La Zaragoza decimonónica, en los espacios verdes

No podemos entender nuestro presente sin rastrear nuestro pasado. Esta frase lapidaria cobra sentido en el contexto del nuevo libro de la historiadora del arte Laura Ruíz Cantera, que acaba de publicar en la editorial Rolde de Estudios Aragoneses Los espacios verdes en la Zaragoza del siglo XIX. Patrimonio de ayer y hoy. Se trata de un pequeño avance de lo que será su tesis doctoral, un texto divulgativo, tan grande como atractivo. A través de las siguientes páginas la autora busca reconstruir el pasado urbano de los espacios verdes de la Zaragoza decimonónica desde una perspectiva histórico-artística. Como definición, podemos afirmar que “los espacios verdes son, a grandes rasgos, zonas libres públicas o privadas existentes en la ciudad que cuentan con extensiones verdes o plantaciones con fines ornamentales o de recreo y que se completan con todo tipo de infraestructuras arquitectónicas y/o de mobiliaria urbano  destinadas a mejorar o dinamizar las experiencias de los ciudadanos”. Hoy en día, estos espacios forman parte de nuestra cultura visual y del patrimonio urbano de Zaragoza.

La ilustración, como punto de partida

La Zaragoza dieciochesca es realmente el punto de partida para comprender la historia de los espacios verdes de las siguientes centurias, ya que durante este siglo se va a gestar un caldo de cultivo cultural, político y urbanístico que va a propiciar cambios en la morfología urbana, reservando y creando los primeros espacios libres para el disfrute de la población. La traída de aguas del Canal Imperial en el año 1784 fue uno de los acontecimientos más importantes de esta centuria, pues facilitó la navegación salvando los meandros y azudes del tramo medio del Ebro y el abastecimiento de agua para regadíos. La razón era el principal elemento de búsqueda para dar salida al ansiado progreso vital. Las instituciones más influyentes del momento fueron las sociedades económicas de amigos del país, que tuvieron como objetivo la difusión del conocimiento, entre otros, el de Historia Natural. El deseo de conocer el mundo natural suscitó el estudio de las disciplinas afines como la Botánica, Horticultura y Jardinería,  así como la aparición de los primeros jardines botánicos y de aclimatación y de las primeras muestras comerciales de especies vegetales.

Desde mediados del siglo XIX, se produce una continuidad del periodo renovador propuesto por la ilustración que dejaba atrás a la ciudad del Antiguo Régimen, con una voluntad en firme de mejorar y embellecer las ciudades a partir de reformas en los trazados, formación de ensanches, edificación de monumentos o proyección de zonas verdes. Los espacios verdes zaragozanos estuvieron representados con anterioridad al siglo XIX por las arboledas naturales y los paseos, pero la gran novedad en esta centuria va a ser la incorporación de los jardines y parques urbanos. La construcción de las zonas verdes públicas en Zaragoza estuvo controlada por el servicio municipal, la Sección 5ª, también conocida como la Policía Rural. Era responsable, principalmente, de los espacios situados a extramuros del núcleo urbano, aunque bajo su competencia también se encontraba la gestión de los espacios verdes y su personal. Fue un servicio público determinante para la introducción de la jardinería urbana. Anteriormente parece ser que fue la Dirección del Canal Imperial la encargada de impulsar y tutelar la construcción de paseos y jardines principalmente en las afueras de la población como se hizo con el paseo de Torrero, los jardines de la iglesia de San Fernando o los de la glorieta del Pignatelli. En Zaragoza, no fue hasta 1863 cuando existió una figura que se encargara profesionalmente de los espacios verdes gracias a la creación del puesto de Director de Paseos, Jardines y Arboledas. El primero sería Antonio Berbegal y Celestino, otros directores de paseos y arboledas fueron Pedro Sancho y Pastor, Orencio Blanque, Ángel Blanque, José Jordana y Morera. Será a finales del siglo XIX, cuando aparezca la figura del Jardinero Municipal y Guarda Mayor, algunos nombres fueron Eduardo Barrena, Francisco Valero, Ramón Oliva…etc. Nombres olvidados ya de la memoria colectiva, que la autora recupera para este libro. Las tareas de estos profesionales estuvieron supervisadas por arquitectos municipales como Ricardo Magdalena o Félix Navarro. Otros acontecimientos que contribuyeron a garantizar el ornato de la capital fueron las celebraciones de las exposiciones aragonesas que reservaron un espacio para muestra de jardines que, si bien fueron efímeros, dejan constancia de su existencia como una parte esencial, no sólo para el decorado del certamen, sino también para la organización espacial del conjunto.

La Torre de Bruil, seña de identidad de la burguesía

Todos estos jardines eran ornamentales, de recreo, a excepción de algunos viveros. Los jardines de recreo son una creación característica de la jardinería decimonónica, zonas verdes ajardinadas y arboladas cuyo funcionamiento, normalmente, se limitaba a épocas estivales. Previo abono de una entrada podían disfrutarse de todo tipo de infraestructuras, espectáculos, puestecitos, atracciones…etc. En estos jardines se prestaban diversos servicios que hacían más agradable aún la estancia de los que visitaban estos lugares como cafeterías o restaurantes. Uno de los jardines de recreo más interesantes que se construyó en Zaragoza fue el creado por Juan Bruil sobre los antiguos terrenos del Convento de San Agustín. Desafortunadamente, queda muy poco de lo que fue esa propiedad, el recinto de la torre estaba integrado por edificios, invernaderos, jardines tierras de labor, árboles frutales, un bosque con estanque lindante con el río Huerva. Era un gran jardín de recreo con todo tipo de excentricidades para el deleite de los propietarios y el público, ya que incluso poseía un laberinto, una pequeña montaña rusa y un pequeño zoológico con faisanes, pavos reales, cisnes, gallinas, perros, etc. Durante dos décadas se convirtió en uno de los espacios más deliciosos de Zaragoza por cumplir con los criterios de desahogo y diversión de la población, así como un indicador de distinción social.

La inexistencia de bibliografía que haya abordado de manera global el tema de los espacios verdes públicos en la capital del Ebro, hace que nos encontremos ante un ensayo divulgativo bien hecho y redactado de la manera rigurosa y amena a partes iguales, queestablece una dialéctica entre arquitectura, naturaleza y ciudady que    contribuye  a reflexionar sobre el presente y el futuro de las zonas verdes.