En la primavera del 1900, en el Salón francés de la Sociedad nacional de Bellas Artes, se expuso un imponente retrato en grupo titulado Homenaje a Cezánne. Varios artistas se agolpan en torno a un caballete en el que hay un bodegón del artista homenajeado. La escena, supone un homenaje retrospectivo a los artistas que desde hacía diez años, trabajaban para “liberar” la pintura a través del color. Esa comunidad, era conocida como ”Nabís”. Cada miembro recibía un apodo que lo caracterizaba: “el Nabí zuavo” era Eduard Vuillard; “el Nabí de los bellos iconos”, para Maurice Denis; “el Nabí extranjero”, para Félix Vallotton; “el Nabí de la barba rutilante”, para Paul Sérusier; “el Nabí japonista”, para Paul Ranson, etc…
En un breve arco temporal, de apenas quince años, (1885-1900), se produjo un acelerón incontrolable, en lo que respecta al lenguaje pictórico, que acabó por imponer una nueva manera de acercarse y mirar al mundo. El color deja de ser una cualidad de las cosas, los artistas, se reúnen para debatir en torno a cuestiones como: la mística, la transcendencia, filosofía, religión, la situación social o personal…etc.. Cuestiones que en sí, desbordan los límites tradicionales sobre el color.
La Fundación Mapfre inaugura su nueva sala de exposiciones en Barcelona. Situada en uno de los edificios más representativos de la arquitectura modernista, que tan bien define a la ciudad condal. El triunfo del color. De Van Gogh a Matisse. Colecciones de los museos d,Orsay y de l,Orangine. Se trata, a todas luces, de una exposición importante y especial. Por un lado, la cuidada selección de setenta y cinco obras de grandes nombres de la pintura, estructurada en cuatro bloques, que permiten conocer de primera mano a: Van Gogh, Gauguin, Seurat, Signac, Pierre Bonnard, Vuillard, Cézanne, André Derain o Henri Matisse, con otros menos conocidos, como Charles Angrand, Georges Lemmen o Félix Vallotton. Por otro lado, el lugar elegido para esta primera muestra. Barcelona es una ciudad moderna, cosmopolita, con una gran personalidad, ahí quedan figuras como Gaudí o Miró. Pero también su mediterraneidad, juega un papel especial en el color.
La muestra empieza con un Van Gogh, de cuando llega a París, El restaurante de la Sirené en Asniéres (1887) con colores muy vivos, y una pincelada que se descompone. A lo largo de las siguientes salas, nos iremos “tropezando” con el famosísimo Autorretrato de Vincent van Gogh, las celebérrimas Mujeres de Tahití o En la playa de Gauguin, el Autorretrato sobre fondo rosa de Cézanne, el Sauce llorón de Monet… la sugerente Odalisca con pantalón rojo de Matisse. El público que acuda a la Fundación Mapfre de Barcelona, verá como el color, poco a poco, se hace más autónomo, buscando una reacción emotiva del espectador, ya no a través de la narratividad de la escena, sino de la combinación de ciertas formas y colores así como de su expresividad, convirtiéndose en la clave de lo que es la pintura. Extraordinario también el préstamo de tres telas de Paul Sérusier, que sintetiza la vanguardia parisina de finales del XIX, en la ideología de los Nabís. Cierra la muestra, el Desnudo sobre fondo rojo, de Picasso, del año 1906.


