Resulta impresionante la cantidad de trabajo que hay detrás de este libro: muchísimas horas de investigación en documentación de archivos –incluyendo los informes de censura del franquismo– en la consulta de la abundante bibliografía citada, o en la localización y visionado de películas… Que no son pocas, pues si bien en un momento dado los autores dicen haber estudiado más de doscientas películas de ficción, luego en la lista final de títulos –que ofrecen primero por orden cronológico y luego clasificados alfabéticamente– son otros tantos los documentales sobre Goya repertoriados. Para mí esa ha sido la mayor y más agradable sorpresa, pues yo desconocía por completo que hubiera tanto cine de divulgación histórico-artística consagrado a las obras de Goya, lo que sin duda constituye un filón de alto interés para quienes nos interesamos en la historia de la Historia del Arte. Más creía yo estar familiarizado con las películas de ficción: ¿Cómo no conocer las que recientemente le han dedicado Carlos Saura, Bigas Luna o Milos Forman? Pero son muchas más las analizadas por Francisco Javier Lázaro Sebastián y Fernando Sanz Ferreruela, a quienes no se les ha pasado por alto ni siquiera algún caso en el que simplemente hay una alusión pasajera a algún cuadro del genio de Fuendetodos –una labor detectivesca que les ha llevado incluso a encontrar el retrato de la esposa de Juan Agustín Ceán Bermúdez entre los muchos que abarrotan la enorme cámara acorazada en un film de Giuseppe Tornatore–. Otro nivel más profundo de recepción cinematográfica de las obras del maestro aragonés son los tableaux vivants en los se disponen a los actores imitando los personajes de algún cuadro famoso, siendo los favoritos para ello Los fusilamientos del 3 de mayo y Las majas. Y esas dos fuentes de inspiración marcan también la bipartición temática que podría establecerse entre las películas cuyo protagonista es Goya: el cine de autor, más experimental, ha privilegiado la faceta rebelde de sus pinturas más negras y modernas, antibelicistas e incluso visionarias, precursoras del surrealismo o del expresionismo; mientras que las producciones de consumo populista –género denominado en inglés swashbuckler, continuador de nuestras tradicionales comedias de capa y espada– se ha recreado en la fantasiosa biografía de Matheron, que atribuía al artista amoríos con la duquesa de Alba, lances toreros u otras arriesgadas aventuras. Curiosamente, Luis Buñuel ha sido una figura de referencia en ambas opciones, pues no solo ha sido un alma gemela de Goya, tema al que se dedica el epílogo de este libro, que parece una precuela de la reciente exposición Goya/Buñuel –dos insignes aragoneses sordos, irreverentes, afrancesados–, sino que además Buñuel fue también uno de los pioneros en caer en el estereotipo casticista, con una película sugerida por Valle Inclán que nunca llegó a realizar. A tal proyecto se dedican muchas de las páginas iniciales de este libro, que me han parecido fascinantes por su lúcido análisis de la construcción de un imaginario goyesco, entroncando con los tópicos románticos hispanos, que luego sería cultivado por Ramón Gómez de la Serna y por la cinematografía franquista. En general, las efemérides conmemorativas han marcado siempre la fortuna de Goya en el cine –como también la producción de grandes exposiciones–, dejando unos años de misterioso desierto total, entre 1971 y 1998, luego saturado por superproducciones televisivas. Pero no han faltado proyectos personales al margen de las efemérides, como la pasión que por este artista demostró José Camón Aznar, quien como historiador del arte escribió muchísimo sobre él, pero también le dedicó una pieza teatral y el guión de un documental, dirigido por Rafael J. Salvia. Goya puede llegar a ser una obsesión fatal; ojalá que Fernando y Francisco se concedan ahora un merecido descanso, tras este tremendo esfuerzo.