¿Hasta qué punto nuestras vidas pueden ser dirigidas por un sistema genérico? La política del capital en la que, desde niños, se nos adoctrina asume la responsabilidad de mandarnos a todos a un fallecer invisible e indigno. Nosotros, los ciudadanos, los urbanitas, los fruteros y granjeros, los que contribuimos con unos mínimos al Estado, acariciamos ilusos la falsa magia del dinero que tantos caprichos promete, obteniendo a cambio de nuestro trabajo un éxtasis tan fugaz como el cruce de miradas entre dos personas que caminan aprisa por la Gran Vía madrileña. Si algo interesante se pudiera extraer del mimado arte actual, eso es Hospicio de utopías fallidas de Luis Camnitzer. La estética se rinde, la forma se humilla, los sentidos se aburren y las puertas de una fresca manera de percibir el arte se nos abren de par en par, al llegar a la tercera planta del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Allí nos recibe Camnitzer, alemán de nacimiento que fue criado en Uruguay, a quien a lo largo de su fructífera trayectoria profesional como crítico de arte, pedagogo, ensayista y comisario (entre otras ocupaciones), le han ido asaltando las cuestiones que más ahondan en las capas de nuestra globalizada sociedad. Gran ponente en temas como política y economía social, neoliberalismo, participación ciudadana y educación inclusiva, destapa con la suma de estos conceptos una obra que gana en contenido y actitud, frente a su forma o atractivo visual.
La exposición que aquí se comenta forma parte de la programación -salto de año- del M.N.C.A. Reina Sofía junto con otras interesantísimas muestras como Detrás de la puerta, invisible, otra puerta de Dorothea Tanning (hasta el 7 de enero) o París pese a todo, Artistas extranjeros 1944-1968 (hasta el 22 de abril).
Cuando uno se tiene que mudar a la ciudad dejando atrás un entorno familiar, tranquilo y saludable como puede ser un pequeño pueblo con su arroyo y pajaritos, experimenta lo que podemos denominar como una “caída al vicio de la saturación”. Las generaciones que cerramos el siglo XX e inauguramos el siglo XXI integramos en nuestra tabla de necesidades debido a la supervivencia aspectos des-humanizadores, que por ende inhiben naturalezas tan consustanciales como el altruismo, la empatía y la cooperación. Estos aspectos rebasan incluso a la propia personalidad de un individuo maduro que puede ver su estilo conductual transformado en aquello que la sociedad de masas le exige, quedando en ocasiones como un subproducto cultural con funcionalidad preprogramada. La amabilidad por la que un día él destacó, es ahora reprimida cuando presencia un robo o le saludan con mero interés comercial, en lugar de por una inclinación hacia su persona. Acostumbrado a correr en amplitud y respirar aire que no provenga de la axila de la señora de al lado en el semáforo, con las marismas humanas de las grandes avenidas nuestro protagonista se siente pequeño e infravalorado. Acabamos por no ser nadie.
Con esta mortal cosificación de una persona cual materia vendible del mercado en una sociedad capitalizada, veremos aplicados los antecedentes de este y los anteriores temas en una muestra expositiva de tintes políticos que rinde homenaje a la extensa carrera de un curtido artista, que no por ello se siente mejor que ningún otro que acabe de empezar.
Con piezas como Lección de histora del arte, lección nº 1 (2000, instalación audiovisual de diez cuerpos), se nos muestran unas proyecciones en blanco que, por mucho que se oiga que la imagen cambie, continúan sin contenido alguno. En este caso podemos hablar de una burlesca diatriba hacia las clases de historia convencionales donde todo está ya escrito y la intervención crítica del estudiante prácticamente se reduce a 0, o lo que es lo mismo, a memorizar y escupir. Ello nos lleva a reflexionar sobre un programa educativo cuantitativo que agrava la individualidad insistiendo en una motivación basada en la competitividad, en lugar de apostar por una asimilación de contenidos horizontal donde todos nos construyamos entre todos. Estas diáfanas proyecciones ofrecen al espectador un lienzo en blanco en el cual escribir con la pluma de la imaginación su historia, la historia de sus abuelos, las vivencias de su hermana… Verídico sea pues, que hoy en día con los superhéroes, el ideal del empresario exitoso, las clases sociales y las monarquías modernas, se nos vende la imagen de un individuo que puede tener más valor que muchos, y por tanto, nos creemos con la capacidad de llegar por nuestro empeño y esfuerzo individual a tales metas, cuando lo cierto es que ello no es más que una medida controladora más para mantener al pobre débil y al rico fuerte. Camnitzer, de igual modo con las piezas pertenecientes a la serie Cuaderno de ejercicios (2011-2017), se reitera no sólo en revelar la falta del papel activo del público para/con la producción de la obra, sino también la decadente acción ciudadana en barrios gobiernos municipales, precisamente por el desconocimiento en los derechos y la fuerza colectiva del pueblo.
-¿Podemos escribir?
Preguntó con voz temblorosa una pareja de espectadoras al personal de sala. Acto seguido leyeron las indicaciones con las que el artista invitaba a intervenir, y cogieron uno de los lápices que colgaban de la pared contribuyendo a completar la pieza mural.
En la definición del arte de hoy, en la sociedad capitalista, arte y objeto de arte son sinónimos, y no permite ver el arte como una forma de actuar. Solamente lo reduce a una forma de producir. Una forma de producir no va ha transformar a la sociedad, una forma de actuar tiene una posibilidad de hacerlo.
Luis Camnitzer
Para este reivindicativo autor conceptual, el arte tiene y ha de tener una función eminentemente educativa hasta el punto de ser, como él mismo dice, “arte y educación (…) casi la misma cosa”. Las piezas El aula (2005), Insultos (2009) y El museo en la escuela (2009-2018) también son ejemplos de ello. La exposición finaliza con la producción más reciente del artista, de un mensaje esperanzador que nos dejó a todas con una renovada ilusión por hacer de nuestras vidas una experiencia artística más, y de igual nivel que la de un museo con la que disfrutar sin comparaciones ni competiciones.