El grabado en Aragón es un tema aparte; un arte de tradición que en esta tierra aragonesa se ampara en la maestría de grandes figuras como Francisco de Goya y que ha ido creciendo y desarrollándose en los últimos años. En este especial entorno encontramos nombres como el de Mariano Castillo, que ahora ha presentado su trabajo más reciente en la zaragozana Galería Aragonesa del Arte bajo el sugerente título “SIN (CON) TEXTO”.
No es, ni mucho menos, la primera vez que este artista nos muestra su obra, pues podemos decir que ya cuenta con una trayectoria de casi veinte años de intenso trabajo exclusivamente dedicado al grabado; dos décadas en las que su mano se ha dejado guiar por la admiración a la obra de los grandes artistas grabadores de la Historia como Durero, Rembrandt y, como no podía ser de otro modo, Goya. Una vida, por tanto, dedicada al grabado o el grabado como forma de vida, ambas expresiones se confunden en la figura de Mariano Castillo, artista cartujano, por ser este barrio zaragozano su lugar de residencia, y solitario, por ser así, sólo con sus planchas, como realiza su trabajo.
Las estampas que se han presentado en esta exposición son un canto a la Historia de la Literatura contemporánea, pues Mariano Castillo se inspira en algunas de las obras cumbre de la poesía y de los grandes autores, especialmente, del último siglo. De esta manera encontramos los Veinte Grabados de Amor, con los que el artista hace referencia a la obra de Neruda, y en los que más que ilustrar cada uno de sus poemas los utiliza como pretexto, se embebe de su esencia y, como diría el chileno, “ebrio de trementina” graba y estampa una serie de imágenes en las que el cuerpo femenino encarna amor, desamor, deseo y desengaño. Se trata de un canto al amor pleno, igual que hiciera el poeta, al recuerdo, la nostalgia y la angustia, tanto por la conquista como por la pérdida, un canto al éxito y al fracaso, a la dualidad de la vida al fin y al cabo. Estas estampas se acompañan además de lo que el artista ha llamado “Una pintura desesperada”, completando así la contraposición que Neruda estableciera entre poesía y canción y que Castillo decide realizar entre grabado y pintura. Se trata de un aderezo para el grabado, pero es un acompañamiento especial pues cada una de las colecciones de veinte estampas contará con un trozo de esa “pintura desesperada”, ya que el artista la ha realizado completa pero después la ha fragmentado, otorgando la calidad de obra múltiple y seriada a la pintura, que por definición es una obra única, y dando a sus grabados la calidad de obra única, cuando por definición forman parte de una serie. De esta manera solamente reuniendo todas las cajas de veinte grabados se podría reconstruir la obra, pero si esto no llegara a lograrse nunca, como parece lógico, cada una de esas cajas contendría un testimonio desesperado de la pintura, una breve huella como constancia de su existencia, como el amor que llega y pasa pero del que quedan imágenes completas en el recuerdo y fragmentos de otras que sólo se completarían con la vuelta de ese amor.
Mariano Castillo muestra además cuatro estampas dobles para las que se inspira en otras tantas obras literarias que, en este caso, abarcan desde la Literatura hasta la Filosofía, pues trabaja el artista con textos de Dante, Kafka, Alberti y Pessoa, textos que hablan de nuevo de amor, pero también de dolor, de cambio y de vuelta al hogar.
No contento con todo esto todavía Castillo ha decidido enseñarnos otra de sus colecciones, la dedicada a los Cuatro Elementos, en la que imperan la sencillez para el mensaje y la liberalización del trazo hasta su total desaparición. Cuatro estampas en las que tierra, aire, fuego y agua se representan de forma individualizada pero con una relación esencial entre sí, como parte de un todo, un todo que es el mundo entendido por el artista en el que la tierra la encarnan inmensos campos arados que reflejan el paisaje del valle zaragozano, el viento acaricia la copa de erguidos cipreses que se resisten a su envite, lucha que tantas veces pudiera contemplar el autor paseando por las calles alrededor de su taller, el fuego es una gran mancha roja, viva e incandescente, y el agua una relajante masa de azul ondulada y fresca. La sencillez como estilo de vida, la calma como filosofía, la música y la literatura como complementos del alma.
Esta no es más que la descripción escrita de una exposición pero su contemplación ha podido evocar en el espectador una oleada de sentimientos variados, siempre apelando a la esencia del ser humano, pues así son los temas tratados por Mariano Castillo, universales y básicos, ahí radica su importancia. La mano del artista sirve en este caso para transmitir sensaciones vitales que ya plasmaran los grandes literatos con su pluma y que el grabador ha querido reflejar a través del trabajo con las puntas, las resinas y los ácidos. Huellas de vivir, marcas del pasado, la impresión del presente y el surco del camino hacia el futuro, todo esto es lo que nos muestra Mariano Castillo, una obra sincera y directa. Las estampas de este creador están sustentadas en un profundo estudio histórico, artístico y literario, así como en un interesante debate estético consigo mismo y con los grandes maestros del grabado. Es evidente, pues, que Mariano Castillo es un hombre sencillo, volcado con honestidad en su trabajo, que vive por y para el Arte, piensa a través del dibujo y habla desde sus grabados.
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| Sueño otoñal (de la serie "Veinte grabados de amor…") | Esbozando deseo (de la serie "Veinte grabados de amor…") | Eolo (de la serie "Cuatro elementos") |
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