Javier Peñafiel: insalubre higiene

“La escritura es la pintura de la voz”, apuntó Voltaire. Escritura, pintura, voz; tres componentes clave del proyecto Tu extrema higiene, presentado por Javier Peñafiel en La Casa Amarilla.

Pintura. Trece años han transcurrido desde su última exposición individual en Zaragoza, lo que tal vez ha contribuido a que el artista recupere y actualice una serie de pinturas realizadas a lo largo de las últimas dos décadas para dialogar con documentos y dibujos recientes, dando lugar, según sus propias palabras, a “reinvenciones sin tiempo datado”. Ejercicio acorde con el carácter recurrente, de story board de preocupaciones sin un orden lineal, de la obra del autor al que se refirió Chus Martínez hace un tiempo.  

El texto-presentación firmado por Peñafiel da cuenta de la importancia que da a sus experiencias con la pintura, presentada en esta ocasión a través de un grupo de trabajos distanciados en el tiempo sobre el que volvía “sin mirar a los anteriores, seguro de editar sin repetición”. El asunto tratado en todos ellos es único: cepillos de dientes. Este instrumento es tomado por Peñafiel como fetiche de una sociedad higienista, obsesionada por una apariencia impoluta que oculta una realidad enferma. “Tu extrema higiene es la insalubridad de otros”, escribe. Rutilantes, libres de uso, aparecen en las fotografías; cariados, deteriorados, en la pintura. Diferentes estudios, quien sabe si de solvencia, señalan que los cepillos de dientes son lugares especialmente proclives a la aparición de microorganismos, con posibilidad de atraer, por cercanía o contacto, bacterias intestinales y gérmenes fecales. La humedad, casi palpable en las pinturas, así lo favorece. Insalubre higiene.

Voz. Una sociedad enferma y obsesionada con la diagnosis, según expresa Peñafiel en su serie de fotografías Víctimas de diagnóstico. Interesa la etiqueta y el supuesto remedio en forma de comprimido. No tanto la causa, la etiología.

Consciente de esa carencia, el artista da cabida en sus proyectos a lo performativo a través de lo que denomina confedramas. La función dentífrica tituló la que tuvo lugar durante la inauguración de la exposición, en la que completó algunos de los dibujos caligráficos dispuestos en la sala. Ante el público tenía lugar la acción, el contacto directo con el papel y también la utilización del lenguaje oral a partir de la lectura de sus “comprimidos textuales”. Estos, basados en oxímoron, aliteraciones, onomatopeyas y juegos de palabras, son cada vez más breves. Como si frente a la proliferación de la banalidad y el efectismo en la era del microblog, Peñafiel quisiera demostrar que en la concreción hay espacio para la meditación. Cuando la voz del artista los completa, da testimonio de la importancia de la sonoridad, la cadencia o la repetición para la concreción de su sentido. Una dramatización reflexiva.

Escritura. En Clínica de la escritura, Philippe Artières analiza cómo entre las últimas décadas del siglo XIX y el comienzo de la siguiente centuria, la mirada médica fijó su atención en la escritura. Esta se utilizó, como el gesto o la fisonomía, para analizar la psique de alienados, criminales y genios. Superada la fase en que la escritura era un arte “neutro, sin profundidad ni identidad”, la proliferación de la grafología y el interés que despertó entre un buen número de intelectuales alentó el debate en torno a su supuesto carácter científico. Determinados autores buscaron en la letra manuscrita un testimonio de la naturaleza depravada de los marginados sociales. Al mismo tiempo, concluye Artières, se asistió a una paulatina valoración estética de estos escritos que imponía una “mirada moderna sobre estas «obras» de la locura”, hasta el punto de que la medicina perdió su interés por ellos a partir de los años 20.

Peñafiel, que entiende el dibujo como escritura y la escritura como dibujo, se posiciona con locos y criminales y, burlándose de los principios de una grafopsicología criminal todavía en activo, imita con su trazo los rasgos más proclives al diagnóstico de psicopatías. Así sucede en la videocreación Auditoría de proximidad, en la que las palabras dibujadas por Peñafiel son animadas junto a los personajes que las pronuncian, de nuevo, en voz del autor. Un coro de trazos, figuras y sonidos, habitantes de un espacio en blanco –el del papel dotado de una tercera dimensión–, en el que se resumen magistralmente buena parte de las preocupaciones que le han acompañado durante los últimos años.

La sociedad del diagnóstico tiene su origen en el positivismo decimonónico. Max Nordau fue uno de aquellos autores que trató de diagnosticar el fin de siglo en su obra Degeneración (1893). Encontró en los artistas los mismos rasgos intelectuales y somáticos que aquellos “que satisfacen sus instintos malsanos con el puñal del asesino o la bomba del dinamitero, en vez de satisfacerlos con la pluma y el pincel”. En el “Pronóstico” para el siglo XX con el que cerró su obra, impregnado de ese fatalismo de especie al que alude Peñafiel, escribió: “Ahora ya no se imprime más que en papel negro, azul o dorado, y en otro color palabras aisladas e incoherentes, con frecuencia nada más que sílabas, hasta letras o cifras tan solo que tienen una significación simbólica que se trata de adivinar por el color del papel, el tamaño del libro, la magnitud y la naturaleza de los tipos de letra”; y previó el surgimiento de sociedades de fanáticos dedicadas a tratar de interpretar sus significados. Nordau era incapaz de ver todas las posibilidades que puede contener una palabra, una grafía, la voz o un simple trazo. Javier Peñafiel es plenamente consciente de ello y lo pone de manifiesto con cada una de sus obras.