Al visitar la Feria ARCO en 2019 con un grupo de críticos de arte aragoneses encabezados por Fernando Alvira, presidente honorífico de AECA, éste nos hizo parar un buen rato en el stand de la galería valenciana Espai Tactel, para admirar los trabajos de su sobrino Antonio Fernández Alvira (Huesca, 1977). Me interesó mucho su reinterpretación en distintos materiales replicando reiteradamente la silueta del fragmento de un viejo marco de ventana de madera en forma de cornisas o zócalos u otros elementos edilicios, y también me llamó mucho la atención la personal continuidad de ese proyecto respecto a las conceptuales ruinas arquitectónicas con las que ya había ganado en 2018 el Premio Isabel de Portugal de la DPZ por su instalación Elementos para un discurso. Ahora este tenaz artista, siempre tan fiel a sí mismo, repite el título y continúa con parecida propuesta discursiva declinando variantes de elementos típicos de la retórica edificatoria académica a partir de moldes tomados de algún pequeño detalle. Pero lo que antes parecía aludir a una meditación romántica sobre lo pequeño y fragmentario frente a lo enorme y completo, ha ido evolucionando a consideraciones patrimoniales sobre la copia, lo restaurado/reintegrado o lo falso: a ello parecen apuntar los vástagos metálicos que sirven de soporte y unión a todos estos trozos aislados de clásicos elementos, pues a mí me recuerdan los trocitos del frontón de Egina elípticamente recompuestos una vez eliminadas las partes restauradas por Thorwaldsen. Confieso que he buscado desconfiadamente alguna navaja escondida detrás de esas cornisas corridas separadas de la pared como barandillas, porque las aventuraba emparentadas con las que ponía Juan Muñoz, tan dado a la construcción de espacios intrigantes; pero más se parecen a los redundantes marcos y cornisas deconstruidos del colectivo CVA (Comité de Vigilancia Artística) integrado en los años ochenta por Juan Luis Moraza y María Luisa Fernández, que tan indeleble marca dejaron en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco, donde precisamente cursó Antonio sus estudios. Aquella reflexión intelectual del arte como lenguaje cuestionador de morfologías con las que se ha ido construyendo el sistema artístico heredado cuadra bien a un artista que avanza muy gradualmente en su camino, insistiendo siempre en estrategias previas como apoyo a cada nuevo paso, que en este caso son unas series de capiteles clásicos ordenados por tamaño y tipología en unas estanterías que remedan un almacén museístico. Aquí radica la novedad de esta exposición, pues ya no son ni la arquitectura ni la arqueología las disciplinas académicas en las que pone el punto de mira nuestro artista, sino también la museología. Así nos lo advierte el texto de la hoja de sala, firmado por Carlos Delgado Mayordomo, quien comienza hablando de las estrategias de los museos para conceptualizar, ordenar y dar explicación a la cultura del pasado.Y siguiendo sagazmente esta pista, Alejandro Ratia tituló “El Museo y Antonio Fernández Alvira” su acertada reseña crítica publicada el 16 de enero en elsuplemento Artes y Letras de Heraldo de Aragón. Como soy, por motivos personales, un fan del arte encuadrado en el género de la llamada “crítica institucional” voy a seguir con mucho interés los siguientes avances de Fernández Alvira en este terreno, esperando que su persistente fijación con la (de)construcción patrimonial de la antigüedad vaya dando paso a reflexiones sobre la validación del arte contemporáneo, para las que ahora le habrá brindado una excelente oportunidad de estudio esta exposición en el IAACC: un centro de arte con unas abarrotadas reservas subterráneas en las que sin duda habrá encontrado fértil inspiración. Seguro que ya estará rumiando su próximo proyecto, en el que estoy deseando ver nuevos frutos de su creatividad.