Los intrincados dédalos introspectivos de Pablo Palazuelo

 
           
Las formas ramificadas de la obras de Pablo Palazuelo son grafías, letras, escrituras crípticas que abren el camino del tránsito hacia la revelación del tiempo circular, al acceso a los extremos de lo infinito y lo infinitesimal y descubrir por ello el tiempo circular, la vida sin antes ni después, el siempre del estar y ser. Un recorrido sinuoso fundamentado en el laberinto; simbología del viaje del nacimiento hasta la muerte y el renacimiento, con el centro como el lugar de la muerte y el renacimiento, o de introversión y extraversión, viaje a las profundidades y subida a las alturas. Un trabajo cuyas de sus manifestaciones boscosas geométricas hacen presentir el misterio, explicar lo invisible.

Aunque me entretendré un poco porque creo es importante para el desarrollo y el objetivo de este ensayo y tratar de llegar así al origen proposicional y del conocimiento Pablo Palazuelo, quiero comenzar recurriendo a uno de los libros, sin duda, más complejos escritos durante el pasado siglo XX, el “Ulises” del irlandés James Joyce. Un libro que desde el inicio ya advierte de la dificultad de su acceso al llamar al protagonista de su historia Stephen Dedalus, y que complica aún más al enfrentar en la misma historia pero con diferentes nombres al mismo protagonista siendo joven y siendo un hombre maduro. Al primero lo llama Stephen Dedalus y al mayor lo llama Leopold Bloom. Compleja y enrevesada historia de avances y desenvolvimientos por intrincados caminos de la mente y de la vida, como responde simbólicamente el nombre del protagonista al llamarlo Laberinto (Dedalus, dédalo).

 
            Un libro tan críptico y tan laberíntico que hubieron de escribirse algunos libros por otros tantos autores con la pretensión de desvelar los misterios que, a juicio de esos exégetas, masivamente se encierran en esa narrativa. De momento, y así nada más arrancar la obra, y es asunto principal, la disposición argumental de la narrativa al hacer enfrentar el comienzo de la vida con su final recurriendo a la construcción literaria de hacerse con una sola y misma persona, referida en dos identidades, extrañas, incluso ajenas, y por supuesto con caracteres distintos.
 
El libro abre la entrada a un mundo excedido y magnificiente, inmenso por el solo hecho de ser, por su tantísima complejidad, por su hondura abstrusa y cabalística, acaecido en una sola jornada. Desde el amanecer hasta el anochecer (Stephen Dedalus y Leopold Bloom), encontrados en un mismo referente proposicional. O lo que es lo mismo la transición de la vida misma, de la evolución de los individuos. Pero su lectura, su acceso, avanzar hasta su centro, no es una tarea sencilla, más bien todo lo contrario, de extraordinaria dificultad.
James Joyce en este libro nos impone todo tipo de dificultades. De principio al exigírsenos que resolvamos el porqué del ser y del estar al referir que el protagonista recurrido es uno solo desde dos por la intención de recrear la transición de la vida, la implacabilidad de las metamorfosis naturales por el hecho de levantarnos cada mañana. Podríamos abundar mucho más en esto. Pero en este libro esto sólo es el comienzo. La verdadera dificultad de acceso al corazón de este libro y a sus entrañas se nos impone por el sofisticado y enredado laberinto terminológico y conceptual practicado. Esa, hay muchas otras obviamente, es la razón principal por la que hemos recurrido a esta obra dificilísima.
 
El “Ulises” de James Joyce, por su enorme dificultad de lectura, por sus constantes obstáculos redaccionales, por sus continuas variantes terminológicas, nos facilita el planteamiento y el propósito de nuestra intención de horadar hasta los confines más recónditos y, probablemente, secretos de las manifestaciones artísticas de Pablo Palazuelo, además de revelarnos de alguna manera la hondura intelectual y raciocinadora de este artista abiertamente introspectivo e inaccesible, según podemos testimoniar al acercamos a cualquiera de sus producciones y en especial las posteriores.
 
Recurrir a Joyce y a su “Ulises” es porque lo considero uno de los mejores, significativos y enriquecedores ejemplos, como figura retórica, para hacer activo el complicado, oscuro e intrincado propósito de cimentar el procedimiento de acceder al centro del laberinto, a la verdad absoluta, al principio del saber. Y sin duda alguna el más quimérico, complejo, umbrío y difícil de recorrerse es el de sabernos a nosotros mismos, dónde y cuándo se establece su final, su arranque, el nacimiento de las identidades.     
 
Al comienzo de elaborar este texto sobre la universalidad de Pablo Palazuelo, y en concreto al deber ceñirme a sus aspectos más arcanos referidos a sus incursiones y desplazamientos por un gran número de culturas comprometidas con la espiritualidad y las creencias de la metempsicosis, de la continua transformación (lo que yo vengo en llamar tiempo circular); se me impuso de inmediato y con una conciencia absoluta, el nombre de Joyce a semejanza con el de Palazuelo, y su libro “Ulises” con la profundidad abstrusa de la obra de éste causado por las numerosísimas coincidencias que encuentro entre ambos, para el desarrollo de mi argumento y como claro exponente de representación metafórica en mi disquisición.
 
Una circunstancia que curiosamente no se debe a sus referentes instructivos ni a sus fuentes inspiradoras ni a la causa de desvelamiento de los fondos intelectuales de cada uno, sino, lo hemos dicho más arriba, como recurso dialéctico para establecer y reflejar la imagen de la evolución intelectual desde dos campos recurrentes distintos de ahondamiento a la sabiduría, a las respuestas insondables e imposibles, a la revelación de un recorrido intricado y sinuoso por llegar al centro del dédalo, al fondo de nosotros, al lugar donde parte el conocimiento y también nuestro verdadero yo, y al que regresamos una y otra vez según avanzamos en el saber, según dos personalidades facultadas con extraordinarios fundamentos ilustrados, como son los dos autores nombrados.
 
Leer el “Ulises” de Joyce y pretender arribar en sus recónditos exige un esfuerzo formidable y una erudición amplísima; idéntica la necesidad que se requiere si la pretensión es la de aproximarnos a los confines iconográficos y raciocinales de Palazuelo; infinitos en cada uno de ellos por su naturaleza misma.       
 
Todos nosotros somos un dédalo, un laberinto escabroso y enredado que se configura y agiganta a determinación del saber. Cuanto mayor sea el conocimiento reunido, el saber acumulado, mayor el hermetismo y la inasequibilidad de hallar el principio, el centro del dédalo, o lo que es lo mismo la existencia absoluta. Siempre todo. Permanentemente siendo y estando. Ni principio ni fin. El círculo perpetuo estando y siendo consecuenciado por la transformación permanente admitida. No obstante, y aceptando esa conjeturable inacababilidad del ser y el estar, cada dédalo, (cada ser configura el suyo propio e independiente, como hemos dicho), es quien establece la identidad representativa de cada individuo y el tamaño de su dimensión según la particularidad de cada uno, sus condiciones sociales, sus entornos circundantes, sus capacidades intelectivas, su sensibilidad destacada.
 
En fin, como puede entenderse, toda una larga retahíla de causalidades configurativas del laberinto incógnito e inexplicable de donde suponemos y argumentamos arranca y confluye el saber hasta lo infinito y lo infinitesimal, el círculo total.
 
Abundar en estas conjeturas del laberinto, de crecer por el hecho de regresar a nuestro yo más arcano (hemos venido calificándolo como el centro del dédalo, el lugar de donde partimos para hacernos) cada vez que aprendemos y registramos una nueva información debido al acto natural de expandirnos por nuestra condición misma evolutiva, necesitamos volver al principio de nosotros para comprender el saber de lo nuevo que no sabemos.
 
Esto es, podemos saber, reconocer y por ello evolucionar, en tanto que aplicamos lo que ya sabemos (por el retorno continuo a nuestros internos) para comprender, o al menos convivir sin temor, los misterios que puedan encerrarse en cada nueva información que llegue.
 
Lo que quiero decir con todo este aparente galimatías de ires y venires de nosotros a nosotros, se debe a mi propósito de referir que la evolución intelectiva se produce por efecto de un feedback incesante a lo largo de toda nuestra transición. El conocimiento que cadenciosamente vamos adquiriendo consciente o inconscientemente cada día por nuestra sola condición biológica de crecer, es expansivo porque previamente se ha interiorizado, y una vez registrado y clasificado, autoriza su continuación expansiva del saber. No hay otra manera.
 
Imaginemos. Estamos en una playa escondida de cualquier lugar de la costa mediterránea de arena muy fina. Por las fechas que queremos apenas unos pocos estudiantes erasmus bastante distanciados. ¡El día es tan claro y limpio…! ¡El mar tan plácido, tan quieto, tan ruborizado diciéndose, tan transparentes sus aguas! Y entonces su inmensidad majestuosa, su imponencia, su inmarcesibilidad imposible tan cercana, tan próximo, tan abarcable por nuestros sentidos al mostrarse así de calmo, que resulta imposible resistirse a la tentación de adentrarnos ínfimamente en su desmesura. Y es entonces allí, al hamacarnos abandonados a un silencio inaudito y sin miedo alguno por su envergadura, su tamaño excesivo, su gigantismo, que no puede por menos que pensarse en el océano del conocimiento y del saber humano y a su inabarcabilidad imposible. Nos lo descubre cada brazada que avanzamos que al saber un poco más del mar también sabemos lo imposible que es nadarlo entero y por tanto necesitamos regresar a la orilla (a nuestro fondo del Dédalo) para descansar (registrar lo último sabido) y avanzar más después por haber sabido un poco más en cada zambullida, aún siendo conscientes que nunca podremos nadar el mar entero como tampoco alcanzar el saber absoluto.      
 
La recreación de este acontecer cotidiano, se debe a la intención de recrear la explicación del proceso regresivo a nuestro yo profundo, a lo que he venido en llamar el centro del laberinto, al hallarnos inmersos en una consciencia evidente de la enormidad y magnitud del conocimiento, como reflejo aducido la ilimitud del mar, y debido a ello, sabernos por desconocer y la necesidad de retornar a nuestro interno con lo aprendido en busca de respuestas para salir de nuevo y regresar más adelante y salir y regresar hasta lo infinitesimal y poder expandirse hasta lo infinito y establecer el círculo de la totalidad, del siempre, de la sabiduría multiplicándose eternamente. Porque a medida que vamos sabiendo, descubriendo por expansión, automáticamente, lo trasladamos a nuestro dentro, a ese lugar de origen de donde partimos para crecer y conocer, des-conocer hasta el infinito por infinito y regresar de nuevo a ese mismo punto infinitesimal indefinible por infinitesimal produciéndose el laberinto total e inabarcable.    
 
En este sentido aceptaríamos lo que Platón mantiene en su teoría de la metempsicosis, de la transmigración, de que al morir no morimos ni desaparecemos. Es el fin y el principio a la vez, porque al morir regresamos a ser, al ser de no saber, y que al crecer, ir sabiendo, en ese proceso de movimiento circular vamos recordando lo que ya aprendimos anteriormente cuando éramos otro ser y aumentamos el conocimiento porque es la vida misma, vamos extendiéndonos, expandiéndonos, en el universo, aumentando el infinito hacia el infinitesimal. El punto de unión, inexplicable, es lo que determina el centro del laberinto, el centro de la materia, de las formas, de las ideas.
 
Dice Palazuelo en unas de sus cartas dirigidas a Claude Esteban, en 1980, “Creo que las ideas viven y/o están incluidas en la vida, que no mueren, como se cree, sino que perviven pasando a través de las muertes sucesivas”.
 
La obra de Pablo Palazuelo es un proceso continuo de descubrimiento, pero no en la invención de nuevas formas. Y lo es en su trabajo y en su esencia, en la razón de su naturaleza. Este descubrir perpetuo que guía su trabajo y su estar, se traduce en una tensión manifestada a través de las variaciones interminables de las formas, y como dice en otra carta a Claude Esteban, “con la necesidad ineludible de conocer la realidad profunda de la naturaleza. Creo que lo que dio origen al nacimiento del arte fue el presentimiento de esa necesidad. La idolatría del objeto, de la realidad objetiva, se insinúa poco a poco en la historia del arte como en la del hombre; no tanto para mejor disimular un temor, un lejano murmullo insidioso, sino por causa de la fascinación que los objetos ejercen, sometiendo y esclavizando a las facultades de percepción externa, (sentidos), al mismo tiempo que ofuscan y ciegan las facultades de percepción interna. La facultad estimativa, la facultad meditativa y la memoria forman parte de lo que llamamos imaginación activa, y constituyen un verdadero órgano de la visión interna, de la función visionaria. La causa de esta fascinación que provocan los objetos podría muy bien provenir del tremendo poder ejercido por aquello que se manifiesta en ellos, de lo cual ellos son parte. Tú dices, “una presencia más lejana”.
“Esa idolatría sería una pasión desviada de su verdadero objeto, es decir no sólo del objeto sino de todo aquello que le precede y constituye hasta llegar a su aparición o manifestación concreta. No sé si me explico bien, pero me parece que cuando Kandinsky se pregunta “por qué cosa substituir el objeto”, no hace más que expresar la angustia que le produce esa fascinación que esclaviza los sentidos, y el presentimiento del largo camino que le falta por recorrer para traspasar la barrera o el velo de las apariencias. Para mí no se trata de substituir el objeto, sino de buscar en él, para tratar de descubrir algo más profundo que también es él, y poder plasmar y transmitir así la comprensión cada vez más completa de su verdadera realidad, la realidad que creo trasciende los objetos. La materia encarnada es forma. Los objetos son formas, los lenguajes verbales plásticos y sonoros son formas y para mí son formas las ideas.” 
 
Como podemos entresacar de esas palabras, se trata de una permanente inmersión hacia lo más hondo, oscuro, recóndito, incógnito, para ser descubierto, interiorizarlo y registrarlo en nuestro saber para poder así progresar, trascender incesantemente, impulsar el movimiento continuo, la vida infinita que nombra Palazuelo.
 
Y seguimos en ese proceder cuando escribe “La imaginación verdadera, visionaria, los sueños del hombre revelan lo que se hallaba escondido, y los signos y las palabras imaginadoras fluyen por siempre en una emanación transformante y reveladora: son verdaderas formas que se encarnan en la materia para que ambas, materia y forma, puedan manifestarse y construir los lenguajes del hombre”. “Creo firmemente que las ideas son formas de la materialidad del mundo. Entiendo por materialidad la totalidad de los estados en que se encuentra toda la energía en cualquier momento de cada uno de los innumerables procesos durante los cuales las frecuencias vibratorias de esas energías activas, pasivas y neutras aumentan o disminuyen.”
             
            Tras esto, entiendo que Pablo Palazuelo en todo este laberinto que hemos creado en esta intervención de ires y venires del conocimiento en su proceso infinito, lo manifiesta o lo representa con las formas lineales, organizadas que nos presenta. Continúa en otro de sus escritos: “las energías no traducen sus procesos de manifestación si no es en las formas o a través de las formas. La fuerza o la energía se recibe por el intermediario de la forma.”
            “Las formas verdaderas (por oposición a las formas aproximadas o abocetadas o bien mal llamadas inductivas o épicas por la intuición del artista) adquieren una forma verdadera por la progresión o el latido rítmico resurgente que procede de infinitas fuentes extra-espacio-temporales pero que mantienen su imagen o su eco imaginal en el mundo”. “La imaginación activa revela la realidad escondida, mundo real igualmente. La imaginación activa aprehende el objeto, no su particular objetividad, sino como indicio, como signo”. “La idea es que el mundo físico es infinito y eterno; se destruye y se renueva a sí mismo en parte, pero no en el todo. Así, nuestras vidas particulares tan sólo son aspectos pasajeros de lo que podemos llamar Vida Infinita, que posee un movimiento continuo y raudo. Nosotros vivimos muy poco comparado con la infinitud de la Vida Inagotable e Inacabable. Lo que llamamos muerte no es más que una transformación de la vida porque nuestro cadáver cuando se pudre se llena de animales vivientes que proceden de “eso” que ha muerto. El cadáver ha muerto para nosotros, pero sigue siendo vida. La vida es inmortal. La muerte es en realidad una transformación en otras formas de vida.”
 
            Más arriba citábamos a Platón y su concepción de la metempsicosis. Como ya avanzamos en el título, esta conferencia pretende esclarecer de algún modo lo que hemos venido en llamar “los intrincados dédalos introspectivos en Pablo Palazuelo”. Y lo hemos metaforizado como un salir y entrar permanente del no-saber al saber, la vida, la muerte, la energía, su transformación, y que queremos reflejar siguiendo el proceso metafórico y metamorfósico de su pintura hacia un laberinto inextricable.
 
            Para abundar un poco más en este propósito, recogemos un fragmento de la entrevista que le realizó Jaume Vidal Oliveras para El Cultural del diario El Mundo, publicada el pasado 13 de marzo de 2003 por el que se va configurando la intención de esta conversación.
            “-Pero ¿qué relación existe entre la geometría y ese movimiento o Vida Infinita a la que alude? ¿Y qué tiene que ver la pintura?
            -Aquí empieza la pintura: la pintura puede ser una aproximación a las estructuras últimas e infinitas y sin fin de la materia.
            -Su pintura, que es una pintura de estructuras y geometrías, ¿es una expresión de esta transformación de la Vida o el movimiento de la Vida?
            -Efectivamente. Esa geometría es una producción y reflejo de la Vida.
            -Pero ¿por qué estas formas geométricas?
            -Porque somos carne y la carne es materia.
            -¿Quiere decir que bajo la materia o la naturaleza, existe una geometría, una clave numérica?
            -Dicho a la ligera, esa geometría o esa clave numérica es lo que uno ha presentido del misterio. Es una especie de escritura para explicar lo invisible.
 
            Pero antes de seguir avanzando en la exploración del Dédalo de la naturaleza de Palazuelo considero primordial para su esclarecimiento, profundizar un poco más en sus cogitaciones sobre la materia, forma, lenguaje, para la explicación del proceso de transformación constante en ser la vida que él mantiene. Para ello nos hacemos eco de un fragmento de la conversación que mantuvo Pablo Palazuelo con Santiago Amón para la Revista de Occidente, en mayo de 1976.
 
            -¿Podrías ampliar el tema (tema tan obvio como olvidado) desde tu concepción o asimilación general en cuanto a la materia y a la forma, y, especialmente, desde tu interiorización, desde tu experiencia)?
            -“La raíz de la palabra materia (mat-mater-matriz) indica que la materia prima o substancia primordial es la matriz en que germinan las formas o se produce su encarnación (mar-mari-María). Se trata de una germinación misteriosa que, a partir de un momento dado, se hace aparente a través de la medida u orden. En sánscrito la palabra MATRA quiere decir medida (metro), siendo además el equivalente etimológico de materia. Esta medida es del dominio de cantidad continua (una o uno). En el momento de la manifestación o aparición (fiat lux-génesis), la cantidad continua o una se hace discontinua, se coagula cualitativamente (número-energía-cualificadora-nombrante) en o como vibración sonora, tiempo, espacio, línea, superficie, volumen. Por esta transformación, la cantidad se hace orden (orden y medida se nos dan íntimamente unidos). En sánscrito, orden se dice rita (de la raíz ri=fluir), implicando la idea de fluidez o ritmo. La materia-medida (MATRA) se convierte, así, en son primordial, como antes dije, en vibración energizante. Parte de esta energía coagulante, las letras son (en y para el hombre) sonidos que nombran. Matra es, por consiguiente, la manifestación del logos, es decir, lenguaje. El caos, identificado con la tiniebla (antes lo llamábamos materia oscura), es potencialidad, el lado sub-tancial en el que irrumpe o salta la manifestación de la esencia de la forma (rayo luminoso) reveladora de lo escondido. Los rayos emanados de un punto en el espacio realizan ese espacio. La experiencia de la materi-medida (MATRA) es una geo-metría. No sin razón, los hombres primitivos, y otros no tan primitivos, consideraban geómetras a sus dioses. (“Con un rayo ha medido los límtes del cielo y la tierra”, dice el Rig Veda.).
         -“Y toda esta tan clara concepción de la materia y de la forma ¿transciende la pura teoría y cobra cuerpo de experiencia para quien interioriza su proceso o lo convierte en proceso operativo a través de la obra?”
            -“Desde luego. Es, justamente, un proceso vivo, de interiorización y de experiencia. Esto ya se sabe, suele decirse. Y yo respondo que no, que no se sabe, si no se siente en la práctica, si realmente no se interioriza. Lo que no se siente ni interioriza, acaba en el olvido. Nuestro tiempo es tiempo de olvido.”         
 
            Al introducir el sánscrito, hemos llegado al punto de indagar sobre sus fondos informativos. ¿Dónde se educa el pensamiento de Palazuelo, su capacidad analítica; qué corrientes culturales y filosóficas le conducen a horadar por este universo sin fin? El misterio y el secreto de Pablo Palazuelo es tan abstruso que en una ocasión le preguntaron cuál era su secreto y respondió que un libro chino que encontró en París después de muchos años de búsqueda a través de pistas, enseñanzas e intuición. Muchos años después, en un encuentro con Tápies, éste le preguntó, “Oye, Pablo, ¿y cuál es el título de ese libro?”; “Eso Tony”, respondió, “no se lo digo a nadie”. Lo que está claro, y así lo ha manifestado siempre, es que sus fuentes de pensamiento se han hallado en las culturas orientales, en el Taoísmo, en el Budismo, en el Brahman hindú, en el Dharmakaya budista, en la cábala, en el laberinto, en el Islam, especialmente.
 
            Haciendo referencia a la cábala, se entiende, como la ciencia que no habla de nuestro mundo, y por esta razón, su verdadera esencia no es captada por las personas. Es imposible comprender lo invisible, lo imperceptible, y lo que no ha sido experimentado. Según Yehuda Ashlag, “Esta sabiduría es, ni más ni menos que una secuencia de raíces que penden a razón de una causa y efecto, en reglas fijas y determinadas, entrelazándose en un única, meta exaltada descrita como la revelación de su divinidad hacia sus criaturas en este mundo.”. Tal como podemos entender las ramificaciones exuberantes hacia una sola conformación que propone Palazuelo.
 
            En cuanto a la confirmación de todas las corrientes culturales que le interesaron a Pablo Palazuelo, provienen en su mayor parte de Oriente, entendemos que debemos proseguir con la entrevista de El Cultural, en la que se añade:
 
“Me interesaron muchísimo las religiones orientales, el Taoísmo –sobre todo-, y el budismo –en menor medida-. Las religiones como el Taoísmo son una suerte de misticismo en sí mismas. Tal vez diga una barbaridad, pero la religión puede ser una cosa posterior a ese universo místico; es decir, un conocimiento humano que posteriormente se ha dado en llamar religión; lo cual es perfectamente natural: observe la palabra re-ligar; esto es volver a conectar con…”
-“Su obra en cierto modo sería re-ligar…”
-“En cierto modo sí: es tratar de conectar o re-conectar con algo y en parte acercarse en la medida de sus posibilidades”
-“Conocimiento, espiritualidad… ¿No hay nada más? ¿No hay un goce o sensualidad en el arte?”
-“Yo creo que toda práctica artística es sensual aunque la persona que la está haciendo no sea del todo consciente. Puede ser tenue, poco perceptible o instintiva, pero la práctica artística lleva consigo un placer o un estar producido por algo que completa y que es benéfico. Lo que no quita que en esta práctica –como en todo- pueda haber accidentes, tropiezos. Mi obra es una exploración para conocer. Pero ese conocer está dotado de un placer, porque uno encuentra una satisfacción y porque uno halla un completarse y un mejorarse a sí mismo, como quien se cura. Hay que ir con cuidado con la palabra placer porque abarca muchas cosas: la sensualidad, el sexo, el gusto… El arte no es un placer físico. Es un sentimiento de equilibrio… No hay inquietud, no hay malestar… Aunque no se llega a ninguna conclusión definitiva, es una exploración muy gratificante porque me produce un “contentamiento” –iba a decir placer- que me fascina y me atrae.”
 
Sobre la misma cuestión de las procedencias y fuentes formacionales de las ideas de Palazuelo, recurrimos a la referencia de otra charla que mantuvo con Kevin Power, en Granada en 1995, que dice así:
-“¿Y es quizás, la misma presencia de los ritmos musicales en el arte árabe lo que tanto le impresiona y le atrae?
-“El arte árabe se fundamenta en la utilización de estructuras gráficas geométricas que son manipuladas con gran imaginación y habilidad. Otras artes orientales, para mí más interesantes, como el arte chino, también empleaban como base los trazados o estructuras gráficas geométricas y los desarrollaban en formas y conformaciones marcadamente rítmicas. Durante la época en que yo buscaba una geometría diferente, estas artes orientales me impresionaron fuertemente y me ayudaron a orientarme.”
“Hay textos que han ejercido una gran influencia en distintos sectores, dentro de lo terreno y dentro de lo divino. Estoy pensando, por ejemplo, en el I Ching, un texto de suma importancia. A mí la geometría me ha demostrado, a lo largo de mi obra, que funciona como algo vivo. Algunos filósofos occidentales han utilizado todos estos conocimientos para sus propios fines. No hay más que pensar en Leibniz como uno de los casos más destacados, ya que estaba en contacto con los jesuitas que vivían en China y que le mandaban informes sobre el taoísmo y las matemáticas.”
-“El arte islámico nunca logró llevar la geometría a su máxima `potencia. Sin embargo, propuso otros sistemas de pensamiento muy influidos por las matemáticas y la geometría.”
-“Los matemáticos y los filósofos occidentales se han servido de los sistemas de pensamiento orientales hasta el presente, y todo indica que van a continuar haciéndolo.”
-“Los temas ornamentales del Islam, están relacionados con el número?”
-“Claro que está interrelacionado con el número, puesto que es geometría científica. Es obra de geómetras.”
-“Y para los árabes, era cosmología?”
-“Para los árabes fue algo más que pura geometría, aunque tenían geómetras trabajando en los patrones, o en lo que podríamos llamar pautas. Había geómetras que definían e inventaban estos patrones. Creo que este tema se menciona en los versículos religiosos que están escritos en las decoraciones de la Alhambra, o sea, que había cierta intención religioso-cósmica.”
-“¿La geometría que usted pretende revelar, consiste en las formas que residen en la base de todas las formas?”
 -“Se trata de geometrías que residen en las bases de todas las formas, que se multiplican sin límite.”
-“¿Se podría decir que son los chinos los que proporcionan conceptos teóricos que le ayudan a aclarar su visión?”
-“La filosofía china, las matemáticas y las artes adivinatorias basadas en el número son muy importantes para mí y me han ayudado mucho a hacer más claro el camino. A propósito del li y el che, antes dije que para mí orden no es ley sino relación. La relación entre dos cosas es movimiento y el movimiento es vibración y vida.”
 
Antes de avanzar hacia el final del planteamiento de mi ensayo, quisiera ampliar un poco más la influencia del Islam en el pensamiento y en la manera de hace de Palazuelo. En esta misma entrevista, Kevin Power le pregunta:
 
-“Cuando dice que el Islam es la “memoria de la sangre”, ¿qué es lo que quiere decir usted con esto? Todavía estoy intrigado por saber exactamente qué es lo que le ha impresionado del arte y del pensamiento musulmán.
-“La sangre trae consigo memorias, la sangre del mundo nuestro sería otro mar de la tierra donde van a parar todos los ríos, todas las memorias de la vida.
“En España la civilización árabe impregnó profundamente las civilizaciones o culturas anteriores que también eran de origen oriental en gran parte, exceptuando Roma. Esta impregnación de una civilización a otra tuvo lugar durante los ocho siglos de convivencia de la cultura árabe en España. El efecto de aquella acción se ha dejado sentir llegando hasta nuestros días. Las memorias que trae la sangre han de permitir siempre remontarse al pasado, en busca de lo inmemorial de una manera más profunda, de lo extraño que uno quiere conocer. “Entonces el alma imaginativa sustituye al alma sensitiva para acceder al conocimiento por la visión…” Son palabras de Henri Corbin en su estudio sobre la obra metafísica y mística del poeta persa Sohravardî. Creo que este fragmento puede muy bien hacer comprender por qué me conmueve el arte y el pensamiento del Islam.”
 
Y llegados a este punto nos toca abordar la esencia de nuestro propósito didáctico. El tema del laberinto. En la misma entrevista con Kevin Power, le pregunta a nuestro autor.
 
-“¿Cuál es para usted el significado del laberinto en aquellas obras en la utiliza la línea para definir de tal manera que ésta, finalmente nos derrota? ¿O es que está diciendo que la línea no puede entender la forma por completo, que no podemos saber hacia dónde vamos? ¿Es el laberinto una metáfora de los límites de la imaginación? Recuerdo que Charles Olson, el poeta americano, escribió que conocerse a sí mismo es conocer nuestros límites, y nuestra tarea es aprender a trabajar dentro de esos límites. El laberinto, en otras palabras, no es tanto un lugar donde perderse como un lugar cuya capacidad para engendrar formas no se puede conocer nunca por completo. Permítame que lleve la noción de lo que se entiende por límite un poco más lejos. La imaginación necesita de estos límites y nuestras mentes se mueven dentro de o hacia estas configuraciones que a menudo son inconscientes. La delimitación misma, así como lo que se halla contenido dentro, está sujeta a un proceso continuo de metamorfosis. Lo que quisiera preguntar es si el universo tiene únicamente los límites que imaginamos. Cada pasoque da la ciencia es una nueva frontera imaginada y cada frontera nos trae una nueva figura del universo. Todas estas figuras son imaginadas. Algunas de estas fronteras parecen encajar bien hasta que aparece un nuevo factor y aquella frontera deja de ser tal. Cuando esto ocurre la imaginación busca soñar con una nueva comprensión del universo. ¿Su sentido de una nueva geometría es a determinado nivel un modo de establecer un lenguaje para soñar?”
 
-“Déjeme volver a esta frase de Paul Klee cuando nos habla de “una línea que sueña”. La línea ve y abre nuestra visión”, pero, al mismo tiempo, nuestra capacidad de ver de esa manera aumentada, impulsa la visión de la línea. Cuando nuestro soñar, nuestra visión, desvaría, nuestras líneas vagan desorientadas porque ya no comprendemos, y nuestros sueños se pierden en su deambulación a través de las orientaciones innombrables del espacio: es el laberinto. La línea puede hacer visible lo invisible. La línea sería vehículo de energías que proceden del trasfondo de la materialidad. La energía toma cuerpo, forma, para conformar el mundo. El artista traza las líneas –vuelve a soñar con aquellas energías-, que son la huella de aquel acorde.”
“Es posible que la línea en tanto que grafismo humano no sea capaz de comprender totalmente la forma, pero la línea es una imagen arquetípica que describe el movimiento del punto (número-unidad), a través del espacio. Como ya he dicho, en palabras de Jung, “el número es gráfico”, y tanto el número como las líneas estaban antes que el hombre y estarán después.”
“El laberinto es por eso el lugar o conformación cuya capacidad para la generación de formas es abismal, no tiene límite.”
“Aunque todavía no podemos saberlo, yo creo que el universo no tiene límites, las fronteras son interiores: algunas son reales, otras son imaginadas, soñadas por el hombre. Dentro de los límites interiores, la imaginación trata de ver más allá para alcanzar una comprensión más profunda y más completa del universo.”
“La geometría siempre ha sido un lenguaje para la comprensión del mundo. Y mi forma concreta de operar con la geometría ha significado para mí el descubrimiento de otro lenguaje que aporta otras imágenes y que al mismo tiempo promueve e impulsa la capacidad de ver.”
           
            Como puede comprenderse el mundo interior de Palazuelo es un continente extraordinario de enlaces ideales de gran complejidad. Por su lenguaje artístico, hemos sabido que las formas son fragmentos de la materia, de la naturaleza. El fondo de Palazuelo, el Dédalo profundo de su yo infinito, lo hallamos al recorrer su intrincada introspección hacia él, hacia él mismo, mediante el laberinto de sus líneas, hacia el infinito, hacia lo infinitesimal. La vida inacabable, como él acepta. El abismo sin orillas.
 
            Otro día y en otra ocasión, para el diario El País, le preguntaron ¿cómo le explicaría el mundo a un niño?
 
             “Le diría que es una cosa que ni empieza ni termina, que se mueve todo el tiempo como si creciera, y nosotros con él, y que es preciso que sea así; una cosa que no empieza ni termina, y que da mucha ilusión, y que es como una película que te gusta y que no se va a acabar .”
            “Mi pintura representa formas que pueden continuar hacia arriba y hacia abajo sin fin. Expresan la continuidad, esa emergencia constante y renovadora que busca otros horizontes. Un día mi hermano me hizo mirar la corteza de un árbol y vi que eran líneas de abajo arriba, la realidad de la naturaleza, las formas de la naturaleza.”
            “Yo interrumpo mis obras por saturación, no porque contengan más posibilidades.”
 
            Para acabar, quisiera recoger un fragmento de una conferencia que impartió en marzo de 1998 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.
 
            “Hablando desde los puntos de vista psicológico y gráfico, cuando estamos dibujando, imaginamos más o menos conscientemente el punto como la primera y última forma. Pero no existen primeras y últimas formas en la Naturaleza infinita, donde principio y fin, alfa y omega, son lo mismo. Si el punto lo miramos con lupa se convierte en un círculo, porque en realidad es un círculo siempre y a través de la infinita cascada de las dimensiones del espacio, de la extensión material. En los yantras o mandalas tántricos, el punto se designa como intensidad, representa la intensidad. Así la primera forma que podemos imaginar, y que sería el invisible centro del punto, no se manifiesta, no aparece, porque siempre se halla más allá de nuestra capacidad de percepción, y es como el horizonte al cual nunca se llega.”
 
El simbolismo del laberinto se ha sugerido como una forma de retorno al Centro; iniciación, muerte y resurrección; los misterios de la vida a través de las dificultades y engaños del mundo hasta llegar al Centro, que a su vez simboliza la iluminación o el cielo. También se dice que simboliza el mundo; la totalidad; la inescrutabilidad; el movimiento; cualquier problema complejo; SU LINEA CONTINUA ES LA ETERNIDAD, LA DURACIÓN INTERMINABLE; LA INMORTALIDAD; EL HILO QUE CONSTITUYE LA CUERDA DE LA QUE DEPENDEN Y CON LA QUE ESTÁN ENHEBRADAS TODAS LAS COSAS.