Dos exposiciones en la galería Cristina Marín. El grafitero Gejo de Sinope, 6 de febrero al 4 de marzo, titula a su exposición Me parece Magic Johnson, al servicio de dibujos, esculturas y cuadros, que podemos definir como impactantes, espectaculares e imaginativos.
Los muy numerosos dibujos siempre verticales, tamaño holandesa, ocupaban el centro de la primera sala, pero colocados uno encima del otro hasta el techo de unos seis metros, de manera que también había una escalera para comprar y llevar, sin más, con lo cual iban quedando fascinante huecos en dispares lugares durante el período que duró la exposición. El tema único, de máxima variedad formal, es un peculiar rostro con predominio total de la línea, que adquiere máxima entidad por su expresionismo a tajos, muy potenciado por los ojos que reflejan dispares situaciones anímicas, como tristeza, asombro, alegría o ira.
Las esculturas, en menor número y de pequeño formato, estaban colocadas en el centro de la primera sala, frente a los dibujos, sobre una mesa. De madera y forma vertical con sus cuatro planos bien delimitados. En cada uno, sus singulares rostros impecablemente acoplados, de modo que expresión y racionalidad, por los cuatro planos, se conjugan sin problemas con altas dosis atractivas.
Quedan numerosos cuadros de muy dispares tamaños, algunos de gran formato, pintados entre 2013 y 2014. Sus dos características principales son los citados rostros, siempre atractivos, cambiantes y uno por cuadro, que adquieren máxima espectacularidad por los poderosos e impactantes colores muy bien combinados. A partir de aquí súmese, cuando procede y en diferentes obras, la incorporación de palabras, coches de la policía, edificios para crear un paisaje urbano en varias obras, un corazón con alas cual amor volando hacia ese destino concreto, esqueletos, una bomba de antaño por la mecha, rostros encapuchados cual presencia amenazadora y naves espaciales. Un cuadro y un políptico adquieren otra singularidad. El cuadro, de formato cuadrangular, consiste en numerosos cuadrados de escaso tamaño, que desde cierta distancia parece una abstracción geométrica, lo que es, siempre perturbada por la incorporación en cada uno del típico rostro. En el políptico, cuatro cuadros cuadrados, tenemos diferentes colores difuminados para crear la adecuada atmósfera, que se perturba por la incorporación de numerosos rostros medio abstractos de gran impacto visual y con el correspondiente toque misterioso.
Obra, vista en conjunto, muy bien resuelta con absoluta personalidad, que adquiere un toque de majeza por el palpitante rostro que jamás cansa y por la incorporación de dispares elementos para multiplicar el significado.
El pintor Javier Remírez de Ganuza, 13 de marzo al 10 de abril, nacido en Logroño el año 1980 pero viviendo en Zaragoza desde 2000, presenta una exposición con gran riesgo por un color muy poderoso y variado, de ahí su impacto visual y condición expresionista si, encima, añadimos el juego formal, que siempre resuelve como si ambas facetas nacieran de su interior con impecable fluidez. Color que adquiere su máxima categoría cuando incorpora algún plano medio oscuro. Se aprecian dos direccione dentro de su generalizado dinamismo. En la primera dirección tenemos un ámbito figurativo con la incorporación, por ejemplo, de aves y un rostro que refleja cierto horror, impactantes y dramáticos rostros, un caballo como único tema, dos manos sujetando cada una un cuchillo y abajo un rostro y rostros diluidos como si cada vida acabara sin posibilidad de ser. En la segunda dirección tenemos abstracciones expresionistas que atrapan sin descanso, como si fueran una especie de torbellino capaz de engullir al espectador. Emerge, en ocasiones, una especie de vida naciente aniquilada.
A estas alturas, vistas ambas direcciones, la abstracta y la figurativa, podemos asegurar que conviven sin problemas pues se detecta que todo procede de la misma mano. Pero también cabe pensar que el expresionismo abstracto nace con tal fluidez vía torbellino, como un vómito controlado, que sería aconsejable su única dedicación hasta un hipotético cambio. En definitiva: el propio trabajo marcará cualquier alternativa o la continuidad sin fisuras.
En la galería Demodo Gráfico, 1 de marzo al 6 de abril, el pintor Carlos López, nacido en Tudela, expone Paisajes esenciales, con 26 cuadros bajo títulos como Ciudad, I al VI, Esparto, Llanura, Orilla del Ebro, I y II, Llanura en blancos, Llanura en grises, Viñas, I y II, Campos de cultivo, Pino solitario, Camino, Mar o Tormenta de verano, que ofrecen una exacta idea sobre los temas.
Estamos, por lógica, ante dos planos para tierra y cielo, a veces, tierra, agua, tierra, cielo, y colores ocres dominantes pero con incorporación de otros, como los verdes, para ofrecer máxima variedad. Siempre recordando las precisas texturas, clave en cada composición. Aquí lo relevante es que consigue obtener una generalizada e impecable atmósfera dominante, con cuadros de máxima intensidad como el protagonizado por un árbol hacia el cielo o un arbusto que rastrea la vida, sin duda inmersos en su radical soledad. En dicha línea es imprescindible citar los paisajes con edificios en la lejanía, como si anunciaran la presencia de la ciudad por conocer.