No ha debido ser fácil, juntar la obra de Andrew y JamieWyeth, para ver y comparar como trabajaban y como abordaban la creación artística. Sólo una institución como el Museo Thyssen Bornemisza podía reunir casi 70 obras procedentes de colecciones públicas y privadas. La muestra se centra en el proceso más que en la obra acabada de ambos artistas. A pesar de compartir la misma sensibilidad, haber sido niños prodigio, haber metido miles de horas, para poder dominar el oficio, y encontrar el universo que querían mostrar a los demás. Lo cierto es, más allá de las diferencias estilísticas que a primera vista los separaban, lo que conecta a padre e hijo, por igual, es la utilización de sus extraordinarias competencias técnicas para expresar la sensibilidad personal. Esto es, transformar la destreza técnica en creación artística, poniendo a su servicio los materiales y las técnicas empáticas del Método y de la atenta observación.
A partir de los quince años Andrew se educó en casa, como si fuera un aprendiz de su padre, quien siguió con el inquieto principiante un programa no muy distinto de los que se enseñaban en las clásicas academias de bellas artes a finales del siglo XIX. Durante sus años de formación, Andrew aprendió mucho adoptando algunos recursos estilísticos generales de otros pintores. “Nunca quise añadir más cosas al entorno en el que pintaba. Todo lo que necesito es una habitación y un caballete, y el entorno en el que estoy trabajando. Necesito cierta informalidad, cierto desorden casi. Necesito tener a mano mis dibujos, esparcidos a mí alrededor. Mi estudio es el lugar en que trabajo, dondequiera que trabaje, dondequiera que esté. Tengo por todos lados dibujos, estudios y cuadros. Me gustan los cabos sueltos. Forma parte de mi creatividad”, afirmaba el artista en algún medio de comunicación. Jaime, en cambio, como miembro de una dinastía de artistas -su tía Carolyn también lo fue-, caracteriza su propio genio, en la búsqueda de incongruencias, desconexiones y sutilezas. Sus composiciones son como fotografías accidentales pero cargadas de significado. Durante sus años de aprendizaje trataba de alejarse de su padre, desarrollando una manera propia y personal de hablar de su arte y sin embargo padre e hijo, coinciden una vez más, en el tratamiento similar al de cualquier otro objeto, que le otorgan a la figura humana. Ni uno ni otro han querido que se les identificara con ningún método, estilo o escuela pictórica. ¿Dónde deberíamos situar la obra de los dos artistas, dentro del la historia del arte americano?. ¿Realismo mágico?, ¿Surrealismo americano?, ¿”nuevo realismo”?.
El diálogo entre los dos pintores está presidido por el respeto mutuo, Andrew utilizando sus recursos formales para la introspección, en cambio Jamie, más inclinado a la extroversión. Al mismo tiempo, las obras de ambos artistas siguen cautivando, generación tras generación de espectadores, a pesar de los temas enigmáticos y las composiciones rebuscadas. En definitiva, la obra de los Wyeth es en sí misma, un universo expandido donde poder ver sus imágenes a través de nuestra propia imaginación