Goya. Grabado en la retina

“No tengo la menor duda de que si Goya viviera hoy, sería un cineasta” proclamó su compatriota aragonés, el director Carlos Saura.

Y es que esta relación entre el pintor y el medio cinematográfico no nos debe resultar extraña, dado el carácter contemporáneo y moderno de su obra; pero, sobre todo si atendemos a su calado en la cultura de masas, puesto que Francisco de Goya ha sido uno de los artistas más referenciados de la Historia del Arte, y así ha sido a lo largo de la Historia del Cine.

Encuadrada como una de las actividades dentro de los preparativos de la celebración del bicentenario del fallecimiento del artista de Fuendetodos en 2028, la Fundación Goya en Aragón en colaboración con el Gobierno de Aragón pone en marcha esta exposición precisamente con el objetivo de estudiar de forma monográfica, como nunca antes se había hecho, la presencia de la obra gráfica de Goya en el séptimo arte.

Su comisario, Fernando Sanz Ferreruela, doctor en Historia del Arte y profesor de la Universidad de Zaragoza, transforma en recorrido expositivo una de sus líneas de trabajo e investigación más fructífera y celebrada —desarrollada junto al también doctor y profesor en la Universidad de Zaragoza, Francisco Javier Lázaro Sebastián—, cuya culminación se materializó con la publicación del libro Goya en el audiovisual. Aproximación a sus constantes narrativas y estéticas en el ámbito cinematográfico y televisivo (2017).

La muestra se organiza en torno a dos ejes temáticos según la metodología establecida por Eugenio d’Ors en El arte de Goya (1946), donde invitaba a estudiar al pintor a partir de parejas de conceptos opuestos debido a la complejidad de un personaje repleto de aristas y facetas, muchas veces contradictorias.

Así pues, partiendo de una de estas dicotomías, realidad-fantasía, la primera sección de la exposición se centra en Goya como cronista de su época, en su dimensión más realista y testimonial, que representa tanto a las clases altas como al pueblo llano, refleja sus diversiones y sus costumbres, pero también critica sus supersticiones y su ignorancia. Por ello, esta primera mitad de la muestra se divide, a su vez, en un apartado dedicado al Goya más popular y costumbrista, revelado en su serie de grabados de las Tauromaquias; otro sobre su faceta de denuncia social presente en aquellos Caprichos más irónicos y oscuros, y finaliza mostrando su labor de reportero de guerra en los Desastres.

Por su parte, la segunda sección se centra en ese Goya más fantasioso e imaginativo, creador de imágenes y mundos que han permanecido en el imaginario colectivo, hasta el punto de trasvasarse a la creación cinematográfica, como busca evidenciar la primera parte de esta sección. Sin embargo, el recorrido culmina con un apartado en el que, en realidad, se fundamenta todo el discurso expositivo. Bajo el título “Goya. Precursor del arte moderno” busca mostrar cómo el artista aragonés fue un adelantado a su tiempo a nivel técnico, pero también iconográfico y simbólico; como hace ver, por ejemplo, el carácter secuencial de sus estampas, que se asemejan a la técnica cinematográfica (Fundación Goya, 2025), o el impacto visual de sus imágenes que, como reza el propio título de la exposición, se quedan grabadas en la retina del visitante, pero también impresionadas en el celuloide.

Lo interesante es que cada una de las partes se ordena de forma clara y cuasi especular, ya que todas se componen de un texto explicativo introductorio, una selección de estampas originales, imágenes fijas de películas (sean carteles promocionales o fotogramas de escenas concretas) y, finalmente, una pantalla en la que se proyecta una selección de fragmentos de películas; de manera que todas las imágenes dialogan entre sí, mostrando sus semejanzas y puntos en común. Este ritmo solo se rompe en la última de las partes, aquella dedicada a la modernidad del genio de Fuendetodos, al alzar el enorme lienzo de la Gran Crucifixión (1959) de Antonio Saura, joya de la exhibición, muy pertinente como muestra de esa modernidad sobre la que reflexiona la última zona del recorrido y que, además, aparece ejemplificada por diversos artistas aragoneses —partiendo del mismo Goya, que se pone en relación con fragmentos de obras experimentales de José Luis Pomarón y Emilio Casanova, pero también del Goya en Burdeos de Carlos Saura, cerrando el círculo al aparecer representado junto al cuadro de su hermano—.

La exposición evidencia que la influencia de Goya es universal y atemporal, ya que su presencia es constante a lo largo de toda la tradición fílmica, como muestra la retahíla de ejemplos expuestos, que van del cine más antiguo (Häxan, 1922, Benjamin Christensen) al más contemporáneo (La Bruja, 2015, Robert Eggers), del nacional (con Bigas Luna o Buñuel) al internacional (Los fantasmas de Goya, 2006, Miloš Forman), del amateur (Goya y su trasmundo, 1966, José Luis Pomarón) al profesional, del comercial y más afamado (como La saga Crepúsculo: Luna Nueva, 2009, Chris Weltz) al independiente y menos conocido (Goya, genio y rebeldía, 1971, Konrad Wolf), de la ficción al documental (Goya perro infinito, 1976, Antonio Pérez Olea o Francisco de Goya, 1951, Luciano Emmer), atravesando distintos géneros y formatos, e incluso pasando por series de televisión como el episodio dedicado a Goya de Cantinflas Show (1976).

Los ejemplos seleccionados, además, sirven para mostrar dos tipos de influencia: la primera, más directa, es aquella que se centra en plasmar la vida y obra de Francisco de Goya; y la segunda, más interesante, como señala el propio comisario, es aquella influencia más sutil, en la que los cineastas se aprovechan de ciertos símbolos e iconografías de la obra gráfica del autor como vehículo de reactualizaciones y mensajes nuevos en los que volcar sus inquietudes y pulsiones artísticas.

Además, e igual que se plantea durante todo este recorrido, la proyección del Goya retratado y autorretratado que nos recibe al entrar al espacio —rodeado por esos dos círculos concéntricos que buscan representar de forma esencial y simplificada tanto el ojo humano como la lente de la cámara—, parece querer contemplar y medirse con la otra instalación de la misma naturaleza que sirve como división de las dos partes del recorrido expositivo, en la que los retratos gráficos son sustituidos por los distintos actores que han llevado a la vida al pintor. De esta manera, influencia e influenciado, representado y representación se enfrentan una vez más en esta exposición.

A pesar de las dificultades del espacio, que ha debido transformarse tapando la cristalera para la mejor visualización de las piezas, unido al pequeño tamaño de la sala, se consigue crear un recorrido que, si bien, sencillo, en forma de U, resulta muy claro precisamente por esta estructura rítmica y regular ya mencionada. Consideramos gran responsabilidad de todo este lucimiento del espacio al cuidado apartado gráfico, a cargo de Pedro Yus de tres estudio creativo, con paredes de un tono verde-grisáceo y una tipografía neogrotesca, todo pensado para crear un entorno de baja iluminación (Fundación Goya, 2025) que permita destacar los grabados y la luz que emana de las pantallas.

Se crea así un espacio de recogimiento, casi como una sala de cine, donde a pesar del aparentemente reducido recorrido, el visitante puede invertir largo tiempo contemplando la gran cantidad de contenido desplegado, sobre todo en las proyecciones, sin las que es imposible entender por completo lo que la muestra busca ofrecer.

Una visita obligada porque, dentro de la múltiple oferta goyesca en la ciudad, Goya. Grabado en la retina permite estudiar esta figura desde una nueva óptica, alejada del canon más tradicional.