Virginia Woolf afirmó: Me atrevería a aventurar que “Anónimo”, que tantos poemas escribió sin firmar, era a menudo una mujer. Sobre esta premisa que reivindica la desigualdad que durante muchos años ha sufrido la mujer se asienta el discurso propuesto en la exposición sobre Luisa Granero. Las artistas a menudo soportaron el oscurantismo y menosprecio de una sociedad fuertemente masculinizada, que dejó a un lado las miradas propuestas por sus creadoras. La tendencia, sin embargo, se ha revertido en fechas recientes, sacando a la luz propuestas innovadoras, diferentes y sobre todo complementarias, apostando por una Historia del Arte que no discrimine por razones de sexo.
“Luisa Granero. La fuerza de una mujer” supone una pieza más de este puzle todavía incompleto, en el que poco a poco van teniendo mayor visibilidad la labor desempeñada por aquellas artistas que decidieron desafiar los cánones establecidos. Con motivo del centenario de su nacimiento, el Ayuntamiento de Zaragoza rinde homenaje a una escultora clave durante la segunda mitad del siglo XX. Primera catedrática de Escultura en España, durante la posguerra reivindicó con determinación su labor en un país donde la miseria se había propagado por cada rincón del territorio. El recorrido de la muestra es un viaje a través de una vida marcada por el arte, la lucha y el esfuerzo de una mujer que, sin duda, ha dejado huella a través de sus obras.
Mientras recorre las tres salas en las que se dispone la exposición el visitante va descubriendo las líneas maestras que articularon la producción de la creadora, unos pilares en los que jugó un importante papel su propio periplo personal. El denominado como Acto I recoge sus orígenes, mostrando las duras condiciones que atravesó en la Barcelona de los años cuarenta –Muchos días tengo que pasar con una sola ración de lo que sea: naranjas, plátanos maduros o pan. A veces no tenemos ni para comer […] Pero el arte está siempre presente en casa-, así como su formación, en la que jugó un papel fundamental, cuando se matriculó en la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona, el escultor Lluís Montané. Allí aprendió el oficio mientras trabajaba como modelo para poder sufragar sus estudios. El Acto II se centra en “La artista y su obra”, incidiendo en las dificultades que, sobre todo al principio y a pesar de los reconocimientos y premios que iba obteniendo, atravesó por ser mujer. Son los instantes en los que comenzó a trabajar la escultura monumental, primero como discípula, luego como artista independiente, de la mano de los maestros Otero, Monjo y Llauradó. Una faceta poco común, que le otorgó un enorme éxito a nivel nacional e internacional gracias a obras como las fuentes del Palacete Albéniz (Barcelona), el Genio de las Islas (Palma) o Fuente de las Aguadoras (Zaragoza).
El Acto III sirve para hablar de su vertiente académica, su periplo hasta convertirse en la primera mujer catedrática de Escultura en España y su amor a lo femenino. Las piezas que se muestran en la exposición -la mayor parte de ellas pequeñas esculturas, pinturas y bocetos, acompañados de fotografías y vídeos- inciden en el importante papel que otorgó a la figura de la mujer, predominando en sus creaciones el desnudo y la maternidad. Un estilo muy vinculado con la renovación que había propuesto el noucentisme y sobre todo con la idea de “mediterraneísmo”, una búsqueda del ideal clásico basado en el orden, la serenidad. Una muestra sencilla pero al mismo tiempo poderosa, donde se rinde homenaje a la figura de Luisa Granero a través de una exhibición respetuosa y cómplice con el espíritu valiente y entregado que siempre caracterizó a la escultora catalana.