La salud mental es un tema recurrente en tertulias, en medios de comunicación y entre grupos de amigos, desde que la pandemia revelase algo que parecíamos ignorar: la importancia del bienestar emocional al mismo nivel que el físico. El poco conocimiento que hasta entonces poseíamos de este acuciante problema puso de manifiesto que habíamos relegado a los confines de lo liminal algo que se ha convertido en una preocupación omnipresente (y antes silente). No obstante, un rastreo en la Historia, en la antigua actitud del ser humano hacia las enfermedades mentales, confirma que este acallamiento no era fruto de la casualidad, que en la ignorancia está implicado un proceso cultural en el que intervienen el arte, la literatura, la religión, la prensa y la política.
La nau dels bojos, una odissea de la desraó, exposición del Centre Cultural La Nau-Universitat de València comisariada por Cándido Polo Griñán y Ana Hernández Merino, propone un acercamiento a las instalaciones hospitalarias para la psique en Valencia, desde el primitivo Hospital de los Inocentes, de origen medieval, hasta el psiquiátrico de Bétera, clausurado en los años 80. El recorrido revela, mediante documentación y obras de arte, cómo se ha forjado el imaginario de la locura en el mundo occidental partiendo de la obra Salvtifera Navis del humanista Sebastian Brant, parodia ilustrada de los vicios que conducen al hombre a navegar a la deriva.
La muestra se inicia con la primera instalación para acoger a personas con enfermedades mentales en la Ciudad del Turia, el Hospital de los Inocentes inaugurado en 1409. La iniciativa, surgida del padre mercedario Joan Gilabert, pronto reunió apoyo papal y real, como enseñan dos legajos de importante valor histórico exhibidos en el evento, la bula de Benedicto XIII y el decreto de Martín el Humano que confirman esta fundación.
Aunque en el ideario cristiano el auxilio a los enfermos se practicó como obra de misericordia, la institución presentaba un aire de modernidad en Europa en su trato especializado a aquellos pobres ignoscents considerados distintos del enfermo común. Como bien explica el recorrido, en Occidente empezó a forjarse la imagen del alienado o el diferente, conceptos que integraban entonces un misceláneo de tipos sociales y confesionales inverosímiles con los trastornos mentales, pero refrendados por una institución apoyada por el Estado como la Inquisición. El desmantelamiento del Hospital de los Inocentes y su asimilación con el Hospital General, que unificaba otras infraestructuras de tipo caritativo y para los cuidados, degeneró en el hacinamiento de pacientes y en la creación de un estigma con siglos de vigencia.
La literatura, los cuadros y los grabados exhibidos dejan claro cómo, durante el Renacimiento y el Barroco, los locos fueron incorporados a las fiestas populares, que integraron a los orates para el entretenimiento de la población en las celebraciones religiosas y carnavalescas. Paralelamente, los tratados científicos trataban de dar respuesta a los problemas de la mente racionalizando algunos fenómenos muy extendidos, como la melancolía, vocablo arcaico para designar la depresión, o las experiencias de éxtasis, en ocasiones entendidas como posesiones diabólicas.
El desconocimiento se prolongó hasta el siglo XIX, cuando el tratamiento de la locura se basó en la contingencia física de los enfermos, como dejan ver las vitrinas que contienen los grilletes y las cadenas utilizados para acallar a los pacientes. Algunas pseudociencias, en especial la fisionomía, disciplina que asimilaba la personalidad con los rasgos faciales, o la frenología, el intento de codificación del cerebro como contenedor de las emociones, habilidades y sentimientos, se auparían como populares pero inertes para abordar tratamientos eficaces.
Coetáneamente, con las primeras fundaciones de hospitales psiquiátricos en España, se emprendió el intento de mejora de la calidad de vida de los internos. En 1878 se publicó la ley que autorizaba la construcción de manicomios modelo en las principales ciudades del Estado (entre ellas Zaragoza) con la esperanza de poner fin a los problemas de hacinamiento. El prototipo no cuajó y durante décadas las instituciones mentales mantuvieron su carácter benéfico, siendo atendidas por órdenes religiosas. En Valencia el emplazamiento elegido para resolver la insalubridad y superpoblación fue el antiguo convento desamortizado de Santa María de Jesús. De aquella etapa se exhiben los planos del proyecto del Manicomio Provincial de Joaquín María Belda y Luis Ferrer Soler que, pese a la buena planificación de sus espacios para dispensar los cuidados adecuados, acabó no materializándose.
Aunque la República quiso modernizar la asistencia de los enfermos mentales, la llegada del franquismo consolidaría el continuismo, acentuado por la ideología nacionalcatólica que englobó cualquier moral diferente a la oficial como disidente, susceptible de ser tratada y corregida.
Finalmente, los reportajes fotográficos de José Vicente Aleixandre y Ana Torralva visibilizan el psiquiátrico de Bétera, construido en los años 70, en apariencia moderno y dotado de suficientes recursos. El megaproyecto, que sirvió para la promoción política, pronto se reveló como ineficaz y abocó a sus miembros a la marginalidad y la separación física con el resto de la ciudad. Las constantes fugas del centro hicieron emerger el tradicional imaginario de lo otro, de la forzosa ocultación, sin visos de desparecer en una España que entonces hacía gala de su modernidad.
Un reportaje en la revista Interviú, colocado en el final de la exposición entre una amalgama de recortes de prensa, condensa aquello narrado. La imagen, potente desde el punto de vista icónico, muestra el alambrado de Bétera agujereado anunciando en su titular que los locos están fuera. En realidad, siempre lo estuvieron.