Le voyage en train

Le voyage en train es la gran apuesta expositiva del museo de Bellas Artes de Nantes para estos meses de otoño e invierno. Se trata de una exposición ambiciosa, realizada con el apoyo del Musée d’Orsay, que trae a la capital del Loira Atlántico una interesante relectura principalmente dedicada al arte del siglo XIX, pero consagrando también varios espacios al arte del siglo XX y a las creaciones actuales. Y es que los viajes en tren transformaron enormemente el arte en la Edad Contemporánea. En Francia fue durante el Segundo Imperio cuando las vías férreas articularon el territorio nacional, dando lugar a un esqueleto cuyos ramales encontraban su articulación en un punto descentrado de la geografía francesa: París. Esta fue una transformación trascendental que tendría un impacto directo en las manifestaciones artísticas, no solo en la pintura, sino también en la fotografía, la ilustración, la cartelería y, más adelante el cine o las instalaciones. Y este es uno de los grandes intereses de la exposición, la labor de recopilación de objetos artísticos tan variados llevada a cabo por sus comisarios, Sophie Lévy y Jean-Rémi Touzet.

Ante un conjunto de obras de arte y de materiales tan dispares, lo más simple hubiese sido crear un discurso cronológico que arrancase desde mediados del XIX y llegase hasta la actualidad. Sin embargo, la muestra plantea unos ejes temáticos que invitan a la reflexión sobre cómo el tren transformó el paisaje y la propia experiencia artística.

Así, la primera parte se dedica al paisaje. Como género pictórico vivió en este momento la génesis de una variante, la del paisaje industrial. Frecuentemente se trata de imágenes en las que el tren figura de manera marginal, sus vagones se adivinan como un pequeño detalle más de la composición o su perfil aparece desdibujado, efecto de esa velocidad que tanto impresionaba a los primeros viajeros y que algunos médicos vaticinaban que tendría efectos perniciosos sobre la salud. En otras ocasiones, como sucede en las pinturas o las fotografías encargadas por accionistas del ferrocarril o directamente por las propias empresas promotoras, la vía férrea cobra mayor importancia y constituye un símbolo de modernidad. Funciona como promesa de una supuesta prosperidad que llegaría a territorios hasta entonces aislados o peor comunicados con París. También el paisaje urbano está reflejado en la exposición, con numerosos ejemplos de las estaciones de París. Y, en este sentido, además de los conocidos ejemplos de Monet, Renoir o Caillebotte, me interesa destacar a otros artistas menos célebres que tuvieron el talento de captar la belleza de la ciudad industrial. Es el caso del artista de Nantes Jean-Émil Laboureur, autor de una de las obras más interesantes de la muestra: Les usines (1902). En ella, el autor compuso una imagen que podría servir para representar cualquier extrarradio industrial. Para su composición, Laboureur utilizó un esquema compositivo heredero de las vistas de ciudades de comienzos del XIX, sustituyendo los perfiles de las torres medievales por los de las chimeneas humeantes de las fábricas, reflejando esas afueras “anímicas, magníficas y miserables” a las que hacía referencia el padre del decadentismo Joris-Karl Huysmans.

También se aborda la cuestión del paisaje visto desde el tren, una percepción nueva, propia de la modernidad. Se presentan ejemplos de fotografías realizadas desde un vagón por Brancusi, en un viaje por la campiña rumana en los años 30. Junto a ellas, se incluye una pieza de videoarte de la artista Sophie Riestelhueber grabada en 1984 en la que se muestra a sí misma recorriendo una vía férrea del departamento de Lozère, ofreciendo ante el espectador una reflexión sobre su propia creación en relación con ese territorio accidentado.

La segunda parte de la exposición se destina a la cuestión del tiempo, condición determinante en cualquier viaje y que parece hacerse todavía más presente con la generalización del ferrocarril. La temporalidades marcan la experiencia en el tren, tanto en el trayecto en los vagones, como en la espera en los andenes. Además, el reloj de gran tamaño era omnipresente en todas las estaciones, marcando un nuevo ritmo moderno. Algunas de las obras de esta sección guardan relación con España, a través de las fotografías del príncipe Emmanuel Bibesco que ilustran su viaje a la península ibérica junto a su hermano Antoine y al pintor Pierre Bonnard en 1901. También gracias a la obra Pareja en un tren (hacia 1895), del pintor español Ricardo López Cabrera, conservada en el Musée Carnavalet. Es buena muestra de un género pictórico de estética edulcorada y asuntos folletinescos que tuvieron como escenario los trenes.

A modo de cierre de la sección, la misteriosa Gare forestière de Paul Delvaux da muestra de cómo el ferrocarril y las estaciones siguen inspirando la plástica moderna. La exposición concluye con una instalación creada ex profeso por el artista Corentin Leber en la que se muestra un tren en marcha, haciendo un guiño a los coleccionistas de maquetas de trenes.