María Dolores Gimeno: una aragonesa que en Barcelona se hizo gran ceramista

Esta retrospectiva se ha programado muy apropiadamente dentro del Festival CERCO y también como complemento a la exposición Aragón y las Artes, 1957-1975, que culmina con una sala dedicada al apogeo experimentado durante los años setenta en Aragón por la producción artística cerámica y textil –con significativa representación de mujeres artistas–. También es muy oportuna la recuperación histórica que así hace el IAACC de una aragonesa, nacida en Cariñena en 1940, que a los doce años emigró con su familia a Barcelona, donde se formó en la Escuela Massana y desarrolló una brillante trayectoria como ceramista, cuyo hito inicial fue el Premio Ciudad de Barcelona, que ganó en 1972 con un friso de rostros jóvenes, que es una de las primeras piezas en la exposición, oportunamente mostrado junto a otras obras de curiosa iconografía, como el tótem premiado con segunda medalla en el XIII Salón de Arte de Martorell en 1975. Fue el lanzamiento de una prometedora carrera artística, marcada por referentes inmediatos catalanes, desde sus maestros de la Massana, como Josep Llorens Artigas o Antoni Cumella, a las otras reconocidas ceramistas de su generación como Elisenda Sala, María Boffill, Rosa Amorós, Madola, Magda Martí Coll, etc. Pero también encontró apoyos en el sistema artístico aragonés, pues su primera exposición individual se la organizaron en 1973 la galería S’Art de Huesca y la Gambrinus de Zaragoza, ciudades donde impartió sendas conferencias, tras lo cual volvería en 1975 para montar una importante exposición en la zaragozana galería Berdusán, cuyo folleto-catálogo figura en lugar destacado en la vitrina donde se han reunido muchos otros testimonios documentales y bibliográficos. Es estupendo que su hija Queralt Garriga y María Luisa Grau Tello, conservadora del IAACC, nos la rescaten ahora de un relativo olvido, al que se alude con sentidas palabras en el folleto de mano, donde se califica de agridulce aquel periodo triunfal de la cerámica española moderna, porque las fluctuaciones del gusto nos habían oscurecido el brillo lejano de aquellos triunfos, que a su vez habían prendido cuando ya languidecía la tradicional alfarería popular. Hoy día vuelve a avivarse el interés por la cerámica –con Zaragoza como foco de referencia– y el feminismo nos hace revisar con mayor equidad el canon histórico-artístico, así que parece un momento propicio para que admiremos gracias a esta exposición la creatividad de una artista que bien merecía este homenaje. Me parece entrañablemente simbólico que las comisarias sean una mujer catalana y una aragonesa, ambas de una generación más joven que Dolores o Dolors, pues de las dos maneras llamaban a la protagonista. A mí me ha interesado especialmente contemplar en las paredes alrededor de la sala sus relieves, murales y los bocetos para frisos cerámicos ­–hubiera estado bien poner fotos de los que se llegaron a realizar–  por sus evidentes semejanzas con los esmaltes de Pilar Burges o los murales de Galdeano, Grávalos y Cuní; pero también es muy cuidado el montaje en el espacio central, sobre airosos soportes de diferentes alturas, para poner en realce las piezas moldeadas en torno o a mano. Estas últimas, con sus variadas texturas o materiales, son a veces experimentos muy vanguardistas y otras parecen remitirse a atávicos primitivismos, entre los que creo reconocer influencias de las vasijas ibéricas. La evolución de lenguajes –desde la figuración a las formas abstractas, más dominantes – y de técnicas –sobre todo el gres– queda bien evidenciada en la exposición, cuyo título reivindica el barro como una “materia elocuente” y ese mensaje también se refuerza con un no menos elocuente texto de la artista contra la absurda categorización de “arte menor”.