Nacho Calvo Ruata y Amparo Martínez Herranz, comisarios de esta exposición, son unos consumados maestros en el uso de la figura retórica de la paralipsis, preterición opretermisión, consistente en declarar que se deja de lado algo, mientras se atrae la atención sobre ello. Presentan esta exposición explicando que no han querido limitarse a mostrar analogías visuales entre las obras de los dos protagonistas, pero nos las sirven en abundancia, sobre todo en la última sección, que nos las deja grabadas en la retina. Afirman que han querido superar el tópico paralelismo entre Goya y Buñuel, dos aragoneses, sordos y afrancesados, pero lo remachan en nuestra mente recordándonos seguidamente cuanto llegó a cansarle a Buñuel cargar con esa eterna comparación siempre a sus espaldas, pues hasta llegó a afirmar con sorna que los tres grandes aragoneses de todos los tiempos serían Goya, Buñuely Beethoven. Evidentemente, el compositor sordo no era aragonés, pero Goya y Buñuel tampoco mucho, pues la mayor parte de sus vidas transcurrieron lejos de Aragón, siendo sus obras patrimonio del arte universal. Pero quizá precisamente esa es una característica de la idiosincrasia aragonesa: somos gentes libres de ese apego fanático que a otros les ata a su terruño, quizá porque el nuestro es tan duro que muchos pasamos los mejores años emigrando y/o quejándonos de Aragón. En todo caso, me parece estupendo que nuestras autoridades políticas y financieras estén apostando por hacer de estos dos sordos universales una enseña de identidad y reclamo turístico-cultural (siguiendo el ejemplo de Toledo con el Greco o de Málaga con Picasso, cuyos vínculos con ambas ciudades tampoco abarcaron sus vidas del todo). Quizá por eso, dado que se trata de la construcción social de un nuevo santoral cívico aragonés, no sólo se exalta a Goya y Buñuel como artistas, sino también por sus valores humanos. También desde ese punto de vista creo que está muy a la altura de tan alto empeño esta estupenda exposición, que desde el 13 de diciembre de 2017 hasta el 4 de marzo de 2018 estuvo en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid y luego va a itinerar por tierras aragonesas y americanas. Habría sido muy simple ofrecer un doble desarrollo formalista y cronológico enfrentado, concebido a partir de puntos biográficos comunes como la Guerra de Independencia y la Guerra Civil o los respectivos exilios; pero siguiendo las tendencias museográficas posmodernas los comisarios han optado por trenzar las trayectorias de ambos protagonistas en torno a determinados ejes temáticos, que son hoy valores dignos de amplio consenso: su ávida curiosidad por explorar y aprender, su denuncia crítica de lacras sociales, su espíritu subversivo y liberal, su introspección en los abismos de la psique… A partir de ahí, hubieran podido continuar con otros rasgos comunes que ya se habría salido de lo políticamente correcto como los fetichismos eróticos, las mofas anticlericales, o las inquinas temperamentales… (aunque el mal carácter de ambos personajes también hubiera podido venir bien al tópico temperamental del español cascarrabias o del aragonés somarda). Lo que está claro es que tan compleja parafernalia argumental no se podía contar de manera sintética, menos aún si se el montaje quería ser fiel a la intensidad a menudo agobiante que rezuman ambos creadores, así que en mi opinión resulta muy apropiada la densidad expográfica, que además sintoniza con el gusto de ambos héroes por el recargamiento expresivo. Estoy deseando ver la muestra en otros espacios museísticos, donde espero que no pierda un ápice de su fascinante brío y tumultuoso abigarramiento. Así eran ellos, así somos muchos de sus paisanos.


