La fascinación que siempre ha suscitado el coleccionismo, sea del tipo que sea, pero más centrado en el arte, ha dado miles y miles de páginas sobre posibles teorías. Cicerón afirmaba que un coleccionista es: “un reunidor de todo un poco que expresa inequívocamente la necesidad de control sobre un aspecto de nuestra realidad privada, un modo de autoafirmación”, en cambio, para el doctor Vallejo-Nájera, el coleccionismo es tratado como una “patología sana”. Mientras que para el poeta Gerardo Diego, esas obras, esos cuadros coleccionados: “rescatan al individuo de su época, permitiendo conectar a través de las expresiones, atuendos y escenarios donde representaron su papel los protagonistas del cuadro con un tiempo pasado”. Sea como fuere, el hecho de que un coleccionista, enseñe, se desprenda, de alguna manera, de “parte de su tesoro”, para mostrarlo a la sociedad es en sí, una síntesis de lo que debería ser un ciclo vital, para el arte.
Los artistas y coleccionistas Eduardo Laborda e Iris Lázaro, han adquirido durante muchos años, pintura, en la mayoría de los casos, de autores aragoneses, entre el XIX-XX. Muchas de esas obras, se pudieron ver, en el libro realizado por el propio Laborda, para la editorial Onagro, titulado: Zaragoza. La ciudad sumergida; Una selección, de cuarenta y uno cuadros, todos ellos datados entre los años 1860 y 1963, se pueden ver, en el Museo Pablo Gargallo. El rostro del tiempo. Aproximación al retrato en Aragón, que así se titula, es en sí, un ensayo, un manual del buen retratar, podríamos llamarlo más bien, sobre lo que se hizo en nuestra tierra, en los dos últimos siglos. Desde los discretos, pero bien ejecutados, retratos al carbón, de finales del siglo XIX, entre los que destacan el de Josefa Valls, o los de Fierro Castellana, un desconocido para la gran mayoría, pero de una calidad, y poder de trazo, inmejorables. En cuanto al retrato decimonónico, a la pequeña, pero floreciente burguesía aragonesa, que empezaba a mostrar su mecenazgo, a través del retrato familiar, destacamos dos autores turolenses. Juan José Gárate, con un desconocido, y rescatado para la catalogación de su obra, retrato de su prima Josefa Clavero, muy del gusto de la época, y aunque de pequeño tamaño, de lo mejor de su primera producción, de retratos, tras volver a España, después de haber pasado sus ocho años, becado en Roma. El segundo retrato seleccionado, es el de Luís Berdejo, retrato duro, fuerte, pero no exento de la calidad suficiente, de un artista poco recordado, y aún menos conocido. Desde luego, la señora de avanzada edad, que mira a espectador, así quiso aparecer para la posteridad. Tampoco podemos olvidarnos del autorretrato de Salvador Escolá, de gran belleza y personalidad, ni de los dos retratos de su esposa, María Sabaté, el realizado en 1883, de espléndida calidad artística, y de ejecución, tanto de color, como del dibujo. Por último, destacar el autorretrato de Marín Bagües, fechado en 1927, no sólo por la calidad, e importancia que tuvo en su día, cuando salió a la luz, en una gran exposición, sino, por el cariño que los propietarios de la obra tienen sobre la misma.