El Museo de Bellas Artes de Bilbao ha acogido durante el verano y parte del otoño, una muestra de fotografía y vídeos relacionados con la familia Zubiaurre, especialmente con sus dos miembros más célebres, los hermanos Ramón y Valentín, importantes representantes del regionalismo pictórico vasco. A grandes rasgos, lo que encontramos es una pequeña selección de una colección mucho mayor, pero que ilustra a la perfección la fotografía en su sentido social y familiar, unos usos modernos de este medio tecnológico que posteriormente irían popularizándose, a medida que la fotografía se fue abaratando y la clase media pudo acceder a ella. También es interesante la idea de relato presente en gran parte de las imágenes fijas, acompañadas de comentarios escritos en los márgenes. Décadas más tarde, esa pulsión narrativa cristalizaría en las breves películas grabadas por Ramón y Valentín.
Los Zubiaurre fueron una familia de origen vasco, descendiente de la localidad de Garay en Vizcaya, donde pasaron buena parte de sus periodos de vacaciones. Sin embargo, su residencia habitual se encontraba en Madrid desde que el padre Valentín de Zubiaurre Urionabarrenechea consiguió una plaza de compositor en el Palacio Real de Madrid. Este condicionante, además de la circunstancia de que ambos hermanos eran sordomudos, debió marcar intensamente su producción artística, siempre impregnada de una cierta melancolía por los tiempos pretéritos y por sus queridas tierras vascas, que tanto añoraban desde Madrid. Por sus fotografías y vídeos desfilan amigos y miembros de la familia como Pilar de Zubiaurre, hermana de los pintores, muy interesada por el arte y la música.
La exposición aparece dividida en varias salas: la primera se dedica a la familia y a la formación de estos artistas, la segunda a los viajes, la tercera a las ficciones, la cuarta y la quinta a la fotografía y al vídeo de inspiración vasca y la sexta a la pintura. Todas ellas demuestran unas inquietudes comunes a las de otros intelectuales de la época, con paradojas como la reivindicación de lo local a través del regionalismo vasco y los continuos viajes por el extranjero desarrollados por la familia. En estas imágenes es posible apreciar la posición burguesa de los Zubiaurre, siempre interesados por los viajes, el patrimonio y el ocio propio de su clase social, como atestiguan los baños de mar en elegantes casetas de telas de colores, típicas del norte de España y de los balnearios marítimos franceses.
Alberga un gran interés la sala dedicada a las ficciones. En ella se representa la afición familiar a contar historias, creando ficciones alusivas a su tierra de origen, retratando su visión particular del mundo a través de la ficción. También las salas destinadas a la exposición de obras sobre el País Vasco revelan la que fue la mayor pulsión en el arte de los Zubiaurre, la presencia continua del paisaje vasco, siendo protagonistas de estas escenas los bosques, los prados, las flores y la costa. Todos ellos albergan una profunda carga simbólica. Las gentes y los paisajes vascos son los protagonistas indiscutibles de esta exposición, en cuyas fotos no faltan los guiños cómicos a través de trampantojos y de juegos visuales. Se aprecia además un claro sentido de ordenación, pues las fotografías relativas al País Vasco fueron recogidas en cuatro álbumes de fotos organizados por los hermanos Zubiaurre.
Desde el punto de vista técnico, las imágenes expuestas se alejan del carácter amateur que este tipo de fotografía solía tener entre la burguesía. En muchas de ellas se aprecia un auténtico propósito documental, desde la intención de retratar formas de vida en vías de desaparición, hasta el sencillo álbum de fotos de vacaciones de una familia burguesa, testimonio de primera mano de sus aficiones y de su vida cotidiana.
La museografía de la muestra acompaña bien la exposición de los contenidos, siendo especialmente interesante la proyección de las películas en grandes superficies de pared blanca, marcando en todo momento la distancia y al mismo tiempo la relación entre estos vídeos de finales de los años 20 y 30 y las fotografías ejecutadas durante la juventud de los Zubiaurre. También resulta interesante la última de las salas de la muestra, la dedicada a la pintura de los hermanos Zubiaurre. En ella se hace patente cómo la práctica fotográfica y pictórica compartieron temas, inquietudes e incluso ciertos rasgos formales.
También habría que señalar cómo el Museo de Bellas Artes de Bilbao ha apostado por descentralizar la exposición, llevando una selección de obras a la iglesia de San Juan Evangelista de Garay.
En definitiva, se trata de una muestra de gran interés para comprender una faceta poco conocida de esta familia de artistas vascos, siendo loable la generosidad de la familia Zubiaurre que ha legado estas imágenes al Museo de Bellas Artes de Bilbao.