Las dos caras de la realidad y el arte de Santiago Arranz.

Supongo que serán razones de escasez presupuestaria las que han determinado la extraordinaria duración de esta muestra, abierta del 7 de octubre al 8 de enero en el palacio de la Lonja, pero me alegro de que se haya beneficiado de ello Santiago Arranz, que gracias a la afluencia de público en las fiestas del Pilar y en las celebraciones navideñas ha alcanzado más de 60.000 visitas contabilizadas. Ya iba siendo hora de que los zaragozanos descubrieran a este escultor y pintor con tanta proyección internacional, pero no demasiado famoso entre nosotros, a pesar de ser un artista tan presente en nuestro espacio público, con esculturas monumentales en Valdespartera y llamativos programas decorativos como el del edificio del Centro de Historia(s) o el de Plaza 14 en la calle Alfonso.

A algunas de estas obras públicas se hace referencia tanto en la exposición como en el catálogo, a pesar de lo cual reconozco que quizá no haya sido de consumo fácil por la contención de tonos y la parquedad explicativa. Quizá la intermediación de un comisario hubiera ofrecido una versión más pedagógica de este impresionante acervo de obras de diferentes técnicas, estilos y épocas. Hay, eso sí, un hilo conductor bien trabado entre unas cosas y otras, generalmente una ligazón iconográfica o de registro poético: se contrastan trabajos tanto para señalar las diferencias como, sobre todo, para remarcar los parecidos, la permanencia de un vocabulario personal que ha ido construyendo Santiago en su carrera.

Como bien dice Jaume Vidal Oliveras en su texto del catálogo, no se trata ni de una antológica, ni de una retrospectiva, sino de un autorretrato estético del artista. Pero ese suele ser casi siempre el caso cada vez que un artistas monta alguna gran exposición individual. Eso sí, reconozco que en este caso quizás sucede de forma aún más acentuada, por la tendencia a la autorreferencialidad, que ya evidenciaba Santiago Arranz en sus juveniles años de pintor postmoderno, cuando en 1985 pintaba a la cera escenas representando un artista rodeado de paisajes pintados por el propio protagonista: Horizonte. Poeta de muros. Dibujante de montañas.  A mí me fascinan esas composiciones, y también las que en 1990 diseñó, inspirándose en Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino. Luego ha seguido utilizando otras trasposiciones literarias para aparentemente ilustrar narrativas ajenas, cuando en realidad seguía evocando su propio mundo: su familia, sus objetos-fetiche, los animales y plantas de su entorno. Todo dominado por figuras estáticas, silentes, de una estética con raigambre clásica, pero que sigue vigente hoy en día: otro ejemplo cercano sería Jorge Gay, que por cierto también es excelente muralista.

Lo que no acaba de convencerme, si se me permite expresar una amigable objeción, es alguna de las piezas de gran tamaño, que me parecen sobredimensionadas, y hasta las encuentro más hermosas en la reproducción incluida en el catálogo. Si el título de la muestra, Una y otra realidad, alude entre otras cosas a la realidad de ahí fuera frente al mundo íntimo del artista, casi hubiera sido más lógico dejar los grandes formatos para el arte público y presentar aquí las “sombras platónicas” de ese mundo exterior vistas desde la cueva del recinto expositivo: por un lado, una visión abstraída/abstracta de la realidad en forma de símbolos, y por otro una visión figurativa/literaria interior… Es una lógica que subyace en la exposición y en el catálogo –también alude a esa estructura bipartita Rafael Ordóñez en la página final de su texto– sobre la cual yo quería hacer hincapié como culminación de esta reseña.

Una y otra realidad, Lonja de Zaragoza

Número 17

Diciembre 2011
Jesús Pedro LORENTE
Director de AACADigital
Fecha de recepción: 27/12/11
Fecha de aceptación: 27/12/11
image_pdfimage_print