Francisco de Goya, es un emblema de identidad aragonesa y de genio creador, sobresaliendo como artista, en cualquier género artístico que sea considerado en su obra. Con su modernidad, se adelantó a las formas de hacer de generaciones posteriores a él. Sobre generaciones de artistas aragoneses, posteriores a Goya, va la siguiente exposición, organizada por la Obra Social Ibercaja, en su Museo Goya-Colección Ibercaja. Y lo hace a través de uno de los géneros principales del arte con que Goya se pone de manifiesto la eterna necesidad del hombre de permanecer en el tiempo: el retrato. Comisariada por Fernando Alvira, Goya en los pintores aragoneses de retrato, recorre la estela hallada en los propios históricos del siglo XVIII, los Bayeu, Abás o Carderera, hasta los creadores de la segunda mitad del siglo XX, Cañada o Pepe Cerdá.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, varios factores determinan una profunda remodelación en lo que conocemos como “arte aragonés”. Por un lado, la Exposición Aragonesa de 1885-1886, que influyó decisivamente en la participación significativa de los maestros consagrados, junto a nuevos valores, que también acudirán con asiduidad a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, que desde 1856, se irán celebrando en Madrid. Aunque quizás el verdadero problema de la pintura aragonesa fue la desvinculación que con su tierra natal, tuvieron aquellos artistas que estaban llamados a ser los grandes referentes. Pradilla, por ejemplo, tras su estancia en Roma, tomará como residencia definitiva Madrid. Del resto de los artistas, de la llamada “primera generación de la escuela en Roma”, tan sólo regresaría Barbasán, unos años antes de morir. Y en el siglo XX, sería todavía peor, los pocos artistas que mal vivían en Zaragoza, acababan marchándose a ciudades como Madrid. Y el gran referente, que debería haber sido Marín Bagües, se queda sólo y desamparado, en la ciudad del Ebro, olvidado de todo el mundo.
El desastre del noventa y ocho, provocó en los artistas aragoneses, al igual que en el resto del país, un esfuerzo de regeneración y modernización sin renunciar a las señas de identidad, de cada región. De la misma forma que Rusiñol, había recuperado la figura del Greco, en Aragón Goya iba a ser esa figura regeneradora, y Zuloaga iba a ser su descubridor. Desde la prensa, se intentó señalar a Zuloaga como “guía de la nueva escuela aragonesa de pintura”,el gran referente, de sus colegas contemporáneos aragoneses, quienes le imitaron según las circunstancias, un ejemplo en esta exposición será el cuadro titulado La dama de la rosa, del turolense Juan José Gárate. Por otro lado, se muestra en clave jocosa moderna la obra Maja y calesero, de Félix Gazo. Dos figuras de juguetón casticismo goyesco, de alegres colores, silueteando sus figuras como si se tratara de un divertido collage. Goya, a lo largo de su producción, empleaba especial ternura, en las pinturas familiares, y especialmente en los niños.
En la muestra, se encuentra este Retrato de Brianda Buesa Oliván, del artista Alberto Duce, en el que podemos encontrar bajo la densa factura expresionista del artista, una tierna mirada infantil que penetra en el alma. De Pilar Burgues, nos quedamos con la obra pop titulada Celebrity. En lo referente al retrato institucional, entendido como tal hoy en día. La muestra se cierra con obras de dos artistas, que dan fiel testimonio de reputación institucional. Nos referimos a Natividad Cañada y Pepe Cerdá. Obras de composiciones dibujísticas y resaltados contrastes cromáticos, que representan lo mejor del retrato elegante.
El visitante que vea la muestra, podrá pensar que es un “pecado”, no hablar del autorretrato de Francisco Pradilla, uno de los mejores en colección pública, sin embargo, hemos preferido referirnos aquí, a aquellas obras menos conocidas. El comisario de la muestra, ha realizado una selección acertada, teniendo en cuenta la gran cantidad de pintores aragoneses que dedicaron parte de su trabajo, al género del retrato. Sin embargo, creemos que la selección debía de haber contado con muchas más piezas en colección particular, como el Retrato de María Teresa Orsini, princesa de Doria, una pequeña joya desconocida del oscense Valentín de Carderera, o incluso de obras, que llevan muchos años en los peines de nuestros museos aragoneses.
Una muestra de esas otras miradas de artistas aragoneses, que nos descubren, con otros ojos, al mejor cronista del alma humana, Francisco de Goya