Caminar es una manera de ser conscientes de nuestra existencia y de nuestro yo más íntimo. Cuando caminamos, nuestro organismo despliega toda una coreografía de movimientos musculares y estímulos que el cerebro coordina de forma intuitiva y espontánea. Todos los sentidos se activan, todos son necesarios para desarrollar una actividad que nos obliga a coordinar respiración, ritmo y equilibrio. No hay mejor ejercicio de introspección para tomar conciencia de nuestra escala respecto al universo y a nosotros mismos.
Nuestros pasos y nuestra velocidad de desplazamiento nos recuerdan nuestra insignificancia; el suelo que pisamos nuestra dependencia de la Tierra; el aire que respiramos nuestra vulnerabilidad; los escenarios que inundan nuestra mirada la fortuna de ser parte de la Naturaleza.
Los antropólogos sostienen que comenzar a caminar erguidos fue lo que nos hizo humanos. Nuestro caminar tiene, además, un componente genético que nos identifica con nuestros padres. Las posturas y la forma de movernos también se heredan.
Por otro lado, caminar ayuda a mantener la salud de nuestro cerebro y favorece la liberación de endorfinas que inhiben las neuronas base del estrés y las preocupaciones. Podríamos decir que, al caminar, nuestro cuerpo y nuestra mente encuentran su estado ideal de funcionamiento. Un viejo proverbio oriental sostiene: “desconfía de las decisiones que no hayas tomado caminando”.
Tal vez por todo ello, algunos artistas han adoptado el caminar como el fundamento de su programa estético. Es el caso de los británicos Hamish Fulton (Londres, 1946) y Richard Long (Bristol, 1945) que se conocieron en la St. Martin’s School of Art de Londres en 1966. Ambos huían de la herencia del vanguardismo y de la mercantilización de la obra de arte y en el caminar encontraron una respuesta a sus inquietudes. Para Fulton, caminar es una experiencia, es una forma artística de pleno derecho. Pese a estar enmarcados en movimientos como el arte conceptual o el land-art, Fulton se declara un paisajista y Long defiende el concepto de realismo en su obra.
La obra de Fulton es, ante todo, la acción de caminar. La crónica de sus caminatas las traslada a libros de artista que se convierten en cuadernos de bitácora. Long hace hincapié en que el significado de su obra radica en la visibilidad de sus acciones y no en la representación de un paisaje en particular. Sus intervenciones materiales en determinados puntos de sus recorridos tienen su complemento en las instalaciones que realiza en espacios de arte con materiales como piedras, barro, agua, fotografías o textos.
Movidos por esta concepción del arte, compartieron caminatas de costa a costa de la Península Ibérica en 1989 y 1990. Fulton realizó tres más en solitario en 2001, 2003 y 2004, desde el Atlántico al Mediterráneo, desde Cádiz hasta el Cantábrico y desde el Mediterráneo al Atlántico. Por último, en 2005 diseñó una caminata en espiral desde Finisterre hasta Toledo, pasando entre otros puntos, por Teruel.
De haber conocido a Lucía Villarroya, Fulton se hubiera desviado hacia Albarracín para compartir con la artista turolense su misma pasión por el caminar y la naturaleza.
A diferencia de los dos artistas británicos Lucía ha centrado sus caminatas en un enclave concreto: la sierra de Albarracín, con la que la artista mantiene una estrecha vinculación.
El paisaje de los pinares del Rodeno ha sido el escenario natural de la experiencia vital de Lucía, como los largos paseos con su padre, los recorridos por el bosque disfrutando de los cambios en las distintas estaciones o la recolección de rebollones y setas al llegar el otoño con su familia. Una comunión con la naturaleza apoyada en el caminar lento y despreocupado en el que la sensación de paz y la exultante pulsión de vida de cada rincón del bosque actúan como un bálsamo para el espíritu de la artista.
En su exposición Rodeno. La poética del paisaje, Lucía nos invita a caminar con ella por esta arcadia de la que se siente parte. Un paisaje convertido en ritmo interno y propio de la artista, como expresara el poeta Rainer María Rilke en una carta de 1913 durante su estancia en la localidad malagueña de Ronda: “Existe en mi naturaleza una gran facilidad de confundirme con la otra Naturaleza, la grande, aquella que otorga la felicidad a estas bellas cosas”.
Convertido en su particular estudio, los pinares de Rodeno proveen a Lucía de los materiales con los que realiza su trabajo. Acículas, simientes y cortezas de árboles pasan a formar parte de sus obras tanto en la cerámica como en los grabados, las dos disciplinas que la artista domina, fruto de su doble formación en la Escuela de Cerámica de Manises y en el Grado de Bellas Artes de la Universidad de Zaragoza, respectivamente.
Dos disciplinas que tienen en común un complejo componente técnico y una buena parte de cocina o alquimia que Lucía ha llegado a controlar, confesando su querencia por el carácter procesual de la investigación y el trabajo en el taller de ambas, que le reporta tantas sorpresas como satisfacciones.
Uno de los motivos de inspiración de la muestra son los Anillos de Liesegang, un fenómeno geológico de formación de bandas o anillos concéntricos causados por la precipitación rítmica de fluidos saturados en las rocas, que ha fascinado a la artista desde que los descubriera en uno de sus paseos.
Para su estampación en los grabados, Lucía reproduce sus formas creando unas planchas de madera en las que modela las texturas. Luego las entinta e imprime con mucha presión en una prensa calcográfica, sobre papel de algodón artesanal hecho a propósito para este trabajo. El resultado es un grabado matérico, muy experimental, más cercano al bajorrelieve que al grabado.
Los Anillos de Liesegang se reproducen en cerámica mediante planchas de gres blanco modeladas a mano y cocidas con la técnica del Pit Firing, uno de los métodos más antiguos de cocción, en contacto directo con el fuego, que está en el origen del proceso de elaboración de la cerámica. Con esta técnica se obtienen reacciones químicas y efectos inesperados entre el fuego, el barro y los materiales que se han incorporado sobre él.
Por último, un conjunto de cerámicas en vertical reproduce un fragmento de pinar realizado con planchas de arcilla que incorporan el registro de elementos del bosque como hojas, semillas, cortezas, etc., realizadas en gres rojo chamotado decorado con óxidos y colorantes cocidos a 1280º.
El resultado de este recorrido por el universo estético de Lucía Villarroya es una experiencia que convierte a los pinares de Rodeno en el paisaje interior de la artista, en un proceso en continua construcción que es un canto a la naturaleza, a la vida y a los conocimientos acumulados a lo largo de muchos años de caminar lenta y despreocupadamente.