Otro año que termina. Un tiempo propicio para la melancolía y la reflexión sobre la fugacidad de la vida, que es el tema dominante en la exposición de Iris Lázaro. O al menos ésa es mi lectura personal. Otras veces no me había afectado tanto su poética machadiana, que tanto insiste en el cariño franciscano por los detalles modestos de las pequeñas cosas. Ahora sus vegetales y ropajes, su detallismo hiperrealista combinado con cromatismos virados al azul de las viejas películas Agfa, me han herido el corazón. He vuelto a visitar su exposición en la Lonja con ganas de hablar de la identidad femenina o de la vuelta postmoderna a la figuración, que hubieran sido estrategias para mantener un cierto distanciamiento crítico; pero hay demasiadas cosas que me tocan fibras íntimas, quizá porque yo también nací en un pueblo con tapias y arboledas que están ahora en ruina, quizá porque aún he llegado a conocer en Zaragoza algunos de esos rótulos publicitarios de cerámica que protagonizan una de las secciones de la exposición.
Como corresponde a un espacio tan señero en Zaragoza, donde montar una exposición es alcanzar un reconocimiento que suele darse al final de una intensa trayectoria, esta muestra es una revisión retrospectiva. Pero, como igualmente suele suceder, y ocurrió también con la antológica de Eduardo Laborda, se pasa rápidamente por las etapas primeras para dedicar mayor espacio a los últimos años. Lo cual es comprensible, primero porque no siempre es fácil tener localizadas las colecciones donde fueran a parar las obras de fechas tempranas, y en segundo lugar porque a todos nos ocurre que nos sentimos especialmente orgullosos de los últimos trabajos, mientras que los juveniles a menudo preferiríamos haberlos destruido.
Pero, a juzgar por lo que aquí nos presenta de sus comienzos, Iris no tiene nada de qué avergonzarse de aquellos años setenta, en los que se dio a conocer como pintora del “realismo mágico” bajo la influencia del Boom de la literatura latinoamericana, pero también en la estela de lo que García Viñó había llamado “Pintura neofigurativa española”. Culmina esta sección inicial con una obra maestra de 1991, El muro tejido, que sirve de introducción a la siguiente, esa en la que los viejos bancos y paredes desconchadas u otras superficies bidimensionales son nostálgicamente evocadas con especial lucimiento por esta artista que tanto y tan bien ha trabajado en las pinturas para muros. Sirven a su vez un preludio de los jardines y huertos de la sección en la que acelgas, coles u otras humildes plantas nos recuerdan la mirada concentrada de Antonio López en El sol del membrillo. El pintor madrileño fue la estrella en torno a la cual giraban otros satélites en su círculo de familiares y amigos de “Realistas de Madrid”, que es el título de la exposición con la que fueron homenajeados este año 2016 en el Museo Thyssen, pero a parte de ellos había una amplia galaxia, en la que astros como Iris y Eduardo fueron figuras de influencia entre nosotros. “In memorian” es el título de la sección que sigue, y bien podría ser el de toda la muestra, pues es obvio el peso de los recuerdos o la amenaza de la muerte en los invernales paisajes de Trébago aquí evocados, especialmente la vista del cementerio, que bien parece un homenaje a paisajistas románticos o simbolistas del siglo XIX. Esta estética, se continúa y concreta en la sala dedicada a cuadros protagonizados por algún árbol caído y seco (no como el de Machado, con un rebrote primaveral), aunque la culmina una metafórica “Ola” de vegetación, en un cuadro propiedad de Ibercaja, que preludia las hermosas marinas con las que nos sorprende al final (yo no conocía en absoluto esos impresionantes cuadros de detallado oleaje) frente a unas rosas mustias en un alfeizar marmóreo con mar azul al fondo, como en tantos cuadros de Alma Tadema, retratados en una hermosa Vanitas, de colección particular, con marco de muy vistoso contraste cromático. Vanidad de vanidades es el arte y la vida, son los años que pasan…