Desde el pasado 21 de febrero hasta el próximo 11 de abril, permanecerá abierta la exposición en la sala de exposiciones del Colegio La Salle F. Gran Vía.
Algo palpable a lo largo de toda la muestra es la capacidad de José Luis Barranco de conectar sin ningún obstáculo con el público. Sus retratos captan la atención del espectador desde el primer momento. Esto se consigue en parte gracias al potente realismo que impregna toda la obra del artista. Constituye el instrumento idóneo para hacer comprensibles los temas al público, para materializar de manera directa los conceptos que el pintor quiere comunicar. La pintura realista normalmente llega al espectador de forma inmediata, no es imprescindible estar versado en arte para llegar a percibir lo que pretende transmitir. Pero en este tipo de pintura el virtuosismo técnico aparece como un requisito necesario para ese proceso de intercambio comunicativo. La pintura de este autor reclama sin duda la dignidad e importancia con que debe reconocerse el trabajo manual, ya que, efectivamente, se trata de un laborioso y concienzudo sistema de trabajo en lo que concierne a la elaboración. En palabras del propio artista:
“Para mí la pintura es una lucha trabajosa, de la que siempre salgo cansado, y con la que siempre busco un resultado.”
Barranco añade que por medio del dominio del color y la pincelada, trata de conseguir ese resultado, que para él es “captar el interior, el alma de la persona retratada”. El elevado nivel de detallismo y minuciosidad que permite la técnica del óleo es apreciable en la exactitud con que representa los ojos en sus retratos, captando una mirada tan profunda y penetrante que alcanza directamente al espectador. También exigen una enorme maestría el trabajo de los vestidos y los tocados de sus retratos de aires japoneses y árabes. En ellos, el empleo de un fondo neutro sobre el que se recorta el personaje retratado, no hace sino resaltar la figura, la cual por un sutil juego de luces y sombras es capaz de construir el espacio. En ello se distingue de la pintura japonesa que suele ser más planista. Pero es precisamente esta capacidad de construir el volumen de la figura, la que mejor se aprecia en sus dibujos al carboncillo. Son retratos en los que otorga todo el protagonismo al rostro, sin mostrarnos el resto del cuerpo. A veces se delimita la propia cara y es mediante las sombras de los labios, los mechones de cabello y los pómulos cómo consigue dar cuerpo y forma al volumen. El realismo alcanza tal nivel, que estos dibujos hasta que no son vistos a una distancia reveladora, pueden ser confundidos con retratos fotográficos. De hecho, la idea del trampantojo vehicula en buena medida muchos de estos retratos, en especial, el del niño de perfil apoyado sobre una mesa, cuya silueta recortada aflora de la oscuridad a través de una transición que nos reafirma en la capacidad técnica de su autor, todo un virtuoso. Uno de los vínculos estilísticos más evidentes del trabajo de Barranco tiene que ver, precisamente, con el hiperrealismo o fotorrealismo. Además de por su escrupulosa, detallista y exacta reproducción de los rostros, se asocia con este movimiento por recurrir a fotografías preexistentes que el autor ha podido contemplar procedentes de revistas impresas y de la propia red. Por otro lado, lejos de la frialdad clasificatoria, casi taxonomista, de los retratos frontales de Chuck Close, sin ir más lejos, que se emparentan asimismo con los asépticos e inexpresivos retratos fotográficos de Thomas Ruff de los años ochenta y noventa del pasado siglo. Las obras de Barranco muestran una cercanía sin complejos, alejado de cualquier pretensión que no sea la de expresar una particular subjetividad a partir de un riguroso trabajo que trasciende la mera fidelidad a una formas concretas, lo descriptivo y denotativo, al igual que han hecho otros célebres retratistas en la historia del arte, como luego apuntaremos. Nos recuerda los trabajos de los fotógrafos y cineastas amateurs (dicho sea de paso sin ningún matiz despreciativo hacia la figura de este colectivo y, por supuesto, hacia la obra de José Luis Barranco), que expresan esta misma proximidad y simpatía –y hasta cariño– por las personas que aparecen ahí retratadas.
Por todo lo dicho, encontramos fuertes lazos con la tradición (tanto desde el punto de vista temático como formal), que son buscados conscientemente, sin miedos, sin prejuicios limitadores. Se deja para otra ocasión la experimentación, la trascendencia formalista que a veces se torna en fuegos de artificio; no hay deseo de romper esquemas, de ser vanguardista más de lo estrictamente necesario. En este caso, sí que importa el resultado, como antes aludía el propio artista, la obra final, quebrando de esta manera las búsquedas procesuales que habían preocupado tanto a determinados creadores de épocas anteriores.
Además, el realismo de José Luis Barranco conecta con la pintura de la tradición realista española. El propio Velázquez se caracterizó en su periodo de juventud por el empleo del naturalismo-tenebrismo caravaggista que se vale de un foco luminoso dirigido y teatral que ilumina las partes de la figura que le interesa que comprendamos. La precisa y medida pincelada que emplea en ocasiones la pintura realista contemporánea y a la que se refiere el propio José Luis Barranco, también nos recuerda a esta tradición del realismo español. Del propio Pacheco, maestro de Velázquez, se suele destacar la calidad de sus retratos dibujados. Y es que la tradición realista española ha supuesto un fecundo recurso para los artistas durante una parte importante de la historia del arte. Fue recuperada por impresionistas como Manet o Renoir que admiraron esta pintura y en el siglo XX también inspiró a creadores como Picasso o Dalí. La elección de personajes sencillos como los que protagonizan los cuadros de José Luis Barraco, tiene un vínculo potente con esta tradición, como puede comprobarse en obras de Ribera. También nuestro artista presta enorme atención al retrato de la piel y las arrugas. Además, el empleo de una pincelada fina, que acusa visualmente el volumen y el peso, es propio de artistas como Zurbarán. Otra nota preeminente en la muestra es la simpatía de los temas representados. Es otra forma de aproximarse al público y en ello también es posible apreciar una continuidad con el realismo tradicional español. Es el caso de Murillo en sus escenas de cámara con niños, consigue a través de ellos. El costumbrismo aparece también presente en la pintura de José Luis Barranco. Se percibe claramente en un dibujo a carboncillo en el que representa a una mujer, ataviada con una indumentaria tradicional y sosteniendo un cántaro con un brazo y otro recipiente con la cabeza. Es en la pintura del siglo XVII con Caravaggio cuando comienzan a destilarse los motivos costumbristas, pues mostrando modelos más cercanos al fiel era posible conectar con el de manera más efectiva. Velázquez y Murillo se apropian de este costumbrismo que pasa a ser una nota definitoria de la pintura española del XVII. Otra etapa en la que se recupera con decisión este costumbrismo es en la pintura del XIX, pero con un objetivo diferente, como forma de construir una identidad nacional colectiva. De finales del XVIII es el óleo sobre lienzo Las mozas del cántaro, que Goya pintó para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. Pero más próxima a esta pintura de Barranco es la Mujer con cántaro de Pérez Donaz a finales del siglo XIX, principios del siglo XX. Y es que esta escena en concreto, de personajes con diferentes tipos de recipientes para contener líquido, constituye un motivo recurrente dentro del costumbrismo español.
Pero la riqueza de motivos de los que se sirve José Luis Barranco, como los temas de influencia japonesa o la estética árabe, permiten ver el vínculo otras etapas muy distintas de la pintura española. Es el caso del Impresionismo de Mariano Fortuny en su Jardín de la casa de Fortuny (1870-72). La habilidosa combinación de dibujo minucioso aunque rápido y del protagonismo otorgado a la luz, es algo que predomina en esta obra y que también vemos en un retrato de una mujer japonesa en Miradas.