Juana Francés legó sus obras a cuatro instituciones: el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia, el IVAM, el Museo de Arte Contemporáneo de Alicante y el IAACC Pablo Serrano. En este último se han vuelto a reunir ahora muchas de ellas, junto a otras procedentes de la Diputación Provincial de Alicante, la Fundación CAI, u otros coleccionistas. La comisaria, Pilar Sancet, autora de una tesis doctoral sobre esta artista, ha titulado la exposición “Una voluntad investigadora” y la ha estructurado en tres partes, correspondientes a las tres etapas y líneas de investigación que distingue en la trayectoria de la artista. Nos recibe nada más entrar en la sala de la cuarta planta del IAACC una gran hilera de cuadros de su periodo informalista (1956-1963), cuyo expresionismo aparece realzado por la mezcla de pintura con arenas, ladrillos, baldosas, vidrios, u otros elementos que añaden a la composición abstracta una presencia física de realidad y, a la vez, añaden un toque de coloración ocre al dominio del negro. Esa tétrica oscuridad fuliginosa, que entonces se relacionaba con el existencialismo y también se asimilaba a la esencia barroca de lo español, sigue dominando la siguiente etapa, El hombre en la ciudad (1963-1979), en la que, como el título indica, vuelve a aparecer la figuración, si bien con una representación humana reducida a la categoría de homínido o robot; pero continúa la artista, fiel a sí misma y investigando por los caminos del nouveau réalisme, usando engranajes, bombillas, bujías, u otros elementos encontrados para sus idiosincrásicas “cajas de luz”. Menos conocida es la producción de su tercer periodo (1980-1990), que Pilar ha titulado “Fondos submarinos y cometas” porque la iconografía de esas composiciones abstractas parece inspirada en el movimiento de cometas balanceadas en el aire o en la vida en los fondos acuáticos: agua que, por cierto, era elemento crucial en la experimentación con los materiales pues la artista siguió investigando hasta el final de su vida, pero paradójicamente con entonaciones mucho más alegres en esa etapa final de su vida, quizá imbuida del vitalismo colorista de aquellos años, aunque más que una influencia de la Movida se podría interpretar ese imaginario lírico con filiaciones mediterraneistas, desde los fondos marinos del último Anglada Camarasa a las tonalidades claras de Mompó. Tengo curiosidad por leer las interpretaciones que se publiquen en el catálogo, pero entre tanto hay unos cuantos textos de diferentes críticos que se han colocado en lo alto de los muros de la exposición, como complemento de las explicaciones en los paneles de sala y en el folleto de mano. Y por último hay dos cosas que me han gustado particularmente, por las que quiero felicitar a la comisaria e incluso proponer al museo que se conviertan en apuesta futura más habitual: la primera es la inclusión de una pieza de joyería, para reivindicar otras facetas y técnicas en un camino de integración de las artes que debería ser (y de hecho está siendo) el objetivo de un museo denominado muy apropiadamente Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneo; pero en él las obras de Pablo Serrano no deberían quedar recluidas a su sala específica, sino que habría que procurar ponerlas a “dialogar” siempre que fuera posible con las expuestas en otros espacios, como aquí se ha hecho al colocar en la exposición de Juana Francés cuatro esculturas de quien fue su compañero tanto en la vida como en el arte. Y viceversa, pues lo lógico sería volver a intercalar algunas piezas de Juana Francés en el espacio reservado a Pablo Serrano, tal como sucedía hasta hace poco. No sólo porque la institución aragonesa le debe gratitud, pues Juana fue cómplice entusiasta de Pablo en la fundación de este museo, sino además porque así mejorarían las estadísticas de representación femenina en sus salas. Esta es una consideración que podrá parecer subsidiaria, pero que hay que tomar muy en serio ante las justas protestas feministas en nuestra sociedad actual. Bien está que haya exposiciones de mujeres programadas para coincidir con el Día de la Mujer, pero mejor todavía será que haya una visible representación femenina de forma permanente, más allá del 8 de marzo.