Hoy lloramos su muerte.

 

«Ya lo oís, señores Diputados: nuestra bondadosa Reina, nuestra cándida y malograda Reina Mercedes, ya no existe. Ayer celebramos sus bodas; hoy lloramos su muerte. Tan general es el dolor como inesperado ha sido el infortunio; a todos alcanza». Gaceta, 26 de junio de 1878.

 

Rodríguez Moya (2012: 155) afirma que «La muerte de un monarca o de un miembro de su familia desde los siglos XVI al XVIII ponía en marcha todo un aparato de propaganda política e ideológica funeraria: cortejos luctuosos, pompas fúnebres, catafalcos efímeros, tumbas conmemorativas». Todo un complejo ritual que se diluye al llegar el siglo XIX. Por eso nos surge una pregunta, ¿qué ocurre en la España del siglo XIX, cuando la monarquía vive una de sus horas más bajas cuando muere un miembro de la familia del Rey? Se intentará responder esta cuestión con el estudio de las imágenes que producen la muerte y funeral de la  reina consorte Dª María de las Mercedes de Orleans, por ser la que inicia un camino de modernidad tanto en su matrimonio como con su muerte.

El 23 de enero de 1878, en el palacio de Aranjuez, Mercedes de Orleans, bajó vestida de novia la ancha escalera al pie de la cual se encontraba el vagón de tren que los llevaría a ella y a Alfonso XII  hasta Madrid para su enlace.  Es la única Reina que ha ido al altar en ferrocarril y la primera que viajará, una vez fallecida, en tren hasta su sepelio. Según nos cuentan las crónicas periodísticas del momento, en la basílica de Atocha, el pueblo aplaudió el paso de la  Reina, quien del brazo de su padre se encaminó hacia el altar. Tras algunos días de numerosos festejos, la pareja se trasladó a El Pardo, donde vivieron una corta luna de miel. Apenas seis meses más tarde, el 18 de junio, la Gaceta dio el primer parte de la enfermedad de la reina y el Rey telegrafió a los Montpensier, quienes acudieron desde Normandía. Ese día de San Juan Mercedes cumplía dieciocho años, mientras sus síntomas se iban agravando. Fueron llamados a consulta diversos médicos, entre ellos Federico Rubio, quien confirmó el diagnóstico de «infección ginecológica». Asistida por el cardenal Moreno, su agonía duró más de doce horas y fue al mediodía del día 26 cuando expiró en el Palacio Real de Madrid[1]. En ese momento se pone en marcha la maquinaria propagandística en forma de seguimiento en la prensa de lo que ocurre en palacio.

Contrariamente a lo que pasó con sus predecesoras y por primera vez un medio periodístico, concretamente, La Ilustración Española y Americana, se hace eco de la noticia de forma exhaustiva incluyendo imágenes en forma de grabados, anticipando lo que poco después se hará con las fotografías. Esta publicación se convierte, desde el momento de su publicación en 1869 en la gran difusora de las actividades de la monarquía y uno de los principales artífices del blanqueamiento de la institución. Siguiendo el modelo de las grandes revistas ilustradas europeas, será el máximo exponente del periodismo gráfico español del siglo XIX. Aparece su primer número en una época de reformas políticas, como es la del Sexenio Democrático, el 25 de diciembre de 1869; marcará un hito en las primeras décadas de la Restauración y, tras irrumpir y empezar a desarrollarse el nuevo fotoperiodismo en las postrimerías de la centuria, sobrevivirá dos décadas más, hasta el 30 de diciembre de 1921, día en el que publica su última entrega. En palabras de Vieyra Sánchez «en sus páginas se da cita una larguísima nómina de destacados literatos, publicistas y periodistas, a ellas se incorporarán definitivamente, trazados con un realismo y calidad excepcional, los dibujos de actualidad, estampados a través de unos grabados de gran belleza y maestría, considerados auténticas instantáneas de toda una prolongada época histórica» (Vieyra, 2017: 35).

Las exequias de Estado serán siempre descritas paso a paso en La Ilustración Española y Americana. Se convierte de esta manera en una fuente para conocer los funerales reales[2] tal y como se dieron en el siglo XIX. Estos, de forma resumida, empezarían con la recepción del cadáver de la reina por su Mayordomo Real, se celebra misa con el cuerpo presente y a continuación se traslada de forma pública al Escorial. Estos acontecimientos dan lugar a imágenes en las que, sus autores Alejandro Ferrant y Juan Comba, nos retratan la reacción de Madrid a la muerte de la reina. El periódico tiene una sección en cada uno de sus números en la que se encarga de dar una explicación al lector sobre lo que está viendo, podríamos compararlo a la voz en off que acompaña a las imágenes en nuestros noticiarios actuales. De la misma forma que en la actualidad esa voz en off deja traslucir con sus comentarios la línea editorial del medio de comunicación, los comentarios que acompañan a los grabados de la muerte de la reina dejan traslucir la parte más humana del acontecimiento, en un intento de humanizar a la monarquía, de acercar al Rey a su pueblo.

Se publica, en primer lugar, un trabajo de Alejando Ferrant, Acto de administrar el sacramento de la extremaunción a la augusta señora en la madrugada del 24 de junio, en el mismo periódico se explica la imagen (Fig. 4) para facilitar y guiar a los lectores por el grabado:

El acto estuvo presidido por el arzobispo de Toledo, el confesor de la enferma; el cardenal Benavides, el Patriarca de las Indias; el Presidente del Consejo de Ministros y los Sres. Ministros; el Gobernador civil de la provincia y otros funcionarios de la corte y del Estado, junto a la familia Real. El grabado recoge el momento en el que el cardenal Moreno, auxiliado por el cardenal Benavides y asistido por capellanes de honor, administra a la reina desfallecida el Santo Sacramento de la Extremaunción. El rey estaba de pie en la cabecera del lecho; los padres de la reina; las infantas se hallaban de rodillas al pie del lecho sollozando tristemente.

Fig. 1. Juan Comba, La extremaunción de la Reina por Juan Comba, 1878, Dibujo  en   La Ilustración española y americana.Año XXII. Núm. 24. Madrid, 30 de junio de 1878. Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes por cortesía del CSIC. Disponible en Cervantes Virtual 

Fig. 2. Juan Comba,  El pueblo de Madrid deseaba una pronta recuperación a la enferma, 1878. Año XXII. Núm. 24. Madrid, 30 de junio de 1878. Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes por cortesía del CSIC. Disponible en Cervantes Virtual 

 

 

Al mismo tiempo que sucedía la extremaunción de la Reina, en otro lado de Palacio, el pueblo de Madrid deseaba una pronta recuperación a la enferma (Fig. 5). Es lo que refleja el grabado que La Ilustración española y americana publicó el día 30 de junio y que describía así

…los salones de la Mayordomía mayor y otros contiguos, donde estaban expuestos los últimos partes facultativos, y libros en blanco para las firmas, guardando siempre la mayor compostura, el más religioso recogimiento. Era un espectáculo conmovedor el que ofrecía el pueblo en aquellos salones, aun en las altas horas de la madrugada, durante los días 24 y 25 al lado del Grande de España se veía á la pobre viuda; debajo de la firma de un rico banquero, ponía la suya un menestral honrado; á la vez leían los partes facultativos el alto funcionario público y el laborioso obrero. ¡Y era que la Reina de España reinaba á la vez sobre el trono y en el corazón de los españoles!

 

Una prueba de lo importante que es para La Ilustración española y americana las imágenes con las que van a ilustrar el final de la reina es que los encargados de reflejarlas van a ser Alejandro Ferrant Fisherman y Juan Comba, ambos de un gran peso artístico en el Madrid de la época.

Del mismo episodio, publica el 15 de julio de 1878, La Academia un dibujo (Fig. 3.) con menos detalles pero con la misma intención, la de señalar la preocupación del pueblo de Madrid por su Reina. Esta vez el encargado de hacerlo fue el periodista gráfico Mariano Urrutia.

Fig. 3. Urrutia, Interesado el pueblo de Madrid, 1878. Dibujo . Disponible en Biblioteca Virtual de Prensa Histórica Fig..4. Juan Comba,  Fallecimiento de  S. M. la Reina : Cadáver de la Reina expuesto al público en el salón de Columnas, destinado con tan doloroso motivo a capilla ardiente, el 27 de Junio, 1878. Dibujo para La Ilustración española y americana. Año XXII. Núm. 24. Madrid, 30 de junio de 1878. Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes por cortesía del CSIC. Disponible en Cervantes Virtual 

La siguiente de las imágenes ya va a ser la del Fallecimiento de  S. M. la Reina : Cadáver de la Reina expuesto al público en el salón de Columnas, destinado con tan doloroso motivo a capilla ardiente, el 27 de Junio. De este grabado (Fig. 6) nos informa la misma publicación que ha sido realizada con los Apuntes del natural por el Sr. Ferrant y dibujo del Sr. Comba.

Por lo que respecta de ls explicación que el redactor de La Ilustración da sobre la imagen, destaca cómo se recrea en la escena de la que detalla todo tipo de detalles:

Levantado por los gentiles-hombres Grandes de España, y recibido luego por los gentiles-hombres de la Real Casa, el cadáver fué trasladado al salon de Columnas, donde, como hemos dicho, se hallaba dispuesta la cama fúnebre imperial.

El cadáver vestía un hábito de la Merced, y en las manos tenía una cruz de ámbar; estaba contenido en preciosa caja de raíz de olivo, forrada de tisú de oro y con galones de entorchado de capitán general, hallándose colocado en el centro del lado derecho del salón, sobre una cama imperial de la época de Felipe V, primorosamente bordada de seda y oro; rodeábanle cuatro Monteros de Espinosa en los cuatro ángulos del ataúd, dos individuos de la Hermandad Real, dos jefes menores de alabarderos á la cabecera, y dos alabarderos á los pies ; á la derecha, encima de un rico almohadón, se veía una corona real, y junto á ésta el estandarte de la Hermandad citada; á los lados del fúnebre lecho había dos altares bajo dosel, en los cuales se celebraron misas rezadas hasta las doce del día, y cerca del de la derecha estaba la tapa de la caja, también forrada de tisú  de oro y con galones de entorchado; destacábase, en fin, entre los dos guardias alabarderos y á los pies del féretro, un gran crucifijo de bronce.

Una fuerte barandilla servía de separación entre la capella ardente y el lugar destinado al numeroso público que accedía á contemplar por última vez á su amada Reina ,—á aquella bendita señora ya rendida por la implacable muerte, y á quien había visto halagada por la dicha y radiante de juventud y de belleza.

 

Hay algún detalle más prosaico que aparece en la imagen, cómo son los cuencos con agua perfumada de los que el periodista no dice nada, pero que el artista sí que recoge muestra de que no se ha hecho una idealización de la escena, sino que nos la muestra tal y como sucedió, como más adelante haría la fotografía.

Contrasta la forma en la que el dibujante Urrutia plasma la misma escena ya que el dibujo carece de los matices y la cantidad de detalles de Juan Comba (Fig. 5)

 

Fig. 5. Urrutia, Velatorio de la Reina y visita del pueblo de Madrid, 1878. Dibujo. La Academia : revista de cultura hispano portuguesa, latino-Americana Tomo III Número 24 – 1878 junio 30 Disponible en Biblioteca Virtual de Prensa Histórica Fig. 6. Ramon Preder, ¡¡Hoy!!, 1878. Óleo sobre lienzo, 103,5 x 70,5 cm. Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona.

 

Cuando el mismo episodio es tratado por el pintor Ramón Pradó Preder en su obra ¡¡Hoy!! del Museo Nacional de Arte de Cataluña (Fig. 6), prescinde de los elementos anecdóticos, incluso del cadáver, que se convierte en una leve mancha blanca al fondo de la escena, para centrarse en las personas que asisten a la capilla ardiente y darle todo el protagonismo al espacio en el que ocurre el episodio del velatorio de la Reina.

El momento de la exposición del cadáver de la Reina es además del momento del adiós el de la certificación de la muerte. Por esta razón se dieron varias imágenes de la Reina muerta, como nunca antes había sucedido. Existen varias versiones de esa imagen definitiva. En la figura a vemos la versión publicada por Domingo Muñoz y grabado por Eugenio Vela en La Academia el 15 de julio de 1878 (Fig. 7 ). En esta ocasión se muestra un lateral de la finada, que cuenta a su lado con la corona de reina. Vemos la boca de la fallecida cubierta con un pañuelo. Y otorga por su posición un protagonismo a la corona que acompaña, convirtiéndola en el foco de atención del espectador.

Fig. 7. P. Muñoz, Reina Mª de las Mercedes, 1878. Dibujo, La Academia : revista de cultura hispano portuguesa, latino-Americana Tomo III Número 24 – 1878 junio 30 Disponible en Biblioteca Virtual de Prensa Histórica
Fig.  8. Nin Tudó, Cadáver de la Reina María de Las Mercedes, en su féretro, 1878. Óleo sobre lienzo, nº Inv. 3961, Museo de Historia de Madrid

El pañuelo mencionado anteriormente desaparece en la versión al óleo que como retrato postmortem realiza Nin Tudó (Fig.. 9). El artista es conocido en la capital como especialista en retratos mortuorios, como el que conserva el Museo Nacional del Prado del periodista Pedro Avial[3]. El autor (Balbás, 2006: 1625)  suaviza los estragos de la enfermedad e idealiza el espacio, que ornamenta con grandes cojines y cobijas. De este trabajo, que se encuentra en la actualidad en el Museo de Historia de Madrid, Fernández Bremon dijo en La Ilustración Española  que « Hay en aquella cabeza muerta, de asombrosa realidad, líneas tan delicadas, que se armonizan en ella la verdad y la poesía; no sabiendo á quién representa, se ve, sin embargo, en la cabeza cubierta con la toca negra una persona distinguida; fijándose más en aquel rostro y ayudando algo el hábito religioso, parece la cabeza de una santa. (…) La primera impresión que nos produjo el cuadro fué de pena; más que al cuadro, veíamos á la muerta. Un amigo que nos acompañaba se quedó inmóvil, pero notábamos que sus labios se movían.»

De frente es la postura que elije Felix Bodillo para La Ilustración Española y Americana del dia 30 de junio, con un crudo primer plano de Mercedes, que lejos de cualquier idealismo, se nos muestra hinchada y deformada si la comparamos con sus imágenes de meses anteriores, como la que Luis Moratalla le realiza pocos meses antes y que se conserva en la Biblioteca Nacional (signatura 17/176/36).

Fig. 9. Retrato postmortem de Mª Mercedes de Orleans junto a la fotografía de la misma tomada por Luis Moratalla. El grabado corresponde a La Ilustración Española y Americana, Año XXII. Núm. 24. Madrid, 30 de junio de 1878   Fig. 10. Fotografía postmortem de la reina en El Escorial, colección particular francesa.

 

Para finalizar, se conserva en una colección particular francesa, una fotografía postmortem ( Fig. 10 ) de la reina en El Escorial. Se sigue de esta forma  una costumbre europea[4] que no tuvo continuidad en España que siguió confiando en los dibujos del natural para reflejar las muertes de sus monarcas hasta la llegada de la República ya que no constan la presencia de imágenes postmortem de las muertes reales acaecidas entre 1878 y 1931.

La siguiente de las escenas que se elige por parte de los editores de La Ilustración Española y Americana es la de la Traslación del cadáver desde el Palacio Real a la Estación del ferrocarril del Norte para ser conducido al monasterio del Escorial. El mismo periódico nos informa de que es una Vista tomada por D. Joan Comba y García, al pasar la comitiva fúnebre  por la calle de Bailén.  

Eusebio Martínez de Velasco nos lo relata de esta manera

(…) el féretro fué depositado dentro de la estufa negra que estaba preparada, de la cual tiraban ocho soberbios caballos también negros y con penachos y paramentos de luto.

El orden de la comitiva era el siguiente: piquete de caballería; sección de artillería rodada; clarines y timbales dé las Reales caballerizas y empleados en las mismas; caballos de respeto, conducidos por palafreneros; estandarte de la Hermandad Real y cruz de la Real capilla; clero, músicos y cantores; gentiles-hombres y mayordomos de semana; batidores y correo de reales caballerizas; la estufa con el féretro, rodeada de gentileshombres, caballerizos y Monteros de Espinosa, y custodiada por la autoridad militar correspondiente y el jefe de la escolta; carroza de respeto (la de espejo), tirada por ocho caballos blancos, con penachos también blancos y arneses de gran lujo; Jefe superior de palacio, Patriarca de las Indias y Notario; guardias alabarderos, escolta, y dos escuadrones de caballeria de la guardia Real.

El entierro salió por el Arco de la Armería, y siguió por la calle de Bailen y paseo de San Vicente á la Estación del ferro-carril del Norte, donde se encontraban ya los Sres. Ministros para recibir el regio cadáver.

Un pueblo inmenso se apiñaba en compactas filas en toda la larga extensión de la carrera, calculándose en 150.000 personas las que acudieron en aquel triste día á dirigir un adiós postrero á la prematuramente malograda Reina.

 

Al observarlos juntos destaca la majestuosidad de la escena que plasma Ferrant al lado de la sencillez y austeridad de la de Balaca. Del mismo modo, llama la atención que ambas escenas estén tomadas casi del mismo lugar, lo que nos lleva a plantearnos si hubo un lugar destinado a la prensa desde la organización del sepelio o si en cambio fue una decisión tomada libremente por los artistas que coincidieron en que ese era el mejor lugar para ver la comitiva.

La escenografía que presenta la despedida conmueve a todo el pueblo de Madrid y Eusebio Martínez de Velasco hace un relato que describe el ambiente de lo que se vivió en la capital del Reino:

El desfile era tan  pausado y grave, que ni crujían las cureñas, ni se oían las pisadas de la tropa, ni sonaban las herraduras de los caballos montados por  los palafreneros, maderos y picadores, Los golpes apagados y melancólicos del timbal, y las desternilladas y sordas notas de los clarines, parecían sonidos misteriosos y lejanos-, la servidumbre de caballerizas marchaba despacio y en actitud de duelo: los caballos de respeto, cubiertos las ricas sillas y reposteros con gasa negra, parecía como que entendían  y aumentaban la tristeza general; (…)  los gentiles-hombres y mayordomos de uniforme y enlutados, desfilaban como sombras: el carruaje fúnebre era severo y triste; ocho magníficos caballos negros con arreos y penachos de luto arrastraban ó más bien deslizaban la carroza, en la cual la corona Real, si bien iba delante, iba tan baja como quedan las jerarquías del mundo ante la muerte: la gente se descubría enviando su último saludo á  la Reina muerta, y la música de alabarderos tocaba una marcha grave y tristísima como un coro de sollozos. Y todos caminaban muy despacio como si temiesen despertar  á su señora.

Los soldados presentaron sus armas á la funerala: las músicas de la carrera tocaron la última marcha Real á la soberana que pasaba para siempre, y algunos minutos después el cañón anunció la partida del tren fúnebre.

Fig. 11. Ricardo Balaca y Eugenio Vela, Traslado de los restos mortales de la reina Mercedes, 1878. Dibujo realizado por Ricardo Balaca y grabado por Eugenio Vela para La Academia : revista de cultura hispano portuguesa, latino-Americana Tomo III Número 24 – 1878 junio 30 Disponible en Biblioteca Virtual de Prensa Histórica https://prensahistorica.mcu.es/es/consulta/registro.do?id=3019
 Fig. 12 Ricardo Balaca y Eugenio Vela, Funeral por la Reina Mercedes en El Escorial, 1878. Grabado en La Academia : revista de cultura hispano portuguesa, latino-Americana Tomo III Número 24 – 1878 junio 30 Disponible en Biblioteca Virtual de Prensa Histórica https://prensahistorica.mcu.es/es/consulta/registro.do?id=3019.

La colección de grabados sobre lo acontecido esos días se completa con tres escenas más: la Entrada del público en el palacio Real por  la puerta de la escalera de Cáceres para visitar el cadáver de S. M. la Reina y la Salida del púbico por la puerta del Príncipe, después de haber visitado el regio cadáver. Los dibujos están realizados por Daniel Perea y muestran unas escenas costumbristas del Madrid de la época.

Y la última que es una imagen sobre la Entrega del regio cadáver al Emmo, Sr. Cardenal  Arzobispo de Toledo y cabildo eclesiástico  en el monasterio del Escorial, el 28 de Junio.

Se nos informa que el dibujo es del natural, “por el Sr. Ferrant”, por lo que se da a entender que el artista acompañó a la comitiva hasta El Escorial. Junto al grabado se nos ofrece una narración pormenorizada de lo que allí aconteció, que nos refleja como el rito de enterrar a los Reyes permanecerá invariable durante mucho tiempo. Una vez más la pluma de Eusebio Martínez, rica en matices, pone en palabras lo que muestra el dibujo de Ferrant:

A las once y media de la mañana se paraba el féretro ante la puerta del grandioso monasterio que imaginó Felipe II y levantó el gran Herrera, digno intérprete de la atrevida concepción de aquel insigne monarca.

Un modesto túmulo había sido colocado en el atrio interior, y ante él esperaban el cardenal Arzobispo de Toledo y el Cabildo eclesiástico para recibir el cadáver regio, y á la vez que el dignísimo Prelado elevaba al cielo, con acento conmovido, las plegarías que el ritual señala para estas fúnebres ceremonias, los guardias alabarderos y la fuerza militar situada al exterior del templo hacían las descargas de ordenanza en honor de la que había sido Reina de España.

 

Después de este momento, ya no tenemos constancia gráfica en La Ilustración, solamente las palabras del periodista nos sirven para saber que

Pasó  después el cortejo á la espaciosa iglesia, en cuyo centro, bajo el crucero, sobre un túmulo que aparecía cubierto con el paño  de Reinas, fué depositado el féretro ,entre numerosos blandones que estaban colocados en seis magníficos hacheros de bronce;  llenóse el sagrado recinto de las personas de la comitiva y del vecindario del Real sitio, y de otras muchas de los pueblos inmediatos y aun de Madrid, y cantóse el Oficio de difuntos y una misa de Requiem, oficiando de pontifical el mencionado Arzobispo de Toledo; luego, cerrado el féretro, y previa autorización del Sr. Ministro de Gracia y Justicia, fué conducido á la capilla de San Juan Evangelista y guardado en un sencillo sepulcro de mármol blanco, que tendrá los restos mortales de la Reina.

En algún momento de este ceremonial, tuvo lugar la toma de la fotografía que hemos referenciado anteriormente (Fig. 10).

De la ceremonia que tuvo lugar en el interior del Monasterio de El Escorial, publica un dibujo La Academia (Fig. 13). El dibujo de Ricardo  Balaca convertido en grabado por Eugenio Vela[5] confirman las palabras de Eusebio Martínez.

Pero los funerales de la reina no terminan ahí. Queda constancia que en una reminiscencia de la antigua forma de conmemorar las muertes de la monarquía se produjo la celebración de misas funerales con la erección de sendos catafalcos en memoria de la Reina Mercedes tanto en París, ciudad de origen de la familia de la reina como en Roma lugar de residencia de la reina Isabel II, suegra de la malograda. Se le dedicaron poemas elegíacos como ya ocurriera con sus predecesoras, como el que se publica en el Diario de Cádiz el 30 de julio de 1878.

Por lo que la ceremonia de conmemoración de la muerte de la reina es una muestra de rituales modernos como la fotografía, el traslado en trenes, mezclados con formas de un pasado más tradicional como serían el sepelio en El Escorial o la presencia de catafalcos en las misas memoriales.

Hemos podido constatar un tratamiento gráfico y periodístico para la muerte y funeral de la reina Mercedes que se aleja de lo acostumbrado para las reinas españolas en siglos pasados. Para Cruz Cabrera  las causas del abandono de las grandes ceremonias exequiales son «La desaparición del concepto patrimonial de la Corona en favor del Estado constitucional, la progresiva laicización de la sociedad decimonónica, los efectos derivados de la Exclaustración y la Desamortización de 1835 y 1836 y el definitivo abandono de la cultura» (Cabrera, 2005: 151) sin embargo, si bien, son causas reales y complejas deja de lado la intencionalidad y los esfuerzos de la monarquía borbónica durante el siglo XIX para acercarse a una imagen más cercana y humana de la institución, aprovechando cualquier ceremonia, incluso las de los funerales para fomentarla.

La celebración de funerales y su reflejo en imagen cercana a la sociedad decimonónica no llega a España con la primera muerte de una Reina del siglo, ya que el aparato que rodeó el sepelio de Mª Isabel de Braganza fue enteramente una copia en disposiciones y en ejecución al del rey Carlos IV, fallecido en el siglo XVIII. El reflejo en las artes se da en forma de edición de poemas y en la erección de un catafalco para unas exequias que no se celebraron hasta tres meses después del fallecimiento.

Es manifiesto para Alba Pagán (2016:201) que «La imagen de María Josefa Amalia se empareja a la de su predecesora, pero sus exequias y las maquinarias fúnebres no gozaron del esplendor que habían tenido las ideadas y construidas con ocasión de la muerte de Isabel de Braganza».  La situación económica del país y un alejamiento de las formas fúnebres anteriores explican que las exequias de una reina a otra sean percibidas como inferiores. Causa cierta sorpresa el observar como en la muerte y funeral de la reina Mercedes de Orleans, se lamente el periodista Martínez Velasco, de lo austero que ha sido el acompañamiento de la reina Mercedes si se compara con el que tuvo la reina Josefa Amalia. Por lo que se va observando como las ceremonias reales se van acompasando en sus manifestaciones externas a las de sus súbditos, salvadas sean todas las distancias. En definitiva, lo que hace la Casa Real con la muerte de Mercedes, es un movimiento político que ya le funcionó a su madre Isabel II con la muerte perinatal del Príncipe de Asturias en 1850, lo que Gema Cobo (2020:452) denomina «ofrecer un aspecto más humano de la familia real»  y que consiguió blanquear una monarquía que se alejaba de sus súbditos y que se sirve de la prensa para parecer, en definitiva, tan humanos como ellos, con sus enfermedades, sus muertes y sus penas.

 



[1] Federico Rubio fue la más brillante de las figuras que, a lo largo del período 1860-1880, introdujeron en España las arriesgadas intervenciones que permitió la revolución quirúrgica. (Ruiza y Tamaro, 2004).

[2] Aunque a la reina Mercedes no le correspondían honores reales porque no había dado heredero al trono, por disposición del rey Alfonso XII se le tributan funerales de reina y no de infanta.(Gaceta de Madrid, 26 de junio de 1878 )

[3] Retrato mortuorio del Periodista Pedro Avial Taracena, O/L, 1877, Museo Nacional del Prado, nº de catálogo Poo4527

[4] "La fotografía de difuntos se convertía así no sólo en un registro del luctuoso ritual de la muerte, sino en un elemento más del propio ritual", explica Publio López Mondéjar en La huella de la mirada, una de las escasísimas referencias sobre el tema en España.(López  Mondéjar, 2006:26).

[5] El dúo Balaca-Vela trabajó en muchas ocasiones para los periódicos de la capital. (Fontbona, 1992: 152)