Si bien con anterioridad hemos atendido desde Aaca Digital a la escritura de la mano del romano Nannetti, ahora debemos dar un salto vertiginoso hacia otra de las materializaciones brutas, esta vez mecánicas y archivadas celosamente por un espíritu taxonómico e historiador, el de Michel Thévoz, quien publicó en 1978 Le Langage de la rupture y fue precisamente conservador de la Colección de Arte Bruto de Lausana desde 1976 hasta 2001. Con motivo de una exposición (2 de junio – 28 de octubre de este año) de la primera producción de la artista Aloïse, este museo ha rescatado de sus fondos en una caja de dos cds presentada cucosamente y con cariño, registros sonoros de sus representantes (Aloïse, Gaston Marchal-Moreau, Samuel Daiber, Jeanne Tripier, Henrich Anton Müller, Laure Pigeon, Margarite Pillonel, etc.), una nueva impregnación de un dictado que, por su propia naturaleza, está destinado a emerger de las profundidades ardientes hasta alcanzar la solidificación en la cicatrización de una herida.
Esta relación entre la impresión o la huella (la escritura) y la vibración (la voz), impresa a su vez sobre un soporte metálico y, posteriormente, transcrita a un sistema numérico, se manifiesta en la lectura, por lo que resulta muy interesante compaginar la escucha con la visualización de los documentos facsimilados en el libreto de la caja, dado que los textos brutos, a los que el museo de la colección de Lausana ha reservado su última planta, muestran un gran interés simultáneo plástico-visual que fractura o sobre-ordena la lectura continuada ¿Cómo lograr un mismo desdoblamiento en la linealidad del dictado de la voz, cuando quiere ser emanación de las profundidades sobre la superficie? Quizás debamos atender a los contenidos, al tratarse la mayoría de los cortes de los cds, de textos leídos por Christine Vouilloz, Jean-Michel Meyer y Jean-Quentin Châtelain, ocasionalmente acompañados por las interpretaciones musicales de Michel Wintsch y Mathias Demoulin. El otro recurso posible, el físico, es empleado por Jean Dubuffet, quien, interesado temporalmente por la música, registró algunos de sus experimentos entre 1960 y 1961. Incluso el único motivo de su reunión con Asger Jorn consistió en una cita –prácticamente a ciegas- para compartir sus arquetipos musicales en 1960.
Por esta razón, la colección sonora se abre con una pieza de Jean Dubuffet, teórico acuñador del término “arte bruto” e iniciador de la colección. El resto de los documentos son acompañados por los expertos y estudiosos Michel Thévoz y Lucienne Peiry -actual directora de investigación y de relaciones internacionales de la Colección de Lausana-, lo que se complementa interdisciplinariamente con un comentario del historiador de medicina de la Universidad de Lausana Vincent Barras.
Con este tipo de publicación, la Colección de Lausana rompe el peligroso cerco plástico, susceptible de caer en nuevas “artes mayores”, y exponer lo que debería ser la verdadera función de un museo: el redescubrimiento de las realidades ínfimas frente a la centralización global de la tontería, ya sean de naturaleza semántica, sonora, visual, táctil, conceptual, etc., aunque todos los fenómenos comparten estas apreciaciones ante la conciencia. Por eso, esta misteriosa “caja negra” no sólo interesa a los fervientes coleccionistas de este tipo de manifestaciones brutas –quienes han sucumbido ante la seducción de una nueva rareza más o menos pintoresca-, sino también a los amantes del sonido, a los devotos del ruido, aquellos que a través de esta debilidad (entendida en su sentido platónico) han sabido desmembrar las unidades ofrecidas por el mercado para crear otras nuevas. La mejor derivación científica de este mecanismo revolucionario de aproximación a la realidad, quizás consista en aquel proyecto del historiador George Kubler alternativo a la arqueología, la historia de la ciencia y la historia del arte: una historia de las cosas.
De hecho, las patologías mentales sólo han aparecido cuando una serie de individualidades con facultades –desde el brujo de la cueva des trois frères hasta Juana del Arco- perdieron su rol mediador con lo desconocido, al tiempo que la alienación se extendía a toda la población mediante un nuevo sistema de producción capitalista. Instituciones como la Colección de Arte Bruto de Lausana trabajan en la valoración de estas capacidades sociales y visionarias, porque la contemporaneidad, tal y como ya advirtieron Hölderlin, Schelling y Hegel en 1895, no ha sabido construir una mitología de la razón, quedando tan sólo el vacío del laissez-faire cuántico que condena al ostracismo a todo aquello que no contribuye al rápido y aparente cambio de las formas y que alimenta su propia historia –la moda- en tanto que máscara de la real, aquella construida por todos nosotros desde nuestras necesidades presentes.
Hay filósofos muy mimados hoy en día por los media y que se jactan de que el planeta ya no nos deparará más sorpresas ni más escapismos. Su romanticismo es tan burdo como el folklore del “neo” decimonónico. No tenemos ni idea de lo que se cuece bajo nuestros pies, mientras invertimos tantos esfuerzos en aclamar vida bípeda en otro vacío, esta vez estelar, o celestial, de nuevo. Escuchemos a los chamanes del futuro y sintamos sus vibraciones automáticas al son del pulso de sus muñecas mecánicas.