Modernismo y vanguardia bajo el cielo de Montjuic

No podía ser más que el MNAC el que organizara una muestra monográfica de joyas creadas por artistas de la contemporaneidad.  La exclusividad de la exposición ha sido un “reclamo” usado por los medios de difusión del museo:   “la primera de esta temática organizada en nuestro país”. Y es un hecho que, a pesar de que es  muy larga la nómina de creadores que han diseñado o ejecutado piezas de joyería en algún momento de su trayectoria, la joyería artística es una gran desconocida para la investigación.

 La exclusividad de la muestra del MNAC se ve refrendada por la ausencia de bibliografía o de exposiciones monográficas dedicadas a la joyería. Cabe mencionar en este sentido, unas pocas muestras de joyas escultóricas o pictóricas, de gran capacidad narrativa o lírica, que forman parte de colecciones permanentes en museos, como las diseñadas por Dalí en el edificio anexo a la Fundación en Figueras  o las joyas de Julio González que se exhiben en el IVAM. Y desde luego tampoco puede sorprendernos que fuera André Malraux, en 1963, el pionero en concebir una  muestra de piezas de joyería artística diseñadas por George Braque que, de manera itinerante y a nivel internacional, se estrenaba por aquel entonces en el Pabellón Marsan del Museo del Louvre.

Con tan escasos antecedentes debemos acercarnos a “Joyas de artista. Del modernismo a la vanguardia”, muestra en la que se reúnen más de trescientas piezas ejecutadas o diseñadas por joyeros artistas o por artistas de vanguardia. Y es que,  el MNAC ha conseguido reunir joyas que nos ayudan a comprender algunas obsesiones o experimentaciones artísticas  modeladas como confidencias íntimas en materiales preciosos: desde Rodin a Picasso, pasando por Gargallo, Calder,  los Die Brücke, Van de Velde, Hoffmann u Olbrich…

La joyería, en muchos casos, materializa experimentos llevados a cabo  a mayor escala en las producciones plásticas escultóricas. Pero en cualquier caso, en estos coqueteos artísticos con la joyería por parte de los artistas,   pueden leerse, momentos concretos de una trayectoria, obsesiones temáticas que caminan  de la mano de las nuevas fórmulas de expresión que se estaban fraguando en el resto de las artes. Esto se evidencia en el discurso de la exposición, en el que las piezas se muestran de forma cronológica, didáctica, y podemos establecer paralelismos con la arquitectura o con las otras manifestaciones plásticas, ya sea en el uso de nuevos materiales, o en la ruptura de fronteras artísticas que supusieron las vanguardias.

El primer gran espacio expositivo se centra en exhibir fundamentalmente piezas de las primeras décadas del Siglo XX, figuraciones del Art Noveau que recogen experiencias en materiales y esmaltes translúcidos, entre lo real y lo soñado. Son fundamentalmente, artistas joyeros, que se dedicaron en exclusiva a esta faceta de la creación artística. En esta parte del recorrido, las joyas se exhiben en pequeños mostradores de época sobre tapetes aterciopelados en colores suaves. Las pequeñas mesitas  se disponen en fila en mitad de la sala, lo que permite observar los diseños desde la parte de arriba,  de manera  individualizada. En su mayoría son colgantes, peinetas o grandes broches para prender en los vestidos, delicados trabajos del artista joyero René Lalique,  y de su escuela de seguidores en Cataluña con Luis Masriera a la cabeza. También Guimard o Gaillard, o alguna pieza ya con tintes geométricos, anunciado el Art Déco de Boucheron o Cartier.

Pero, a pesar del esfuerzo de contextualización que suponen los mostradores,  echamos de menos en la amplitud de espacio del que disponen las galerías del MNAC,  alguno de los múltiples bocetos en papel de Lalique,  apuntes que podrían completar el proceso de creación de las joyas del que llaman “el  inventor de la joya moderna”. De la misma forma echamos en falta alguna fotografía que mostrara la perfecta colocación de estos fabulosos diseños o algún testimonio de la forma más lujosa en las que las actrices pudieron lucirlas en grandes estrenos como una de sus mejores clientas, la actriz Sara Bernhardt[1]. Estas fuentes habrían enriquecido el discurso, y así han sido recogidas en otras ocasiones, como en la Fundación Gulbenkian, en el Musée Lalique de París o en la maravillosa exposición  que de éste hizo en el año 2007 el Museo de Luxemburgo. A pesar de ello, hay que ser conscientes de la dificultad que supone mostrar piezas tan pequeñas en lugares tan espaciosos y ser capaces de dirigir y centrar la atención del espectador, que está más acostumbrado a exposiciones de grandes lienzos.

En la segunda parte de la exposición  se muestra un quiebro con respecto al primer espacio.  Un audiovisual  de diapositivas prepara al espectador para el cambio escenográfico, de más aparato y teatralidad, a través de imágenes de los creadores en sus talleres. Al traspasar las salas que llevan a exhibir las creaciones de la avant-garde creativa de nuestros artistas del siglo pasado, fundamentalmente escultores, largas cortinas de terciopelo rojo penden del techo, ayudando a  compartimentar el recorrido. Las vitrinas, mucho más neutras y modernas,   en cristal con biseles en negro, se rinden al protagonismo de las piezas. Las joyas se disponen en varias alturas y en vertical, y quizás por cuestión de conservación, por no deshidratar los materiales orgánicos[2],  o bien por hacer de las piezas un retículo de sorpresa, se apagan en intervalos de iluminación que pueden llegar a interrumpir su visión volumétrica, pero que dotan el espacio de mayor misterio y contraste.  En esta parte de la muestra se exhiben compartimentadas pequeñas metáforas del universo particular de cada creador, expresiones plásticas que inhalan la incursión y la ruptura entre los lenguajes artísticos.

Al final de la exhibición, se muestran algunos vestidos –en su mayoría prestados por el Museo del Traje– que  según formula el fantástico catálogo confeccionado por los mejores especialistas de la tradición de joyería catalana, ayudan, junto a algunas fotografías de Steichen o Man Ray a “completar las visiones del universo femenino”.  Pues bien,  quizás en este sentido deberíamos aprender de las exposiciones de la Joyeria de Mademoiselle Chanel en los años 30 que, proponían estilismos concretos sobre los maniquíes de la haute couture y prendían la piezas de joyería sobre los maniquíes y modelos prêt-à-porter. Aquí los modelos de vestido se disponen en un lado de la sala sin explicación alguna, como “caídas del cielo”.

De cualquier forma, ya sea en forma de experimentaciones creativas o confidencias, esperamos que caigan  del cielo a Montjuic,  muchas exposiciones como ésta, que nos ayuden a redondear o cerrar los discursos creativos de nuestros artistas.



[1] De la misma forma nos ha extrañado la ausencia de piezas en la exposición de Alfons Mucha que también diseñó algunas de las piezas que lució la actriz francesa en sus estrenos.

[2] Los metales y demás materiales inorgánicos se mantienen inalterables al calor.