” de distancia, entre ambos artistas, haciendo lo mismo. Si al el pintor turolense se le desprestigió, relegándolo a un simple folclorista, o “pintor de baturros”, como lo llama García Menéndez, en 1929, al de Leciñena, se le llegó a considerar cabecilla de una “segunda generación de artistas aragoneses”. Entre las novedades de la muestra, podemos destacar, la recuperación de algunos artistas aragoneses poco o nada conocidos, como Manuel León Astruc, con su retrato de Raquel Meller, o Mariano Ara Burges, con una curiosa obra titulada Retrato analítico simbólico. Con el hecho de poder sacar a la luz nueva obra de artistas conocidos y consolidados en nuestra comunidad. Es el caso de Julio García Condoy, con su Ya llega el vencedor (1919), de colección particular, y primera vez que se expone. Y de Juan José Gárate, La madre. Baño infantil fluvial en Albalate (1904), sin duda obra de la mejor época del artista, donde regresa a su patria, tras su estancia europea, cargado de impresionismo. Y aunque la obra, se encuentra en el Museo de San Telmo, de San Sebastián, no se había mostrado, al público aragonés.
Esta muestra sin duda alguna es, un difícil ejercicio de reconstrucción, que recoge nuestra pasada herencia cultural.
Ideal de Aragón. Regeneración e identidad en las artes plásticas (1898-1939)
Paraninfo Universidad de Zaragoza
19/02-03/05/2015


