Julio Romero de Torres. Entre la melancolía y el misterio

 

 

   El arte español de la primera mitad del siglo XX estaba soportando una chocante paradoja sobre su propia identidad. Mientras en el interior de la Península el arte atravesaba un duro camino de contradicciones y miserias. Debido a  un entramado cultural periférico, de condiciones históricas de todo tipo, que había hecho poco propicio el desarrollo del gran torbellino innovador, cuyos escenarios culturales, estaban situados al otro lado de los Pirineos. Personalidades como Picasso, Gris, Miró, Dalí o Julio González, estaban dando nombre a capítulos transcendentales en el devenir de las vanguardias  históricas. Mientras en el contexto español se iban produciendo figuras  como Gutiérrez Solana, Sunyer, Julio Antonio o Emilio Barral, por poner algunos ejemplos, gran parte de nuestro público se mostraban atentos a los triunfos obtenidos en el escenario internacional  de artistas como Sorolla o Zuloaga, cuyos lenguajes, no provocaban rupturas radicales con los gustos dominantes, más bien desplegaban una imagen tópica del “alma de España”, que establecía sintonía con el gusto moderno, transformándolos en verdaderas figuras de referencia del presente.

 

En ese contexto histórico en nuestro país, aparecerá la figura de Julio Romero de Torres, heredero de la tradición del siglo XIX, su obra se adelantó al nuevo siglo manteniendo estrechos vínculos con el pasado. Se fue nutriendo  de la pintura italiana del Renacimiento, del mundo flamenco del siglo XV y del XVI, del romanticismo alemán y los lenguajes visuales de los  prerrafaelistas. La pervivencia del simbolismo junto al modernismo y la visión del imaginario decimonónico de la mujer, todo ello adornado con elementos folclóricos y vernáculos. La mujer en su obra nunca sonríe, no es la protagonista feliz. Es generalmente una figura dominada por los sentimientos y por las pasiones. La mujer no es dueña de su futuro, por ello un cierto fatalismo se cierne sobre ella. Muestran primero su alma, en un segundo plano aparecen los acontecimientos de las que van a ser víctimas. En general se trata de consecuencias que se vierten sobre sus protagonistas, teniendo a la ciudad como escenario silencioso. Más que un maestro de la sensualidad, Romero de Torres, fue un pintor del erotismo. En 1919, el artista se encuentra en la cumbre de su fama y de éxito. En ese año pintará Más allá del pecado, obra con la que invocó a la provocación, haciendo alusión al amor entre dos mujeres, aunque no fuese la primera vez que su autor, se detenía en su obra, en la representación del amor lésbico

 

  

 

 

El Museo Carmen Thyssen de Málaga recupera la poética visual de una figura como la de Romero de Torres, despreciada y recluida a ángulos muertos de la historia del arte contemporáneo durante  la oscura fase del Franquismo. Acusado, por relevantes sectores de la crítica de practicar un andalucismo ramplón, propio de la España de pandereta. La reciente modernización de la vida española, a principios de los años noventa, reincorporado a casi todos los niveles del imaginario colectivo contemporáneo, permitió que tales afirmaciones hayan ido aflorando los reversos de algunos de esos términos. Las recientes actuaciones histórico-críticas, en torno a la figura del artista cordobés, han ido explorando diversos puntos de vista, que lo han ido enjuiciando semántica, profunda y complejamente. A través de treinta obras y cuatro espacios expositivos nos encontraremos con obras de una primera etapa vibrante, luminosa y de tonos cálidos, para observarse el abandono paulatino de esta gama cromática por un predominio del negro, y sobre todo de una melancolía en las actitudes de las protagonistas, que definirían el carácter singular de su producción artística. Como bien afirma  Calvo Serraller en un artículo sobre el artista “Ha llegado, en definitiva, la hora de iluminar lo negro de la España negra de Romero de Torres”.

Museo Carmen Thyssen Málaga

Julio Romero de Torres. Entre el mito y la tradición

27/04-8/09/13