Por fin ha tenido Ángel Aransay esa gran exposición antológica en la Lonja que se merecía y que llevaba años solicitando. Ha sido un placer poder contemplar una selección tan variada de los temas y etapas por los que ha transitado su prolífica carrera pictórica, y una sorpresa para mí descubrir cuantas obras maestras de este artista, al que tanto admiro, atesoran diferentes colecciones institucionales, lejos de la vista del público. Durante años, eran algunos bares señalados de la noche zaragozana los lugares donde uno podía encontrarse con sus cuadros o, incluso, con el propio autor. En cambio, últimamente parecía un tanto alejado del mundillo local, de las salas de exposiciones y hasta del trabajo pictórico: ojalá este homenaje le anime a volver con nuevos bríos a la escena artística. Él mismo, tan puntilloso en catalogar su obra –hasta el punto de que al firmar y fechar sus cuadros también los numeraba–, ha sido el responsable de la selección, junto con el jefe del Servicio de Cultura, Rafael Ordóñez. Y tanto este último como el crítico y poeta Alejandro Ratia han escrito dos excelentes ensayos en el exquisito catálogo de la exposición, que ha merecido el premio AACA 2012 a la mejor publicación sobre arte contemporáneo de autor o tema aragonés.
Ahora bien, como es natural, tanto este libro como la exposición se centran en Aransay, con lo cual el efecto de conjunto resulta menos impresionante. Quizá porque este pintor tan fiel a sí mismo puede ser el peor enemigo de su propio éxito considerándolo de manera individual; mientras que, en cambio, sus cuadros destacan y se reconocen en seguida en compañía de otros. Le pasa un poco lo mismo a Guillermo Pérez Villalta, quien consagró en la movida madrileña de los ochenta este tipo de erudita pintura figurativa tan manierista, cuyo epítome en la movida zaragozana fue nuestro Aransay. Pero mientras que en Madrid ya llevan no sé cuantas publicaciones y exposiciones retrospectivas dedicadas a la famosa movida en sus diferentes manifestaciones culturales, en Zaragoza nos falta todavía un estudio de conjunto y una muestra colectiva, donde Aransay reinaría como una figura estelar.
A escala internacional, en aquella época el gran valedor de una Transavanguardia manierista que tantos puntos tenía en común con las pinturas de Aransay, fue el crítico italiano Achille Bonito Oliva, ahora más interesado en artistas muy personales, inclasificables y malditos. Algo de eso tiene también nuestro artista, aunque le falta el perfil cosmopolita que tanto gusta al profesor de la Sapienza. A mí, en cambio, me fascinan algunos pintores modernos que, lejos de las grandes capitales artísticas, han sabido construir su propia fama desde el discreto encanto de una ciudad provinciana: como Morandi en Bolonia o Casorati en Turín. Ojalá tengamos pronto algún museo o espacio institucional donde los turistas llegados a Zaragoza queden admirados por el descubrimiento de cuadros de Aransay u otros dignos protagonistas de nuestra vida cultural en los últimos decenios. Se lo debemos.


