Maiky Yardsale: Arqueologías Contemporáneas

A veces es imposible desprendernos de ciertos objetos cotidianos, aunque sean en sí mismos, insustanciales. Asociamos a ellos experiencias vividas en las que han estado presentes y, de forma silente, tienen la capacidad de devolvernos sensaciones pasadas. Podríamos reescribir la historia del ser humano a través de su relación con los objetos, así lo defiende, desde hace décadas, la arqueología social. Además, a partir de los años ochenta, han ido desarrollándose las denominadas arqueologías de lo cotidiano, aquellas en las que se presta especial atención a los vínculos con lo objetual y a cómo esas relaciones construyen una identidad. Entonces, ¿cómo serían las arqueologías de nuestras vidas? MaikyMaik parece partir de una pregunta similar a la hora de plantear su exposición: Maiky’s Yardsale, Arqueologías Contemporáneas, su segunda muestra en la galería Antonia Puyó, celebrada en la pasada primavera.

Maiky Maik es el nombre artístico de Miguel Solans (Zaragoza, 1990), creador dedicado fundamentalmente a la pintura e instalado en su Zaragoza natal. Micky, como le llaman sus amigos, ha pasado por Barcelona y por Berlín. Actualmente tiene su estudio en la capital aragonesa, espacio que protagonizó un simpático vídeo en la serie Viaje de estudios, de los divulgadores culturales Esto no es un museo.

En esta exposición, y en el trabajo de Miguel Solans en general, se ponen en juego ciertas dualidades como la de lo real y lo onírico o la oposición entre lo cercano y lo exótico. En algunas de sus pinturas uno cree reconocer a personajes auténticos, llevados al lienzo a través de recuerdos: una mujer fumando o un hombre descamisado bebiendo un café con la mano posada sobre su perro. En cambio, otras imágenes se adentran en la ensoñación, sin dejar por ello de tener un cierto amarre en la cultura visual contemporánea. Por ejemplo, el delicado cartel de la exposición, encabezado por su característica tipografía, reproduce una de sus obras más evocadoras. En ella pueden reconocerse algunas figuras extraídas de la enigmática película soviético-armenia El color de las granadas, dirigida por Sergei Parajanov en 1969. Micky utiliza esos personajes recostados, adormecidos al ritmo de la melodía tañida por los músicos y los sitúa junto a una estilizada arquitectura oriental. Así, si en otras ocasiones su arte parecía beber del western, en esta exposición lo soviético tiene su lugar a través, también, de la presencia de los ushanka, esos tupidos gorros de piel que rápidamente asociamos al imaginario de lo siberiano. Otro de los objetos que ocupa un espacio importante en la exposición y que nos resulta más cercano es la máscara. Así se aprecia en una de sus pinturas, en la que muestra un duelo entre dos enmascarados, una imagen que resulta inquietante a pesar de sus colores brillantes y que me recuerda a ciertos enmascarados de José Gutiérrez Solana. Encontramos la máscara, el cenicero, una bandeja metálica o un sifón antiguo de la marca de gaseosa zaragozana Konga, objetos con los que cualquiera podría toparse en los rastros, que, según reza el texto expositivo de Victoria Rivers, son “el escenario de sus aventuras, donde los objetos se apilan y cada regateo se transforma en un poema inacabado”.

Micky, creyente animista, rescata de los estratos del olvido esos objetos, esos testigos de la arqueología de cada uno de nosotros y les devuelve una dignidad. Así, en mitad de la galería sitúa una instalación con materiales de diverso tipo: una máscara, varios jarrones, un instrumento de cuerda. Fue la artista zaragozana Julia Carbonell la que diseñó esta instalación. Sus objetos parecen ser un recordatorio visual de lo que vemos en sus pinturas, que estaría allí para susurrarnos que los sueños parten de una realidad, de una experiencia concreta.

Entrar en esta exposición es acceder a un lugar nuevo y al mismo tiempo conocido; es agradable reconocer en estas pinturas a un artista que ha sabido crear un lenguaje inconfundible, una estética que, partiendo del expresionismo y de la figuración naíf, ha generado un estilo que atrae e inquieta, unas imágenes que se comprenden y que, al mismo tiempo, parecen guardar un secreto.

Creo que los pequeños relatos, los objetos comunes, las historias cotidianas, albergan en sí el valor de retratarnos de la forma más certera, como individuos y como seres sociales. Es más sencillo reconocerse en ellos que en la gran retórica de lo espectacular, que es lo que parece primar actualmente, desde los discursos políticos hasta la gestión y la programación cultural —que no deja de ser política—. El arte de Maiky Maik hace una arqueología de nuestras vidas y nos reconcilia con el valor de lo cotidiano y de lo pequeño.