El 22 de julio de 1969, horas después de que el primer humano pisara la superficie de la Luna, el diario ABC publicaba en portada una fotografía del papa Pablo VI mirando por un telescopio: “A través del potente telescopio del Observatorio de Castelgandolfo, Pablo VI observa al satélite en momento transcendente de la historia de la Humanidad. El Papa ha contemplado la obra de Dios desde la mirilla del progreso”. Esta portada, que desde la distancia puede resultar casi cómica, permite comprender el telón de fondo sociológico y, por tanto, parte del entramado ideológico sobre el que se levanta el recorrido propuesto por David Moriente en «España, ¿me reciben?». Astronáutica y cultura popular (1957-1989). El libro constituye un análisis de los imaginarios de la astronáutica en la cultura popular española desde el año de lanzamiento del primer satélite artificial (el soviético Sputnik) hasta la caída del Muro de Berlín. Esta historia, por tanto, está atravesada por las disputas geopolíticas, tecnológicas y culturales de la Guerra Fría, en la cual España de Franco ocupó una posición semiperiférica, aunque siempre aliada en su furibundo anticomunismo con los intereses estadounidenses.
Este estudio, antes de aterrizar en territorio español, introduce al lector/a en el tema a través de dos capítulos centrados en la carrera espacial y en las representaciones cinematográficas del espacio, respectivamente. Más allá de las ficciones utópicas que, en las obras de Julio Verne o Georges Méliès, situaban al ser humano sobre la faz de la Luna, el inicio de la astronáutica tendría como punto de arranque el desarrollo de la balística durante la II Guerra Mundial y, concretamente, la figura de Wernher von Braun, científico clave en la experimentación armamentística del III Reich. Tras la guerra, no sin la desconfianza del FBI, Von Braun empezó a trabajar para los Estados Unidos en el perfeccionamiento de misiles. La Guerra Fría había comenzado y los líderes del mundo libre necesitaban armas —misiles guiados de largo alcance— con las que poder combatir al enemigo comunista. A principios de los cincuenta, los artículos de Von Braun en varias publicaciones contribuyeron a popularizar un imaginario tecnológico que abriría la puerta a —legitimaría socialmente, despertaría el deseo por— la exploración del espacio.
En esos mismos años (1955-1957), Walt Disney inició una colaboración con el científico alemán para la producción de una serie divulgativa de televisión sobre aeronáutica, de la cual vieron la luz tres episodios. Von Braun necesitaba visibilidad —y apoyo financiero— para sus proyectos, al tiempo que Disney trataba de potenciar el interés de los televidentes hacia los contenidos de su primer parque temático, que abriría en Anaheim, California, en 1955. Moriente sitúa aquí un momento clave en el cruce entre desarrollo tecno-científico y la pujante industria del entretenimiento. Para que Estados Unidos pueda tomar ventaja en la feroz competición propagandística y militar que libra contra la URSS necesitaba una ciudadanía fascinada por la posibilidad de conquistar las estrellas y, con ello, torcer el brazo a los soviéticos. La opinión pública era fundamental en esa batalla y, como explica Moriente, Von Braun fue “uno de los primeros científicos que fue consciente de la relevancia de la imagen pública como motor del proceso de diseminación científica y cuyo impulso podría aprovecharse asimismo para la producción de conocimiento” (p. 51). La divulgación científica y la cultura popular se retroalimentaban en una pugna en la que los rusos iban a tomar la delantera gracias a su Sputnik y a otros grandes logros: el lanzamiento del primer ser vivo al espacio (Laika en el Sputnik II 1957), las primeras fotografías de la cara oculta de la luna (Lunik I, 1959), el primer impacto en nuestro satélite (Lunik II, 1959), y el primer ser humano en órbita (Yuri Gagarin, Vostok I, 1962). Estados Unidos solo tomaría la iniciativa con la llegada a la Luna del Apolo 11 en 1969.
Representar ese espacio exterior, convertido en escenario privilegiado de la guerra de bloques, supuso un reto para la más poderosa de las industrias de la imagen: el cine (capítulo 2). El exoespacio no tiene norte-sur, ni derecha o izquierda. No resulta fácil, pues, reducir su magnitud a una escala humana. Sus dimensiones, temporalidades y ritmo de crecimiento se calculan en unas cifras que nos exceden. Los realizadores interesados en el espacio, desde Fritz Lang (Frau im Mond, 1929) a Stanley Kubrik (2001: A Space Odyssey, 1968), tuvieron que hacer un esfuerzo para que éste fuese una realidad comprensible en pantalla, casi abarcable, o, al menos, asimilable. El autor defiende que “la representación del exoespacio, localizada en una de las franjas de construcción del imaginario contemporáneo, se ha descrito de un modo geográficamente manipulable” (p. 87). Es decir, fue necesario realizar adaptaciones visuales del espacio exterior a unos ejes de coordenadas en los que el espectador pudiese situar la acción, adaptaciones que, como es lógico, han ido evolucionando con la tecnología audiovisual e informática.
Tanto en el territorio de la investigación científica en general —y aerospacial en particular— como en el de las industrias culturales, la España franquista se situaría, en plena Guerra Fría, en una posición muy particular dentro del bloque capitalista, algo de lo que se ocupa el capítulo 3. Como demuestra Moriente, tanto la investigación científica como sus proyecciones sobre la cultura de masas desempeñaron un papel importante en el imaginario modernizador de la dictadura. Ahora bien, el carácter nacional-católico del régimen —como se ponía de manifiesto en la referida portada de ABC— condicionaba la producción tecnológica y cultural y, con ello, agudizaban las contradicciones de nuestro desarrollismo. Aunque “el acceso a la práctica de la ciencia, la investigación científica y las aplicaciones tecnológicas modernas se implantaron en España a destiempo, de modo poco práctico y casi siempre fragmentado” (pp. 120-121), el autor señala como dato revelador la proliferación de referencias y noticias relacionas con la astronáutica en la prensa nacional a partir de principios de los años cincuenta. Es decir, el país no era ajeno a los grandes avances tecnológicos: aunque no podía competir, tampoco podría mantenerse al margen de la carrera espacial que libraban las dos superpotencias en pugna. De hecho, en 1963, el régimen creó la Comisión Nacional de Investigación del Espacio (CONIE) con el objetivo de “analizar los progresos técnicos e industriales y beneficiarse de ellos, evitando quedar retrasados frente a otros países”.
El interés político por aquello que acontecía más allá de la atmósfera terrestre se tradujo en un conjunto de productos culturales que tenían como objeto el exoespacio. En el capítulo 4, Moriente revisa algunos de esos productos aparecidos entre 1957 y 1989. Entre la cultura popular del franquismo, el autor rescata el serial radiofónico Diego Valor (1953-1958), cuya acción transcurría en 2027, coincidiendo con una primera expedición tripulada a Venus. Su audaz protagonista se inspiraba en el cómic británico Dan Dare, lo cual era comprensible y habitual en un contexto mediático muy influido por productos anglosajones. Diego Valor llegaría a convertirse en historieta y a generar un lucrativo merchandising —juguetes, disfraces, etc.—, lo cual evidencia el interés creciente que generaban la ciencia-ficción espacial y la expansión de una cultura de consumo destinada a un público joven.
Curiosamente, el final del serial radiofónico protagonizado por Diego Valor coincidió con el arranque de las emisiones de RTVE. Entre los realizadores que trabajaron en televisión durante la dictadura, Moriente llama la atención sobre la figura de Luis Miravitlles —aunque sin detenerse en ninguno de sus programas—, un divulgador que llegó a ser Director General de Promoción del Turismo en 1980 y que estuvo al frente de varios espacios sobre ciencia (Nueva época, 1962; Visado para el futuro, 1963-1965; Las fronteras de la ciencia, 1966; Misterios al descubierto, 1966-1970), además de publicar algunos libros de ellos derivados.
Ya en el periodo democrático, el capítulo 4 se cierra con un análisis de la revista Muy Interesante desde su nacimiento en 1981 hasta 1989. En esa horquilla temporal, el 50 por ciento de los volúmenes de la revista incluyeron contenidos relacionados con la astronáutica y resulta muy revelador el hecho de que el número de artículos y notas sobre el tema se redujese drásticamente a principios de los noventa, coincidiendo con la desintegración del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría. La revista, que alcanzó una tirada considerable y que sigue publicándose en la actualidad, contribuyó a renovar la imagen de la ciencia entre un sector de lectores que buscaba un producto de divulgación tan riguroso como estimulante: “A modo de hipótesis, se puede explicar que una parte considerable del atractivo de la revista, tal vez, resida en lo que habría que distinguir provisionalmente como la expresión gráfica de la astronáutica y, también, la expresión gráfica de la prospectiva que, combinadas, permitían al lector —con toda seguridad, estrategia dirigida a los más jóvenes— contemplar ilustraciones (fotografías, croquis de montaje e interpretaciones artísticas, muy frecuentes en la NASA) mucho más convincentes que las que se localizaban en publicaciones orientadas a la temática fantástica” (p. 194).
El libro se cierra con un capítulo dedicado a El astronauta, la película dirigida por Javier Aguirre y estrenada solo un año después de la llegada de Neil Armstrong a nuestro satélite. En el filme, un mecánico interpretado por Tony Leblanc trata de construir un cohete con el que emular la hazaña lunar de los americanos, para lo cual contará con la ayuda de algunos amigos agrupados en la SANA (Sociedad Anónima de Naves Espaciales). El filme habla del deseo de alcanzar el nivel de desarrollo tecnológico —sus méritos y reconocimiento— de una superpotencia con un arrojo inconsciente y unos recursos muy limitados que obligan a agudizar el ingenio típicamente español. En un final no del todo feliz, cuando el cohete aterriza en el desierto de Almería —en medio del rodaje de un western—, el astronauta se da cuenta de que los americanos ya estaban allí, en ese paisaje lunar, siempre por delante. La tecnología punta —el «potente telescopio»— que el Papa Pablo VI utilizaba para auscultar las interacciones entre el progreso de los humanos y la obra de dios, aparece aquí desacralizada, como un logro que queda fuera de las posibilidades materiales de esos excéntricos españoles, pero que, al mismo tiempo, desencadena una aventura con tintes quijotescos. En esa particular conquista del espacio —almeriense—, el astronauta es una suerte de antihéroe que desmitifica a Armstrong al tiempo que nos ayuda a reírnos de nosotros mismos.
Aunque en ocasiones resulte desigual en la extensión y profundidad con que analiza cada caso, contexto o problema, el recorrido propuesto por Moriente representa un estimulante estudio de los cruces entre la astronáutica y sus representaciones en el terreno de la ficción o la divulgación, en cine, radio, prensa o televisión. Con ello, el libro desborda los límites disciplinares de la Historia del Arte de la que parte su autor, para enriquecerla con aportaciones teóricas y metodológicas provenientes de los Estudios Visuales, la Historia de la Ciencia y los Estudios Culturales. En ese sentido, «España, ¿me reciben?» Astronáutica y cultura popular (1957-1989) constituye una aportación de calado que abre varias vías de investigación en el cruce entre ciencia, tecnología y análisis cultural.