Los dilemas anglo-europeos sobre el patrimonio arquitectónico

Este es un libro muy hermoso por su aspecto –pues tiene estupendo diseño, buen papel y excelentes fotos a todo color– pero sobre todo por su planteamiento, ya que recoge las reflexiones profesionales y vitales de un experimentado arquitecto, que es además un gran comunicador. Rogelio Ruiz Fernández siempre desborda sabiduría y simpatía humana como consumado conversador y crítico de arquitectura, activísimo desde hace muchos años en diversas publicaciones periódicas y blogs, particularmente en sus colaboraciones para la plataforma editorial que publica este volumen, algunos de cuyos capítulos derivan de artículos inicialmente publicados en su revista trimestral.[1]

Es muy conocido su anterior libro de poético título: La arquitectura atravesada por la luz, editado por la Universidad de Valladolid en 2017. No menos inspirada es la redacción de este otro, del cual lo único que no me gusta es el título, pues me parece confuso, porque condensa demasiados conceptos y contraposiciones. Es verdad que en esos contrastes está el quid de este ensayo, pues versa sobre los dilemas entre restaurar –o no– edificios con valor patrimonial e insertar –o no– nuevas intervenciones arquitectónicas en ese patrimonio histórico, confrontando las tendencias británicas con las del continente europeo. Cambridge es, efectivamente, el eje central al que, como caso de estudio particular, se dedica el capítulo central del denso volumen de 235 páginas, aunque en ellas se abarca una amplia panorámica con abundantes referencias al resto de Europa e incluso a otros continentes.

Todo se empieza a entender mejor al leer la introducción, donde nos enteramos de que el autor realizó sucesivas estancias en el Reino Unido durante los años 2013, 2014 y 2015 “encerrado por las mañanas en la biblioteca de la Faculty of Architecture and History of Art of Cambridge University, y por las tardes visitando los edificios e intervenciones” (pág. 11). Evidentemente debió de aprovechar los fines de semana para hacer excursiones a otras partes de la geografía británica y el resto de su vida ha seguido alternando su trabajo como arquitecto con otros frecuentes viajes/lecturas. Sin duda esa última dialéctica, entre textos teóricos y praxis arquitectónica, es otra clave fundamental de este impresionante estudio, basado primeramente en escritos de muchos autores –citados en traducción al español, pero recopilados también en versión original al final del libro– combinados con abundantísimas alusiones a construcciones presentadas como ejemplos correctos o incongruentes, mostrados con las oportunas fotografías, casi todas del propio Rogelio Ruiz.

Siendo él muy anglófilo, no duda en criticarles a los británicos algunos desatinos sorprendentes, a la luz del pensamiento y práctica de la restauración e intervención patrimonial en otros lares, sobre todo en Italia. También es magistral al mostrar los parecidos y esgrimir sorprendentes paralelismos visuales entre edificios de diferentes épocas y lugares, pues todo en la historia cultural es tradición y algunas innovaciones no son sino retornos a los clásicos. El tono es a veces festivo e irónico, otras eruditamente descriptivo y por momentos filosófico, con sugerentes metáforas, como cuando asimila el patrimonio como construcción –física y mental– con los vaqueros o zapatillas viejas que guardamos o las arrugas que nos dejan la edad y las sonrisas (pág. 89).

Entre tantas antítesis, se agradece el esfuerzo por la argumentación equilibrada, sin caer en sectarismos, pues a lo largo del libro se muestran los pros y contras de la no restauración, del collage histórico formado con los añadidos de nuevas arquitecturas, o de las osadas intervenciones rupturistas. Aunque cuando algo se considera erróneo hay firmes tomas de posición, particularmente contra la moda actual de destruir monumentos que han dejado de ser políticamente correctos. No puedo resistir la tentación de citar una opinión que también suscribo plenamente:

El tema, cuando tratamos de patrimonio, no es tanto eliminar el símbolo, que no deja de ser un vestigio patrimonial de otra época que puede gustarnos o no, pero el hecho de que nos ofenda es una muestra de que avanzamos, y ese símbolo, eliminado, puede pasar en su “clandestinidad” a ser considerado un mártir desaparecido y cobrar más fuerza cuando se presenta. Lo que en realidad se debe hacer es actuar sobre el receptor, que es quien debe saber valorarlo como pasado, como pasado que no queremos que vuelva a ser presente (pág. 192)

A veces se advierten ciertas preferencias personales por las casonas, los mercados, por los equipamientos culturales, u otros contextos en los que se nota que ha habido una implicación profesional a través de las obras del estudio de arquitectura formado por Rogelio Ruiz y Macario G. Astorga. Han construido y restaurado abundantemente en su Asturias natal, pero también en otras tierras donde han enviado proyectos que han resultado victoriosos, poniendo una “pica en Flandes”: literalmente es lo que han hecho en el caso de su restauración de la sede del periódico Le Peuple en Bruselas (pág. 94, fig. 109), así que no es de extrañar su apasionada defensa de la cultura arquitectónica y patrimonial belga. Incluso llegaron a proyectar –fuera del concurso internacional– una propuesta para la restauración de Notre Dame de París tras el incendio de su tejado y de la airosa aguja que se elevaba sobre el crucero; nada coincidente por cierto con la decisión que se ha tomado de rehacerla tal como estaba cuando ardió en 2019, pues era una versión neogótica de Viollet Le Duc, poco fiel al diseño original ni demasiado segura tectónicamente. Por esta última razón se rechaza esa solución al final del libro, aunque uno de los temas más apasionadamente tratados, con consideraciones y ejemplos de todo tipo, es el de la clonación arquitectónica, cuyo epítome fue el campanile de la catedral de Venecia reconstruido tras el colapso de 1902 porque el alcalde lo quería ver de nuevo com’era, dov’era –como era y donde estaba–.

Quiero terminar apuntando que la ciudad de los canales se comenta también como un ejemplo de los graves problemas provocados a conjuntos patrimoniales por el turismo y la gentrificación, asunto sobre el que me ha sorprendido gratamente encontrarme citado. Especialmente porque, tras insertar un texto mío sobre la revitalización urbana a través de la presencia de artistas e instituciones artísticas, se añade una reflexión a modo de objeción: “Y es así, cuando la zona ya está destruida, que esta afluencia puede ser positiva. No tanto, si por ejemplo, se vacía un mercado en funcionamiento para crear exposiciones…” (pág. 104). Estoy totalmente de acuerdo, y creo que merecería la pena que en el futuro desarrollásemos ese argumento conjuntamente.