El paisaje de Beliche se extiende más allá de lo que abarca la mirada del pintor, ni siquiera un solo fragmento de rocas permanece inmóvil. Guillermo Oyágüez (Frigiliana, 1970) se pregunta desde aquel lugar privilegiado, en lo más elevado de entre los acantilados, cómo habría sido contemplado el lugar antes de la existencia de la fotografía o la propia pintura. Trata de fijar su atención en la vegetación y en la arena pero encuentra que la luz los ha transformado de un instante a otro, unas veces matizando su superficie y otras alterando la temperatura de sus tonos encendidos. Entonces prueba a examinar las pequeñas hondonadas que dejan sus pasos, pero cada una de ellas es diferente como lo es su sombra, y entonces se para justo en la orilla donde llegan las últimas olas, o las primeras según se vea. Nada permanece estático por completo, ni siquiera sus pies que se deslizan hacia el interior de la orilla, atraídos por la fuerza del oleaje por mínimo que éste sea. Algunos reflejos aislados captan su atención desde el fondo marino e imagina una línea desde lo más hondo de la superficie, una línea irreal y emocional que le permita conectar este punto en el que se encuentra con el otro mundo, el que llega hasta la Isla de Holbox, en Méjico. Por encima del segmento, a escasos metros de las profundidades donde ya apenas debe llegar la luz, alza un manto quimérico que algún día le servirá como telón para sus pinturas. Recuerda los corales de la isla mejicana y compara la vida marina a ambos lados del Atlántico, elevando esmedregales y mantarrayas sobre el soporte que aún conserva como pensamiento. El pintor ha trabajado durante años el formato panorámico. Quizás sus proporciones se acerquen con mayor naturalidad a la referencia que percibimos del horizonte, pero estando en Sagres a Oyágüez solo le apetece trabajar desde la concavidad del terreno acuático, en este soporte flexible y farragoso que despliega hacia todas las direcciones posibles con su imaginación.
Puede ocurrirle también que el ruido constante de una ciudad como Lima invada cada pedazo de un cuadro iniciado con tonos claros, o que el cielo nuboso y abrasador incluso llegue a desgastar los edificios recién dibujados. En sus cuadros, ente tanta bulla y tráfico, se intuye de pronto algún silencio conmovedor que el pintor explica con apenas algún toque de ocre anaranjado. Un mutismo que se siente desde alguna casa medio iluminada o desde aquel bar en el que permanecen las sillas boca abajo. Los grandes carteles de publicidad le recuerdan a Somerville, donde realizó su serie de paisajes durante el viaje a Boston. Pero allí el aire se sentía diferente, gélido y mucho más claro. Oyágüez alimenta su pintura con viajes, y cuando algo se lo impide, la experiencia puede llegar con el relato de alguna historia o con los espacios recreados en series televisivas, especialmente si éstos le transportan al paisaje americano. Unas escenas le llevan al pintor a otras, como también ahora él lleva su estudio a la propia galería madrileña, y comienza por fin el manto marítimo que ya imaginó, vertical como el mar desde las entrañas.