Memorial a las Víctimas de la Violencia Franquista en el Cementerio de Torrero, Zaragoza

El arquitecto Fernando Bayo y el pintor y escultor Miguel Ángel Arrudi son los autores del hermoso monumento en el Cementerio de Torrero a las víctimas de tanta represión originada por los sublevados contra la democracia, que sumaron, en Zaragoza, 3.096 durante la Guerra Civil, 1936 a 1939, y 447 durante la posguerra, hasta el 20 de agosto de 1946, unos meses después de acabar la Segunda Guerra Mundial, con el dictador español sin la protección de los dictadores de Alemania e Italia. Víctimas fusiladas, sin entrar en otros métodos como la canallesca ley de fuga. Monumento que es de justicia y que simboliza un verdadero punto y adiós, pues cualquier mirada debe ir hacia adelante y cuando retrocede es para analizar los temas graves con absoluta frialdad.

Antes del comentario sobre dicho monumento parece oportuno, incluso obligatorio, ofrecer breves datos sobre Miguel Ángel Arrudi y Fernando Bayo. Miguel Ángel Arrudi, Zaragoza, 1950, tiene su primera exposición individual en 1966, con 16 años. A partir de aquí pintura y escultura, su especialidad relevante, transcurren a la par, de modo que la escultura abstracta emerge en 1969 y se consolida desde 1984, para continuar en una constante evolución hasta el presente dentro de muy variados materiales. Como artista figura en diferentes publicaciones y enciclopedias. Fernando Bayo, Calatayud (Zaragoza), 1962, estudia en la Escuela de Arquitectura de Valladolid y se colegia en Aragón el año 1992. Ha proyectado numerosas viviendas de muy diversa índole. En 2007, por una obra proyectada en 2006, es finalista de la XXII Edición Premio de Arquitectura “Fernando García Mercadal”. Figura en la Gran Enciclopedia Aragonesa, Apéndice V, página 57.

Miguel Ángel Arrudi y Fernando Bayo han trabajado juntos en el año 2005, proyecto para la Rivera del Ebro U-6 a su paso por Zaragoza junto con AIT, y en 2008, para la Expo 2008, pues ambos diseñaron la famosa rana y la remodelación del trazado del parque de Ranillas, mientras que Arrudi como escultor realiza dos obras que evocan una puerta que da entrada al nuevo parque.  

Pero ahora estamos con el monumento inaugurado en el Cementerio de Torrero el 27 de octubre de 2010. En el muy emotivo acto de inauguración, repleto de público, tomaron la palabra autoridades y otras personas por el siguiente orden: Juan Alberto Belloch, alcalde de Zaragoza, Julián Casanova, historiador, Manuel Pérez-Lizano Forns, sobrino de dos fusilados y en representación del pueblo, Javier Lambán, presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza, Marcelino Iglesias, presidente de la Diputación General de Aragón, y Joan Manuel Serrat, muy vinculado con Aragón dado que su familia es natural de Belchite (Zaragoza). Conviene aclarar, por otra parte, que el recuento de las 3.543 víctimas ha sido posible, tal como se indica en el libro El pasado oculto. Fascismo y violencia en Aragón (1936-1939), gracias a la investigación realizada por los historiadores Julián Casanova, Ángela Cenarro, Julita Cifuentes, María Pilar Maluenda y María Pilar Salomón.

Vayamos con el monumento, sencillo en apariencia, modelo de imaginación e incorporado en un espacio muy bien integrado con el entorno, que tiene la siguiente ficha técnica de una obra promovida por el departamento de Urbanismo del Ayuntamiento de Zaragoza. Documentación histórica: Julián Casanova. Autores: Fernando Bayo, arquitecto director, Miguel Ángel Arrudi, escultor, y Chiqui Castejón, arquitecto técnico. Infraestructuras: Coebro y Acciona. Escultura: talleres Tanasa y Oxiebro. Los seis gorriones de bronce que figuran en la escultura: Hermanos Torres de Zaragoza. Conviene aclarar que para la escultura colaboró Víctor M. Jiménez, que hizo los 3D, y Mónica Naudín, la herrera que dio forma a la chapa cortada por la empresa Oxiebro.

Afirmábamos que el monumento es sencillo en apariencia, desde luego una vez visto, porque antes, partiendo de nada, hace falta pensar y trabajar mucho. Sencillo porque uno de sus grandes logros es la articulación del espacio mediante dos cuerpos-ejes articulados de manera más que intachable. Ni un resquicio de fallo. Estamos, sin duda, ante una obra de arte que tiene la obligación, además, de mostrar un apabullante drama individual transformado en colectivo por el número de asesinados, que arrastra el dolor de tantos familiares vivos.

Veamos ambos cuerpos-ejes articulados. El punto de partida, por ser eje irradiante y desde un ángulo formal, es el Pabellón a los Anónimos. Escultura que, en principio y tal como indica Miguel Ángel Arrudi, surgió de un concurso restringido, organizado para otro emplazamiento pero para fines paralelos y afines en el sentido definitorio de la expresión tanto semántica como estética. Sólo cambió la ubicación en una distancia de unos 500 metros, más o menos la misma que separaba la cárcel de Torrero y las tapias en las que serían fusilados los condenados a muerte. Pabellón de los Anónimos basado en una escultura abstracta geométrica en forma de cubo, que está pintada en rojo como toque exclamativo sin estridencias. Escultura abierta a través de múltiples ventanas para romper cualquier hipotética rigidez, pero que posee una impecable serenidad externa a través del uso, en apariencia oculto, de múltiples rectángulos interrelacionados que obedecen a la sección aurea. Ventanas y sección aurea, dentro de una escultura abstracta geométrica, que posibilitan esa impresión de obra abierta, nunca rígida, con matices etéreos cuando se observa, desde luego, en conjunto. A sumar los seis gorriones como símbolo de auténtica delicadeza poética servida por un ave humilde común en campos, ciudades y pueblos. El interior también queda abierto por las ventanas, pero con la peculiaridad de un dominante espacio que invita al recogimiento, al silencio que transmite lo exterior sobre el interior y viceversa. Basta colocarse en el centro y captar sus casi imperceptibles vibraciones.

Del Pabellón de los Anónimos, dicha abstracción geométrica, nace la espiral, como forma ancestral emergente del interior, la escultura, hacia el exterior, el libre espacio abierto, con un simbolismo muy complejo según las civilizaciones, pero que como norma muestra la evolución del universo. Espiral, con pasillo para el público y otro para la vegetación, trazada mediante múltiples bandas rectangulares naciendo del suelo, rematadas con placas inclinadas en donde figuran los datos de los asesinados por orden cronológico. Todo de acero galvanizado. Pasear por la espiral, partiendo del Pabellón de los Anónimos, es una sensación estremecedora, por lo que representa y por el obligado silencio.

Nos queda felicitar a las autoridades y a las personas involucradas en tan hermoso proyecto. Este monumento, tal como sugeríamos, es un auténtico punto y adiós, siempre con el obligatorio conocimiento de lo acaecido, pero igual que otros sucesos siglos atrás tan registrados, perfil notario, por ese viejo, vivido, complejo y fascinante país llamado España.